Capítulo 27
La verdad sale a la luz
Aquella mañana, en GenLab, todo el mundo sabía algo menos yo.
La mayoría de mis compañeros estaban haciendo su trabajo con normalidad, aunque había más conversaciones en voz baja de lo habitual y varias puertas cerradas. Aun así, tenía la impresión de que cada vez que alguien levantaba la cabeza, era para mirarme.
Probablemente era cosa mía o eso quería creer.
Dejé el bolso junto a mi mesa y encendí el ordenador. No llegué a abrir ningún archivo cuando escuché que alguien me llamaba:
—Alma.
La voz de Ben hizo que levantara la cabeza. Estaba a unos metros de mí.
—¿Sí?
—Chen quiere que vayamos a la sala.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Ahora?
—Ahora.
Lo seguí. Su tono de voz hizo preocuparme.
Cuando entré, Chen ya estaba sentado frente a una carpeta y Vladimir permanecía de pie junto a la ventana. Duarte estaba allí también. Aquello me hizo detenerme un instante y Ben lo notó.
—Siéntate.
Lo hice y luego Chen abrió la carpeta.
—La investigación ha avanzado.
Me preparé para lo peor.
—Hemos reducido el acceso a cuatro personas —continuó—. Las cuatro tenían autorización para consultar la información.
Ben tomó la palabra.
—Eso significa que tener acceso no demuestra nada.
Miró a Duarte.
—Necesitamos algo más sólido.
Duarte asintió con una calma que me dio asco.
—Por supuesto.
Chen pasó varias hojas.
—Hay registros que coinciden con determinados movimientos de información.
Sentí que las manos empezaban a sudarme.
Ben miró los documentos.
—Todavía no tenemos una conclusión definitiva —dijo Ben con firmeza, con la intención de dejarlo claro para todos. También para mí.
Sentí algo parecido a alivio. Ben parecía que seguía confiando en mí.
La reunión terminó unos minutos después. Cuando me levanté, Ben me llamó.
—Alma.
Me giré.
—¿Sí?
Esperó a que los demás salieran.
—Quiero que sepas una cosa.
No dije nada.
—No voy a permitir que te señalen sin pruebas.
Lo miré. No sabía qué decir.
—Gracias.
Ben siguió mirándome.
—Si sabes algo, todavía puedes contármelo.
Aquella frase volvió a abrirme el mismo agujero en el pecho.
Podía hacerlo, podía contárselo todo… Pero no fui capaz.
—No sé nada más.
Ben bajó ligeramente la mirada.
—Está bien.
Salí de allí sintiéndome la peor persona del mundo porque el hombre que estaba intentando protegerme era precisamente el hombre al que yo estaba engañando.
El martes, Duarte me esperaba en el aparcamiento.
—¿Te has quedado tranquila después de la reunión?
Me detuve.
—¿Qué quieres?
Duarte se lo pensó.
—Que tengas paciencia.
—No tengo ninguna.
—La vas a necesitar.
Sacó el móvil y me mostró una fotografía. Era una captura de uno de los accesos al sistema, con mi usuario y mi horario en un documento concreto. Lo reconocí inmediatamente.
—Eso no demuestra que yo haya filtrado nada.
—No —guardó el teléfono—, pero ayuda.
—¿A qué?
Duarte se acercó un poco.
—A construir una historia.
Se me puso la carne de gallina.
—No voy a seguir haciendo esto.
—Ya no puedes hacer nada —su voz seguía siendo tranquila. Eso era lo que más miedo me daba—. Has entregado información.
—Porque me obligaste.
—Eso no importa.
Lo miré con incredulidad.
—¿Cómo que no importa?
—A nadie le importará cómo empezó. Importará lo que encuentren —se inclinó hacia mí—. Van a encontrar muchas cosas.
Me enseñó varias fotografías más: yo entrando en GenLab, saliendo, Ben y yo hablando en la puerta del edificio… Sentí que el mundo se me hacía pequeño.
—¿Me estás siguiendo? —pregunté.
—Estoy protegiendo mi inversión.
—Eres un enfermo.
Duarte ni se molestó en defenderse.
—No. Soy alguien que piensa a largo plazo.
Guardó el móvil.
—Mañana tendrás una reunión.
—¿Con quién?
—Con todos.
Se marchó.
