Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

La he encontrado

El sábado por la tarde, Vanesa se presentó en mi casa sin haber sido invitada.

Vanesa: Este fin de semana no tenemos evento. Voy a tu casa.

No había preguntas ni posibilidad de negociación, así que a las cinco de la tarde apareció en Simón Verde con una bolsa llena de adornos navideños y una sonrisa que anunciaba problemas.

—He decidido que necesitamos espíritu navideño.

—Yo ya tengo espíritu navideño.

—No. Tú tienes un árbol en una caja y tres bolas del año pasado.

—Son cuatro.

—Eso no mejora tu situación.

La dejé pasar.

La Navidad era una de esas pocas cosas que compartíamos sin necesidad de discutir porque a las dos nos encantaba, en mi caso, quizá demasiado.

Me gustaba todo: las luces, los villancicos, el olor a canela, las películas que ya sabía cómo terminaban, los escaparates llenos de regalos y esa sensación absurda de que durante unas semanas todo el mundo parecía un poco más dispuesto a sonreír, y sobre todo, me gustaba decorar la casa.

Sacamos el árbol, desenredamos las luces y empezamos a colocar los adornos mientras sonaba música navideña.

—Este va aquí.

—No, ahí queda horrible.

—Alma, es una bola roja.

—Precisamente. Necesita equilibrio visual.

Vanesa me miró.

—A veces me preocupa que tengas una licenciatura en decoración navideña que desconozco.

—Calla y pásame la estrella.

Cuando terminamos con el salón, llevamos las luces a la terraza. La tarde estaba cayendo y Sevilla empezaba a llenarse de pequeñas luces en las ventanas. Vanesa se subió a una silla mientras yo sujetaba la guirnalda.

—Un poco más a la derecha.

—¿Así?

—No, más para allá.

—¿Más para dónde?

—Para arriba.

Me reí. Fue entonces cuando me giré y vi a Ben, sentado en la terraza. Llevaba un jersey oscuro y unos vaqueros y sostenía una taza de café entre las manos. Parecía haberse quedado quieto al vernos. Vanesa también lo vio. Puso una de sus sonrisas, y esas nunca significaban nada bueno.

—¡Ben!

Me giré hacia ella.

—No.

—¿Qué?

—Te conozco.

—Solo voy a saludar.

—Vanesa…

Demasiado tarde.

—¡Ben! ¿Quieres venir a ayudarnos?

Abrí los ojos. Ben dejó la taza sobre la mesa de su terraza.

—¿Ahora?

—Claro. Alma está decorando sola y necesita ayuda.

—¡No necesito ayuda! —protesté.

Vanesa me ignoró.

—Voy —dijo con una sonrisa.

—¡Vanesa!

—¿Qué?

—No le he invitado.

—Por eso lo he hecho yo.

Unos segundos después sonó el timbre.

—Te odio.

—No es verdad.

—Ahora mismo, un poco.

Vanesa abrió la puerta antes de que pudiera impedirlo y Ben apareció con una sonrisa divertida.

—¿Interrumpo?

—En absoluto —contestó Vanesa—. Estábamos hablando precisamente de ti.

—No estábamos hablando de él.

—Bueno, ahora sí.

Ben entró y miró el árbol.

—Está quedando muy bien.

—Gracias —dije.

—Yo no tengo árbol.

Lo miré.

—¿Cómo que no?

—No he puesto ninguno.

Aquello me pareció casi una tragedia personal.

—Espera aquí.

Fui hasta el armario y saqué una caja pequeña.

—Toma.

Ben la miró.

—¿Qué es?

—Un árbol.

Lo abrió. Era un pequeño abeto de Navidad, apenas de medio metro de alto, con algunas luces incorporadas.

Ben soltó una carcajada.

—¿Esto es un árbol?

—Es un árbol perfectamente digno.

—Es diminuto.

—Es muy práctico.

—Parece que lo hayan dejado en libertad y se haya perdido.

—No le hagas caso. Le tiene cariño —anadió Vanesa mientras se reía.

—Muchísimo —dije, arrebatándole la caja—. Si no lo quieres, me lo quedo.

—No he dicho que no lo quiera.

Me lo quitó de las manos.

—Me lo quedo.

Sonreí.

—Así me gusta.

Durante unos minutos los tres nos dedicamos a montar el pequeño árbol y, sin darme cuenta, acabé hablando de la Navidad con la ilusión de una niña de ocho años.

—Es la mejor época del año —Ben me miró divertido—, ¿verdad?

—Sí. No entiendo a la gente que dice que es una época triste.

—Puede serlo para algunas personas.

—Ya, pero… —miré las luces que habíamos colocado en la terraza—. No sé, a mí me encanta. Me parece triste que alguien tenga que pasarla solo.

La expresión de Ben cambió ligeramente.

—¿Tú nunca la pasas sola?

—Nunca. En Nochebuena es sagrado ir a cenar con mi familia.

Vanesa asintió.

—Eso no se negocia, —anadió Vanesa— ni se negocia ni se discute.

—¿Y Nochevieja? —preguntó Ben.

Vanesa me miró.

—Eso estamos intentando decidir —habló Vanesa.

—Todavía no tenemos plan —expliqué.

—Yo quizá me vaya a Estados Unidos.

Lo miré.

—¿En Navidad?

—Sí, a Boston.

—¿Para Nochebuena?

—Probablemente unos días. Volvería el veintiocho.

Me sorprendió.

—¿Y no te da pena perderte la Navidad aquí?

Ben se encogió de hombros.

—Mi familia está allí.

—Pero Boston en estas fechas tiene que ser precioso y además allí nieva, ¿verdad?

—Mucho, algunas veces demasiado —dijo riéndose.

—Qué bonito —dije mientras suspiraba.

Vanesa me miró de reojo.

—Pues vete con él —soltó Vanesa.

Casi me atraganté.

—¿Qué?

—A Boston. Iros los dos.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no tengo dinero para hacer un viaje así.

Ben nos observaba con una sonrisa.

—Puedes venir.

Lo miré.

—No.

—Ni siquiera te he dicho cómo.

—Precisamente.

Vanesa soltó una carcajada.

—Esta mujer es imposible.

Ben iba a responder cuando su teléfono comenzó a sonar.

—Es Chen —dijo mirandome.

Se apartó unos pasos para contestar. Vanesa y yo continuamos colocando las luces, aunque ninguna de las dos estaba realmente pendiente del árbol. Ben habló en voz baja. Al principio no distinguimos nada pero después lo escuchamos decir:

—¿Estás seguro?

Pausa. Su expresión cambió.

—¿Dónde?

Otra pausa. Ben miró hacia nosotras y luego escuchamos claramente las palabras.

—La he encontrado.

Ben se paralizó y yo también. Vanesa dejó caer una bola dentro de la caja. Nos miramos porque las dos lo habíamos entendido lo mismo.

La había encontrado. Sabía perfectamente de quién estaba hablando.