Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Llegué a GenLab a las ocho y cuarto, con el pelo recogido, las gafas puestas y la tarjeta en la mano.

Intentaba estar normal, como todos los días desde que empecé a trabajar aquí, tratando de imaginar que lo que había pasado la semana pasada había sido todo un sueño, o más bien una pesadilla, pero no me dejaron entrar.

Pasé la tarjeta por el lector del torno y se quedó mudo. Lo intenté una segunda vez y luego una tercera, cada vez con más cuidado, por si el problema era del aparato y no de la orden que alguien había dado desde dentro. En tres años, aquel lector había sido el primero que me daba los buenos días.

Detrás de mí, un chico con mochila pasó el suyo y entró sin mirar atrás. Me eché a un lado para no estorbar y no aparté la vista de la lucecita roja, diminuta y fija, como un semáforo que hubiera decidido ponerse en mi contra.

—Perdona —le dije al hombre del mostrador—. Creo que no me lee la tarjeta.

Se llamaba Ramiro. Lo supe porque llevaba el nombre bordado sobre el bolsillo y porque llevaba tanto tiempo en aquella garita que formaba parte del edificio, como las ventanas. Miró la pantalla, me miró a mí y volvió a la pantalla, y esa tercera mirada fue la que me dio miedo.

—¿Tú eres Alma?

—Sí.

Hizo una llamada. Habló bajo, tapando el auricular con la mano, mientras yo intentaba ordenar todas las explicaciones que había ensayado durante el fin de semana.

Cuando colgó, no me pidió explicaciones. Me pidió que esperara.

Esperé de pie, junto al mostrador, viendo entrar a gente que conocía. Lucía cruzó las puertas a las ocho y media con su taza de café y su prisa de siempre, y al verme frenó en seco.

—¿Qué haces aquí fuera?

—Tengo un problema con la tarjeta.

Iba a decir algo más cuando Ramiro hizo un gesto desde el mostrador y ella entendió, mejor que yo, que aquel no era sitio para preguntas. Se marchó mirando atrás un par de veces.

Tardó veinte minutos en volver, y no volvió con las manos vacías.

Traía una caja de cartón. La reconocí antes de que me la ofreciera.

Era mi caja. Encima, sujeto con una goma, mi cuaderno de notas con las esquinas dobladas; asomando por un costado y el marco con la foto de mis padres que llevaba tres años en mi mesa del laboratorio.

—Lo siento —dijo Ramiro, y lo dijo de verdad, con la voz de quien lleva media vida dando noticias que no le corresponden—. Me han dicho que te entregue esto, Alma.

Lo dijo sin adornos, como se dice una dirección.

Cogí la caja. Pesaba poco y a la vez pesaba demasiado.

—¿Y no me van a dar ninguna explicación?

—Mañana te llama Recursos Humanos. A mí no me han contado nada más. —Se pasó la mano por la nuca—. Si te sirve de algo, yo no me lo creo.

Dejé la caja en el suelo, a mis pies, con la sensación amarga de que ya no formaba parte del equipo que en parte, creía que era mi segunda familia.

—Necesito hablar con Ben.

Ramiro levantó las cejas.

—No puedo dejarte pasar.

—Cinco minutos. Subo, se lo explico y me voy. No toco nada y no entro al laboratorio.

—Alma, no es por mí. Me han dado la orden expresa de que no te deje pasar bajo ningún concepto.

—¿Quién?

—Los de arriba.

Tragué saliva. Podría ser cualquiera, Chen, el consejo, el propio Ben…

—Llámale —dije—. Llama a su despacho y dile que estoy aquí. Si me dice que me vaya, me voy.

Ramiro me miró un rato. Luego cogió el teléfono, marcó y habló. No pude oír qué decía, pero la persona que estaba al otro lado de la línea tardó en contestar.

Colgó.

—Espera aquí. Ahora baja.

—¿Ben?

—No me han dicho el nombre.

Volví a esperar, con la caja entre los pies y las manos vacías. Cuando oí los pasos al otro lado del torno supe, por la forma de caminar, que no era él.

Era Chen.

Llevaba el traje gris de los lunes, sin corbata, con las mangas subidas justo un centímetro. Me señaló una mesa baja, junto a la cafetería, y nos sentamos uno frente al otro como en una entrevista.

—Lo siento mucho, Alma, pero entiende que no podemos tenerte aquí. Todas las pruebas apuntan a tí.

—Chen, por favor, yo no he mandado información a nadie. No sería capaz.

Nos quedamos los dos callados. En el vestíbulo, un par de personas entraron y salieron por el torno y la empresa siguió funcionando a dos metros de nosotros, con la indiferencia de un sitio donde no se ha caído nadie.

