Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

La cita

Pasé buena parte de la tarde del sábado intentando convencerme de que no estaba nerviosa, pero no funcionó.

Había cambiado de vestido tres veces, había dejado dos pares de zapatos sobre la cama y llevaba casi veinte minutos delante del espejo preguntándome si aquello era demasiado elegante o no era lo suficiente.

El problema no era la cita. El problema era que la cita era con Ben y que él creía que iba a cenar con Mónica.

Me había puesto un vestido negro de corte sencillo, ceñido a la cintura y con una abertura discreta en una de las piernas.

Nada exagerado, lo suficiente para sentirme guapa sin tener la sensación de haberme disfrazado de alguien que no era, aunque en realidad eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Me dejé el pelo suelto y miré las gafas que había dejado sobre la cómoda.

No. Aquella noche no. Mónica no llevaba gafas.

Me maquillé con algo más de cuidado de lo habitual, marqué los ojos y añadí un poco más de color a los labios. Cuando terminé me miré en el espejo.

—Esto va a acabar mal.

Mi móvil vibró sobre la cama. Era el taxi que venía a recogerme.

Me asomé a la terraza y vi que todas las luces del piso de Ben estaban apagadas, así que pensé que había salido ya.

Salí y, en vez de coger el ascensor, bajé por las escaleras.

Me quedé de piedra cuando escuché una puerta cerrarse en nuestra planta.

¿Será Ben? Esto es más peligroso de lo que pensaba.

Decidí no jugármela y esperé en el rellano de la escalera. Por la ventana vi que se trataba de Ben.

Madre mía, por poco no me ve.

Cogí el bolso y bajé.

Cuando llegué a la puerta del restaurante lo vi apoyado junto a un coche y tuve que detenerme un instante.

Había elegido un traje azul oscuro y una camisa blanca, sin corbata.

El pelo estaba ligeramente despeinado, de alguien que había intentado arreglarlo y se había rendido a mitad de camino.

En una mano llevaba un pequeño ramo de flores.

Me miró y ninguno de los dos dijo nada. Sus ojos recorrieron mi vestido y volvieron a mi cara.

—Hola —dije finalmente.

—Hola.

—¿Flores?

Miró el ramo y me lo ofreció. No pude evitar sonreír.

—Son para ti.

—Gracias.

El gesto era tan sencillo que me desarmó.

—¿Vamos?

Asentí.

—Tengo que reconocer que estoy nervioso.

Me reí.

—Pues no lo parece.

—Por dentro es otra historia.

El restaurante estaba lleno, pero había reservado una mesa apartada, junto a un ventanal desde el que se veía Sevilla iluminada.

Oriza tenía algo que me hizo sentir que aquella noche podía ser peligrosa desde el primer minuto.

La antigua mansión de la calle San Fernando conservaba ese aire señorial que no necesitaba demasiados adornos para resultar impresionante.

El salón principal, instalado en lo que había sido un antiguo invernadero, estaba rodeado de grandes ventanales y vidrieras que teñían la luz de pequeños reflejos de colores.

Al otro lado, los Jardines de Murillo se extendían oscuros y tranquilos, y las murallas del Alcázar asomaban entre los árboles.

Era precioso y demasiado romántico para una primera cita.

—¿Te gusta? —preguntó Ben.

—Mucho.

—Me alegro.

El camarero nos acompañó hasta la mesa y retiró mi silla para que pudiera sentarme.

—Gracias.

Ben esperó a que estuviera acomodada antes de ocupar su sitio frente a mí.

Nos limitamos a mirarnos. Había imaginado aquella escena demasiadas veces desde que me llamó, pero ninguna de mis imaginaciones se parecía a aquello.

La luz cálida del restaurante, las flores sobre la mesa, el murmullo de las conversaciones alrededor y Ben al otro lado, vestido de aquella manera, conseguían que todo pareciera más íntimo de lo que debería.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Llevas unos segundos mirándome.

—Tú también.

Ben se rió por lo bajo.

—Es verdad.

Aparté la mirada hacia la carta.

—¿Sabes qué vas a pedir?

—No.

—Entonces estamos en igualdad de condiciones.

—Yo pensaba que las sevillanas sabíais exactamente qué pedir en cualquier restaurante.

Levanté la vista.

—¿Eso te han contado?

—Estoy recopilando información.

—¿Para esta noche?

—Para ti.

Aquella respuesta me hizo perder el hilo de lo que estaba leyendo.

—¿Por qué necesitas tanta información?

Ben apoyó los brazos sobre la mesa.

—Porque llevo bastante tiempo queriendo conocerte.

La forma en que lo dijo me quitó cualquier posibilidad de hacer una broma.

—No sabes casi nada de mí.

—Precisamente.

—Pero has conseguido mi número.

—Ha sido complicado.

—Me imagino.

—Pero ha merecido la pena.

Bajé los ojos hacia la carta. No sabía qué hacer con aquella sinceridad, porque yo sí sabía mucho de él.

Sabía cómo sonreía cuando estaba intentando disimular algo, cómo se pasaba una mano por el pelo cuando estaba nervioso y cómo cambiaba el tono de voz cuando hablaba de su trabajo.

Sabía incluso cómo miraba a Alma, y ahora estaba descubriendo cómo miraba a Mónica.

—¿Por qué yo? —pregunté.

