Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Fueron cuatro plantas con la puerta cerrada y yo de pie en una esquina, con la tarjeta pegada contra la carpeta, mirando los números del marcador como quien mira las instrucciones de un examen.

Un señor con barba hablaba del partido del domingo, una mujer le contestaba que su hijo jugaba en juveniles, nadie dijo mi nombre ni me miró, y aun así yo sentí cada segundo de aquellas cuatro plantas como se siente una mano en la nuca.

En la planta baja el ascensor se abrió y Carlos Rivero se hizo a un lado y me dejó salir primero.

—Buenas tardes.

Lo dijo al aire, con esa educación que se pone cuando no hace falta ponerla.

Salí al vestíbulo con las manos temblando, me paré en la máquina del café, saqué un vaso de agua y me lo bebí entero de pie, mirando la puerta de cristal que da a la calle y pensando una cosa que no se me había pasado por la cabeza en cinco años: que Mónica y yo acabábamos de coincidir, con bata, carpeta y tarjeta, en el pasillo de secretaría de mi empresa.

Volví al laboratorio a las cinco y media, me puse los guantes, encendí la campana y me quedé delante de los tubos con la mano en el aire y la pipeta sin usar, mientras en mi cabeza daba vueltas la misma frase, como una mosca en una habitación cerrada: te ha leído el nombre.

Porque eso era lo único importante, lo demás era ruido.

No que el hombre de la gala estuviera en mi edificio, ni que fuera el mismo al que Ben le había cerrado una puerta en algún despacho.

Lo importante era que un hombre que me conocía de noche, con vestido largo y con otro apellido, acababa de leer mi nombre verdadero encima de una bata de laboratorio.

—Estás blanca —me dijo Lucía desde su mesa.

—Me ha sentado mal el café.

Levanté la pipeta y no supe qué estaba haciendo con ella.

A las seis me senté en el taburete de la campana y entendí que tenía que decírselo a alguien.

Podía subir al despacho de Ben, cerrar la puerta y contarle que el inversor que lleva dos años detrás de la patente acababa de mirarme la tarjeta en el ascensor. Podía llamar a Chen, que era el único al que le pagaban por pensar mal de la gente.

A las dos llamadas les faltaba la misma frase.

Lo conozco porque me contrató para una cena.

Lo tenía todo menos eso. Lo tenía todo menos explicar de dónde conocía yo a un empresario, por qué su nombre aparecía en la agenda de una agencia, a qué hora salí del Alfonso XIII aquella noche y con quién. No hay manera de contar la verdad a medias cuando la verdad es una casa entera.

Así que me quedé en mi sitio con la tarjeta nueva en el bolsillo de la bata, y no le conté a nadie que Carlos Rivero había tardado cuatro segundos en saber quién era yo.

Cuatro segundos y ninguna palabra.

A las seis y media, el laboratorio estaba casi vacío.

Lucía se había marchado hacía unos minutos y el resto del equipo había ido desapareciendo poco a poco, dejando detrás el ruido de las puertas, alguna conversación perdida en el pasillo y el zumbido constante de los equipos.

Yo seguía delante de la pantalla intentando concentrarme en los resultados, pero no podía.

Cada vez que levantaba la vista veía a Ben al otro lado de la sala.

Estaba revisando unos documentos, con las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos.

Tenía el ceño ligeramente fruncido mientras leía.

Me descubrí mirándolo demasiado tiempo. Él lo notó, levantó la cabeza y nuestros ojos se encontraron.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas un rato mirándome.

Sentí calor en las mejillas.

—Estaba pensando.

Una sonrisa apenas perceptible apareció en su boca.

—Eso espero.

—¿Y tú qué pensabas que estaba haciendo? —pregunté.

—No lo sé, pero parecía bastante interesante.

Aparté la mirada.

—Eres insoportable.

—Eso me han dicho alguna vez.

Cogió la carpeta y se acercó a mi mesa.

—Ven, quiero enseñarte algo.

Me levanté y lo seguí hasta la pantalla grande de la sala de reuniones.

Ben abrió los resultados y empezó a señalar diferentes valores.

—Mira esto.

Me incliné hacia delante.

—La estabilidad ha mejorado.

—Sí.

—Pero aquí hay una variación.

—Exacto.

