Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Volver a Mónica

Dejé la caja encima de la mesa nada más entrar en casa, me senté en el suelo con la espalda contra el sofá y llamé a Vanesa.

—¿Ya estás en casa?

—Me han despedido.

Al otro lado noté el hueco exacto de una noticia que no se espera.

—Repítelo.

—Me han dado una caja con mis cosas y me han dicho que no hace falta que suba. Llámalo como quieras.

—¿Y Ben?¿No has podido hablar con nadie?

—No ha bajado. Ha bajado Chen.

Vanesa soltó un taco largo, de los suyos, de los que se dicen con el corazón. Después se oyó el ruido de unas llaves.

—Voy para allá.

—No hace falta.

—No he preguntado si hacía falta.

—Vanesa…

—Alma, ¿cuánto dinero tienes? ¿Cuántos meses aguantas pagando ese piso sin cobrar?

Hice la cuenta de memoria y no me gustó nada lo que salió.

—Uno, dos si aprieto.

—Entonces tenemos tiempo. —Hablaba deprisa, resolviendo en voz alta un problema que no era el suyo—. Escúchame. Tú el mes que viene pagas el alquiler como Mónica, y Mónica te la saco yo. Te pongo la primera de la lista, antes que a ninguna.

—No quiero volver a meterme en eso.

—No vuelves a nada, Alma. Sigues, que no es lo mismo.

Vanesa apareció en mi casa cuarenta minutos después, con una botella de vino que no abrimos y una bolsa de churros que sí. Nos sentamos en el suelo, con la caja de GenLab entre las dos. La caja seguía cerrada porque me negaba a abrirla.

—Vamos a repasar las normas —dijo, con la boca llena—, que hace mucho tiempo y te veo blandita.

—No estoy blandita.

—Sonrisa, conversación, nada de besos, nada de sexo, y sobre todo, nada de enamorarse del cliente.

Las recitó sin pensar en lo que decía. Yo asentí y no dije nada, porque la última la había roto hacía semanas y ni siquiera con un cliente, la había roto con un desconocido de ojos verdes que resultó ser mi jefe, lo cual, bien mirado, era todavía peor.

El resto de la semana nada me salió bien.

El lunes mandé cuarenta y tres currículums, contados uno a uno, y estuve delante de la pantalla hasta que se me secaron los ojos.

El martes tuve una entrevista en un laboratorio del parque tecnológico, con un chico de mi edad que no dejó de mirar el expediente mientras me preguntaba por qué había dejado mi último puesto.

—Por motivos personales.

Es la frase más larga que se puede decir sin decir nada.

—¿Y esos motivos van a seguir afectándole?

—No.

Sonreí. Él me devolvió la sonrisa y ninguno de los dos se lo creyó.

El miércoles, una empresa de suplementos me ofreció un sueldo que, traducido a alquileres de Simón Verde, no llegaba ni a la mitad del que tenía.

—Con el tiempo puedo revisarlo.

—¿Cuánto tiempo?

—Un mes o dos.

Le di las gracias, salí a la calle y, cuando llegué a casa, me senté en el suelo del salón y me reí un poco, de esa risa que sale cuando lo único que apetece es llorar.

Recursos Humanos no me llamó el martes, ni el miércoles, ni el jueves. Lo que me habían prometido en el vestíbulo, con una caja en las manos, se quedó en el vestíbulo.

El único mensaje que recibí fue el de Lucía, el miércoles por la noche:

Lucía

Alma, lo siento mucho.

No me dejan hablar del tema

Cuídate.

Lo leí tres veces y no contesté. No sabía qué decirle a alguien a quien le habían prohibido hablarme.

El miércoles llegué a casa a las ocho y cuarto, con el bolso lleno de currículums y la sensación de haber hecho el ridículo en una oficina con planta de plástico.

Cené cualquier cosa, me puse el pijama y a las diez y media bajé con la basura y con el cartón, que en mi casa se acumulan como en todas, y al salir del portal me fijé en el coche.

Estaba parado en segunda fila, delante de casa, con las luces apagadas y el motor encendido. Un coche oscuro, de esos que no se distinguen de otros cien, y dentro, un hombre.

A esas horas, Simón Verde es una urbanización de gente mayor, de perros paseados a última hora y de luz encendida en los salones. Aquí no hay coches parados con el motor en marcha.

Tiré la basura y el cartón en los contenedores de la esquina y volví por la acera de enfrente, despacio, mirando de reojo.

El hombre tenía el móvil en la oreja y la cabeza girada hacia el otro lado, y en el techo del coche se veía el brillo de la pantalla.

