Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Al día siguiente

A la mañana siguiente me dije que la noche anterior no había sido para tanto.

No funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir los labios de Ben sobre los míos, y lo peor era que no conseguía decidir qué me inquietaba más: que me hubiera besado o que yo hubiera querido que lo hiciera otra vez.

Estaba preparando café cuando sonó el teléfono.

—¿Sí?

—¿Estás ocupada?

Reconocí su voz al instante.

—No. ¿Por qué?

Hubo un pequeño silencio al otro lado.

—Necesito hablar con alguien.

Me apoyé contra la encimera.

—¿Ha pasado algo?

—No exactamente. Bueno… no lo sé.

Aquello consiguió ponerme alerta.

—¿Quieres que vaya?

—Si no te importa. Te invito a un café.

Miré hacia la puerta de mi cocina buscando una respuesta sensata. Ir a casa de Ben después de lo ocurrido la noche anterior no parecía precisamente una buena idea, pero tampoco quería dejarlo solo si de verdad necesitaba hablar con alguien.

—Dame cinco minutos.

—Te espero.

Me puse una chaqueta por encima, lo primero que encontré, y antes de salir de casa me fijé en que tenía el pelo planchado.

¡Mierda! Me lo voy a tener que mojar…

Salí de casa con el pelo casi empapado. Cuando Ben abrió la puerta llevaba unos vaqueros y una camiseta gris, nada especial, pero verlo así, despeinado y completamente relajado, me produjo una sensación extraña, mucho más peligrosa que verlo con el traje de ayer.

—Hola.

—Hola.

Se apartó para dejarme entrar.

—Pasa. El café está hecho.

Su piso estaba tranquilo, con esa luz suave de los domingos que hacía que todo pareciera más lento. Sobre la mesa había dos tazas y una cafetera todavía caliente. Me senté y él ocupó el sofá de al lado. Ninguno de los dos abrió la boca.

—Bueno —dije—. ¿Qué te pasa?

Ben soltó una pequeña risa.

—No sé ni por dónde empezar.

—Eso no suele ser buena señal.

—Lo sé.

Cogió la taza entre las manos y miró el café.

—Ayer estuve con alguien.

Tuve que hacer un esfuerzo para que mi cara no cambiara.

—Ya.

—Fue… diferente.

—¿Diferente cómo?

Levantó la cabeza.

—No lo sé. Ese es el problema. —Bebió un poco de café antes de continuar—. Con ella me pasa algo que no me había pasado nunca. Es como conocerla de antes, como tener algo que debería recordar y no consigo encontrar el qué.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Y eso es malo?

—No. Es lo que me preocupa —sonrió ligeramente—, porque me gusta.

Bajé la mirada hacia mi taza para que no pudiera verme la expresión.

—Entonces no entiendo cuál es el problema.

—Que no sé nada de ella.

Aquello me hizo gracia.

—Eso sí parece un problema.

—No sabes cuánto.

Nos reímos los dos y durante unos minutos la conversación se volvió más ligera.

Ben me contó algunos detalles de la noche, sin mencionar demasiados.

Yo fingí escucharlo como lo haría cualquier amiga, aunque cada palabra me recordaba que estaba hablando de mí sin saber que estaba hablando conmigo.

Hasta que nuestras miradas se encontraron y algo cambió.

No fue inmediato. No hubo ninguna frase que pudiera señalar después y decir ahí empezó todo . Simplemente dejamos de hablar.

Ben seguía sentado frente a mí, con una mano alrededor de la taza. Yo tenía los dedos apoyados sobre los muslos. Sus ojos bajaron un instante hacia mi boca y después volvieron a los míos. Sentí que se me aceleraba el pulso.

Él dejó la taza sobre la mesa y, no sé cómo, se derramó el café.

Se inclinó ligeramente hacia delante y yo me moví también.

Nos dimos un pequeño cabezazo y nos quedamos mirándonos muy cerca, demasiado cerca.

