Capítulo 28
Un fin de semana horrible
Aquella noche cenamos cualquier cosa. Bueno, ella fue la que cenó porque yo removí la comida del plato durante casi media hora y terminé dejándola a un lado.
Después nos sentamos en el sofá. No hablamos demasiado. De vez en cuando Vanesa me preguntaba si quería agua, si quería una manta o si quería que pusiera una película. A todo respondía que no hasta que se cansó.
—Alma.
—¿Qué?
—Mañana vas a hablar con él.
Levanté la cabeza.
—No quiere verme.
—Eso no lo sabes.
—Me ha dicho que no tía, no quiere volver a verme.
—Habla con él, cuéntaselo todo —continuó—. Sin Mónica, sin excusas, sin esconder nada. Le cuentas lo de tus padres, por qué inventaste a Mónica, lo de Duarte, las amenazas, todo.
—¿Y si no quiere escucharme?
—Entonces al menos habrás hecho lo que tenías que hacer.
Miré hacia la terraza. El piso de Ben seguía completamente oscuro, ni una sola luz.
Sentí una punzada en el pecho.
—No sé si puedo.
Vanesa suspiró.
—Claro que puedes. Lo que pasa es que tienes miedo.
—Tengo muchísimo miedo.
—Pues te lo tragas. Tienes que ser valiente.
La miré y ella se encogió de hombros.
—A veces la valentía consiste en coger al toro por los cuernos. Si de verdad amas a ese hombre, tienes que hacer todo lo posible por decirle la verdad y prevenirle de Duarte. Ese hijo de puta ha jugado muy bien sus cartas el muy cabrón.
Sonreí un poco.
—Hacía tiempo que no te escuchaba decir tantos tacos.
—Es que cuando los digo parece que le echo más coraje al asunto, pero no te acostumbres, yo soy muy educada y bien hablada.
El sábado por la mañana tardé casi dos horas en decidirme. Me duché, me vestí, me cambié, volví a cambiarme y finalmente me puse unos vaqueros, una camiseta blanca y una chaqueta, nada especial. No quería parecer Mónica, quería ir como Alma.
Vanesa me esperaba junto a la puerta.
—¿Lista?
—No.
—Perfecto. Vamos.
—¿Así de fácil?
—No. Así de necesario.
Cruzamos el pasillo. Llegamos a la puerta de Ben, llamé y esperamos.
Nada.
Volví a llamar.
—A lo mejor está durmiendo —dijo Vanesa.
—Son casi las doce.
—Bueno, hay gente que duerme hasta tarde.
Volví a llamar.
Nadie lo cogió.
Saqué el móvil y le escribí un whatsapp:
Ben
Necesito hablar contigo. ✓✓
Por favor. ✓✓
Esperé pero no contestó. Tampoco aparecía su foto ni la última hora de conexión.
Mandé otro.
No quiero molestarte. ✓✓
Solo necesito explicarte lo que pasó. ✓✓
Nada.
Lo llamé pero saltó directamente el buzón de voz y miré la pantalla.
—Me ha bloqueado.
Vanesa hizo una mueca.
—¿Seguro?
—No sé. Antes me daba tono y ahora es que directamente salta el buzón de voz.
—Dame su número.
La miré.
—¿Para qué?
—Porque a mi seguro que no me ha bloqueado.
—Vanesa…
—Dame el teléfono.
Negué con la cabeza.
—No quiero que parezca que estoy acosándolo.
—Alma, llevamos diez minutos aquí en su puerta. Ya hemos superado la dignidad.
—Vale, pero volvamos a casa, por favor.
Entramos en casa y le di su número, marcó y entonces su expresión cambió.
—¿Sí?
Ben había respondido.
Vanesa se apartó unos pasos.
—Hola, Ben. Soy Vanesa.
Pausa.
—Sí, ya sé que no quieres hablar con Alma, pero tienes que escucharla.
Otra pausa.
—No. No voy a entrar en detalles por teléfono.
Miró hacia mí.
—Solo te estoy diciendo que deberías escucharla antes de tomar una decisión.
Su rostro se endureció.
—Vale.
Escuchó.
—No, Ben. No te estoy pidiendo que la perdones.
Otra pausa.
—Solo cinco minutos.
La pausa se alargó.
Vanesa cerró los ojos.
—De acuerdo.
Colgó.
—¿Qué ha dicho? —pregunté con la voz nerviosa.
—Que no.
—¿No quiere hablar conmigo?
—No quiere hablar con ninguna de las dos.
Sentí que algo dentro de mí volvía a romperse.
—¿Está enfadado?
—Muchísimo.
—¿Y qué más?
Vanesa me miró.
—Que no vuelvas a llamarlo.
Asentí despacio.
—Vale.
No lloré. Creo que ya había llorado todo lo que podía.
El domingo pasó despacio.
Vanesa y yo apenas salimos. A media tarde estábamos viendo una película cuando escuchamos un ruido al otro lado de la pared. Primero fue un golpe y luego algo parecido al sonido de una maleta arrastrándose por el suelo.
Vanesa bajó el volumen.
—¿Qué es ese ruido?
Me levanté.
