Capítulo 33
Luces de Navidad
Llamé a Chen, pero no al teléfono del despacho, donde todo se graba y todo se escucha: a su móvil, al número que me había dado un día en un papel doblado, “por si acaso”, y que yo llevaba en la cartera desde entonces, ya tan metido entre las tarjetas que formaba parte de ella.
Tardó tres tonos en contestar, y al otro lado se oía gente y vasos, de alguien que estaba comiendo fuera.
—Alma. —Se le notó en la voz—. ¿Estás bien?
—Voy a cenar el sábado con Carlos Rivero.
Se hizo un silencio largo, de esos en los que se oye pensar al otro.
—Explícate.
Se lo expliqué. Que Vanesa me había colocado un trabajo, que había pedido a Mónica expresamente y que creía que no era casualidad, que hacía tiempo que había dejado de creer en las casualidades.
Escuché a Chen respirar.
—Alma, escúchame bien. No tienes por qué ir…
—No te he llamado para que me digas que no vaya —le corté—. Te he llamado para avisarte.
Al otro lado no dijo nada.
—Voy a ir —continué—, porque llevo tres semanas sin trabajo, sin nómina y con un alquiler que no espera, y porque es lo único que se me ha puesto delante que apunta a algún sitio. Si me pasa algo quiero que haya alguien que lo sepa antes que los periódicos.
—Alma…
—Chen. Que lo sepas. Voy a ir.
Al otro lado se oyó una silla arrastrarse.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero me llamas al salir, a la hora que sea.
—Trato hecho.
Colgué antes de que se arrepintiera.
Me pasé la semana entera decidiendo si aquello era una buena idea y, como casi todas las decisiones de aquel mes, la tomé tarde y mal: el sábado a las siete llevaba ya una hora con el vestido puesto, mirándome en el espejo del recibidor como quien mira a una conocida de la que no se fía.
Al fondo del armario, dentro de su caja, seguían los tacones.
No los había vuelto a tocar desde la gala, y durante un segundo pensé en dejarlos donde estaban, porque una parte de mí seguía creyendo que las cosas malas se contagian por los objetos.
Después los saqué, me senté en el borde de la cama y me los puse, uno detrás del otro, con el mismo cuidado con el que una se pone un uniforme que no le hace ninguna gracia.
Al levantarme, el suelo quedó diez centímetros más abajo y yo, diez centímetros más cerca de ser Mónica.
Casa Manolo León era una casa de palacio metida entre dos calles del centro, con patio de azulejos, lámparas bajas y tan pocas mesas que daba la impresión de que el sitio no necesitaba clientes.
Ladrillo viejo, flores de verdad, una mano de piano por encima del murmullo…
De esos sitios que no anuncian el lujo, simplemente se siente.
Carlos ya estaba sentado cuando llegué, con traje oscuro y las manos sobre el mantel. Se levantó a recibirme con esa sonrisa suya de hombre que siempre llega antes que los demás y no le importa que se sepa.
—Mónica… Estás guapísima…
—Carlos.
Me acercó la silla, me sirvió agua, me habló de un viaje, del frío, por una cosa y por otra.
Habló de un hotel en Marrakech y de un barco que quería comprarse, con la misma tranquilidad con la que otra gente habla del tiempo.
Yo sonreí, asentí, pregunté lo justo. Pero aquella no era una cena: era un examen, y los dos lo sabíamos.
Fue al segundo plato cuando dejó la conversación a un lado, apoyó el tenedor y me miró de otra manera.
—Hay algo que tienes que entender —dijo—. Prefiero decírtelo yo y no que lo averigües por ahí.
Dejé el mío despacio, para ganar tiempo.
—Te escucho.
—Últimamente te mueves por sitios donde no deberías, preguntas cosas que no te corresponden. A mucha gente —a mi, por ejemplo— eso me parece muy bien mientras no pase de aquí. —Se tocó la sien—. El problema es cuando deja de pasar de aquí.
—No sé de qué me hablas.
—Sí lo sabes. —Sonrió, de una manera muy fría—.
Jugar a los espías con empresas grandes es un deporte caro, Mónica, y tú, con todo el cariño, no tienes el bolsillo para pagarlo.
Lo mejor para ti, para los tuyos y para todos es que te mantengas al margen.
Que vuelvas a lo tuyo, a ser encantadora, a hacer bien tu trabajo.
Ahí se me quitó la sonrisa.
—¿Mi trabajo? —Dejé la copa en la mesa—. ¿Tú sabes cuál es mi trabajo? Porque el de verdad lo he perdido. Me han echado de mi empresa por culpa de todo esto, Carlos. Me han dado una caja con mis cosas y me han dejado en la calle sin explicación, y tú vienes a decirme que me quede al margen.
—Eso no es cosa mía.
—Es exactamente cosa tuya —dije, y me oí la voz más firme de lo que me temblaban las manos—. No, no pienso quedarme al margen. No es justo. No pienso callarme para que tú duermas tranquilo.