Podía sentir su respiración y, por un instante, tuve la absurda sensación de que todo lo que nos rodeaba había desaparecido.

El salón, la mesa, las tazas de café. Incluso el domingo parecía haberse quedado suspendido.

No sabía qué estábamos haciendo, solo sabía que ninguno parecía dispuesto a romper aquel momento.

Ben levantó una mano y rozó mi brazo. Fue apenas un contacto, pero hizo que se me pusiera el vello de punta. Nos miramos y ninguno dijo nada. Se inclinó un poco más y entonces se detuvo.

Cerró los ojos durante un segundo, ordenando algo dentro de su cabeza, y dio un paso atrás.

—No.

La palabra salió tan baja que casi no la escuché.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Nada…

No supe qué decir. Ben se pasó una mano por el pelo y soltó el aire lentamente.

—No sé qué me pasa contigo.

Aquello me dejó sin palabras, porque yo sí lo sabía.

—Supongo que estás cansado —dije, intentando quitarle importancia.

Ben mantuvo la mirada un segundo de más.

—Sí, supongo.

Ninguno de los dos se creyó aquella respuesta, pero tampoco dijimos nada más.

Volvimos a sentarnos y seguimos tomando café mirando cada uno hacia un lado distinto, después de haber estado a punto de cruzar una línea que ninguno de los dos sabía exactamente dónde estaba.

La verdad es que resultó mucho más fácil dejarlo pasar que intentar explicar por qué dos personas que apenas se conocían podían sentirse atraídas de aquella manera.

Yo tenía una explicación. Ben todavía no.

El lunes llegué al laboratorio diez minutos antes de lo habitual, no porque tuviera trabajo pendiente ni porque me hubiera vuelto de repente una persona responsable y madrugadora.

Quería llegar antes que Ben. Después de lo ocurrido el domingo necesitaba unos minutos para acostumbrarme a la idea de volver a verlo sin pensar en lo cerca que habíamos estado el día anterior.

Entré en el laboratorio, dejé el bolso junto a mi mesa y me puse la bata. Todo estaba exactamente igual que siempre. Los equipos encendidos, las muestras preparadas, el olor ligeramente metálico que se quedaba en el aire después de limpiar las superficies. Lo normal.

Intenté concentrarme en el trabajo. Revisé los resultados del último ensayo, comprobé las anotaciones de Lucía y empecé a preparar una nueva serie de muestras. Funcionó durante unos veinte minutos, hasta que escuché la puerta. No tuve que levantar la cabeza para saber quién era.

—Buenos días.

La voz de Ben me recorrió la espalda de una forma bastante poco profesional.

—Buenos días.

Seguí con la vista en la pantalla. Él dejó unas carpetas sobre la mesa de trabajo y empezó a revisar los documentos.

Durante un rato solo se escucharon los teclados, el sonido de algún equipo y las conversaciones lejanas del pasillo.

Yo estaba haciendo un esfuerzo considerable por comportarme como siempre.

Ben parecía que también. El problema era que ninguno de los dos parecía conseguirlo del todo.

En un momento dado levanté la vista y descubrí que me estaba mirando. No fue una mirada descarada, porque apenas duró un segundo, pero fue suficiente. Apartó los ojos y volvió al documento que tenía delante. Yo hice lo mismo.

Perfecto, Alma. Muy natural todo.

Continué trabajando hasta que Lucía se acercó con los resultados de las últimas mediciones.

—Creo que tenemos una pequeña variación en la muestra diecisiete.

La palabra me cayó encima como un cubo de agua fría.

—¿Qué tipo de variación?

Lucía me enseñó la pantalla. Me acerqué para revisar los datos. La diferencia era pequeña, pero estaba ahí.

—Repitamos el análisis —dije—. Quiero descartar un error de medición antes de sacar conclusiones.

—Vale.

Lucía se marchó y yo volví a mirar los números. Sentí que alguien se colocaba a mi lado.

Ben.

—¿Qué ocurre?

