Capítulo 20
La trampa se cierra
Durante los días siguientes me repetí que aquello había terminado. No había sido más que una fotografía con una tabla de resultados, unos datos que, por separado, no significaban gran cosa. Eso me repetí el martes y el miércoles.
El jueves por la mañana entré en el laboratorio y vi a Ben inclinado sobre una de las pantallas, revisando los últimos resultados de la muestra diecisiete.
—Ha mejorado bastante la estabilidad —dijo al verme—. Mucho más de lo que esperábamos.
El cuerpo se me puso en alerta.
—¿Sí?
Ben giró la pantalla hacia mí.
—Mira.
Me acerqué. Los valores estaban allí, los mismos que yo había fotografiado para Duarte, los que nunca deberían haber salido de aquella sala.
—Es una buena noticia —conseguí decir.
—Una noticia estupenda.
Volvió a concentrarse en la pantalla y yo no pude hacerlo. Los datos que Duarte me había pedido no eran inútiles. Eran importantes, quizá no por sí solos, pero sí para alguien que estuviera intentando reconstruir lo que hacíamos en Proyecto Estrella.
Miré la pantalla y después a Ben. Él seguía leyendo los resultados sin sospechar absolutamente nada, y aquello me produjo una sensación peor que el miedo: culpa.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
Mentí demasiado rápido. Ben levantó la mirada y durante un segundo pensé que iba a insistir, pero solo asintió.
—Entonces necesito que esta tarde revises con Lucía los resultados de las últimas formulaciones. Quiero tenerlo preparado para la reunión del viernes.
—Claro.
Me alejé y entonces vi a Duarte al lado del otro laboratorio. Fingía no mirarme. Tenía una carpeta bajo el brazo y, cuando nuestras miradas se cruzaron, ladeó una sonrisa pequeña, casi amable, que me heló la sangre.
A las trece y cuarto encontré otro papel sobre mi mesa. Esta vez no había ninguna hora escrita, solo tres palabras.
Necesito algo más.
Sentí el corazón golpeándome contra las costillas. Miré a mi alrededor. Lucía preparaba una solución en la mesa del fondo. La limpiadora hablaba por teléfono junto a la puerta. Ben no estaba. Cogí el papel y lo arrugué dentro del puño. No pensaba ir. Aquello tenía que terminar.
Salí del laboratorio y lo encontré en el pasillo.
—No —dije.
—No sabes qué voy a pedirte.
—Me da igual.
—Entonces sabes que lo de la otra vez fue un error.
—Lo sé.
—Bien.
Se acercó lo suficiente para que nadie pudiera escuchar nuestra conversación.
—Esta vez es todavía más sencillo.
—No voy a darte nada.
Duarte inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Estás segura?
No contesté. Sacó el teléfono del bolsillo. No llegó a enseñarme ninguna fotografía porque no le hizo falta.
—Una llamada —dijo—. Eso es todo lo que necesito para que ciertas personas empiecen a hacerse preguntas sobre Mónica.
El nombre me atravesó.
—No vuelvas a llamarme así.
—¿Por qué? —preguntó con calma—. Es tu nombre cuando sales por esa puerta.
—¿Qué quieres?
—Una pequeña comprobación. Necesito saber si la formulación de la muestra veintidós mantiene su estabilidad después de cuarenta y ocho horas.
Lo miré sin comprender.
—Eso está en los informes.
—Exacto.
—Entonces consúltalos.
—No tengo acceso a todos. Por eso te lo pido a ti.
Negué con la cabeza.
—No.
Duarte suspiró.
—Alma, empieza a entender cómo funciona esto.
Fue la primera vez que utilizó mi nombre, no como una amenaza, sino como una advertencia.
—No te estoy pidiendo el proyecto completo, ni la fórmula, ni los protocolos. Solo un dato.
—Después pedirás otro.
—Eso dependerá de ti —respondió con una sonrisa.
Se marchó antes de que pudiera responder. Me quedé en mitad del pasillo con una sensación desagradable. La primera vez había pensado que Duarte quería información. Ahora empezaba a comprender que quería que me acostumbrara a dársela.
Esa tarde trabajé hasta casi las ocho. Revisé los resultados de la muestra veintidós y los comparé con los de la semana anterior.
Volví a comprobar los cálculos. Intenté encontrar una manera de convencerme de que aquello no podía ser tan grave.
La cifra que Duarte quería estaba delante de mí.
Podía memorizarla y decírsela para que todo acabara ahí, y eso fue lo que me dije, porque la alternativa era aceptar que había cometido un error que podía costarme el trabajo y algo más, mucho más.
A las ocho y diez, cuando ya casi no quedaba nadie en el laboratorio, hice algo que todavía me avergüenza recordar. Saqué el móvil, escribí el dato y se lo envié a Duarte. No le mandé una foto ni nada. Solo una cifra.
No ocurrió nada. Después apareció su respuesta.
Perfecto.
Apagué la pantalla y escuché una voz detrás de mí.
—¿Todavía aquí?
Me giré de golpe. Ben estaba en la puerta.
—Sí. Me he entretenido con los resultados.
Sus ojos fueron hasta mi teléfono y después volvieron a mi cara.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Esta vez mi mentira sonó mejor, o eso quise pensar.
Ben se acercó.
—¿Quieres que te lleve a casa?
