Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

El nombre de la sombra

Duarte salió a la terraza con una copa en la mano y la sonrisa puesta, esa de quien no llega nunca a un sitio por casualidad.

—Ben. —Le tendió la mano que le quedaba libre y después me miró a mí, despacio—. Mónica, vaya…. Qué casualidad que nos encontremos aquí.

Escondí el móvil, pero no lo bastante deprisa. Él se fijó en la pantalla encendida, en los mensajes abiertos, y por la ceja que levantó supe que los había leído de refilón. No hizo falta que dijera nada.

—¿Se conocen? —preguntó Ben.

—Claro que nos conocemos —dijo Duarte, encantador—. Es la acompañante de Carlos Rivero, un encanto de mujer. —Se volvió hacia mí—. Carlos no para de hablar de ti.

Ahí se me cayó el mundo al suelo, porque Duarte acababa de decir en dos frases lo que llevaba meses intentando: delatarme delante de Ben, con nombre y oficio, en el peor sitio y a la peor hora.

Ben no contestó. Me miró un segundo largo, después miró a Duarte, y en ese orden supe que aquella noche ya no había nada que se pudiera arreglar con palabras.

—Me voy —dijo.

—Ben, espera.

Cruzaba ya la puerta de cristal, con la espalda muy recta y la copa olvidada en la barandilla, y no se giró ni cuando dije su nombre lo bastante alto para que lo oyeran los de dentro.

Entonces Duarte se frotó la cara con las dos manos, y durante un segundo no quedó nada de aquel hombre encantador: solo un cansancio de muchos meses. Después volvió a ponerse la sonrisa, como quien se pone una chaqueta.

Duarte dejó pasar un par de segundos y luego se apoyó en la barandilla a mi lado, sin dejar de sonreír.

—Qué valiente estás esta noche —dijo.

Volví dentro a por el abrigo, le di las gracias mi acompañante por una noche que no había sido la suya y salí por el lateral, como me habían dicho que hiciera.

En la puerta había tres fotógrafos y un cartel con el nombre de una revista que no me sonaba de nada.

Bajé la cabeza y apreté el paso. Todavía no sabía lo mucho que iba a acordarme de aquellos tres fotógrafos.

Llegué a casa a las tres, me quité el vestido en el pasillo y me senté en el borde de la cama a desmontarme a Mónica capa a capa: las pestañas, el rímel, los tacones…

Debajo fue apareciendo Alma, con la cara lavada y los ojos rojos, la de siempre, la que nadie miraba dos veces y a la que esa noche, por lo visto, todo el mundo había visto de golpe.

A las tres y cuarto llamé a Vanesa. Casi nunca contesta a esas horas, pero esa noche descolgó al segundo tono, y solo eso me hizo llorar.

—Me ha visto.

—¿Quién?

—Ben y Duarte. —Me salió una risa que sonó a hipo.

—¿Cómo?

—Ví a Ben y le enseñé los mensajes de Duarte. Le dije que me estaba usando para acabar con él, pero no sé si me ha creído.

—Le has ocultado quién eras desde el día uno y se ha enterado por las bravas. ¿Tú te fías de alguien que te miente desde el primer día? —Se quedó un segundo—. Yo no. Duelen más las mentiras de quien te importa.

Me senté en el suelo, con la espalda contra la cama y los tacones todavía en la mano.

—Entonces voy a dejar de pedirle que me crea —dije—. Voy a buscar pruebas.

—Esa es mi niña.

Antes de acostarme me asomé a la ventana y la luz de Ben estaba encendida. Me quedé un rato mirándola desde la oscuridad, pensando en si me tomó en serio, si creyó en mi advertencia. Después corrí la cortina.

Conseguí hablar con Chen y me citó dos días después en una cafetería cerca de la empresa, de esas con sillas de plástico, donde nadie mira a nadie y todo el mundo escucha.

—Duarte se ha reunido dos veces esta semana con un hombre que no es de la empresa —dijo, girando el café con parsimonia—. Fuera de aquí, en un restaurante del centro.

—¿Y eso qué prueba?

—Nada todavía. Le estamos vigilando… —Dejó la cuchara en el plato—. Alma, ¿has oído hablar de Carlos Rivero?

El nombre me cayó en el estómago. Me acordé del pasillo de secretaría, del ascensor con cuatro plantas y de mi tarjeta nueva en la mano, y tuve que agarrarme al borde de la mesa.

—¿Quién es?

—Un inversor. Lleva años siguiendo la empresa. Quiso entrar en Proyecto Estrella y Ben le cerró la puerta. —Chen me miró—. A los que se quedan fuera de una puerta les gusta mucho ver cómo la casa se les cae encima a los de dentro.

—¿Tú crees que está detrás?

—Creo que hay alguien de fuera y debe de haber uno dentro. Si el de dentro es Duarte, debemos de buscar al otro o la otra, pero para eso hay que demostrarlo.

Dejé el café enfriarse.

—Conozco a Carlos —dije, y fue lo único que comenté.

Chen levantó la cabeza.

—¿De dónde?

—De una gala benéfica, Chen.

No insistió, y se lo agradecí.

Esa noche, cuando ya estaba en pijama y con la caja de GenLab todavía sin abrir en el salón, me llamó Vanesa.

—Tengo el sábado.

—Vanesa, no sé si estoy para…

—Es Carlos Rivero. —Hizo una pausa—. Alma, ha llamado él. Ha pedido a Mónica.

Me senté en el brazo del sofá, porque las piernas no me sostuvieron.

—Eso no es casualidad —dije.

—No, no es casualidad —repitió ella.