Capítulo 25
La distancia entre los dos
Llegué a GenLab el viernes con la corazonada de que algo iba a pasar. No tenía ninguna prueba, solo una de esas intuiciones que aparecen cuando llevas demasiados días viviendo con el corazón encogido y empiezas a interpretar cualquier detalle como una señal.
Después de la noche anterior, además, estaba agotada.
Había vuelto a casa tarde, me había quitado el maquillaje, había dejado el vestido de Mónica sobre una silla y me había quedado varios minutos mirándolo desde la cama.
Había vuelto a besar a Ben y él me había hablado de Alma.
No sabía si aquello era una ironía cruel del destino o si simplemente me estaba buscando problemas yo solita.
Me preparé un café y salí hacia el laboratorio.
Cuando llegué, el ambiente era distinto.
No sabría explicar exactamente qué había cambiado, pero se notaba.
Las conversaciones eran prácticamente susurros, las puertas de algunos despachos estaban cerradas y había una tensión incómoda flotando en el aire, como cuando todo el mundo sabe que ha ocurrido algo pero nadie quiere ser el primero en decirlo.
Lucía estaba junto a su mesa.
—Buenos días.
—Buenos días.
Me miró con atención.
—¿Has visto a Ben?
—Todavía no.
—Está con Chen.
Se me hizo un vacío por dentro.
—¿Ha pasado algo?
Lucía se encogió de hombros.
—No lo sé, pero llevan ahí desde antes de que llegáramos.
Intenté convencerme de que no tenía por qué estar relacionado conmigo, pero no funcionó. Apenas unos minutos después, Ben salió de la sala de reuniones acompañado de Chen. Los dos hablaban en voz baja. Cuando Ben me vio, se detuvo un instante.
—Alma, ¿puedes venir un momento?
Lo seguí hasta la sala. Chen cerró la puerta. Aquello no me gustó nada.
Ben dejó una carpeta sobre la mesa.
—Han confirmado la filtración.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en los pulmones.
—¿Confirmado?
Chen asintió.
—No es una sospecha. La competencia tiene datos internos del proyecto.
Ben abrió la carpeta y colocó varias hojas delante de mí.
Reconocí algunos valores, resultados de estabilidad, rangos de medición… Datos que no habían salido de GenLab de manera oficial.
Noté un escalofrío.
Aquello era consecuencia de lo que yo había hecho.
—¿Cuándo los consiguieron? —pregunté.
—Eso es precisamente lo que estamos intentando averiguar —respondió Chen.
Ben señaló una de las hojas.
—Hay información que solo estaba disponible para determinadas personas del equipo.
Me obligué a mirar los documentos sin apartar la vista.
—¿Habéis revisado los accesos?
—Sí.
Chen pasó otra hoja.
—Aquí empieza el problema.
Había un listado de fechas y horas con nombres, archivos consultados…
Me incliné hacia la pantalla. Mi nombre aparecía allí varias veces, no porque hubiera hecho algo diferente a mi trabajo, había consultado aquellos documentos porque formaban parte de mis tareas, pero ahora, al verlos juntos, parecían otra cosa, parecían pruebas.
—Todos los que aparecen en esta lista tenían autorización para consultar la información —dijo Ben—. Eso significa que no podemos señalar a nadie únicamente por haber accedido a un archivo.
Sentí un pequeño alivio que duró poco.
—Pero estamos comprobando qué información pudo salir y cuándo.
Chen cruzó los brazos.
—Hay algo más.
Ben lo miró.
—¿Qué?
—Los datos que tiene la competencia no son exactamente los que aparecen en el informe general.
Nadie siguió la conversación y yo bajé la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Chen señaló una serie de valores.
—Han recibido información más concreta.
Sentí un frío extraño en las manos.
—¿Más concreta?
—Sí. Alguien no solo ha visto los resultados. Ha tenido acceso a información de trabajo que todavía no se había incorporado a los informes definitivos.
Ben se quedó pensativo.
—Eso reduce bastante las posibilidades.
No dije nada. Sabía exactamente de dónde había salido una parte de aquella información y, de repente, tuve una idea horrible.
Duarte no necesitaba que yo le entregara todo, con lo que ya tenía podía demostrar que alguien estaba filtrando información y si conseguía hacer que pareciera que esa persona era yo… La trampa estaba prácticamente preparada.
—Alma.
Levanté la cabeza. Ben me estaba mirando.
—¿Estás bien?
—Sí.
Otra mentira. Ya empezaba a odiar aquella palabra.
—Esto nos afecta a todos —continuó—. Quiero que quede claro que nadie está siendo acusado.
Asentí.
—Lo entiendo.
Ben se acercó un poco.
—Si alguien te ha pedido información, aunque te parezca una tontería, necesito saberlo.
Sentí que las piernas se pusieron a temblar.
Tuve, por un segundo, la oportunidad de decirlo.
Es Duarte.
Solo tenía que pronunciar su nombre pero entonces recordé las fotografías y la amenaza, y recordé que Ben todavía no sabía quién era Mónica.
—No —respondí finalmente—. Nadie me ha pedido nada.
Ben se quedó mirándome. No pareció convencido pero tampoco insistió.