Se colocó a mi lado demasiado cerca. Notaba el calor de su cuerpo aunque no me estuviera tocando. Su perfume, limpio y discreto, me llegó con una intensidad absurda.

Intenté concentrarme en la pantalla.

—Podría ser por la temperatura de almacenamiento.

—Eso pensé yo.

Se inclinó un poco más para señalar una cifra. Su brazo rozó el mío. Fue un contacto mínimo, lo suficiente para mantenerme rígida.

Ben también se detuvo.

Durante un segundo ninguno de los dos miró la pantalla.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

—Sí.

Otra vez esa respuesta, siempre la misma.

Pero esta vez no me creyó.

Giró ligeramente la cabeza hacia mí.

—No lo parece.

—Estoy cansada.

—Llevas días cansada.

—Tengo mucho trabajo.

—Eso tampoco lo explica todo.

Lo miré.

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

Aquellas dos palabras me atravesaron. Aparté la mirada inmediatamente.

Noté como Ben respiró despacio.

—No me refiero al proyecto.

—Ya.

—Alma…

Su voz había cambiado.

Ya no era la del jefe que revisaba resultados, era la del hombre que me había besado la noche anterior creyendo que besaba a otra mujer y yo no sabía cuánto tiempo más iba a poder soportar tenerlo tan cerca sin decirle que aquella mujer estaba delante de él.

—Estoy bien —repetí.

Ben me sostuvo la mirada.

—No tienes que contarme nada que no quieras contarme.

Aquello me dolió más que si hubiera insistido.

—Gracias.

Se apartó un poco, devolviéndome el espacio que necesitaba o que yo creía necesitar, porque, en cuanto dejó de estar tan cerca, lo eché de menos.

Ben volvió a mirar la pantalla.

—Hay algo que no me cuadra.

Mi atención volvió al proyecto.

—¿Qué?

Señaló una de las gráficas.

—La competencia no podría haber obtenido estos resultados solo con el informe general.

Noté un frío en el pecho.

—¿Estás seguro?

—Completamente —pasó a la siguiente página—. Alguien tuvo acceso a información más reciente.

Mis manos se enfriaron.

—¿Y si alguien copió los datos?

—Es posible.

—¿Y si fue un error?

Ben negó con la cabeza.

—No —se volvió hacia mí—, esto no ha sido un error.

No supe qué responder.

Ben dejó la carpeta sobre la mesa.

—Voy a averiguar quién lo hizo.

El pulso se me puso a mil.

—Ben…

—¿Sí?

Lo miré.

Tenía tantas cosas que decirle que ninguna consiguió salir.

Duarte me está chantajeando.

Soy Mónica.

Te mentí.

La mujer que besaste anoche está delante tuya.

Pero solo conseguí pronunciar:

—Ten cuidado.

Algo cambió en su expresión.

—¿Por qué?

—Porque no sabes con quién estás tratando.

Ben se quedó mirándome.

—¿Y tú sí?

La pregunta me dejó sin aire. No parecía una acusación, pero sentí que acababa de acercarme demasiado al borde.

—No —respondí—. Solo digo que tengas cuidado.

Ben se acercó hacia mí. Yo no retrocedí. Se quedó tan cerca que podía distinguir la pequeña sombra de barba que empezaba a aparecerle en la mandíbula.

Sus ojos bajaron hasta mi boca. El gesto fue tan evidente que sentí un escalofrío.

—Alma…

No terminó la frase. Yo sabía lo que estaba pensando y él sabía que yo lo sabía.

—Esto no es buena idea —murmuró.

—Probablemente no.

—Ayer…

Cerré los ojos un instante.

—No hables de ayer.

—¿Por qué?

Abrí los ojos.

—Porque no sé qué hacer.

Ben permaneció frente a mí.

—Yo tampoco.

El silencio se hizo enorme.

Su mano se levantó despacio, dispuesta a apartarme un mechón de pelo de la cara, pero se detuvo antes de tocarme.

Ese pequeño gesto fue peor que un beso porque por un segundo deseé que terminara de hacerlo.

—Será mejor que terminemos por hoy —dijo finalmente.

Asentí.

Ben bajó la mano y se levantó. Yo me quedé allí, intentando recuperar el aire mientras pensaba que quizá el problema ya no era mantener a Mónica escondida.

Cada vez me resultaba más difícil esconder a Alma cuando estaba con él.