Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Una pared de por medio

Me desperté tarde, bueno, todo lo tarde que podía permitirme cuando llevaba varios días durmiendo a trompicones.

Seguí tumbada, mirando el techo, sin acordarme de qué día era. Después recordé que no tenía que ir a GenLab, que no había reuniones, muestras ni resultados que revisar y que, por primera vez en toda la semana, nadie esperaba que estuviera pendiente de una pantalla.

Era sábado y no tenía que hacer absolutamente nada. La idea debería haberme relajado pero no lo hizo.

Giré la cabeza hacia la mesilla y vi el móvil. Ningún mensaje. Me quedé con la vista en él, por si aparecía uno por voluntad propia. Suspiré y me levanté.

Preparé café, abrí las puertas de la terraza y salí con la taza entre las manos.

El aire de la mañana era agradable. Desde allí podía ver parte de la urbanización, los jardines perfectamente cuidados, alguna persona paseando al perro y un par de vecinos que parecían haber descubierto que existía el mundo exterior después de las diez.

Luego miré hacia la terraza de Ben. Estaba vacía. Sentí una pequeña decepción que me molestó bastante más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Perfecto, Alma. Muy normal todo —susurré.

Volví dentro. Intenté ordenar la cocina pero duré siete minutos. Después puse una lavadora, recogí dos prendas que llevaba días dejando sobre una silla y terminé sentada en el sofá con el café ya frío.

No conseguía dejar de pensar en él, en su voz, en la forma en que me había mirado la tarde anterior, en el momento en la sala de reuniones en el que había estado a punto de tocarme la cara y había detenido la mano a mitad de camino, y sobre todo, en el beso de Mónica que en realidad había sido mío.

Cerré los ojos. Tenía que admitir la verdad, y es que estaba enamorada. La palabra apareció en mi cabeza con una claridad que casi me dio rabia, ni siquiera podía esconderme detrás de aquello de me gusta demasiado . Estaba enamoradísima de Ben y lo peor era que él estaba al otro lado de una pared.

Una pared, eso era todo lo que nos separaba.

Me levanté y fui hasta la terraza. Apoyé las manos en la barandilla y miré hacia su casa.

—Esto es patético —me dije.

Pero aun así, no me moví. Pensé en tocar el timbre con alguna excusa solo para verlo. Un tomar un café o cualquier cosa que no pareciera que llevaba veinte minutos mirando una pared como una adolescente.

Sonó el timbre de mi casa y di un respingo.

—¿Quién es?

—Abre, que sé que estás ahí.

Era la voz de Vanesa. Abrí la puerta y me encontré con ella cargada con una bolsa enorme.

—Buenos días.

—¿Qué haces aquí?

Entró sin esperar invitación.

—Vengo a comprobar que sigues viva.

—Qué tranquilizador.

Dejó la bolsa sobre la encimera y me miró, pero no dijo nada. Eso era mala señal.

—¿Qué? —pregunté.

—Tú sabrás.

—Vanesa…

—Desde la última vez que hablamos estás rarísima.

Me crucé de brazos.

—Estoy cansada.

—Ese cuento se lo dices a otra, pero a mí no.

—¿No?

—No es cansancio. Esa cara es de una persona que lleva tres días pensando demasiado y que, además, no quiere contarme por qué —me miró de arriba abajo—, y estás despeinada.

—Gracias.

—De nada.

Abrió la bolsa.

—He traído croasanes.

—¿Para qué?

—Para que hables.

Me eché a reír.

—¿Esto qué es para mi colesterol?

—Desayuno terapéutico. No confundamos conceptos.

Sacó dos cafés y me señaló una silla.

—Siéntate.

—Vanesa…

—Desde aquella llamada pensé que te habías enfadado conmigo.

La miré.

—¿Por qué iba a enfadarme?

—Por haber concretado la cita con Ben.

No pude evitar bajar la mirada para que no viera mi reacción, pero ella lo vio, por supuesto que lo vio.

—¡Lo sabía!

—No sabes nada.

—Te conozco.

Se sentó frente a mí.

—Pensé que habías decidido que era demasiado peligroso y que me estabas castigando por meterte en ese lío.

Respiré hondo.

—No estoy enfadada contigo.

—Entonces, ¿qué ha pasado?

Dudé. No encontraba una forma sencilla de decirlo.

—He roto una de mis reglas.

Vanesa frunció el ceño.

—¿Cuál?

La miré.

—La principal.

