Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

La nueva cita

Llegué al laboratorio el jueves con el estómago revuelto.

No era miedo exactamente sino algo mucho peor: había empezado a perder el control.

Desde que había salido del edificio la tarde anterior, no había dejado de pensar en el último mensaje de Duarte.

La próxima vez, Alma, no decidas tú qué información me das.

Había dormido fatal. Cada vez que el móvil vibraba, me sobresaltaba y, cuando conseguía quedarme dormida, volvía a despertarme pensando que quizá había cometido algún error, que alguien había descubierto el acceso o que Duarte había decidido hacer realidad alguna de sus amenazas.

Necesitaba que aquello terminara pero no tenía ni idea de cómo.

Entré en el laboratorio y me encontré a Ben junto a la cafetera.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me observó con calma.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Tienes cara de necesitar tres cafés. Parece que últimamente duermes poco.

—Con dos me apaño.

Se acercó y me tendió una taza.

—Este es el segundo.

La cogí.

—Gracias.

Nuestros dedos se rozaron. Fue una tontería, un contacto de apenas un segundo, pero después del domingo, mi cuerpo parecía empeñado en convertir cualquier cosa relacionada con Ben en un acontecimiento.

Él también se detuvo en seco. Nos miramos y volvió a ocurrir aquella sensación extraña, la de que algo nos acercaba sin que ninguno de los dos supiera muy bien por qué.

Ben bajó la mirada hacia mi boca y yo hice lo mismo con la suya. El recuerdo del domingo apareció entre los dos, pero esta vez fue él quien se apartó.

—Tenemos mucho trabajo hoy.

—Sí.

Volvió hacia su despacho. Yo me quedé con la taza entre las manos.

Muy bien, Alma.

A media mañana, Chen reunió al equipo.

—Tenemos novedades sobre la filtración.

Se me hizo un nudo en el pecho.

Ben tomó la palabra.

—Han localizado varios accesos a información que posteriormente apareció fuera de la empresa.

Lucía frunció el ceño.

—¿Accesos?

—Sí.

Chen dejó unas hojas sobre la mesa.

—Estamos revisando quién consultó determinados archivos durante las últimas semanas.

Miré los papeles sin tocarlos. No quería saberlo pero entonces vi mi nombre: Alma .

Sentí cómo se le aceleró el pulso. Pero no estaba sola, había otros tres nombres. Aun así, verlo allí me produjo una sensación de vacío.

Ben levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron. No había acusación en los suyos, solo preocupación.

—Esto no significa que nadie haya hecho nada —aclaró—. Estamos comprobando los accesos porque es el procedimiento habitual.

Asentí.

—Claro.

Intenté que mi voz sonara normal. No sé si lo conseguí.

Cuando terminó la reunión, fui al baño y me encerré en uno de los cubículos. Apoyé las manos sobre la puerta y respiré profundamente.

Tranquila.

Solo tenía que aguantar y conseguir que Duarte dejara de utilizarme. El problema era que ya no sabía qué podía hacer para detenerlo.

Mi móvil vibró. Era Duarte otra vez. Abrí el mensaje.

Duarte

Hoy no necesito datos.

Llegó otro.

Necesito que hagas algo mucho más sencillo.

Después:

Confía en mí.

Solté una risa nerviosa. Aquello era probablemente lo más absurdo que había leído en mi vida. Confiar en Duarte era como confiar en alguien que sostiene un cuchillo mientras te promete que no piensa utilizarlo.

Escribí:

¿Qué quieres? ✓✓

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Que mañana estés con Ben.

Fruncí el ceño.

¿Para qué? ✓✓

Tardó unos segundos y después apareció:

Eso no te lo voy a explicar por aquí.

Guardé el teléfono.

Sentí que el miedo dejó paso a la rabia. Estaba harta de sus amenazas, de sus mensajes, de caminar por GenLab sintiendo que cada persona podía estar observándome, y sobre todo, estaba cansada de que utilizara a Ben para controlarme.

Salí del baño y volví al laboratorio.

Ben estaba solo. Levantó la cabeza al verme.

—¿Todo bien?

Lo miré.

Estuve a punto de contárselo todo, absolutamente todo: mi doble vida, Duarte, las fotografías, los informes…

Di un paso hacia él.

—Ben, tengo que decirte una cosa.

Él dejó lo que estaba haciendo.

—¿Qué ocurre?

Abrí la boca pero no salió nada, porque si empezaba a hablar, ya no habría vuelta atrás.

Ben se acercó.

—Alma —dijo suavemente.

—Puedes contarme lo que sea.

