Capítulo 18
La llamada
En cuanto Ben se apartó para hablar con Chen, Vanesa y yo nos fuimos hacia la cocina.
—Tenemos un problema —susurró.
—Ya lo sé.
—No, Alma. Tenemos un problema de los gordos.
Miré de reojo hacia la terraza. Ben seguía hablando por teléfono y yo tenía el estómago completamente cerrado.
—Vanesa, tú no sabes lo que me ha pasado esta semana.
Me cogió de la mano.
—Pues cuéntamelo.
—Aquí no.
Tiré de ella hacia el pasillo y la arrastré hacia el baño, que era el punto más lejano del piso con el salón.
—¡Ben! —grité—. ¡Sigue con el árbol, que tengo que ir al baño con Vanesa un momento!
—¿Al baño con Vanesa? —preguntó desde el salón.
—Sí.
—Vale…
Entramos y cerré la puerta.
—¿Qué ha pasado?
Abrí el grifo y, sin pensármelo dos veces, encendí el secador.
—¿Qué haces?
—Ruido blanco.
—¿Ruido blanco?
—¡Sí!
Me acerqué a su oído.
—Duarte, un compañero de trabajo, sabe quién soy.
Vanesa dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Sabe que Mónica soy yo.
Apagué el grifo.
—Tiene una foto de la gala. Me ha dicho que sabe a qué me dedico y que tengo que hacer lo que él diga.
—¿Qué quiere?
—No lo sé.
—¿Te ha pedido algo?
—Todavía no.
—Entonces tranquilízate.
—¿Cómo quieres que me tranquilice?
—A ver… vamos a hacerlo por partes.
Me cogió de los hombros.
—Primero averiguamos qué sabe Ben de Mónica y cómo ha conseguido esos datos. Después nos ocupamos de Duarte.
—¿Y si Ben llama a Mónica? ¿Y si Duarte se ha ido de la lengua?
—Pues ya pensaremos qué hacer.
—¿Y si…?
—Alma —me miró fijamente.
—Respira —dije—. Bien, ahora vamos a salir ahí fuera con la cara de que no está pasando nada.
Apagué el secador.
—Sonríe.
—No sé sonreír en estas circunstancias.
—Pues aprende.
Cuando volvimos al salón, Ben estaba guardando el teléfono. Vanesa no tardó ni cinco segundos en iniciar el cuestionario:
—Bueno, ¿quién era? Parecía algo tan importante que hasta la cara tienes cambiada, chico.
La miré horrorizada, pero ella me ignoró.
Ben se lo tomó a broma.
—Era Chen, un socio.
—¿Y qué? ¿Ha salido ardiendo la empresa?
Ben me miró con una expresión que me hizo pensar que daba por hecho que yo sabía perfectamente de quién hablaba.
—La he encontrado.
Tragué saliva.
—¿A quién? —preguntamos al unísono Vanesa y yo.
—A Mónica.
—¿La chica de la que me hablaste en el coche? —pregunté con cara de absoluta sorpresa.
—Sí.
Vanesa se sentó en el sofá y yo hice lo mismo, intentando que mis piernas no delataran el temblor que llevaba dentro.
—¿Cómo la has encontrado? —preguntó Vanesa.
Ben se rió y entonces empezó a hablar de ella para poner a Vanesa en contexto y supe que estaba completamente colado por Mónica. Se le iluminaban los ojos cuando pronunciaba su nombre, hablaba de la gala, de cómo había respondido a las preguntas, de la conversación en el jardín…
—Casi la beso.
Vanesa abrió mucho los ojos. Yo tuve que concentrarme para no atragantarme con mi propia saliva.
—¿Casi? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—Se apartó.
—¿Y tú qué hiciste?
—Nada.
Ben se pasó la mano por el pelo.
—No quería incomodarla.
Aquello me produjo una sensación extraña. Por un lado, alivio pero por otro… Algo mucho más peligroso.
—¿La has vuelto a ver? —pregunté.
—No.
—¿Y no le pediste el teléfono?
—Sí, pero no me lo dio. En su lugar le di yo el mio.
Vanesa me miró y yo a ella. Aquello empezaba a ser ridículo.
—Entonces, ¿cómo la has encontrado? —preguntó.
Ben se apoyó en el respaldo del sofá.
—Hablé con Carlos.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Con Carlos? —repitió Vanesa.
—Sí. El hombre que estaba con ella en la gala.
—¿Y qué te dijo?
—No quería hablarme de ella al principio.
—Normal —murmuró Vanesa.
—Tuve que insistirle bastante —Ben sonrió—, y aceptar algún negocio que tenía pendiente con él.
Aquello era tan propio de Ben que casi me habría hecho gracia en cualquier otra circunstancia.
—Al final me dijo que era Mónica y que era una amiga que le ayudaba.
Vanesa y yo nos miramos.
Una amiga.