Tardó dos segundos en entenderlo y después abrió los ojos.

—No.

Asentí.

—Sí.

—No.

—Vanesa…

—No me lo creo.

—Lo he besado.

Se quedó mirándome.

—¿A Ben?

—Sí.

—¿A tu Ben?

—No es mío.

—Ya, pero sabes a quién me refiero.

Asentí.

Vanesa dejó el café sobre la mesa.

—¿Me estás diciendo que besaste a Ben?

—Sí.

—¿Él te besó a ti?

—También.

—¿Y tú a él?

—Vanesa.

—Necesito saber si tengo que celebrar o llamar a alguien para que te dé un bofetón.

Me tapé la cara con las manos.

—Lo besé.

Al otro lado no se oyó nada y luego soltó un grito ahogado.

—¡No me lo puedo creer!

—Baja la voz.

—¡Llevamos meses hablando de que ese hombre te vuelve loca!

—No llevo meses.

—Da igual.

Se inclinó hacia mí.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Qué sentiste?

La pregunta me desarmó y bajé las manos.

—Todo.

Vanesa dejó de sonreír.

—Ah.

Miré hacia la terraza.

—Ese es el problema.

No tuve que explicárselo. Ella me conocía demasiado bien.

—Te has enamorado.

No respondí.

—Alma —dijo después de un rato esperando mi respuesta.

Tragué saliva.

—Creo que sí —contesté al fin.

—¿Crees?

—Vale. Sí —me dejé caer contra el respaldo—, estoy enamorada de él.

Decirlo en voz alta hizo que pareciera todavía más real.

Vanesa me observó unos segundos y después se rió.

—Madre mía.

—No es gracioso.

—No me estoy riendo.

—Estás sonriendo.

—Porque llevas meses huyendo de algo que, por lo visto, te ha alcanzado en tacones.

Solté una carcajada.

—Eres idiota.

—Pero tengo razón.

Miré de nuevo hacia la terraza de Ben.

—Está ahí.

—¿Quién?

—Ben.

—Ya sé dónde vive.

—No. Quiero decir que está ahí, al otro lado —señalé la pared—. Solo hay una pared entre nosotros.

Vanesa siguió mi mirada.

—Eso explica tu cara.

—¿Qué cara?

—La de mujer que está planteándose atravesar una pared con la cabeza.

Me reí, pero la sonrisa se me apagó enseguida porque era verdad. Quería verlo y saber si él también estaba pensando en mí. Quería dejar de esconderme y, al mismo tiempo, sabía que no podía.

Mi móvil vibró sobre la mesa y se me encogió todo.

Lo cogí demasiado rápido. No era Ben, sino Duarte.

Duarte

Tenemos que hablar.

Debajo apareció otro mensaje.

Hoy.

Se me borró la sonrisa y Vanesa lo notó.

—¿Qué pasa?

Bloqueé la pantalla.

—Nada.

Ella me sostuvo la mirada.

—Alma.

—De verdad. No pasa nada. Si te digo que no es nada, no es nada.

No insistió, pero tampoco pareció creerme.

Por la tarde, Vanesa se marchó después de hacerme prometer que no iba a cometer ninguna locura. No especificó cuál, probablemente porque sabía que había demasiadas posibilidades.

Me quedé sola. Intenté leer algo pero no pude. Luego puse una película en la televisión, pero tampoco. Al final acabé otra vez en la terraza.

El cielo empezaba a cambiar de color y las luces de la urbanización iban encendiéndose poco a poco, entonces vi movimiento en la terraza de Ben. Era él. Llevaba una camiseta gris y unos pantalones oscuros. Tenía el pelo ligeramente revuelto y estaba hablando por teléfono.

Me quedé quieta. No me había visto. Simplemente lo miré.

Después terminó la llamada, se giró y me vio. Nuestros ojos se encontraron a través de aquella distancia absurda.

Puso una sonrisa pequeña, casi tímida.

Levanté la mano y él hizo lo mismo, pero nada más, ni una palabra.

Ben entró en su casa y yo seguí allí. Apoyé la frente contra el cristal de la puerta.

Una pared, solo una pared.

Entre nosotros había secretos suficientes para derribar una casa entera.

El móvil volvió a vibrar.

Duarte: Mañana será demasiado tarde para echarte atrás.

Sentí un peso en el pecho. Miré hacia la terraza de Ben. Las luces de su salón acababan de encenderse y el lunes ya no iba a ser simplemente el día en que íbamos a volver al trabajo.