Me quedé allí, junto a la parada de autobús sin saber siquiera cómo había llegado hasta aquel punto.
La reunión fue el miércoles a primera hora. Ben estaba sentado al otro lado de la mesa y noté que no me miraba, Chen tenía varios documentos delante, Vladimir permanecía callado y Duarte parecía completamente tranquilo, demasiado tranquilo.
Chen habló primero.
—Hemos encontrado información que necesitamos aclarar.
Abrió una carpeta. Reconocí los documentos y mi estómago se encogió.
—Estos resultados no estaban disponibles fuera del equipo.
—Correcto —dijo Duarte.
Chen pasó otra hoja.
—Alguien accedió a ellos antes de que fueran incorporados al informe definitivo.
Ben levantó la mirada.
—¿Quién?
Chen dejó el documento sobre la mesa.
—Tenemos un registro.
Mi nombre apareció y sentí que se me iba el aire.
—Pero eso no significa que haya sido ella —dijo Ben inmediatamente.
Duarte lo miró.
—No he dicho que lo signifique.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?
Duarte apoyó las manos sobre la mesa.
—Intentando averiguar qué es lo que sucede.
Ben se volvió hacia mí. Sus ojos buscaron los míos. Había preocupación en ellos y aquello me dolió más que cualquier acusación.
—Alma —dijo—. ¿Hay algo que debamos saber?
Mi corazón gritaba que lo contara todo, que acabara con aquello y que confiara en él, pero en mi cabeza apareció la fotografía de Mónica y la amenaza de Duarte.
—No —dije cabizbaja.
Ben cerró los ojos y después asintió.
—Está bien.
Entonces Duarte sacó una última carpeta.
—Hay algo más.
La dejó sobre la mesa.
Ben lo miró.
—¿Qué es?
—Una cuestión personal.
Sentí que la sangre me abandonaba la cara. Duarte abrió la carpeta y sacó una fotografía de Mónica con el vestido negro de aquella noche.
Ben se quedó inmóvil porque la reconoció al instante. Lo vi en sus ojos.
Duarte dejó la fotografía delante de él.
—¿La conoces?
Ben no respondió. Su mirada seguía clavada en la imagen.
—Se llama Mónica —continuó Duarte.
Mi corazón empezó a golpearme las costillas.
—Su nombre real es Alma.
Todo el mundo se calló. Nadie se movió.
Ben levantó lentamente la cabeza y me miró. No había rabia en sus ojos, había algo mucho peor: incredulidad.
—No… —susurró Ben.
Duarte sacó otra fotografía.
—Creo que deberías saber quién es realmente la persona que tienes delante.
Ben volvió a mirarme.
Esta vez sí lo vi. La pieza que faltaba acababa de encajar y por eso su mandíbula se tensó.
—¿Es verdad?
No pude responder.
—Alma.
Me costaba respirar.
—Ben…
—¿Es verdad?
Asentí, solo una vez.
Él apartó la mirada. Lo peor estaba por llegar.
—Por favor, ¿nos podéis dejar a solas? —dijo Ben.
Todos fueron saliendo poco a poco hasta que nos quedamos solos.
—Estuvimos hablando de ella —dijo.
La voz le salió baja.
—Ben…
—Te dije que no sabías su apellido.
Tragué saliva.
—Sí.
—Te dije que quería encontrarla.
Cerré los ojos.
—Sí.
—Tú estabas ahí.
No encontré ninguna respuesta.
Ben soltó una risa seca, sin humor.
—Dios mío —dije mientras se pasaba una mano por la cara—. Estabas sentada a mi lado escuchándome hablar de ti.
—Yo quería decírtelo.
—¿Cuándo?
No supe qué contestar.
—¿Después de besarme? ¿Después de que te contara que no podía dejar de pensar en ti?
—No… no es tan fácil, Ben.
—¿Entonces? ¿Te era más fácil reírte de mí?
Su voz seguía contenida, pero podía ver el esfuerzo que estaba haciendo para no perder los nervios.
—Tenía miedo.
—¿De mí?
—De perderlo todo.
Me miró.
—Pues ahora lo has perdido.
Aquellas palabras me atravesaron.
Ben volvió a bajar los ojos a la fotografía.
—¿Todo fue mentira?
—No.
—¿Cómo te llamo? ¿Mónica? ¿Alma? ¿Quién eres en realidad?
Me acerqué un paso.
