Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Solo una cena, por favor

El teléfono dio un tono, luego otro, y al tercero escuché su voz.

—¿Sí?

Cerré los ojos. Solo con escucharle se me olvidó todo lo que había pensado decir.

—Hola.

—Hola.

Su voz sonaba más cálida, casi aliviada.

—Me ha costado bastante conseguir este número —dijo.

—¿Ah, sí?

Intenté que mi voz sonara sorprendida.

—Sí. Mucho.

—Entonces supongo que tendrás que explicarme por qué te has tomado tantas molestias.

Escuché su risa al otro lado.

—Porque no conseguía olvidarme de ti.

Mi corazón dio un golpe.

—Ben…

—No, espera. Déjame terminar. Sé que esto te parece extraño. Apenas hemos hablado, pero desde que nos conocimos no he dejado de pensar en ti.

Me apoyé contra la pared del portal.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Su respuesta fue tan inmediata que me desarmó.

—Eso es lo que no entiendo. No sé casi nada de ti y, aun así, quiero conocerte.

Cerré los ojos. Era lo último que necesitaba escuchar.

—Creo que deberías olvidarte de mí.

Nadie habló.

—¿Eso es lo que quieres?

La pregunta me dolió más de lo que debería.

—Sí —mentí.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces cuelgo —dijo Ben.

Esperó, y yo también. Podía haberle dejado hacerlo y haber acabado con todo, pero imaginé su cara al colgar y no fui capaz.

—Espera.

Le escuché soltar el aire.

—¿Sí?

—No puedes hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Llamarme después de una semana, decirme que no puedes olvidarme y esperar que yo sepa qué hacer.

—No espero que hagas nada.

—Entonces, ¿por qué me llamas?

—Porque quería escucharte.

—Ya me has escuchado.

—Sí.

Podía imaginármelo. Seguro que está sonriendo.

—Quiero volver a verte.

—Ben…

—Solo una cena, Mónica.

—No. No es una buena idea.

—Probablemente no —su honestidad me hizo sonreír a pesar de mí misma—, pero quiero hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque aquella noche, en el jardín… —Se detuvo—. No dejo de pensar en lo que casi pasó.

Sentí calor en las mejillas.

—No pasó nada.

—Ya lo sé.

—Entonces olvídalo.

—No puedo.

Me quedé sin respuesta.

—No voy a presionarte —continuó—. Si no quieres verme, lo entenderé.

Su voz había cambiado. Ya no sonaba seguro de sí mismo, sino vulnerable.

—Pero si existe alguna posibilidad de que aceptes cenar conmigo, me gustaría intentarlo.

Apreté la mandíbula.

—Solo una cena.

—¿Eso es un sí?

—Es una cena, Ben.

—Para mí ya es bastante.

Me mordí el interior de la mejilla para contener una sonrisa.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí.

—No sabes cuánto me alegra escuchar eso. Elige tú el sitio.

—De acuerdo. ¿Te parece bien el sábado a las ocho?

—Vale.

—En Oriza.

Me quedé sin palabras.

—¿Lo conoces?

Claro que lo conocía. Era uno de esos sitios donde una cena podía costar más que varias de mis facturas juntas.

—Sí.

—¿Te parece bien?

—Perfecto.

—Entonces nos vemos el sábado a las ocho.

—Vale.

—¿Dónde te recojo?

Amigo…

—No hace falta.

—Puedo ir a buscarte.

—No te preocupes por eso.

Hubo una pausa.

—Está bien —dijo al fin.

Agradecí que no insistiera.

—Entonces nos vemos allí.

—Mónica.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por darme una oportunidad.

No supe qué responder.

—Buenas noches, Ben.

—Buenas noches.

Colgué y me quedé clavada en mitad del portal, con el teléfono en la mano y las piernas temblando.

Respiré hondo y no sirvió de nada. Había aceptado cenar con Ben, con mi jefe, con el hombre que vivía al otro lado de mi pared, el que acababa de decirme que no podía olvidarse de mí, y había algo dentro de mí deseando que llegara el sábado.

Guardé el teléfono en el bolsillo y levanté la mirada hacia las ventanas de mi casa.

En algún lugar detrás de ellas estaba Ben, y yo acababa de conseguir una cita con él.

Solo que él creía que iba a cenar con Mónica y yo sabía perfectamente que, cuando llegara el sábado, iba a tener que enfrentarme a una verdad bastante más peligrosa.

Tenía una cita con mi jefe.