—Está bien.
Chen recogió los documentos.
—Vamos a revisar los accesos con más detalle durante el fin de semana.
La palabra fin de semana me produjo un escalofrío.
—¿Y el proyecto?
—Continúa —respondió Ben—. No podemos detenerlo cada vez que aparece un problema, pero a partir de ahora habrá controles adicionales.
Asentí.
Salí de la sala intentando mantener la compostura.
En cuanto llegué al laboratorio, me encerré unos segundos en el baño. Abrí el grifo y me lavé las manos aunque no tenía nada que lavar. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa. Miré mi reflejo en el espejo.
¿Qué estás haciendo?
No tenía respuesta.
Cuando volví a mi puesto, encontré un papel doblado junto al teclado.
No tenía nombre. Lo abrí. Solo había una frase.
Te dije que esto iba a ponerse interesante.
Me quedé sin aire.
Levanté la mirada.
Al otro lado del laboratorio, Duarte estaba hablando con uno de los técnicos, ni siquiera me miró. Guardé el papel en el bolsillo y unos minutos después, Ben pasó junto a mi mesa.
—¿Alma?
—¿Sí?
—Esta tarde necesito que te quedes un poco más.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
—Quiero revisar contigo algunos de los resultados antes de cerrar la semana.
Asentí.
—Claro.
Ben siguió caminando y lo vi alejarse.
Hasta ese momento había pensado que el mayor peligro era que descubriera que Mónica y yo éramos la misma persona pero empezaba a comprender que podía ser mucho peor porque podría descubrirlo todo al mismo tiempo.
Mi secreto.
El chantaje.
Los datos.
Había una serie de pruebas que, vistas desde fuera, podían hacerme parecer exactamente lo que Duarte necesitaba que pareciera, la culpable, y lo peor de todo era que el hombre cuya confianza más necesitaba estaba a punto de ser quien revisara las pruebas.
El correo llegó a mediodía, con el asunto en mayúsculas y la letra pequeña de costumbre: Protocolo de confidencialidad.
Actualización de acreditaciones. Después de lo de la filtración no le extrañó a nadie.
Había que subir a secretaría antes del viernes, entregar la tarjeta vieja, firmar dos folios y volver con una nueva, con la foto que te hacen contra la pared blanca del pasillo y la cara de quien acaba de enterarse de que su empresa ya no se fía de ella.
Me tocó a las cinco.
—Voy a por la tarjeta —le dije a Lucía.
—Coge el ascensor de la derecha, que el otro está para las visitas.
—¿Qué visitas?
—No sé. —Se encogió de hombros—. Hoy hay jaleo arriba.
Subí sola en un ascensor que olía a limpio y a dinero.
En el laboratorio el aire huele a alcohol y a café recalentado, y siempre hay una puerta que golpea; tres plantas más arriba había moqueta, puertas de madera y un silencio de biblioteca, con una señora de chaqueta gris detrás de un mostrador que me pidió el DNI sin levantar la vista.
Esperé en un pasillo con dos butacas y una mesa de cristal con revistas de hace tres años.
Al fondo, delante de mí, estaba la puerta doble de la sala de juntas, con una franja de luz en el hueco de abajo y un murmullo de gente que hablaba a la vez.
Firmé donde me dijeron, me dieron la tarjeta y me quedé de pie con ella en la mano, mirando la foto, que era mala, como son todas las fotos de carné del mundo.
Entonces se abrió la puerta doble y el pasillo se llenó de trajes.
Salieron primero dos señores mayores, con las carpetas abiertas y una conversación que venía de dentro de la sala, luego una mujer con el móvil en la oreja y luego tres más, y detrás de todos, con la chaqueta gris cerrada y el pelo muy corto, el hombre que me había llevado del brazo por los jardines del Alfonso XIII en una noche de junio.
Carlos Rivero.
Lo reconocí antes de que terminara de salir.
El de las inversiones, el que había construido un imperio en pocos años, el que me había preguntado en la mesa si yo era de ciencias o de letras.
Me acordé del concurso de preguntas de aquella gala, de una de biología que me quedó fácil, y de un hombre que se había girado hacia mí con la copa en la mano para decirme delante de doscientas personas que yo era la caña.
Aquella noche le hizo gracia. Con mi tarjeta en la mano, ya no le hacía ninguna.
Pasó por delante de mí sin mirarme, con ese paso de quien está acostumbrado a que el pasillo se aparte, y yo me quedé viendo su nuca y el anillo de la mano izquierda, pensando, como una idiota, que a lo mejor no me había visto. Entonces se paró.
Se paró a dos metros, a media frase, y se giró con toda la calma del mundo.
Me miró la cara, me miró la bata y me miró la tarjeta que tenía en la mano, esa tarjeta de plástico con mi nombre, mis apellidos y mi foto de frente, que estaba ahí a la vista de cualquiera, como una matrícula.
—Caballero, por aquí —dijo alguien.
Carlos Rivero me sostuvo la mirada un segundo más, el tiempo justo para que yo entendiera que no había nada que sostener, porque él ya había terminado de leer, y siguió por el pasillo hacia los ascensores.
Bajé en el mismo ascensor que ellos.