Capítulo 31
Lo que no soy
Me vestí de Mónica sin que me temblaran las manos, y eso que, después de la semana que llevaba, era casi un acontecimiento.
Me planché el pelo, me maquillé como me había maquillado cientos de veces, me puse el vestido que sabía que funcionaba y me miré en el espejo del recibidor.
La mujer que me devolvió la mirada no tenía nada que ver con la que llevaba siete días mandando currículums en pijama: era una mujer que sabía lo que hacía, y por primera vez en mucho tiempo, salir a la calle con ella no me daba miedo.
Ahora tenía dos problemas, y ninguno de los dos se arreglaba quedándome en casa.
Bajé con el bolso al hombro.
El coche ya estaba esperando en la puerta, con las luces de posición encendidas y el motor en marcha.
Antes de abrir miré hacia arriba, hacia la terraza de Ben, por costumbre, por vicio, porque llevaba semanas prometiéndome no hacerlo y llevaba semanas haciéndolo igual, y allí estaba, de pie, con las manos apoyadas en la barandilla y la camisa blanca sin remangar, mirándome.
No a Alma sino a Mónica. Desde ahí arriba no podía ver bien su cara, o eso quise creer mientras me metía en el coche y cerraba la puerta sin volver a mirarlo.
El cliente del viernes se llamaba Salvador Barrios y exportaba vino.
Me esperaba en el hall de un restaurante del centro, con un traje gris, un pañuelo en el bolsillo y esa amabilidad nerviosa de los hombres que llevan toda la vida vendiendo algo y no quieren fallarle a nadie.
Tenía una cena con unos clientes suecos y necesitaba a alguien que sonriera, que hablara, que rellenara los silencios. Nada más, y nada menos.
—¿Mónica?
—Encantada.
Cenamos. Hablamos de bodegas, de barcos y de un nieto que acababa de nacer.
Los suecos eran serios y se relajaron a partir del segundo vino.
Yo pregunté, escuché, traduje un par de veces cuando el idioma se atrancaba y sonreí cuando había que sonreír, y al final, Salvador me miró con el alivio de quien acaba de salvar la noche.
—Ha salido mejor de lo que esperaba —dijo en la puerta, y me pagó lo acordado, más un extra que no habíamos hablado.
Volví a casa pasada la medianoche. Miré por la ventanilla del taxi en cada semáforo y no había ningún coche detrás de nosotros, y esa fue, esa noche, la mejor noticia del día.
Lo raro, lo que no me esperaba, fue lo que sentí en el ascensor: nada.
Ni culpa, ni miedo, ni aquella losa que llevaba una semana apoyada entre los hombros.
Solo el cansancio bueno de los días en los que una ha hecho bien su trabajo.
Aquella noche me dormí sin mirar la ventana de Ben, y después de tanto tiempo mirando, eso era, casi un milagro.
El sábado, la gala.
Me avisaron de que habría fotógrafos en la entrada y de que lo mejor era pasar por el lateral.
Lo hice. Vestido largo, joyas prestadas, sonrisa de revista y la cabeza puesta en no salir en ninguna foto de más.
Vanesa me había colocado con un abogado viudo de sesenta y cinco años que coleccionaba relojes y que, según ella, era inofensivo. Lo era.
A las once, en el rellano de la escalera principal, con una copa en la mano y la misma camisa blanca de la terraza, vi a la persona que menos esperaba encontrar allí: Ben.
Me vio, estoy segura. Lo supe por cómo se le quedó el brazo a medio camino de la copa, y por cómo se giró enseguida hacia el grupo que tenía al lado para decir algo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
A partir de ahí, durante las dos horas siguientes, hizo algo que me dolió más que un insulto: me evitó.
Se movió por la sala evitando estar mucho tiempo en el mismo lugar donde yo me encontraba.
Cuando entraba en un corro, él salía; cuando yo iba hacia la barra, él ya había pedido en la mesa; dos veces coincidimos en un mismo pasillo, y las dos veces se dio la vuelta con una excusa que no venía a cuento, pero a la una menos cuarto lo pillé solo.
Estaba en la terraza, apoyado en la barandilla y de espaldas al salón. Era el único rincón de la gala donde no había nadie. Cerré la puerta de cristal a mi espalda y caminé hacia él.
—Ben.
Se giró. En la cara se le juntaron dos cosas que no esperaba: el cansancio y otra más difícil de nombrar.
—No.
—Escúchame.
—No tengo nada que hablar contigo. —Dejó la copa en la barandilla—. Ni contigo ni con las de tu clase.
Ahí me quedé.
—¿Las de mi clase?
—Ya sé lo que eres.
Lo lo dijo bajo, con la voz de quien lleva días masticando una frase. Esa frase era la que yo llevaba toda la vida temiendo.
—No sabes nada.
—Sé lo que haces. Sonreír, acompañar, cobrar… Te alquilan por horas y tú te dejas.
No pude evitarlo. Las lágrimas que creía haber agotado durante aquellos días volvieron a empañarme la vista. El cansancio también estaba ahí, instalado en mi cuerpo, pero no era el mismo que veía en la cara de Ben. El suyo podía ser el de unos días difíciles, el mío llevaba cinco años acumulándose.
—No me alquila nadie —dije, y me salió más firme de lo que estaba—. Acompaño, sonrío. escucho… Llevo cinco años así, y por si te sirve de algo, te recuerdo que tengo una carrera, una de verdad, con su título y sus horas de laboratorio. Soy bioquímica.
Ben tardó un segundo en reaccionar.
—¿Y me lo vienes a contar ahora?
—Sí —di un paso hacia él—, pero eso es lo de menos. El lunes quería hablar contigo y contártelo todo.
Abrí el bolso con las manos temblando y le puse el móvil delante de la cara.
Ben no dijo nada. Siguió con la vista en la pantalla, y entonces ya no hubo desprecio ni sonrisa ni nada: solo un hombre leyendo.
Le pasé los mensajes uno a uno. El primero, el de un viernes por la noche:
Duarte
Sé lo que haces los fines de semana.
El segundo, el de después de la filtración:
Una foto tuya vale mucho. Una tuya con tu jefe, vale más.
El último, el que me había llegado el miércoles, el que llevaba tres días quemándome en el bolsillo:
¿Qué hará Ben si se entera de quién eres?
Cuando levantó la cabeza tenía los ojos muy abiertos.
—¿Por qué me avisas?
—Porque va a hundirte igual que me hundió a mí, y porque no pienso mirarme al espejo sabiendo que lo he dejado pasar.
Nos callamos los dos. Dentro, una orquesta tocaba algo lento y una mujer se reía demasiado cerca del micrófono. Los ojos me picaban y no me importó que me viera llorar.
—¿Y por qué iba yo a creerte? —preguntó Ben.
Antes de que yo pudiera contestar, la puerta de cristal se abrió a mi espalda. En el reflejo del ventanal lo vimos los dos: Duarte, con una copa en la mano, mirándonos.