Ben tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

El camarero se acercó y nos explicó algunas sugerencias de la carta. Pedimos vino y empezamos a elegir la cena. Cuando se marchó, Ben volvió a mirarme.

—Desde aquella noche no he conseguido olvidarte.

Noté cómo se me aceleraba el pulso y bebí un poco de vino para esconder mi reacción.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Tan directo.

—No suelo tener muchas oportunidades de equivocarme.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy bastante seguro de que voy a equivocarme.

—¿Por qué?

Ben sostuvo mi mirada.

—Porque tengo la sensación de que cada vez que te acercas voy a hacer algo que no debería.

Sentí un calor que nada tenía que ver con el vino.

—¿Y qué sería eso?

Sus ojos descendieron lentamente hasta mis labios. Seguí la dirección de su mirada y, cuando volvió a mirarme a los ojos, comprendí perfectamente a qué se refería.

—No quiero que pienses que te he traído aquí con una intención que no quieres.

Aquello me sorprendió. Ben no estaba intentando forzar nada. Parecía estar esperando algo, y eso hacía que fuera mucho más difícil resistirme.

—¿Y si no me molesta tu intención?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Ben se detuvo en seco.

—Entonces tendría que…

Por suerte, llegó la comida. Durante un rato conseguimos hablar de cualquier cosa menos de aquello. Probamos los platos, comentamos los sabores y discutimos sobre qué era mejor, si el vino o el postre.

Ben resultó ser mucho más divertido cuando no estaba intentando impresionarme, y yo descubrí que era demasiado fácil olvidarme de que estaba interpretando un papel.

—¿Sabes qué me gusta de Sevilla? —preguntó en un momento dado.

—¿Qué?

—Que todo parece tener historia.

Miré hacia las vidrieras.

—¿No eres de aquí? —pregunté, aunque conocía la respuesta.

—No. Nací aquí, pero siempre he vivido en Boston. Mi madre es sevillana y, gracias a ella, no se me nota tanto el acento.

—¿Echas de menos Boston?

Ben miró por la ventana antes de contestar.

—Más de lo que pensaba.

—Entonces, ¿por qué te fuiste?

Su expresión cambió ligeramente.

—Mi padre. También varias cosas más.

Esperé.

—Una de ellas fue una mujer.

Mi estómago dio un vuelco.

—¿Tu novia?

Asintió.

—Mi ex. La relación terminó.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

—¿Todavía la quieres?

Ben negó con la cabeza.

—No.

Hizo una pausa.

—Cuando conocí a otra persona entendí que aquello ya había terminado.

Mi corazón comenzó a latir más deprisa. Dejó la copa sobre la mesa.

—No sé qué me pasa contigo.

No supe qué responder, así que hice lo único que se me ocurrió.

—Quizá deberías dejar de intentar entenderlo.

Ben me lo concedió con un gesto.

—Eso estoy intentando hacer.

Terminamos la cena y salimos del restaurante.

La noche sevillana nos recibió con un aire fresco que agradecí después del calor del salón.

Caminamos unos metros junto a los Jardines de Murillo, donde el ambiente era extrañamente tranquilo.

Ben caminaba a mi lado sin tocarme. Eso debería haberme tranquilizado, pero cada vez que su brazo rozaba el mío sentía un pequeño escalofrío.

—¿Te apetece tomar algo? —preguntó.

No pude evitar sonreír.

—Vale.

Entramos en un local cercano y pedimos una copa. Nos sentamos en una mesa pequeña, demasiado cerca para que ninguno pudiera fingir que no era consciente del otro.

La conversación se volvió más personal. Hablamos de nuestras familias, de las cosas que nos daban miedo, de los lugares a los que queríamos viajar, hasta que Ben preguntó:

—¿Por qué no querías que te encontrara?

La sonrisa desapareció de mi cara.

—¿Quién te ha dicho que no quería?

—La manera en que desapareciste aquella noche.

—No quería complicarme la vida.

—¿Y ahora?

Lo miré.

—Ahora no lo sé.

Ben apoyó una mano sobre la mesa.

—Yo sí sé lo que quiero. Quiero conocerte.

—Ya me estás conociendo.

—No lo suficiente.

Se me aceleró la respiración.

—Puede que nunca llegues a conocerme del todo.

—Entonces tendré que seguir intentándolo.

Aquello me dejó sin palabras. Nos quedamos mirándonos. La distancia entre nosotros parecía haberse reducido sin que ninguno se hubiera movido. De fondo sonaba una canción de Maluma entre el murmullo del local.

Ben me tendió la mano y, antes de que pudiera poner ninguna excusa, tiró suavemente de mí.

—¿Bailas?

—Depende.

—¿De qué?

—De si sabes bailar.

Sonrió. Acababa de aceptar un reto. La verdad es que sabía bailar bastante bien.

No tenía nada que ver con el hombre tranquilo y calculador que veía cada mañana en GenLab.

Allí, con una mano apoyada en mi cintura y la otra entrelazada con la mía, se movía con una naturalidad que me pilló completamente desprevenida.

No hacía falta que yo pensara en los pasos.

Él parecía saber exactamente dónde colocarse, cuándo acercarse y cuándo dejar un poco de espacio, y eso, para mi desgracia, hacía que bailar con él resultara demasiado fácil.

—No está mal —admití.

—¿Solo no está mal?

—No quiero alimentar tu ego.

—Demasiado tarde.

Me reí y negué con la cabeza.