Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Al límite

Amanecí el martes habiendo dormido una hora, porque llevaba ya un rato dando vueltas en la cama. Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen: Duarte en el aparcamiento, con aquella tranquilidad que empezaba a darme más miedo que sus amenazas.

A las siete y media ya estaba en la cocina con un café entre las manos.

No tenía hambre y tampoco ganas de ir a trabajar, pero quedarme en casa no iba a solucionar nada y, además, necesitaba saber qué estaba pasando con el proyecto.

Desde que Duarte había empezado con aquello, entrar en GenLab se había convertido en una especie de prueba diaria.

Tenía que trabajar con normalidad mientras una parte de mí estaba pendiente de cada puerta que se abría, cada persona que se acercaba y cada conversación que bajaba de volumen cuando yo aparecía.

Llegué al laboratorio temprano. Esta vez Ben ya estaba allí. Lo descubrí al entrar en la sala de reuniones, inclinado sobre una mesa llena de documentos. Ben levantó la cabeza al escucharme y dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me quedé un segundo en la puerta. Aquel hombre tenía la desagradable costumbre de conseguir que una simple sonrisa pareciera algo mucho más personal de lo que probablemente era.

—¿Has dormido? —preguntó.

La pregunta me pilló desprevenida.

—Sí.

Me miró.

—Mentira.

Solté una pequeña risa.

—¿Y tú qué sabes?

—Tienes cara de haber discutido con la almohada.

—Ha sido una discusión complicada.

Ben ladeó la cabeza, divertido.

—¿Ha ganado ella?

—Por goleada.

Me gustó que se riera. Demasiado. Aquello me recordó inmediatamente al domingo. Aparté la mirada y dejé el bolso sobre una silla.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunté.

—Quería revisar los resultados antes de que llegara el resto del equipo —respondió mientras señalaba los documentos—, y también quería hablar contigo.

Sentí que algo dentro de mí se tensaba.

—¿Sobre el proyecto?

Ben dudó un instante.

—En parte.

No pregunté qué significaba la otra parte. Durante un momento nos quedamos allí, mirándonos sin hablar, hasta que escuchamos pasos en el pasillo. Lucía apareció en la puerta y el momento se rompió.

—Perdonad. ¿Interrumpo?

—No —respondí demasiado deprisa.

Ben me lanzó una mirada divertida.

—Estábamos hablando del proyecto.

—Eso espero —dijo Lucía con una sonrisa.

Me puse a trabajar antes de que pudiera seguir hablando. La mañana transcurrió entre análisis, reuniones y resultados que no terminaban de encajar como deberían. La muestra diecisiete seguía dando una pequeña variación y decidimos repetir parte del ensayo.

Todo parecía normal hasta que llegó Chen. Entró en el laboratorio con una carpeta bajo el brazo y una expresión mucho más seria de lo habitual.

—Ben, necesito hablar contigo.

Ben dejó lo que estaba haciendo.

—¿Ahora?

Chen asintió.

—Sí.

Los dos salieron. Intenté no prestar atención, pero no lo conseguí. Diez minutos después volvieron. Ben parecía tranquilo, aunque lo conocía lo suficiente para saber que aquella calma no era real.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Se quedó mirándome.

—Han vuelto a aparecer datos que no deberían estar fuera de GenLab.

Se me puso la piel de gallina.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Chen dejó la carpeta sobre la mesa.

—La información que tiene la competencia es demasiado específica. No estamos hablando de algo que puedan haber deducido por casualidad.

Nadie dijo nada. Ben abrió la carpeta y empezó a revisar unas hojas.

—Estamos comprobando los accesos.

Noté que me faltaba aire.

—¿A qué datos? —pregunté.

Ben levantó la mirada.

—A los resultados de estabilidad y a determinadas características de la formulación.

Tuve que hacer un esfuerzo para mantener la expresión neutra. Era justo lo que Duarte me había obligado a entregar.

