Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Cerré la puerta y, justo entonces, sonó el timbre.

Aguanté quieta unos segundos antes de acercarme a la mirilla. A esas horas podía ser cualquier cosa, aunque solo había una persona al otro lado que consiguiera ponerme nerviosa incluso antes de abrir.

Ben.

Me miré rápidamente. Seguía con la ropa de la calle y ni siquiera me había quitado los zapatos.

Llevaba el pelo recogido en un moño improvisado y las gafas ligeramente torcidas después de haber pasado todo el día empujándolas hacia arriba.

Me recoloqué el moño, ajusté las gafas y respiré antes de abrir.

—Hola.

Traía las manos metidas en los bolsillos.

—Hola.

Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey gris. No parecía el hombre que dirigía conmigo uno de los proyectos más importantes de GenLab, sino un vecino cualquiera.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

La mentira salió con demasiada facilidad.

—Quería invitarte a casa.

Parpadeé.

—¿A tu casa?

—Sí. He pedido pizzas.

Eso sí que no me lo esperaba.

—Hay una oferta de dos por una y son demasiadas para mí.

Lo miré y después volví a pensar en el contenido de mi nevera: dos huevos y unos tomates con posibilidades de convertirse en una colonia bacteriana. Volví a mirarlo.

—¿Esa es tu estrategia para convencerme?

—No. —Sonrió—. La estrategia es que tengo hambre y no me apetece cenar solo.

Aquello resultó bastante más efectivo.

Me quedé pensando unos segundos. Probablemente no era una buena idea pasar la noche en casa de Ben después de todo lo que había ocurrido durante la semana. Sin embargo, la verdad era que me apetecía la pizza, la compañía y, sobre todo, dejar de pensar durante un rato.

—Vale.

—Perfecto.

Cerré la puerta y fui detrás de él. Entramos y me sorprendí al comprobar que el piso ya estaba completamente montado.

Las cajas habían desaparecido, había libros colocados en una estantería y algunas fotografías descansaban sobre un mueble bajo.

Había conseguido darle al salón ese aspecto acogedor que antes le faltaba.

—Ya lo tienes todo colocado.

—Casi.

Miré alrededor.

—Parece otro piso.

—Supongo que ahora empieza a parecer un hogar.

Aquella frase me produjo una pequeña punzada que no supe explicar.

—¿Y Vanesa?

—En su casa.

—Eso sí que es raro.

Me reí.

—Tiene vida propia, ¿sabes?

—No estoy seguro.

—Ben…

—Es broma. Me cae muy bien.

—Ya me he dado cuenta.

—Es divertida.

—También puede ser agotadora.

—Un poco.

Sonreí.

—Es mi mejor amiga. Nos conocemos desde hace muchísimo tiempo. Siempre ha estado ahí. Creo que me ha hecho mejor la vida.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Cómo?

—No sé. Supongo que es de esas personas que consiguen que todo parezca menos grave de lo que es.

Pensé en todas las veces que Vanesa había aparecido cuando yo estaba sola, en las decisiones absurdas que me había empujado a tomar y en las veces que había conseguido hacerme reír cuando no tenía ninguna gana.

—Es complicado.

—¿Por qué?

—Cosas de chicas.

—Entendido —dijo levantando las manos.

Se rió.

La pizza llegó justo cuando empezaba a pensar que tendría que explicarle a Ben por qué no había cenado en mi propia casa.

Nos sentamos en el salón con las cajas abiertas sobre la mesa pequeña que había delante del sofá.

Durante un rato hablamos de cosas sencillas: de la comida, de la Navidad, del frío que hacía por las noches y de lo rápido que parecía haber pasado el año, hasta que Ben dejó la porción que tenía en la mano y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—¿Te has enterado de lo de la filtración?

—Chen lo dijo esta mañana.

—Estamos revisando accesos, comparando lo que ha aparecido fuera con las personas que podían conocerlo dentro. Vamos a investigar al equipo.

Se me erizó el vello de los brazos.

—¿A todos?

—A todos. —Hizo una pequeña pausa para beber un sorbo de agua—. No quiero que te preocupes. De momento no sabemos quién es.

Casi me dolió que confiara tanto en mí.

—Estaré atenta —dije.

Era lo único que podía decir. Ben me sostuvo la mirada sin pestañear.

—Sabía que podía contártelo.

Aparté los ojos.

—Claro.

