Capítulo 14
La gala
El teléfono sonó cuando acababa de terminar de cenar, era Vanesa:
—Dime.
—Tienes trabajo.
Cerré los ojos.
—¿Quién?
—Carlos Rivero.
Me incorporé en el sofá.
—¿El de las inversiones?
—Ese mismo.
No pude evitar fruncir el ceño.
Carlos Rivero era uno de esos hombres que parecían haber aparecido de la nada y, en pocos años, habían construido un imperio.
Siempre me había resultado extraño, no porque no creyera que alguien pudiera tener éxito, sino porque había algo en él que no terminaba de encajar con la imagen que proyectaba.
Había empezado desde abajo, según contaban, y ahora se movía entre empresarios, políticos y grandes inversores con una facilidad que me costaba imaginar.
—¿Qué quiere?
—Esta noche hay una cena benéfica en el Hotel Alfonso XIII.
—¿Esta noche?
—Sí.
Miré el reloj.
—¿A qué hora?
—En una hora tienes que estar allí.
Suspiré.
Venga Alma, tranquila, todo saldrá bien.
El Hotel Alfonso XIII parecía todavía más impresionante de noche. Las luces iluminaban la fachada y los jardines estaban preparados para recibir a los invitados. Había camareros con bandejas, vestidos largos, trajes impecables y conversaciones que parecían no tener nada que ver con la vida real.
Me coloqué el bolso en el brazo y entré junto a Carlos.
—Esta noche quiero que estés conmigo —me dijo.
—Claro.
—Hay varios inversores que quiero presentarte.
—Estupendo —dije sonriendo.
Lo seguí hasta el salón. Había muchas mesas decoradas con manteles blancos y dorados, con varias copas.
No sentamos en los sitios que teníamos asignados. Carlos estaba a mi izquierda y a mi derecha a una influencer muy famosa de la cual no recuerdo el nombre, por lo que no sería tan famosa según me dijo. Lo que tenía claro es que dinero tenía, puesto que estar allí costaba 500 por persona.
La cena me recordó a una celebración de comunión de las que se celebran hoy en día.
Un primero, ensalada; un segundo con un plato de solomillo al Pedro Ximenez con patatas a lo pobre y el postre, una tarta gourmet de chocolate y fresas.
Luego, los camareros ofrecieron una copa a los comensales.
Yo no bebía alcohol, no porque fuera una regla, sino porque me sentaba mal, realmente mal, y entonces lo vi: Chen venía hacia mí, pero se desvió en la mesa de enfrente.
Me iba a dar un infarto del bote que me dio el corazón en el pecho, pero eso no evitó que me reconociera.
—Mónica.
—Chen.
Nos saludamos con la mayor naturalidad del mundo.
—Qué sorpresa verte aquí —me dijo mientras caminaba hacia el pasillo que llevaban a los aseos.
—Igualmente.
Intenté que mi voz no delatara nada, no quería ni imaginar qué ocurriría si Chen descubrera que la mujer que había conocido en aquella cena era la misma que trabajaba con él en GenLab.
—¿Conoces a Carlos? —preguntó Chen por sorpresa detrás de mí.
Di un respingo.
—Sí —dije, intentando recomponer la respiración.
—Nosotros también tenemos algunos negocios con él.
—Qué pequeño es el mundo.
Sonreí y me alejé antes de que pudiera hacerme ninguna pregunta, necesitaba aire y salí hacia los jardines. La noche estaba despejada y, lejos del ruido del salón, todo parecía más tranquilo.
Miré hacia arriba. Las estrellas apenas se podían distinguir entre la iluminación de la ciudad pero siempre me había gustado buscarlas y me senté en uno de los bancos.
—¿Huyendo?
Me sobresalté de nuevo y me giré hacia atrás. Allí estaba Ben, por supuesto.
—¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
—He venido con Chen.
Ben se acercó un poco.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Parecía que necesitabas estar sola.
Sonreí.
—A veces hace falta.
Menos mal que no me ha dado por peerme, sino, menudo escenario… ¿No huele mal aquí?
Miré de nuevo hacia el cielo.
—Me encanta ver las estrellas aunque hay que esforzarse un poco para verlas.
Ben siguió mi mirada.
—Eso parece.
—Es maravilloso intentar encontrar a Venus.
Ben levantó una ceja.
—¿Venus?
—Sí.
—Pensaba que era más fácil.
—No cuando tienes toda esta contaminación lumínica alrededor —dije.
—Tienes razón —contestó mientras miraba el cielo.
—Es una pena.
—¿El qué?
—Que cada vez sea más difícil ver bien el firmamento.
