Capítulo 21 #2
Seguimos bailando un rato más. A veces hablábamos entre canción y canción, otras simplemente nos dejábamos llevar por la música.
Hubo un momento en el que levanté la vista y me encontré con sus ojos clavados en mí.
No dijo nada, pero tampoco hizo falta. Noté ese pequeño sobresalto que empezaba a ser demasiado habitual cuando estaba cerca de él.
Después nos sentamos a tomar una copa y la conversación fue cambiando de rumbo sin que ninguno de los dos pareciera buscarlo.
Hablamos de cosas bastante más personales que durante la cena, de viajes, de Sevilla, de nuestras manías y de esas pequeñas tonterías que uno normalmente no cuenta cuando acaba de conocer a alguien.
Ben se rió cuando le confesé alguna de las mías y yo descubrí que tenía una facilidad peligrosa para hacerme olvidar que, en realidad, aquella noche estaba interpretando un papel.
Miré el reloj y casi no me lo podía creer. Se había hecho tardísimo. Saqué el móvil del bolso y comprobé que el taxi que había pedido estaba a punto de llegar.
—Tengo que irme.
Ben miró la hora y asintió.
—Sí, es tarde.
Esperé, casi por inercia, que volviera a ofrecerse a llevarme. Después de todo, lo había hecho la última vez. Sin embargo, no dijo nada. No insistió, ni siquiera hizo el intento de convencerme, y sentí alivio, un alivio pequeño, casi culpable, porque una parte de mí habría querido que lo hiciera.
Nos levantamos y caminamos hacia la salida. Fuera, el aire de la noche me despejó un poco la cabeza. Ben se quedó a mi lado mientras esperábamos el taxi y, ninguno de los dos habló.
Yo miré la calle, fingiendo estar pendiente de los coches, aunque en realidad estaba pensando en cómo se suponía que debía despedirme.
El taxi apareció al final de la calle.
—Ya está —dije.
Ben asintió.
—Me ha gustado esta noche.
Lo miré.
—A mí también.
—Mónica…
Su voz había cambiado. Ahora era más íntima.
—¿Sí?
Ben bajó la mirada hacia mis labios. Después volvió a mis ojos.
—¿Y si te beso?
El corazón pareció que se me iba a salir del pecho. Podría haber dicho que sí, podría haberme apartado y haber recordado todas las razones por las que aquello era una mala idea, pero no hice ninguna de las dos cosas.
—No lo sé.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.
—Eso no es un no.
—Tampoco es un sí.
Se acercó un poco más. Yo podía sentir su respiración y me quedé completamente inmóvil. Justo cuando sus labios estaban a punto de rozar los míos, Ben se detuvo.
—No quiero equivocarme contigo.
—Entonces deja de pensar tanto.
Fue lo único que conseguí decir.
Ben sonrió y esta vez no volvió a preguntar. Se inclinó hacia mí y me besó. Fue un beso breve, casi tímido. Sus labios apenas rozaron los míos antes de separarse, y en aquella distancia mínima me dio la sensación de que me estaba dejando decidir si aquello era un error o si quería que continuara.
Me quedé mirándolo, un poco sorprendida por lo rápido que había terminado y, sobre todo, por las ganas absurdas que me habían quedado de repetirlo.
Ben no hizo nada más. Se limitó a mirarme, y entonces fui yo quien tomó la decisión.
Le sujeté suavemente la solapa de la chaqueta y tiré de él hacia mí.
Lo besé. Esta vez no hubo dudas, ni espacio para fingir que había sido un impulso sin importancia.
Ben respondió al instante y me rodeó la cintura con una mano, acercándome a él, mientras la otra se apoyaba con cuidado en mi nuca.
El beso se hizo más lento, más profundo, y por un momento dejé de pensar en Duarte, en GenLab y en el proyecto, en las mentiras que cada día se me acumulaban como platos en el fregadero.
Incluso olvidé quién se suponía que era aquella noche.
Solo estaba él. Su perfume, el calor de su mano en mi cintura y la sensación de que llevaba demasiado tiempo deseando aquello sin atreverme siquiera a reconocerlo.
Por un instante habría sido muy fácil dejarme llevar, pero Ben no sabía quién era yo.
Para él, aquella mujer era Mónica, la que había conocido aquella noche, la que llevaba días intentando encontrar sin saber dónde buscarla.
No sabía que la tenía delante. No sabía que era la misma mujer que se sentaba frente a él cada mañana en el laboratorio, con sus gafas, su bata y el pelo rizado recogido de cualquier manera.
No sabía que era la misma que había compartido pizza con él la noche anterior en su sofá, ni la que vivía al otro lado de su pared.
Tampoco sabía que cada vez que besaba a Mónica, sin saberlo, también estaba besando a Alma.
Ese pensamiento debería haberme hecho apartarme. En cambio, lo abracé un poco más fuerte.
Cuando nos separamos, ninguno de los dos habló. Ben mantuvo la mano en mi cintura y yo seguía agarrada a su chaqueta.
—Creo que esto responde a mi pregunta —murmuró.
—¿Qué pregunta?
—Si quería volver a verte.
Sonreí y me aparté lentamente.
—Buenas noches, Ben.
—Buenas noches, Mónica.
Subí al coche sin mirar atrás, al menos hasta que estuvimos a varios metros de él, y no pude evitarlo.
Me volví hacia la ventanilla trasera y lo busqué entre la gente.
Seguía allí, de pie, mirándome mientras me marchaba.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, Ben levantó ligeramente la mano a modo de despedida y yo hice lo mismo, intentando sonreír por encima del auténtico lío que llevaba por dentro.
Me recosté en el asiento y dejé escapar el aire que llevaba no sé cuánto tiempo conteniendo. El coche siguió avanzando por las calles de Sevilla, dejando atrás las luces del local, el ruido de la noche y a Ben.
Llevé los dedos a mis labios. Todavía podía sentir su beso. Cerré los ojos y sonreí sin querer. Después, casi al mismo tiempo, aquella sonrisa se me borró, porque por primera vez desde que había inventado a Mónica tuve miedo de que aquella mujer dejara de ser un personaje.
Había creado a Mónica para tener una vida que Alma no podía permitirse, para entrar en lugares a los que nunca habría entrado siendo yo, para poder pagar la casa en la que vivía y, sobre todo, para demostrarme a mí misma que podía tener las dos cosas sin que una destruyera a la otra.
Aquella noche había ocurrido algo que no estaba previsto: me había enamorado un poco más de Ben y él se había enamorado de Mónica.
Apoyé la cabeza contra el cristal y miré las luces de la ciudad pasar al otro lado de la ventanilla. No sabía cuánto tiempo más podría seguir separando a Mónica de Alma, porque aquella noche no había besado a Ben como Mónica. Lo había besado como Alma.