—Yo soy las dos.
Ben negó lentamente con la cabeza.
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
No tenía respuesta.
—Te estoy preguntando si alguna de las cosas que me dijiste era de verdad o si solo formaba parte de un juego de espías.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Todas, todas las cosas que hablamos fue de verdad, Ben.
—¿Incluso cuando me dijiste que no sabías si alguien podía enamorarse después de una noche?
Asentí.
—Sí.
Ben me miró fijamente.
—¿Tú ya estabas enamorada de mí?
No pude contener las lágrimas.
—Sí.
Por primera vez desde que había empezado aquella reunión, su expresión se quebró.
—Entonces, ¿por qué? ? ¿por qué no me lo dijiste desde un principio?
No pude responder. No existía una explicación que pudiera arreglar aquello sin que sonara a excusa.
Ben se levantó haciendo que la silla rozara el suelo.
—Necesito salir de aquí.
—Ben…
Se detuvo junto a la puerta.
—Te hablé de ella porque confiaba en ti.
La frase me destrozó.
—Lo sé.
—Tú sabías que eras tú.
Asentí.
—Eso es lo que no puedo superar ahora mismo.
Salió y la puerta se cerró detrás de él. Yo me quedé allí, intentando respirar.
Cuando salí Duarte estaba en el pasillo tranquilamente con sus documentos.
Lo miré.
—¿Estás contento?
Me dedicó una sonrisa.
—Todavía no.
Noté un nudo en la boca del estómago.
—¿Qué más quieres?
—Que parezca que también filtraste la información.
Lo miré sin entender.
—¿Qué?
Sacó un último documento.
—Esto es lo que van a encontrar.
Me puso delante una copia de un correo que parecía demostrar que yo había enviado información fuera de GenLab.
—Eso es falso.
—Lo sé.
—Entonces se demostrará.
Duarte se encogió de hombros.
—Quizá.
Repasé aquellos papeles una vez más.
—¿Por qué haces esto?
Su expresión cambió. Por primera vez desapareció la sonrisa.
—Porque mientras todos miraban a Ben, nadie se preguntó por qué el proyecto llevaba su nombre.
—¿Qué?
—Él se llevará el reconocimiento, el dinero, los contactos… Todo.
Levantó la vista.
—Me cansé de mirar cómo otros recogían lo que yo también había construido.
Comprendí entonces que nunca había querido solamente información, lo que pretendía realmente era hundir a Ben y para hacerlo había encontrado la manera perfecta. Yo.
—Has utilizado mi vida para vengarte de él.
—No.
Guardó los documentos.
—He utilizado tu juego.
Se dio media vuelta y se fue.
Me quedé sola en el pasillo sin saber qué hacer. Acababa de perder al hombre del que me había enamorado y también, sin trabajo.
Aquella noche Vanesa escribí a Vanesa. Era la única persona con la que podía hablar, la única persona que sabía la verdad. Le dije que viniera a casa el fin de semana. Nada más.
Llegó y le abrí la puerta. Había llorado tanto que ya ni siquiera tenía ganas de lavarme la cara. Nada más verme, Vanesa dejó el bolso.
—¿Qué ha pasado?
La miré.
—Lo sabe.
Su cara cambió.
—¿Ben?
Asentí.
Cerró la puerta y me llevó hasta el sofá y nos sentamos.
—¿Y?
Me reí, pero me salió un sonido roto.
—Me odia. Me dijo que no sabe quién soy, y lo peor de todo —continué— es que tiene razón.
Ella me pasó un brazo por los hombros.
—Alma…
—Le mentí.
—Te estaban chantajeando.
—Ahora he conseguido que no solo me odie, sino que me despida.
Miré hacia la terraza. Las luces del piso de Ben estaban apagadas. Esa noche parecía una distancia imposible de recorrer.
—Está al otro lado —susurré.
Vanesa siguió mi mirada.
—Lo sé.
—Hace dos días pensaba que estar tan cerca de él era lo mejor que podía pasarme —me limpié una lágrima—. Ahora no sé si voy a volver a verlo.
Vanesa apretó el brazo alrededor de mí. No dijo nada y creo que fue mejor así porque no necesitaba que alguien me dijera que todo iba a salir bien, necesitaba averiguar cómo conseguir que Ben me creyera, y que él también estaba en la diana de Duarte.