Ben me miró y durante un breve transcurso de tiempo ninguno dijo nada, algo que fue peor que cualquier conversación porque estábamos demasiado cerca.
—Deberíamos volver —dije finalmente.
—¿Deberíamos?
—Me estarán esperando.
—¿Quién?
Me giré hacia él.
—Pues… todos.
—Ah.
Ben se apartó para dejarme pasar.
—Sería feo desaparecer durante toda la cena —dije mientras daba un paso hacia el interior, pero el tacón se hundió en el albero mojado.
—¡Ah!
Perdí el equilibrio y Ben reaccionó inmediatamente para sujetarme por el brazo y me atrajo hacia él.
—Cuidado.
Quedé prácticamente pegada a su cuerpo. Levanté la cabeza y me encontré con sus ojos muy cerca, demasiado.
—Menos mal que estoy yo para ayudarte —murmuró.
Intenté responder pero no me salió nada. La mano de Ben seguía alrededor de mi brazo. Noté su respiración agitada que estaba igual que la mía y, por un instante, ninguno pareció acordarse de que estábamos en medio de unos jardines llenos de invitados.
Ben sonrió y yo también, hasta que él bajó la mirada hacia mi boca. Mi corazón dio un vuelco y me aparté con discreción.
—Gracias.
—De nada.
Se tomó un tiempo para soltarme el brazo.
—Mónica.
—¿Sí?
—¿Me darías tu teléfono?
—¿Mi teléfono? —pregunté a la vez que parpadeaba.
—Sí.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no suelo dar mi número a desconocidos —dije lo más suave que me salió.
Ben dibujó en su rostro una pequeña sonrisa.
—Nos conocemos desde hace varios días.
—Nos hemos visto dos veces. Para mi lo eres —contesté con mi sonrisa profident.
—Entonces dime qué tengo que hacer para dejar de serlo.
Aquella pregunta me dejó sin respuesta.
—No lo sé.
—Podríamos empezar por un café.
—No.
—¿Una cena?
—Tampoco.
—¿Una copa?
Lo miré.
—Sigues siendo un desconocido.
—¿Tienes pareja?
—No.
—Entonces no entiendo el problema.
—Es una costumbre.
—¿No das nunca tu teléfono?
—Nunca.
Ben no se lo pensó dos veces.
—Dame el tuyo —le solté. Era la táctica que usaba siempre ante las insistencias.
—¿El mío? —preguntó arqueando las cejas.
—Sí.
—¿Para qué?
—Si algún día cambio de opinión, ya sabré dónde encontrarte.
La sonrisa de Ben se hizo más amplia.
—Me parece bien —me dictó su número y lo apunté en un clinex que llevaba en el bolso—, ahora tienes que llamarme algún día.
Dentro del salón comenzaron a escucharse aplausos. La gala estaba a punto de comenzar.
—Tengo que volver —anuncié.
—Yo también.
Entramos juntos pero en cuanto atravesamos las puertas, me separé de él y volví junto a Carlos.
—¿Dónde estabas? —me preguntó.
—En el baño.
Carlos me miró unos segundos.
—Has tardado mucho.
—Había mucha cola, ya sabes, cosas de mujeres.
No preguntó más.
La gala comenzó poco después. Uno de los organizadores subió al escenario y explicó que aquella noche habían preparado un concurso para los invitados.
—La competición será por parejas.
Carlos me miró y entendí que él ya daba por hecho que iba a jugar con él.
Ben terminó formando pareja con Chen y los demás invitados fueron ocupando sus mesas. Los camareros colocaban en el centro de las parejas donde estaban sentados un número que luego apareció en un listado que se vería reflejado en un proyector que apuntaba a la pared.
—Cada ronda tendrá una pregunta —explicó el presentador—. La pareja que falle quedará eliminada, las que acierten seguirán acumulando crédito para la gala, y la pareja ganadora, decidirá a qué organización se destinará una parte de los beneficios obtenidos esta noche.
Carlos se frotó las manos.
—Esto me gusta.
—¿Eres bueno?
—Ya lo veremos.
La primera pregunta fue de historia. Acertamos.
La segunda, de arte. Carlos respondió antes que yo.
La tercera, sobre cine. También acertó.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Sabes bastante.
—Tengo mis secretos.
La siguiente fue de televisión, después vino una sobre literatura, de geografía, otra de música… Las parejas empezaron a caer unas tras de otras. Carlos y yo continuábamos y Ben y Chen también.
Cada vez quedábamos menos y cada vez me sorprendía más descubrir que Carlos sabía de casi todo, hasta que llegó una pregunta de ciencias.
El presentador sonrió.
—Esta puede hacer caer a más de uno.