—¿Sabéis quién ha sido?

—Todavía no —respondió Chen—, pero cada vez tenemos más evidencias. Ya hemos reducido bastante el número de personas con acceso a determinados resultados.

—¿Cuántas? —preguntó Ben.

Chen cerró la carpeta.

—Cuatro.

No pregunté quiénes, porque no quería saberlo, aunque una parte de mí ya estaba haciendo cálculos.

Ben cerró la carpeta.

—No quiero que nadie saque conclusiones precipitadas. Vamos a revisar todos los accesos antes de señalar a nadie.

—Es lo lógico —dije.

Mi voz sonó extrañamente firme para lo que sentía por dentro.

Cuando Chen se marchó, Ben se quedó unos segundos más.

—Alma.

Lo miré.

—¿Sí?

—Si sabes algo que pueda ayudarnos, necesito que me lo cuentes.

Sentí un golpe seco en el pecho. Por un momento pensé que lo sabía, que había descubierto algo y que Duarte había hablado. Ben solo me sostuvo la mirada.

—Confío en ti.

Aquellas tres palabras fueron peores que una acusación, porque yo estaba mintiéndole y él confiaba en mí.

—Lo haré —dije.

Ben asintió y salió del laboratorio.

El miércoles llegué al laboratorio con una decisión bastante clara: no iba a hacer nada más por Duarte.

Había cruzado una línea. Ya no podía seguir diciéndome que aquello eran pequeños favores sin consecuencias.

Los datos estaban fuera de GenLab. La competencia tenía información que no debería tener y, aunque todavía no supieran quién había sido, yo sabía perfectamente cómo había empezado todo.

No quería volver a ser la persona que le facilitara el siguiente paso.

El problema era que una decisión parece muy firme hasta que alguien conoce exactamente dónde apretar.

A media mañana encontré un sobre blanco dentro de mi taquilla. No tenía nombre, no hacía falta. Lo abrí con los dedos tensos. Dentro había una sola hoja.

18:30. Edificio de investigación. Segunda planta. Pasillo norte.

No necesitas llevarte nada. Solo entrar.

Leí aquellas palabras dos veces. Solo entrar, nada más. Guardé la nota en el bolsillo y cerré la taquilla.

—¿Alma?

Me sobresalté. Ben estaba detrás de mí.

—¿Qué haces aquí?

—Venía a buscarte.

Señaló la puerta del laboratorio.

—Tenemos la reunión dentro de diez minutos.

—Sí, ya voy.

Me miró unos segundos.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Otra mentira.

Sonreí.

—Últimamente tienes demasiada facilidad para descubrirlas.

—Solo las tuyas.

Ben sonrió y siguió caminando. Yo tardé un par de segundos en reaccionar. Aquella frase se me quedó dando vueltas en la cabeza durante toda la reunión. Si supiera la cantidad de cosas que le estaba ocultando, probablemente no volvería a decirme algo así.

La reunión transcurrió con normalidad hasta que Chen mencionó que la investigación sobre la filtración avanzaba.

—Ya hemos reducido bastante el número de personas con acceso a determinados resultados —dijo.

Sentí que se me helaban las manos. Ben lo miró.

—¿Cuántas?

—Cuatro.

Cuando terminó la reunión, Ben me alcanzó en el pasillo.

—Alma.

Me giré.

—¿Sí?

—¿Tienes planes esta tarde?

La pregunta me pilló desprevenida.

—No —mentí.

—Podríamos tomar algo después de trabajar.

Lo miré. Por un momento pensé en aceptar, porque me apetecía muchísimo más de lo que debería, pero recordé la nota que llevaba escondida en el bolsillo.

—Hoy no puedo.

Ben asintió, aunque algo en su expresión cambió.

—Vale.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Se quedó mirándome un momento antes de marcharse, y entonces tuve la sensación absurda de haber perdido algo que ni siquiera tenía.