—No lo sé.
Fuimos hasta la terraza. El piso de Ben seguía con las persianas casi bajadas, pero esta vez parecía que había movimiento.
Alguien pasó detrás de las cortinas y justo después apareció Ben. Había una mujer con él.
Vanesa abrió mucho los ojos.
—¿Quién es esa?
No respondí.
La mujer se acercó a Ben y lo abrazó.
Desde mi terraza no podíamos oír nada, pero no hacía falta. Vi cómo ella apoyaba la cabeza en su pecho y cómo él la rodeaba con los brazos, con una naturalidad que me hizo apartar la mirada durante un segundo.
Sentí un vacío repentino en el estómago, el de algo que acaba de soltarse por dentro.
Volví a mirar… seguían abrazados.
Mil preguntas estallaron en mi cabeza al ver esa imagen.
¿Será su exnovia? ¿Se habrán reconciliado? ¿Será otra? ¿En realidad tenia novia y resulta que él también ocultaba cosas?
—Alma…
—No pasa nada.
Mi voz sonó tan débil que ni yo me la creí.
La mujer volvió a abrazarlo.
Vanesa soltó un bufido.
—No.
—Vanesa.
—No pienso quedarme mirando esto.
—Déjalo.
Pero ella ya había abierto la puerta.
—¡Ben! —gritaba Vanesa mientras le aporreaba la puerta con el puño.
Me quedé observando detrás de la puerta.
—¡Ben! —volvió a gritar mi amiga.
Antes de que pudiera terminar de abrir la puerta, Vanesa empezó a atacarle verbalmente:
—¡Eres un sinvergüenza! —dijo con una mano en la cintura y la otra señalándole.
—¿Perdona?
—¡Que eres un sinvergüenza! ¡Tanto enamorarte de Mónica, tanto buscarla, tanto que no podías olvidarla y ahora resulta que tienes a otra mujer en casa!
Ben abrió más la puerta.
—¿Qué estás diciendo?
—¡Lo que estás oyendo!
La mujer apareció detrás de él.
Era rubia, llevaba el pelo recogido y tenía una expresión de absoluto desconcierto.
Ben la miró y después a Vanesa.
—Es mi hermana.
Vanesa tardó en responder.
—¿Tu… hermana?
—Sí.
La mujer levantó una mano.
—Hola.
Vanesa parpadeó.
—Ah —Ben suspiró—, y aunque fuera otra persona, no es asunto tuyo.
Vanesa se puso colorada.
—Yo solo… perdona.
Se giró y volvió hacia mi puerta.
Antes de entrar, escuché a la mujer preguntar:
—¿Qué está pasando?
Ben respondió algo que ya no pude distinguir.
Vanesa entró en casa y cerré la puerta.
—¿Su hermana? —dijo Vanesa.
—Sí.
—He quedado como una idiota.
—Un poco.
—Gracias por apoyarme.
—Para eso están las amigas.
Me senté en el sofá. No podía dejar de pensar en la imagen que había visto. Aunque no fuera otra mujer, había algo más que me preocupaba.
—Vanesa.
—¿Qué?
—¿Y si se va?
—No lo sé.
—¿El ruido que escuchamos eran de sus maletas?¿De las maletas de su hermana?
—Puede ser…
—O de él.
—Puede que la hermana haya venido por algún motivo y se vayan juntos a Boston por navidad, ¿te acuerdas que lo comentó?
—Es verdad…
Con tantos problemas en la cabeza no había parado a pensar que ya quedaba muy poco para navidad.
Ben se iría a Boston a celebrar Nochebuena con su familia…
Incluso estuvimos hablando de hacer algo en Nochevieja, pero creo que esos planes se habían cancelado automáticamente por todo lo que estaba pasando, pero lo que de verdad me preocupaba era otra cosa.
—No sé qué voy a hacer mañana.
Vanesa se sentó a mi lado.
—¿Con Ben?
Negué con la cabeza.
—Con GenLab.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No me han dicho nada.
—¿Sobre qué?
—Sobre mi trabajo —dije mientras me incorporé—. Después de lo que pasó el miércoles… No sé si sigo dentro del proyecto. Ni siquiera sé si me han despedido.
Vanesa me miró con la cara de quien acaba de oír una barbaridad.
—¿Y piensas quedarte aquí esperando a que alguien decida qué hacer contigo? —hizo una pausa —. Ve mañana y así sales de dudas.
—¿Y si no me dejan entrar?
—Pues preguntas.
—¿Y si me han despedido?
—Que te lo digan ellos —me señaló con un dedo—, pero tendrás que ir para dar la cara.
La miré.
Tenía razón. La determinación me invadió tras escucharla.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Mañana voy a GenLab.
Vanesa me señaló con el dedo, triunfal.
—Eso quería oír.
Me levanté y fui hasta la terraza.
El piso de Ben seguía iluminado. Esta vez no aparté la mirada. No sabía si volvería a hablar conmigo ni sabía si seguía teniendo un trabajo, pero al menos había una cosa que sí tenía clara: No podía seguir escondiéndome, era el momento de dar la cara y coger el toro por los cuernos.