Capítulo 16
El peligro
El lunes por la mañana me despertó un mensaje de Ben.
Ben
¿Te recojo?
Lo leí dos veces antes de contestar.
No hace falta. Prefiero ir sola. ✓✓
La respuesta llegó casi al instante.
Somos vecinos. No tiene sentido que vayamos los dos al mismo sitio y no aproveches mi hospitalidad.
Miré el techo y después escribí:
Me gusta ir sola. Creo que tampoco es lo más apropiado. La gente podría vernos juntos y empezar a hablar. ✓✓
Tardó unos segundos.
Eso es una tontería.
Sonreí porque me imaginé a Lucía preguntándome.
No lo es. ✓✓
Alma, somos compañeros de trabajo.
Precisamente. ✓✓
Vale. ¿Entonces?
Voy en autobús. Gracias. ✓✓
Dejé el móvil sobre la mesilla antes de que pudiera responder. No necesitaba otro trayecto a solas con él, menos por lo que estuvo a punto de pasar el otro día y para remate, después de haber descubierto que una parte de mí deseaba que hubiera pasado.
En el laboratorio, al menos, todo parecía más sencillo. Las muestras no coqueteaban conmigo, los cultivos no me miraban a los labios y las nanopartículas lipídicas tenían la decencia de no intentar besarme.
Durante los primeros días me refugié en el trabajo.
Lucía y yo pasábamos buena parte de la mañana preparando las muestras que íbamos a utilizar en la siguiente fase del proyecto. Trabajábamos con la formulación que debía transportar los activos hasta las glándulas sebáceas sin alterar la microbiota beneficiosa de la piel. Había que ser meticulosos.
Pesábamos cada componente, comprobábamos las concentraciones, preparábamos las soluciones y registrábamos absolutamente todo. Después llegaba la parte más delicada: conseguir que las nanopartículas mantuvieran un tamaño y una estabilidad adecuados para que pudieran cumplir su función.
Lucía era excelente. Tenía esa capacidad de trabajar deprisa sin perder precisión que yo envidiaba.
—Si esto sale bien —me dijo una mañana, mirando los resultados del primer ensayo—, vamos a tener que celebrarlo.
—Primero consigue que salga bien.
—Qué poca fe tienes.
—No es poca fe, es ciencia.
—Para ti todo es ciencia.
—Porque funciona.
Ambas nos reímos y durante unos minutos conseguí olvidarme de que Ben existía hasta que la puerta del laboratorio se abrió. Ben entró con una carpeta bajo el brazo y mi espalda se tensó automáticamente.
—¿Cómo vamos?
Lucía comenzó a explicarle los resultados. Ben se acercó a la mesa y revisó los datos con ella. Yo continué trabajando, fingiendo que su presencia no me afectaba.
Era difícil porque cada vez que levantaba la vista, él estaba allí, y algunas veces tenía la sensación de que me estaba mirando a mí y no a los resultados.
Así transcurrió aquella semana.
Ben entraba y salía del laboratorio, se reunía con nosotros, revisaba avances, hablaba con Duarte, consultaba documentación con Chen y desaparecía durante horas para después volver con nuevas indicaciones.
Yo procuraba estar siempre con Lucía. Si tenía que revisar una muestra, la revisaba con ella, si había que analizar resultados, me sentaba a su lado o si Ben se acercaba a nuestra mesa, encontraba alguna tarea urgente que hacer.
Era agotador, pero funcionaba, o eso creía hasta el jueves por la tarde.
Lucía había salido un momento a buscar material y yo estaba terminando de registrar los resultados de una de las pruebas cuando escuché una voz detrás de mí.
—Alma.
Me giré.
Era Duarte.
—¿Sí?
Miró hacia la puerta y después hacia el resto del laboratorio.
—¿Podemos hablar?
Su tono me hizo fruncir el ceño.
—Claro.
—A solas.
Aquello me extrañó muchísimo.
Lo seguí hasta una pequeña sala de reuniones que utilizábamos para revisar documentación. Cuando entramos, cerró la puerta.
—¿Qué ocurre?
Duarte no respondió enseguida. Primero se sacó el móvil del bolsillo.
—Creo que deberías ver esto.
Me mostró una fotografía. Sentí que se me congelaba la sangre. Era de la gala. Yo aparecía de perfil, con el vestido negro, el pelo liso y la copa en la mano, pero no estaba sola, a mi lado aparecía Ben.
Levanté la mirada.
Duarte torció la boca en una sonrisa que no parecía amable.
—Tengo mis contactos —dijo mientras guardaba de nuevo el móvil.
Me costó tragar.
—No entiendo…
—Sí lo sabes, sé quién eres y qué es lo que estás haciendo. Sé a qué te dedicas cuando sales de aquí.
Me latía tan fuerte que no podía articular palabra.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando.
—¿Ah, no? Mónica.
Pronunció el nombre despacio, con el gesto de quien acaba de poner una carta ganadora sobre la mesa.
No pude evitarlo. Mi expresión cambió y él se dio cuenta.
—Vaya —murmuró—. Así que sí sabes de quién hablo.
Tragué saliva.
—¿Qué quieres?
—Que hagas algo por mí.
—¿Qué?
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Lo que yo te diga.
Lo miré sin comprender.
—Tengo una fotografía que podría complicarte bastante la vida.
Sentí que el aire de la habitación se volvía demasiado denso.
—No tienes derecho a amenazarme.
—No te estoy amenazando.
Hizo una pausa.
—Todavía.
Aquella última palabra me recorrió la espalda como un escalofrío.
—¿Qué quieres que haga?
Duarte abrió la puerta y antes de salir, se volvió hacia mí.
—Ya te lo diré.
Antes de salir comprobó el pasillo por la rendija y se guardó el móvil de teclas con el que me había enseñado la fotografía, que no era el de la empresa. Lo interpreté como la prudencia de un hombre que sabe perfectamente lo que está haciendo.
Se marchó. Me quedé sola mirando la puerta abierta. Por primera vez desde que había creado a Mónica, comprendí que el mayor peligro no era que Ben descubriera quién era, era que alguien más lo descubriera antes que él y Duarte acababa de hacerlo.