A las seis y veinte estaba frente al edificio de investigación.

Me quedé sentada en un banco de enfrente, mirando la entrada.

Podía marcharme, todavía estaba a tiempo, pero pensé en las fotografías de Mónica, en Duarte, en todo lo que podía contarle a Ben y en la posibilidad de que mi vida se desmoronara de un día para otro.

Entré. El edificio estaba prácticamente vacío. Subí a la segunda planta y seguí el pasillo norte. Duarte estaba esperándome junto a una puerta.

—Has venido.

—¿Qué quieres?

—Que veas algo.

Abrió la puerta. Al otro lado había una pequeña sala de archivo. Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.

—¿Qué hago aquí?

Duarte señaló una estantería.

—Necesito que encuentres una carpeta.

—No.

Su expresión cambió.

—Alma, no compliques las cosas.

—No voy a robar nada.

—No te estoy pidiendo que robes nada.

Se acercó un poco más.

—Solo quiero que mires.

—¿Para qué?

Duarte entrecerró los ojos.

—Porque mañana van a preguntarse cómo ha conseguido la competencia determinados datos.

Sentí que se me helaba la nuca.

—¿Qué quieres decir?

Duarte sacó el móvil y me mostró una fotografía. Era una captura de un documento interno. Lo reconocí al instante.

—Eso…

—Sí.

Levantó la mirada.

—Ya está fuera. Ahora necesito saber hasta dónde llega el proyecto.

—No pienso ayudarte.

Duarte guardó el móvil.

—Claro que sí.

—No.

Se acercó hasta quedarse frente a mí.

—Si tú no lo haces, alguien tendrá que explicar por qué una investigadora de GenLab tiene una segunda vida que oculta cuidadosamente.

Sentí que la sangre me abandonaba la cara.

—No sabes nada de mí.

—Sé bastante más de lo que te gustaría.

Sacó el teléfono otra vez. Esta vez no apareció una fotografía de Mónica. Era una fotografía mía, saliendo de GenLab junto a Ben, el día que fuimos juntos a Simón Verde.

Antes de abrir la foto me dio tiempo a ver la funda: una pegatina redonda y descolorida, de un dibujo animado, medio despegada por una esquina. No encajaba con nada de lo que estaba pasando en aquella sala.

—¿Qué quieres?

Duarte me estudió de arriba abajo.

—Ahora parece que has entrado en razón.

Señaló la carpeta que había sobre una mesa.

—Necesito que mañana me consigas el informe completo de la estabilidad de la formulación.

Miré la carpeta y después a él.

—Eso no puedo hacerlo.

—Sí puedes.

—Me descubrirán.

—Exactamente.

No entendí. Duarte inclinó ligeramente la cabeza.

—Ese es el problema, Alma. —Hizo una pausa—. Ya no necesito que seas invisible. Necesito que parezca que fuiste tú.

Sentí que el mundo se quedaba en silencio. Duarte nunca había querido simplemente robar información. Había estado construyendo algo mucho más peligroso, una historia en la que yo sería la culpable perfecta.

Dejé la carpeta sobre las rodillas. Fui incapaz de apartar los ojos de ella. Era solo una carpeta, unas cuantas hojas impresas, algo que cualquier persona podría haber dejado sobre aquella mesa sin darle mayor importancia. Para mí acababa de convertirse en una amenaza.

—No puedo hacer eso —repetí.

Duarte suspiró.

—Sí puedes.

—No voy a sacar ese informe de aquí.

—Entonces no lo saques.

Lo miré, confundida.

—¿Qué?

—Haz una copia.

—Eso sigue siendo ilegal.

—Alma, deja de buscar excusas.

El cuerpo se me puso en tensión.

—No son excusas.

—Entonces llámalo miedo.

Apreté los labios. Tenía razón. Estaba muerta de miedo, pero no por mí.