Tragué saliva, lo miré a los ojos y justo cuando estaba a punto de hacerlo, mi móvil vibró dentro del bolsillo. No quería mirarlo, pero lo hice. Había una fotografía de Ben y yo, juntos, aquella misma mañana y debajo, un mensaje de Duarte:

Si se lo cuentas, esta será la primera foto que verá.

Sentí que se me helaba la sangre.

Levanté la mirada.

Ben seguía delante de mí, esperando una respuesta.

—No es nada —dije al final.

—¿Seguro?

—Sí.

—Vale —dijo sonriendo ligeramente, aunque no parecía convencido.

Se marchó.

Me quedé allí, sintiéndome miserable. Había vuelto a mentirle y ésta vez había sido peor porque había tenido la oportunidad de hacer lo contrario.

A las cinco y media, cuando estaba recogiendo mis cosas, recibí una llamada de Vanesa.

—Tenemos trabajo esta noche.

Cerré los ojos.

—¿En serio?

—¿Qué te pasa? Antes te encantaba.

—Hoy no.

—Pues tendrás que enamorarte de nuevo de tu profesión porque el cliente ya está confirmado.

Suspiré.

—¿Quién?

Se lo pensó antes de hablar.

—Ben.

No me salió la voz.

—¿Qué?

—Ben Weller. Me ha vuelto a llamar y ha preguntado por Mónica.

Me puse nerviosa de golpe.

—No.

—¿Cómo que no?

—No puedo.

—Alma, ¿estás enferma?

—No. Es que…

No terminé la frase.

Vanesa soltó una risita.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Eso ha sonado muchísimo a que pasa algo. ¿Te ha molestado que te haya citado sin preguntarte?

—Luego te cuento.

Colgué.

Me quedé sentada frente a la mesa unos segundos. Aquello era una locura.

Ben no sabía que Mónica era yo. Yo sabía que él era Ben y después del sábado sabía exactamente cómo sabían sus labios. Lo peor era que una parte de mí quería volver a verlo, la otra sabía que hacerlo era una pésima idea.

A las ocho menos cuarto estaba frente al espejo, otra vez el pelo liso, sin gafas… Otra vez era Mónica.

Me estudié en el espejo.

—¿En qué lío te estás metiendo? —susurré.

Cuando llegué al lugar acordado, Ben ya estaba allí.

Llevaba una camisa blanca y una chaqueta oscura. Al verme se dibujó una sonrisa perfecta en su rostro y aquel gesto me golpeó directamente en el pecho.

—Hola, Mónica.

—Hola, Ben.

—Pensé que quizá no vendrías.

—Yo también.

Se rió.

—Eso no me tranquiliza.

No pude evitar sonreír.

Nos sentamos y pedimos algo de beber.

Durante los primeros minutos hablamos de cosas sin importancia, pero yo notaba que Ben me observaba más de lo habitual, intentando encontrar algo.

—¿Qué? —pregunté finalmente.

—Nada.

—Me estás mirando.

—Es que hay algo en ti que no consigo entender.

Se me subió el calor a la cara.

—¿El qué?

Ben apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Cuando estoy contigo tengo la sensación de conocerte desde hace mucho tiempo.

Bajé la mirada hacia mi copa.

—Eso es extraño.

—Mucho —se quedó pensativo—, y lo más raro es que me pasa algo parecido con otra persona.

Sentí que se me quedaba el cuerpo completamente quieto.

—¿Con quién?

Ben sonrió, aunque esta vez había algo de desconcierto en su expresión.

—Con Alma.

No supe qué decir.

—¿Quién es?

—Una compañera de trabajo.

Solté una pequeña risa para disimular.

—Entonces quizá deberías dejar de trabajar tanto con ella.

—Eso intento.

Levanté la cabeza y nuestros ojos se encontraron.

—¿Y funciona?

Ben negó lentamente con la cabeza.

—No demasiado.

Aquello me dejó sin aire.

Estaba sentado delante de Mónica hablando de Alma y yo era las dos.

Ben alargó una mano sobre la mesa y rozó mis dedos.

—No sé qué me está pasando.

Yo tampoco sabía qué responder, solo podía mirarlo y, por primera vez, tuve miedo de que aquella mentira no pudiera sostenerse mucho más.

Mi móvil vibró dentro del bolso. No quería mirarlo porque sabía quién era, Duarte.

Esperé unos segundos antes de sacarlo. Había un único mensaje.

Disfruta de la noche. Mañana empieza la parte interesante.

¿Pero cómo demonios…?

Levanté la vista hacia Ben. Él seguía mirándome y comprendí que el verdadero problema no era que Duarte supiera quién era Mónica, sino que estaba empezando a descubrir cuánto significaba Ben para mí.