Se quedó un segundo mirándome, con los ojos quietos.
Después dobló la servilleta, la dejó sobre el plato y llamó al camarero con la mano.
—La cena ha terminado —dijo.
Salimos a la calle y el frío de diciembre me dio en la cara como una bofetada.
Una calle estrecha, con el suelo brillante de humedad y, al fondo, el centro entero encendido: bombillas, arcos de luz, un belén de tamaño natural en una esquina y la ciudad llena de gente que iba y venía con abrigo, con bolsas, con niños.
Esa época del año vuelve a Sevilla un escaparate, y aquella noche, además, había policía en cada esquina, más de la que una cuenta, porque en diciembre, con las luces puestas, la ciudad se llena de uniformes.
Carlos me cogió del brazo con toda la naturalidad del mundo, con ese gesto de caballero que ayuda a cruzar la calle.
—Lo de antes no te lo digo por hacerte daño.
—Suéltame.
Apretó.
—Tienes lo que te mereces —dijo bajito, casi en la oreja—. Por no hacer bien tu trabajo.
Me quedé parada en mitad de la acera, sin entender, con el brazo inmovilizado y el corazón a mil por hora.
Fue entonces cuando lo entendí. No hablaba de negocios.
Nunca había hablado de negocios. Carlos no me había invitado a cenar para advertirme: me había invitado porque llevaba meses esperando de mí algo que él creía que entraba en el precio, y porque la noche de la gala había salido al jardín y nos había visto a mí, y a Ben con las copas, con la risa, con todo lo que casi pasó y que él vio de lejos, de pie entre los setos, sin que ninguno de los dos supiéramos que había alguien mirando.
—No hago eso —dije, con temblor en mi voz—. Creo que ha habido una confusión. Yo no me acuesto con nadie, ni contigo ni con nadie, y menos con un cliente.
—Eso es lo que dices tú ahora.
Tiró de mi brazo, me dio la vuelta y me acercó a él de un golpe, con la otra mano ya en mi cintura, y yo, que llevaba cinco años aprendiendo a sonreír a desconocidos sin que me tocaran, no supe hacer otra cosa que girar la cara y empujar con las manos abiertas.
Fue entonces, antes de que mi empujón sirviera para algo, cuando pasó lo que no había sabido organizar en ninguna de mis pesadillas: alguien lo apartó de un puñetazo, Carlos soltó mi brazo, y yo, sin nada que me sujetara y con diez centímetros de tacón de más, me fui al suelo.
Cuando levanté la vista, Ben tenía a Carlos de la pechera.
No lo había visto llegar. Estaba ahí de pronto, con el pelo revuelto y los nudillos ya blancos, y lo movió del sitio con una fuerza que no conocía.
Carlos se tambaleó, se alisó la chaqueta y, en vez de echarse atrás, sonrió.
—Vaya. El jefe. —Se pasó la lengua por los labios—. Justo el que faltaba.
—Lárgate —dijo Ben con furia en su voz.
Carlos abrió la boca para contestar, miró por encima de mi hombro y la cerró. Venían dos policías corriendo desde la esquina, con la radio en la mano y las luces de Navidad brillando de fondo.
—Este hombre acaba de atacarla —dijo Ben, y le señaló con el dedo.
Entonces Carlos sí se movió. Se dio la vuelta y echó a andar calle arriba, primero con paso firme y después corriendo, con los dos uniformes detrás, en medio de las luces, mientras la gente se apartaba sin entender nada y una señora mayor se llevaba las manos a la cabeza.
Ben se agachó a mi lado.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
Yo quería contestar y tenía la mandíbula tan apretada que no me salía la voz. Estaba temblando entera, en las manos, en los dientes, en una parte de mí que no había temblado ni el día que me despidieron.
—¿Qué haces aquí? —conseguí decir.
—Me avisó Chen.
—¿Chen?
—Me llamó. Me dijo que le había avisado de que ibas a cenar con Carlos Rivero y me preocupé. —Me apartó un mechón de la cara, con una delicadeza que no pegaba con la furia con la que acababa de mover a un hombre del doble de su tamaño.
Empezó a llover. Primero fueron cuatro gotas gruesas sobre el asfalto, después una cortina fina que puso a brillar los adoquines y las luces al mismo tiempo, y la gente echó a correr hacia los soportales.
Ben se quitó la chaqueta y me la puso por los hombros.
Apareció un hombre con gabardina gris y se acercó a Ben sin prisa, con las manos en los bolsillos y la mirada de quien ya lo ha visto todo dos veces.
—Se llama Carlos Rivero —dijo—. Ya lo he grabado. No se preocupe, que hay pruebas suficientes para ir a la policía y ratificar la denuncia en representación de la afectada.
Ben lo miró.
—¿Y usted quién es? —pregunté.
—Trabajo para GenLab —dijo el hombre, y se quedó mirándome un segundo de más.