Antes de que pudiera seguir por aquel camino, cambió de tema.

—Por cierto, necesito tu consejo para mañana.

Levanté la cabeza.

—¿Mañana?

—Sí. Tengo una cita.

Me callé.

¡Había olvidado por completo que el sábado tenía una cita conmigo! Bueno, con Mónica.

—Ah.

Ben captó el cambio de tono.

—¿Qué?

—Nada. ¿Qué consejo necesitas?

—No tengo muy claro qué les gusta a las sevillanas. ¿Crees que debería llevarle flores?

Tuve que hacer un esfuerzo para que mi cara no revelara lo que acababa de recordar.

—Si quieres llevarle flores, llévaselas.

—¿Y después? ¿La llevo a bailar? ¿Hay algo que debería tener en cuenta?

Me reí.

—Ben, no existe un manual para salir con una sevillana. Lo mejor que puedes hacer es comportarte tal y como eres.

—¿Aunque no le guste?

—Precisamente por eso. Si intentas convertirte en otra persona para gustarle, tarde o temprano se dará cuenta.

Me miró, y tardó en contestar.

—Creo que necesitaba escuchar eso.

—Entonces ya tienes tu consejo.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué?

Ben bajó la mirada y jugó distraídamente con el borde de la caja de pizza.

—Porque estoy nervioso.

La confesión me sorprendió.

—¿Tú?

—Sí, yo. Llevo toda la semana pensando en cómo saldrá.

No pude evitar sonreír. Era extraño verlo así. Ben siempre parecía tener una respuesta para todo, incluso cuando las cosas se complicaban. Descubrir que aquella cita le ponía nervioso lo hacía parecer mucho más humano.

—Seguro que sale bien.

Levantó la mirada.

—Gracias.

—De nada.

Miré el reloj. Del cansancio me pesaban los hombros.

—Creo que me voy ya a casa.

Ben asintió, pero cuando me levanté señaló el televisor.

—Espera. ¿Te apetece ver una peli conmigo?

—Ben, estoy agotada.

—Lo sé. Es solo un rato.

—¿Cuál?

— Oppenheimer .

Puse cara de circunstancias.

—¿No la has visto?

—Todavía no.

—Yo tampoco.

—Entonces tenemos que verla. —Levantó un dedo—. Pero solo una película. Después te vas.

—Trato hecho.

Ben se sentó a mi lado y puso la película.

Al principio conseguí concentrarme. La historia me atrapó enseguida.

Las discusiones científicas, la presión de la investigación, las decisiones tomadas con información incompleta y la forma en que una teoría podía convertirse en algo capaz de cambiar el mundo eran temas que me resultaban demasiado familiares.

De vez en cuando Ben me hacía alguna pregunta y yo le explicaba algún detalle que se le escapaba.

—¿Eso es realmente así?

—Más o menos.

—¿Más o menos?

—Si quieres que te dé una clase completa, vamos a necesitar otra pizza.

—Entonces tendremos que repetirlo.

Lo miré y él levantó una ceja. Volví rápidamente la vista hacia la pantalla. Un rato después noté que me estaba mirando. Giré la cabeza.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Puede.

Volvió a concentrarse en la película. Yo intenté hacer lo mismo, pero no tardé mucho en descubrir que el problema no era la película, sino él.

Cada vez que lo miraba encontraba algún detalle nuevo que me atraía: la forma de su perfil iluminado por la pantalla, la línea de su mandíbula, la pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando se concentraba.

De vez en cuando volvía a sentir sus ojos sobre mí.

Me acomodé en el sofá intentando ignorarlo. No tenía sentido pensar en aquello. Al día siguiente iba a tener una cita con Mónica y aquella noche estaba sentada junto a Ben siendo Alma. Dos mujeres y un solo hombre. Cada vez me resultaba más difícil mantener separadas ambas partes de mi vida.

La película continuó. El cansancio terminó ganando la batalla. Cerré los ojos, convencida de que solo necesitaba descansar la vista.

—¿Estás bien?

—Sí —murmuré sin abrirlos—. Solo estoy descansando la vista.

Noté que se movía ligeramente a mi lado.

Intenté volver a mirar la pantalla, pero mis párpados pesaban demasiado.

La última imagen que recuerdo fue el resplandor de la televisión sobre el salón.

Después me quedé dormida sin saber que, a pocos centímetros de mí, Ben había dejado de mirar la película y se había quedado observándome.