Pensé en Ben. En la forma en que me había mirado aquella mañana, en cómo me había dicho que confiaba en mí.

Pensé en el domingo, en aquel momento en su salón en el que habíamos estado a punto de besarnos, y ahora estaba allí, a punto de traicionarlo.

—¿Qué quieres exactamente?

Duarte señaló la carpeta.

—El informe completo de estabilidad de la formulación.

—¿Para qué?

—Eso no es asunto tuyo.

—Entonces no lo tendrás.

Duarte no se inmutó.

—¿Quieres que llame a Ben?

Me encogí por dentro.

—No.

—¿Quieres que le enseñe las fotografías? ¿O prefieres que le explique quién es Mónica?

Cerré los ojos con fuerza. Había llegado a un punto en el que cualquier decisión parecía mala. Si no hacía lo que él quería, podía destruirme. Si lo hacía, podía destruir el proyecto. Entre las dos opciones todavía quedaba una tercera: engañarlo.

—No hace falta esperar a mañana. Necesito cinco minutos —dije.

Duarte señaló la puerta.

—Vale.

Salí de la sala con las piernas temblando. Volví al área de trabajo intentando aparentar normalidad. Por suerte, a aquella hora apenas quedaban personas en el edificio. Accedí al sistema y busqué el informe.

Cuando apareció en pantalla sentí un pinchazo de culpa.

Aquello no era información cualquiera. Había meses de trabajo allí.

Resultados de pruebas, modificaciones de formulación, observaciones que todavía estaban siendo contrastadas y, entre todas aquellas páginas, un apartado que me preocupó especialmente: la estabilidad de las nanopartículas.

Si alguien utilizaba esos datos correctamente, podía hacerse una idea bastante aproximada de cómo estábamos consiguiendo mantener la formulación estable durante más tiempo.

No podía entregárselo.

Descargué el informe, hice una copia y no toqué una tecla más.

—Vamos, Alma —murmuré.

Abrí el documento y seleccioné únicamente las páginas correspondientes a los resultados generales de estabilidad.

Nada sobre el proceso completo ni sobre las proporciones.

Nada que pudiera permitir reconstruir la formulación.

Guardé el archivo y, por primera vez desde que había empezado aquella pesadilla, sentí que había conseguido poner un límite.

Volví a la sala. Duarte estaba apoyado contra la mesa.

—¿Lo tienes?

Asentí. Le envié el archivo y su teléfono vibró casi inmediatamente. Yo esperaba que empezara a revisarlo allí mismo, pero simplemente deslizó el dedo por varias páginas y después levantó la mirada.

—¿Eso es todo?

Intenté mantener la calma.

—Sí.

Me sostuvo la mirada demasiado tiempo.

—¿Estás segura?

—Sí.

Duarte volvió a mirar la pantalla.

—Qué raro.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Qué?

—Nada.

Guardó el teléfono en el bolsillo.

—Puedes irte.

No me moví.

—¿Eso es todo?

—Por hoy.

Aquellas dos palabras no me tranquilizaron. Al contrario. Me hicieron sentir que acababa de entrar en una habitación mucho más oscura de lo que había imaginado.

Salí del edificio y respiré profundamente cuando el aire de la calle me golpeó la cara. Había conseguido proteger la parte más delicada del proyecto, o eso quería creer. Caminé hasta la parada del autobús con el móvil apretado dentro del bolsillo.

Vibró. Lo miré. Tenía un mensaje de Duarte.

Duarte

¿De verdad creías que no iba a darme cuenta?

Me quedé paralizada. Antes de que pudiera reaccionar llegó otro.

La próxima vez, Alma, no decidas tú qué información me das.

Leí el mensaje una y otra vez. Sentí un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta las manos. Duarte sabía que le había ocultado algo. Lo que no sabía era cuánto.

Estaba intentando escapar de un chantaje y sobrevivir a una trampa que llevaba mucho más tiempo preparándose de lo que yo había imaginado.