No se bajó, no arrancó, no se fue. Solo hablaba.

Subí, eché la llave, puse la cadena y apagué la luz del salón. Después me quedé de pie junto a la ventana, con la persiana bajada hasta la mitad, mirando por la rendija.

Estuve así media hora, con los pies fríos sobre las baldosas.

El coche seguía en su sitio, con las luces de posición encendidas y el motor en marcha, y en todo ese rato solo pasó una cosa: se abrió la puerta, un hombre bajó, estiró una pierna, encendió un cigarro y se quedó de espaldas al edificio mientras hablaba por teléfono. No le vi la cara. Volvió a entrar.

Saqué el móvil y me lo pensé. Una foto de un coche con un hombre dentro, a las once de la noche, delante de mi portal, era la clase de prueba que una guarda por si algún día hace falta, y no la hice.

Estuve con el teléfono en la mano y no la hice, porque en mi galería no puede haber nada que luego haya que explicar, y esa es la cuenta que llevo haciendo desde hace cinco años: nada que explicar.

A las once y cuarto cogí el teléfono fijo y llamé a la garita de la portera.

—¿Sabe de quién es el coche que está delante de mi portal?

—¿El oscuro?

—Ese.

—Ahí lleva desde las nueve, hija. —Se oía la tele de fondo—. Dijo que esperaba a alguien.

—¿Y no le ha dicho nada?

—Yo no puedo echar a nadie de la calle, y menos a estas horas. Si usted quiere, llamo a la policía.

—No. No llame.

Colgué antes de que le diera tiempo a preguntar por qué, porque la respuesta era exactamente el problema: que yo no podía tener un coche de la policía parado delante de mi portal preguntando por mí.

El coche se fue a la una y veinte de la mañana.

Lo oí arrancar desde la cama, un motor que se aleja por la avenida y dobla hacia la salida de la urbanización, y me quedé despierta hasta las tres, con las luces de la calle entrando por la rendija de la persiana y la puerta del dormitorio abierta para oír la casa.

A la mañana siguiente no pasó nada.

El jueves bajé a por el pan y no había ningún coche oscuro delante del portal, ni en la calle de atrás, ni en el aparcamiento de la piscina. Fue peor así, porque cuando pasa algo se puede contar, y lo que no pasa no se puede contar en ninguna parte.

Lo repasé todo el día, como se repasa una cuenta que no cuadra.

Podía ser Duarte. Duarte ya me había enseñado fotos mías entrando y saliendo de GenLab, y me había dicho, con esa tranquilidad que daba más miedo que los gritos, que estaba protegiendo su inversión.

Un coche delante de mi casa era justo lo que hacía un hombre que llevaba dos meses buscándome la vida.

Podía ser alguien de la empresa, del consejo, del despacho que había decidido que la filtradora tenía que estar vigilada hasta que se cerrara el expediente.

Podía ser el hombre del ascensor.

Esa tercera opción era la que me dejaba sin aire, porque no tenía nada que ver con mi trabajo ni con la filtración, y porque, si era él, ya no me estaba mirando: me estaba buscando.

Luego hice la cuenta de las horas y me quedé todavía más despierta.

El coche había llegado a las nueve, y yo había llegado a casa a las ocho y cuarto.

Si me estaban siguiendo a mí, el que fuera había hecho muy bien su trabajo: sabía a qué hora salgo de un sitio y a qué hora vuelvo a casa, sabía que los miércoles no hay cena ni gala ni nada, y sabía que la mujer que vive en ese portal se llama Alma y no tiene a nadie con quien bajar a la calle.

Si lo que buscaban era a la otra, entonces aquel coche estaba aparcado delante de una casa que no le correspondía, esperando una hora que no era la de Mónica, y eso quería decir que llevaban meses sin saber dónde vivía Mónica, o que ya lo sabían y que la casa de las dos es la misma.

Esa frase me tuvo despierta hasta que se hizo de día. Alma vive en Simón Verde, paga la hipoteca con la nómina y con lo otro, y el día que alguien decida juntar las dos, no hacen falta ya ni fotos ni sobres ni mensajes: basta con aparcar un coche oscuro delante de un portal y esperar.

No llamé a la policía. Lo pensé, claro que lo pensé, con el teléfono en la mano y el 091 en la pantalla, y no lo hice por una razón que no se le cuenta a nadie: para poner una denuncia hay que sentarse delante de un funcionario y contar tu vida desde el principio.