Me temblaron las manos.
—No.
Él arqueó una ceja.
—Vale.
—Quiero decir… no hace falta.
—Eso ya lo sé.
Sonrió y yo tuve que apartar la mirada, porque en aquel momento habría sido mucho más fácil soportar que me sospechara, cualquier cosa antes que su confianza.
El viernes por la mañana ocurrió algo que me hizo entender que Duarte no estaba jugando. Ben entró en el laboratorio acompañado de Chen, hablando en voz baja.
—Hemos recibido información de la competencia —dijo Chen.
Levanté la cabeza.
—¿Qué tipo de información?
Ben dejó una carpeta sobre la mesa.
—Demasiada.
Lucía dejó de trabajar. Duarte también.
—¿Sobre qué? —pregunté.
Ben abrió la carpeta.
—Sobre nuestra línea de investigación. No tienen la fórmula, pero conocen algunos parámetros que todavía no hemos hecho públicos.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Ben levantó la cabeza.
—Algunos son demasiado específicos para haberlos deducido por casualidad.
Mi mano se cerró alrededor de la pipeta. No podía ser. No podía haber ocurrido tan rápido.
—¿Estás seguro? —preguntó Duarte.
—Completamente —dijo Chen.
—A partir de ahora, todos los accesos quedan registrados —dijo Ben cerrando la carpeta con un gesto serio—. Nadie comparte información fuera del equipo. Ni verbalmente, ni por correo, ni por teléfono. Todo queda dentro del protocolo de confidencialidad.
La palabra confidencialidad me cayó encima como una piedra. Ben me miró solo un segundo, el tiempo suficiente para que sintiera miedo de que pudiera verme, no como Mónica, sino como Alma, como la persona que había cometido el error.
A las doce y media recibí un mensaje. No tenía nombre, solo un número.
Número desconocido
¿Ahora entiendes por qué necesitaba esos datos?
Dejé el móvil encendido sobre la mesa. No respondí. Llegó otro.
No te preocupes. Si haces exactamente lo que te diga, nadie tendrá motivos para sospechar de ti.
Tragué saliva. Después apareció el tercero.
Pero ahora ya no depende solo de ti.
Sentí un frío repentino en las manos. Tecleé:
¿Qué has hecho?
La respuesta tardó menos de un minuto.
Lo que tenía que hacer.
Apagué el teléfono, me levanté y salí al pasillo. Caminé hasta el baño y cerré la puerta. Apoyé las manos sobre el lavabo y respiré varias veces. Me quedé quieta al escuchar voces al otro lado. Eran Ben y Chen, en el baño de hombres.
—Tenemos que averiguar quién está filtrando la información —decía Chen.
—Lo haremos.
—Solo cuatro personas tienen acceso a esos datos.
Silencio. Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó Chen.
No escuché la respuesta de Ben, porque en ese instante mi teléfono volvió a vibrar.
Miré la pantalla. Era un mensaje de Duarte con una sola fotografía.
La abrí. Era una imagen de la entrada de mi edificio, donde vivía, en Simón Verde, y al fondo, estacionado junto a la acera, estaba el coche de Ben.
Debajo había una frase.
Duarte
Sería una pena que él descubriera quién eres antes de que terminemos.
Me agarré al lavabo. Ya no se trataba de Mónica ni de mi trabajo. Duarte había encontrado la forma de entrar en mi vida por todos los frentes, y lo peor era que yo misma le había abierto la puerta, porque había sido yo quien le había entregado el primer dato.
Comprendí entonces la verdadera dimensión de la trampa.
Duarte no quería información. Quería que fuera yo quien se la consiguiera, y si conseguía demostrar que los datos de Proyecto Estrella salían del laboratorio por mi culpa, nadie necesitaría creer su versión.
Las pruebas hablarían por él y yo sería la culpable perfecta: la científica que tenía acceso a todo, la mujer que había mentido sobre su vida ocultando quién era.
El único hombre cuya opinión me importaba estaba a punto de descubrir ambas cosas a la vez.
Llegué a casa cerca de las diez de la noche con la sensación de haber envejecido cinco años desde que había salido aquella mañana.
Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada y ni siquiera encendí la luz.
Estaba agotada, aunque aquel cansancio no tenía demasiado que ver con las horas que llevaba trabajando.
Me dolía la cabeza de darle vueltas a todo lo que había sucedido durante la semana: Duarte, los datos del proyecto, la competencia, la posibilidad de que alguien estuviera filtrando información y, sobre todo, la culpa.
Fui hasta la terraza buscando un poco de aire y me asomé.
Al otro lado, las luces del piso de Ben estaban encendidas.
Parecía que había llegado antes que yo. Me pregunté qué estaría haciendo.
Probablemente trabajando, aunque también podía estar cenando o viendo alguna película, cualquier cosa que perteneciera a una vida normal, de esas que últimamente parecían quedarme demasiado lejos.
Cerré la puerta de la terraza y fui a la cocina. Abrí la nevera y vi dos huevos, un par de tomates que habían pasado de maduros a peligrosamente sospechosos y poco más. Cogí uno de los tomates y lo miré con atención. Tenía una pequeña mancha blanca.
—Perfecto.
Lo tiré a la basura. No pensaba arriesgarme a una intoxicación alimentaria después de una semana como aquella.