No volví a hablar con Duarte desde aquel día, y puede que eso fuera lo peor, porque después de haberme amenazado lo lógico habría sido que volviera a buscarme, que insistiera, que me recordara lo que tenía sobre mí.

No hizo nada. Ni un mensaje, ni una llamada, ni siquiera una mirada cuando coincidíamos en el laboratorio.

Daba la impresión de que aquella conversación no había ocurrido nunca.

Me imaginé que solo quería asustarme. Me equivoqué.

El lunes por la mañana encontré una nota sobre mi mesa. No tenía nombre, solo una frase escrita a mano.

Necesito los resultados de estabilidad de la muestra 17.

Debajo había una hora.

13:30. Archivo.

Se me erizó la piel. Guardé la nota en el bolsillo antes de que Lucía pudiera verla y durante toda la mañana intenté convencerme de que no iba a ir. No pensaba obedecer ni convertirme en cómplice de nada.

A la una y media seguía delante de mi ordenador. A la una y treinta y cinco me levanté. Mientras caminaba hacia el punto que me había indicado pensaba en las posibilidades: que se hubiera arrepentido, que quisiera hablar. No hizo falta llegar. Me lo encontré en el pasillo.

—Has venido.

—¿Qué quieres?

—Solo una cosa.

—Dijiste que sabías quién era. No dijiste que ibas a utilizarlo para esto.

—Te dije que harías lo que yo quisiera.

Lo miré con rabia.

—No voy a robar nada.

—No te he pedido que robes.

—Entonces, ¿qué quieres?

—La muestra 17.

—¿Para qué?

—Necesito comprobar una cosa.

Solté una risa seca.

—Pues compruébala tú.

—No tengo acceso a determinados resultados.

—Entonces no tienes que tenerlos.

Duarte se acercó un poco.

—Alma, no compliquemos esto —susurró.

Sacó el teléfono. En la pantalla volvió a aparecer la fotografía de la gala y sentí que se me revolvía el estómago.

—Solo necesito los resultados de estabilidad, nada más.

—Eso es información confidencial.

—Tú tienes acceso a ella.

—Porque codirijo ese proyecto.

—Exactamente.

Me sostuvo la mirada.

—No te estoy pidiendo que hagas nada que no puedas hacer dentro de tu trabajo.

Aquella frase me hizo dudar. No quería hacerlo, pero tampoco quería que aquella fotografía llegara a manos de nadie.

—¿Qué vas a hacer con los datos?

—Nada.

—No te creo.

—Entonces piensa que los necesito para demostrar que tengo razón sobre la formulación.

Eso tenía cierto sentido. Duarte llevaba semanas cuestionando algunos resultados del proyecto.

Quizá quería demostrar que una de las formulaciones no era tan estable como Ben creía.

Podía ser una forma de ganar peso dentro del equipo o una manera de perjudicar a la empresa, y eso no me gustaba, pero tampoco parecía que estuviera poniendo en peligro el proyecto.

—Solo una vez —dije.

Duarte se recostó en el sillón.

—Sabía que entrarías en razón.

Aquella tarde le envié los resultados. No copié archivos ni descargué nada. No accedí a ninguna información que no pudiera consultar normalmente. Simplemente fotografié una tabla de resultados que ya había revisado aquella mañana y se la envié. Una sola imagen con los datos que quería, nada más.

Cuando guardé el teléfono me temblaba la mano.

Tenía la sensación de haber hecho algo terrible, pero al mismo tiempo intenté convencerme de que no era para tanto.

Duarte no tenía ningún interés real en el proyecto.

Solo quería demostrar que tenía razón. Eso me repetí una y otra vez hasta que conseguí creérmelo.

Al día siguiente, durante la reunión, Ben habló de la muestra 17.

—Los resultados son mejores de lo esperado.

Levanté la mirada.

—¿De la 17?

—Sí. —Chen deslizó una gráfica hacia él—. La estabilidad se mantiene dentro de los parámetros.

Ben asintió.

—Perfecto.

Yo apenas escuchaba. Duarte estaba al otro lado de la mesa. No me miró ni una sola vez, y aquello debería haberme tranquilizado. En lugar de eso me puso todavía más nerviosa.

Al terminar la reunión, cuando todos recogían sus cosas, Duarte pasó junto a mí sin detenerse.

Solo murmuró:

—Buen trabajo.

Me recorrió un frío por la espalda, porque en ese momento comprendí algo. Aquello no había sido un favor. Había sido el primero de muchos, porque acababa de darle algo que nunca debería haber salido de aquella sala.