Yo no tenía nada que denunciar todavía, solo un coche y un cigarro a medianoche, y a cambio de eso tendría que explicar por qué alguien iba a querer vigilarme, qué trabajo es ese que hago de noche y por qué mi jefe no lo sabe.

Tampoco llamé a Vanesa. Escribí ¿estás despierta?

y borré el mensaje con el dedo, dos veces, porque Vanesa habría cogido el metro a la primera de la mañana y se habría plantado en mi casa con dos cafés y una sartén, dispuesta a partirle la cara a alguien, y yo no quería que nadie más se metiera dentro de mi miedo.

Tampoco llamé a Ben. Eso ya no era una decisión, era una costumbre.

Aprendí a mirar los coches oscuros. Aprendí a salir del portal por la puerta de atrás, a no encender la luz del descansillo antes de meter la llave y a contar los portales de la calle de arriba cuando volvía de trabajar de noche, y no volví a bajar la basura sin mirar quién había en la esquina.

No volví a ver aquel coche. Pero desde entonces, cada vez que llego a casa y hay uno parado en la calle, me quedo un segundo quieta con la llave en la mano, esperando a ver si el motor está encendido.

Aquella noche llamé a mi madre, colgué al primer tono y me quedé media hora con el teléfono en la mano.

Iba a contarles lo de GenLab, decirles que estaba buscando trabajo y que quizá, me vendría bien una ayuda, pero después de cinco años presumiendo de no necesitar a nadie, no lo hice.

Guardé el móvil y me fui a la cama con la sensación de estar sujetando una pared con las manos.

En medio de todo eso estaba el piso de Ben.

Encendía la luz sobre las nueve y la apagaba sobre las once.

Una vez me pareció verlo en la terraza, de espaldas, con el móvil en la oreja, y me aparté de la ventana tan deprisa que tiré una maceta.

No le escribí. Cada noche me prometía no volver a asomarme, y cada noche terminaba mirando aquella luz y haciendo cuentas sobre lo poco que habría bastado para que todo fuera de otra manera.

El jueves por la tarde tuve la última entrevista de la semana, en una empresa nueva, toda de cristal, a las afueras de la ciudad.

Me recibió una mujer amable que me habló de formulaciones para la piel y de un equipo joven.

En la pared había una pantalla con una presentación en bucle, y mientras ella buscaba mi currículum en el ordenador, yo me fijé en los gráficos.

Entonces los reconocí.

Un patrón de estabilidad con unos márgenes de error que yo había medido con mis propias manos durante once meses. Los mismos valores, en el mismo orden, con los mismos decimales. Los datos que GenLab guardaba bajo llave y que, por lo visto, ya no eran un secreto para nadie.

—¿Qué le parece nuestro trabajo? —preguntó la mujer.

—Está bien planteado —dije, con una voz que no reconocí como mía.

Salí del edificio con el bolso apretado contra el cuerpo y la sensación de haber visto mi trabajo dentro de la vitrina de otro.

Podía volver, decirlo y llamar a Chen. Podía buscar un abogado, un periodista o alguien que me creyera.

Al final cogí el autobús, porque tenía hambre y porque llorar en una parada no pagaba el alquiler.

Vanesa me llamó aquella misma noche, cuando ya estaba en pijama y a punto de irme a dormir.

—Tengo cosas.

—Dime.

—Viernes y sábado. Dos trabajos seguidos. —Hizo una pausa para darme tiempo a traducirlo—. No le pidas peras al olmo, que ya sé cómo estás.

—¿Cuánto?

Me dio la cifra. Era el alquiler, la compra y algo más.

—El viernes es una cena de empresa. Gente educada, sitio discreto, nada raro. —Otra pausa—. El sábado es distinto.

—¿Distinto cómo?

—Es una gala con prensa.

Me quedé con el móvil pegado a la oreja.

—¿Con fotógrafos?

—Con fotógrafos.

Pensé en la caja, en el mes que me quedaba, en los noes de aquella semana. Pensé en Duarte y en la carpeta de fotos que decía tener de Mónica.

—Los cojo.

—¿Estás segura? Porque puedes decir que no y buscamos otra cosa.

—Vanesa, ahora mismo lo único que me queda en el mundo eres tú, ese viernes y ese sábado. Los cojo.

No dijo nada y yo esperé.

—Hecho. Pues todo para ti.

Respiré, y por primera vez en una semana el aire me llegó hasta el fondo.

Colgué, dejé el móvil sobre la mesa y me paré delante del armario. Al fondo, dentro de su caja, seguían los tacones. Aunque mi prioridad era que nadie se fijara en mí, acababa de decir que sí a un sitio lleno de cámaras.