La palabra quedó flotando entre las dos.
Sabíamos perfectamente por qué Carlos había utilizado aquella expresión.
El contrato de confidencialidad le impedía revelar que Mónica trabajaba como chica de compañía.
No podía hablar de sus servicios, de sus clientes ni de ningún detalle que pudiera identificarla profesionalmente, así que, para Ben, yo era simplemente una amiga de alguien a la que había conocido en una gala.
—También me ha dado su número —continuó Ben—. Por si quiero llamarla.
Vanesa parpadeó.
—¿Te ha dado su número?
—Sí.
—¿Y vas a llamarla?
Ben no le dio más vueltas al asunto.
—Claro.
Volvimos a mirarnos Vanesa y yo. Las dos teníamos exactamente la misma expresión.
Estamos jodidas.
—Voy un momento a la terraza —dijo Ben con el teléfono en la mano.
Se levantó y salió. En cuanto desapareció de nuestra vista, Vanesa me agarró del brazo.
—A mi habitación.
—¿Qué?
—¡Ahora!
Entramos y cerramos la puerta.
—Pon el móvil en silencio.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos desde qué número va a llamar.
Los dos teléfonos dejaron de vibrar y nos miramos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora esperamos esa llamada.
No tuvimos que esperar mucho. El teléfono de Vanesa vibró y las dos dimos un salto.
Ella miró la pantalla.
—Es él.
—¿Qué hacemos?
—Contesto.
—¡Vanesa!
—¿Qué quieres que haga? ¿Que lo deje sonar?
Descolgó.
—¿Sí?
Escuchó unos segundos y su expresión cambió.
—Hola.
Me hizo señas para que me acercara.
Podía escuchar perfectamente la voz de Ben desde donde estaba.
—¿Mónica?
Vanesa abrió la boca, la cerró y me miró. Yo negué desesperadamente con la cabeza.
—No —dijo al fin—. Soy… María.
Me llevé una mano a la frente.
María.
Había visto el disco de Mariah Carey encima de mi cómoda, por supuesto.
—Me han dado este número porque me dijeron que podía localizar a Mónica —continuó Ben.
Miré al techo. Esto no podía estar pasando.
—Sí… entiendo.
Pausa.
—No, ahora mismo no está disponible.
Levantó la vista del teléfono.
—En cinco minutos te llamo yo.
Colgó y la miré.
—¿Estás loca?
—Estoy improvisando.
—¡Has quedado en llamarlo en cinco minutos!
—Porque no sabía qué decir.
—¡Pues podrías haber dicho que estabas en mitad de una operación a corazón abierto!
—No tengo ni idea de medicina.
—¡Yo sí!
Vanesa levantó las manos.
—Vale. Necesitamos un plan.
Se quedó pensativa.
—No podemos decir que somos de ninguna agencia.
—Ya.
—Porque entonces estaríamos violando la confidencialidad de los clientes.
Asentí.
—Exacto.
—Así que voy a salir al salón.
—¿Y yo?
—Tú te vas a ir.
—¿A dónde?
—A hablar con él.
La miré horrorizada.
—¿Con Ben?
—Sí.
—¿Como Mónica?
—Como Mónica.
—¿Y qué le digo?
—No sé… Averigua qué quiere. Intenta disuadirlo.
—Eso se me da fatal.
—No. Se te da genial. Llevas meses haciéndolo.
No la contradije. Tenía razón.
—Baja la basura —añadió—. Compra unos refrescos, unas patatas o lo que sea. Si te vas así, parecerá normal.
—Buena idea.
—Y, por favor, intenta que no descubra que la persona a la que acaba de llamar está en esta casa.
—Haré lo que pueda.
Salimos de la habitación. Ben estaba en el salón, mirando por la ventana.
—¿Qué tal? —preguntó.
Vanesa me dio un abrazo rápido.
—Bien.
—Yo voy a tirar la basura —dije— y a comprar unos refrescos y patatas. ¿Queréis algo?
—Yo estoy bien —contestó Ben.
—Yo quiero patatas —dijo Vanesa.
—Apuntado.
Cogí las llaves y salí.
El ascensor tardó una eternidad. Cuando llegué al portal, respiré hondo.
Tenía el número de teléfono de Ben apuntado en una servilleta dentro del bolsillo y tenía que llamarlo como Mónica con número oculto.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla pensando en que podía ser desagradable o podía dejar claro que no quería saber nada de él, conseguir que colgara y olvidara todo aquello, el problema era que conocía demasiado bien la respuesta a la segunda opción y yo, en el fondo, no quería que aquello se acabara.
Quería escuchar su voz y saber qué me diría si creyera que estaba hablando con Mónica, y sobre todo, quería descubrir hasta dónde llegaba aquello que había visto en sus ojos cuando hablaba de mí.
Marqué el número con los dedos temblorosos y esperé.