Le expliqué la variación y le mostré los resultados. Se inclinó para observar la pantalla demasiado cerca. Podía notar el calor de su brazo junto al mío.

—Podría ser una alteración del tamaño de las nanopartículas —dijo.

—También lo he pensado.

—¿Quieres que revisemos la estabilidad?

Asentí.

Trabajamos juntos frente a la pantalla un buen rato. Era una situación completamente normal. Dos personas revisando unos resultados, excepto que yo podía sentir su hombro rozando el mío cada vez que se movía. Ben se apartó primero.

—Voy a revisar los registros anteriores.

—Vale.

Se marchó y solté el aire lentamente. No podía seguir así. No podía pasarme el día intentando recordar que aquel hombre era mi jefe mientras mi cuerpo parecía empeñado en recordarme otra cosa.

A media mañana recibí un mensaje en el móvil. No reconocí el número, pero aun así lo abrí.

Número desconocido

Tenemos que hablar.

Se me heló el estómago. No necesitaba preguntar quién era. Guardé el teléfono boca abajo sobre la mesa y traté de continuar trabajando. Un minuto después llegó otro mensaje.

Hoy. A las seis. Ya sabes dónde.

Apreté los dedos alrededor del móvil.

Duarte.

Miré hacia el otro lado del laboratorio.

Ben estaba hablando con Chen. Por un instante pensé en contarle lo que estaba ocurriendo.

La idea apareció y desapareció casi al mismo tiempo, porque en realidad no podía, todavía no.

Duarte tenía información sobre Mónica y, mientras él pudiera utilizarla para destruirme, cualquier cosa que yo dijera podía terminar convirtiéndose en un arma contra mí.

Guardé el teléfono en el bolsillo de la bata.

—¿Todo bien? —preguntó Lucía.

Levanté la cabeza.

—Sí. Todo bien.

La mentira me salió demasiado deprisa. Ella me miró durante un segundo, sin terminar de creérselo, pero finalmente volvió a su trabajo y yo también, solo que ya no conseguía concentrarme.

A las seis tenía que volver a enfrentarme a Duarte, y aquella vez tenía la sensación de que no iba a pedirme otro pequeño favor.

A las seis y cinco estaba en el aparcamiento del edificio, apoyada contra una columna, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Duarte llegó caminando sin prisa, con las manos libres y esa tranquilidad que empezaba a darme más miedo que sus amenazas.

—Gracias por venir.

—No me has dejado elegir.

—Eso no es del todo cierto.

Se tomó su tiempo antes de responder.

—Esta vez no voy a pedirte un número.

Lo miré sin entender.

—¿Entonces?

—Voy a pedirte que entres en un lugar al que yo no puedo entrar.

Sentí un frío que no tenía nada que ver con la temperatura.

—¿Qué lugar?

—El archivo del edificio de investigación.

Negué con la cabeza.

—No.

—Todavía no te he dicho lo que tienes que buscar.

—Me da igual lo que sea.

Duarte se metió las manos en los bolsillos y miró hacia la calle, con aire de estar aburrido de la conversación.

—Me gusta que te resistas, Alma. De verdad que me gusta. —Volvió a mirarme—. Pero los dos sabemos cómo va a terminar esto.

—No voy a hacerlo.

—Ya lo has dicho otras veces.

Se alejó tres pasos y se detuvo. Le sonó el móvil en el bolsillo, miró la pantalla, la apagó con el pulgar y se lo guardó sin contestar. En ese gesto hubo más prisa que en todo lo que me había dicho desde que había llegado.

—Te avisaré cuando sea el momento.

Lo vi marcharse sin moverme del sitio. Cuando el aparcamiento volvió a quedarse en silencio, ya no se trataba de datos, ni de una cifra, ni de una tabla de resultados.

Duarte acababa de decirme que el siguiente paso lo daría yo, sola, dentro de un edificio al que él no tenía acceso. Lo peor era que yo iba a darlo.