En la pantalla apareció la pregunta.
¿Qué sustancia es la principal responsable de la pigmentación de la piel y la protección frente a la radiación ultravioleta: la melanina o la melatonina?
Carlos me miró.
—Melatonina.
Abrí los ojos.
—No.
—¿No?
—Melanina.
Carlos se calló.
—¿Seguro?
—Completamente.
Respondimos.
—¡Correcto! Mónica eres la caña —dijo Carlos.
Ben, desde la otra mesa, nos miró, más concretamente a mí.
El presentador continuó.
—Ahora una pregunta bastante más difícil.
La pantalla cambió.
—¿Qué orgánulo celular contiene la mayor parte del ADN extranuclear de una célula eucariota y presenta su propio genoma?
Hubo murmullos. Carlos me miró y yo ni siquiera necesité pensarlo.
—La mitocondria.
El presentador sonrió.
—Correcto.
Al otro lado de la sala, Ben se quedó completamente boquiabierto.
Chen le dijo algo pero Ben ni siquiera pareció responderle.
Me estaba mirando. Yo bajé la vista demasiado tarde.
Había olvidado algo fundamental: Mónica podía saber muchas cosas pero no era normal que una mujer que trabajaba como acompañante en cenas de empresarios respondiera con tanta naturalidad preguntas científicas, y Ben acababa de darse cuenta.
La última ronda terminó unos minutos después. Chen falló una pregunta y Ben quedó eliminado, Carlos y yo fuimos los ganadores. Los aplausos llenaron el salón y el organizador se acercó con una sonrisa.
—Enhorabuena.
Carlos me rodeó ligeramente con el brazo.
—Ha sido ella.
—¿A qué organización queréis destinar la aportación?
Carlos me miró.
—Tú eliges.
Me sorprendió.
—¿Yo?
—Has ganado.
Pensé unos segundos.
—Entonces a una asociación de enfermedades raras.
Carlos asintió.
—Hecho.
Los aplausos volvieron a escucharse pero yo apenas los oía porque, al otro lado del salón, Ben seguía mirándome, y esta vez ya no parecía preguntarse solamente quién era, sino qué demonios hacía una mujer como yo en aquella mesa.
La velada continuó entre copas y conversaciones pero Carlos comenzó a mirar el reloj.
—Creo que me voy a retirar.
—Claro.
—Me lo he pasado muy bien contigo.
—Yo también.
—Seguramente vuelva a llamarte.
Sonreí.
—Cuando quieras.
Se puso la chaqueta.
—Si quieres quedarte, hazlo.
—No, yo también me voy.
—Perfecto.
Carlos se alejó para despedirse de algunos invitados mientras yo cogí el bolso.
—Mónica.
Me giré. Era Ben otra vez.
Carlos, que todavía estaba a unos metros, se detuvo.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Puedo acompañarte?
—No hace falta. Me recoge mi chófer.
Ben miró alrededor.
—¿Ya está aquí?
—Sí.
—Entonces toma una copa conmigo antes de irte.
—Ben…
—Solo una.
—Es tarde.
—Precisamente.
Ben asintió, satisfecho.
—Además, todavía tenemos pendiente una conversación.
—¿Sobre qué?
Ben sostuvo mi mirada.
—Sobre las estrellas.
—¿Las estrellas?
—También sobre cómo sabes tanto de ciencia.
Mi corazón dio un vuelco. Antes de que pudiera responder, Carlos volvió.
—¿Todo bien?
Me quedé sin saber qué decir.
—Sí.
Carlos miró a Ben y no tuve más remedio que presentarlos.
—Carlos, él es Ben.
—Encantado.
—Igualmente.
Se estrecharon la mano y luego Carlos miró el reloj.
—Bueno, Mónica, te dejo.
—Claro.
—Nos vemos.
Nos dimos dos besos y Carlos se marchó.
Esperé hasta verlo desaparecer y volví a mirar a Ben.
—Una copa —dije.
Su sonrisa fue inmediata.
—Una copa.
Mientras caminábamos hacia el bar, tuve la sensación de que acababa de cometer otro error.
Por primera vez, no me preocupaba que Ben descubriera que Mónica era Alma.
Lo que realmente me aterraba era algo mucho peor: que la mujer de la que habíamos hablado en el coche, la que no podía quitarse de la cabeza, la que decía querer encontrar, era yo, Alma, y él todavía no sabía que aquella mujer que lo tenía tan intrigado y la mujer con la que trabajaba, discutía y compartía cada día, eran la misma.
Lo peor de todo era que Ben no se estaba enamorando de Mónica, se estaba enamorando de mí, y yo empezaba a enamorarme de él.