Capítulo 15
La copa
Acepté la copa por una razón que, en aquel momento, me pareció bastante sensata, y es que necesitaba saber qué estaba pasando.
Con Alma, Ben me desconcertaba, me ponía nerviosa, me hacía pensar demasiado en sus ojos, en su sonrisa, en la forma en que se acercaba cuando hablábamos, pero con Mónica era diferente.
Allí no tenía que fingir que no existía química.
No tenía que convencerme de que aquellas miradas eran producto de mi imaginación.
Ben me estaba mirando como un hombre mira a una mujer que le gusta y yo llevaba toda la noche intentando disimular que me daba cuenta.
—Una copa —acepté.
Su sonrisa apareció despacio.
—Sabía que acabarías diciendo que sí.
No supe qué contestar a eso.
Entramos en uno de los salones donde habían preparado una pequeña barra para los invitados. La música de la gala llegaba amortiguada desde el salón principal y, al fondo, todavía se escuchaban algunas risas.
Ben pidió un whisky y yo elegí vino.
—¿Siempre bebes vino? —preguntó.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
—Solo cuando me interesa la respuesta.
Ahí estaba otra vez, esa manera de decir las cosas sin necesidad de adornarlas.
Nos apartamos un poco del resto de los invitados. Él apoyó un hombro contra la pared y yo me quedé frente a él, sujetando la copa con las dos manos para tener algo que hacer con ellas.
—Has estado increíble esta noche —dijo.
—He tenido suerte.
—No.
Lo dijo tan convencido que levanté la mirada.
—¿No?
—No ha sido suerte. Sabías las respuestas.
Sonreí.
—La de las mitocondrias no la sabía ni yo.
—Eso es porque no estabas pensando como científico.
—¿Y tú sí?
Me encogí de hombros.
—Supongo que no sé pensar de otra manera.
Sus ojos se quedaron clavados en los míos y bajé la mirada hacia mi copa.
—¿Qué?
—Nada.
—Ben.
Ben se puso serio de golpe.
—Es que hay algo en ti…
Se me puso el pulso a cien.
—¿El qué?
Negó con la cabeza, buscando las palabras.
—No sé explicarlo.
Aquello me recordó peligrosamente a nuestra conversación en el coche. La mujer que no podía quitarse de la cabeza.
Me llevé la copa a los labios para disimular.
—Quizá has bebido demasiado —dije.
—Solo llevo una.
—Entonces quizá deberías pedir otra.
No apartaba los ojos de mí y yo tampoco conseguía apartarlos de él. Ben dejó el vaso sobre la barra y se me acercó lo suficiente para que dejara de escuchar la música, las voces y absolutamente todo lo que ocurría a nuestro alrededor.
—Mónica…
Mi nombre en su boca sonó diferente, como más íntimo.
—¿Sí?
Dio otro paso y se acercó más a mí. Yo no retrocedí, podía, y debería haberlo hecho, pero me quedé quieta. Sus ojos bajaron lentamente hasta mis labios y ahí estuvo la confirmación que llevaba toda la noche intentando evitar. No era imaginación ni curiosidad, Ben quería besarme.
Levantó una mano y rozó con los dedos un mechón de mi pelo.
—Tienes…
No terminó la frase.
—¿Qué?
—Nada.
Pero no retiró la mano. Sus dedos se quedaron un instante junto a mi mejilla. Mi respiración se volvió tan irregular que tuve miedo de que pudiera darse cuenta.
Él se inclinó hacia mí muy despacio. No hizo falta que dijera nada.
Su mirada había bajado hasta mis labios y, un segundo después, comprendí lo que estaba a punto de hacer.
Mi primer impulso fue quedarme quieta porque quería saber a qué sabían esos labios.
Llevaba demasiado tiempo preguntándomelo, pero justo cuando su rostro estuvo a un suspiro del mío, giré la cabeza con una naturalidad que esperaba que pareciera convincente.
Lo hice despacio, con el gesto de quien acaba de recordar algo de repente.
Me costó más de lo que estaba dispuesta a admitir, porque durante aquel último segundo había querido besarlo, muchísimo, y puede que por eso mismo tardé algo más en apartarme.
Cerré los ojos durante una fracción de segundo y entonces escuchamos unas voces acercándose. Me aparté de golpe y Ben también.
Una pareja pasó junto a nosotros hablando de la gala sin prestarnos la menor atención.
Yo miré mi copa y él hacia otro lado. Ninguno dijo nada, hasta que Ben soltó una pequeña risa.
—Creo que nos han salvado.
Lo miré.
—¿De qué?
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos.
—Eso depende de ti.
Tragué saliva y sonreí, porque no sabía hacer otra cosa.
—Buenas noches, Ben.
Él arqueó una ceja.
—¿Ya te vas?
—Creo que es lo más sensato.
—No parece que la sensatez sea nuestro fuerte esta noche.
Por desgracia, tenía toda la razón porque mientras me alejaba hacia la salida, solo podía pensar en una cosa: Ben quería besar a Mónica y yo quería que lo hiciera, el problema era que, si lo hacía, ya no estaba segura de poder seguir fingiendo que Alma y Mónica eran dos mujeres distintas.