—Necesito que me cuentes la verdad —dijo Chen—. Toda.

—Te la voy a contar —dije, y me sorprendió darme cuenta de que era verdad—. Te lo voy a contar todo.

Lo hice.

Le conté que Duarte llevaba semanas pidiéndome cosas.

Que empezó por algo pequeño, una carpeta, una firma, un favor que yo creí que no tendría consecuencias.

Que después fueron mediciones y resultados que todavía no habían salido del laboratorio, y que cuando quise parar él ya tenía con qué apretarme.

Le conté lo de la nota en la taquilla, lo de la sala de archivo y la sensación, cada vez más firme, de haber metido la mano en una trampa que llevaba tiempo esperándome.

De Mónica no dije una palabra. Eso no se lo contaba a nadie que no fuera Vanesa, y todavía no estaba segura de que Chen no fuera a usarlo contra mí.

Él escuchó sin interrumpir, con los codos en la mesa y las manos juntas, y cuando terminé se quedó callado unos segundos que se me hicieron larguísimos.

—¿Por qué iba a hacerle eso a la empresa? —preguntó al fin.

—No es a la empresa, es a mí. —Respiré hondo—. Le viene bien que la filtración tenga un nombre, y el nombre que le sobra soy yo. Si consigue que parezca que los datos salieron de mi ordenador, deja de ser su problema y pasa a ser el mío.

Chen me miró, sopesando cada palabra.

—Eso es una acusación muy grave.

—Lo sé, y sé que no tienes por qué creerme.

—Espera. —Sacó el móvil y buscó algo—. Hay una cosa que no te he dicho.

Me acerqué a la pantalla. Era una hoja de registro de accesos con nombres, fechas y horas.

—Este es el informe que han usado contra ti —dijo—. Tiene tu usuario en tres entradas. La última, la madrugada del jueves.

—¿El jueves?

—A las doce y media de la noche.

—Yo a esa hora llevaba dos horas en casa.

—Lo sé. —Chen dejó el móvil sobre la mesa boca abajo—. La puerta registró tu salida a las diez y cuarto. El sistema dice que estuviste consultando archivos pasada la medianoche. Las dos cosas no pueden ser verdad.

—¿Quién puede hacer algo así?

—Quien tenga acceso al sistema o quien tenga a alguien dentro que lo tenga.

Sentí que la caja que tenía a mis pies se volvía de pronto mucho más grande.

—Entonces ya está. Enséñaselo a Ben y…

—No tan rápido. —Chen negó con la cabeza—. Ese registro también lo puede leer Duarte, y si sabe que lo hemos mirado, mañana aparecerá con una versión mejor: una que no deje huecos. Es lo que haría yo si estuviera en su lugar.

—¿Y qué hacemos?

—Yo lo vigilaré—dijo Chen.

Levanté la cabeza.

—¿Y se lo vas a decir a Ben?

Chen dudó, y esa duda me dijo más que cualquier frase.

—Cuando tenga algo que contarle, sí. —Se puso de pie y se alisó la chaqueta—.

Pero tienes que entender una cosa. Si voy ahora con tu versión y sin pruebas, no le hago ningún favor.

Ben está convencido de que le has mentido desde el primer día, y con lo que hay encima de la mesa yo también empezaría a dudar.

—¿Tan mal está?

—Peor de lo que te imaginas.

Chen se fue hacia los ascensores y yo me quedé unos segundos sola, con la caja a los pies. Recogí la caja y caminé hacia la salida. Al fondo del pasillo, antes del control de entrada, lo vi.

Ben cruzaba con una carpeta bajo el brazo, hablando con alguien que no distinguí. Llevaba el pelo rubio revuelto y la camisa arremangada, igual que el día que lo conocí. Se me llenó la boca de su nombre antes de que me diera tiempo a pensarlo.

—¡Ben!

Se giró medio vestíbulo. La gente levantó la cabeza, Ramiro dejó lo que estaba haciendo y hasta la chica de la cafetería se asomó, pero Ben, no.

Siguió andando un par de pasos, con el gesto de quien no reconoce ese nombre, de quien oye una palabra de otro idioma. Justo antes de doblar la esquina hizo algo peor que ignorarme: miró la hora.

Me quedé con la caja pegada al pecho, en mitad del pasillo, con la mitad de GenLab mirándome y el nombre todavía en el aire. Un lunes. Solo había pasado un fin de semana y ya me miraba como a una desconocida.

Salí por la puerta de cristal y el aire de diciembre me golpeó la cara.

Caminé hasta la parada del autobús con su nombre atascado en la garganta y una pregunta dándome vueltas que no me iba a dejar dormir: si la orden de dejarme fuera había salido de tan arriba que ni Chen podía tocarla, ¿quién demonios la había firmado?