Capítulo 13
De vuelta a casa
Salimos del edificio y caminamos hasta el coche. Intenté no pensar demasiado en el hecho de que iba a estar encerrada con Ben durante diez minutos.
Diez minutos, venga, puedo soportarlo.
Subimos al coche y él arrancó. Durante los primeros minutos hablamos exclusivamente del proyecto.
—He estado pensando en incorporar a alguien más en la segunda fase —dijo Ben, mientras salíamos del aparcamiento—. Cuando tengamos los primeros resultados, necesitaremos a alguien que controle la parte microbiológica.
—Podríamos contar con Susana.
—Lo imaginaba.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque llevas tres días hablando de ella.
Sonreí.
—Es buena.
—Lo es.
—Si queremos que el proyecto funcione…
—Ya sé lo que vas a decir.
—¿El qué?
—Que quieres tenerla cerca.
Sentí un pequeño sobresalto.
—¿Perdón?
Ben lo repitió, más despacio.
—Para trabajar.
—Claro.
Lo miré de reojo.
—¿Estás insinuando algo?
—Nada.
—Pues no lo parece.
—Solo digo que eres muy insistente cuando quieres algo.
—Porque sé lo que quiero.
Solo se escuchó el ruido del motor.
—Eso es bueno —dijo finalmente—. En investigación hace falta.
—¿Y tú siempre sabes lo que quieres?
Ben tardó un poco en responder.
—No siempre.
Aquella respuesta me llamó la atención.
—¿No?
—No.
—No lo parece.
Ben me lo dijo sin dramatismo.
—Eso es porque intento no ir por la vida anunciando mis dudas.
—¿Y tienes muchas?
—Más de las que imaginas.
Lo miré. Aquella respuesta me pareció demasiado personal y decidí cambiar de tema.
—¿Y qué tal Boston?
—¿Por qué?
—Porque has vivido allí muchos años o al menos eso decía la revista que nos diste.
—Bien.
—¿Lo echas de menos?
Ben miró unos segundos la carretera.
—A veces —se quedó callado. Yo pensé que quizá había hecho una pregunta demasiado personal—. Entre otras cosas, por una ruptura.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Una ruptura?
—Sí.
—¿Con tu novia?
Asintió.
—Con mi novia de Boston.
No dije nada. Ben mantuvo la mirada en la carretera. No parecía especialmente incómodo hablando de ello, pero tampoco daba la impresión de querer entrar en detalles.
—Lo siento —contesté.
—No pasa nada.
—¿Llevabais mucho tiempo?
—Unos años.
Esperé, pero no añadió nada más. El momento se puso un poco incómodo.
—¿Y fue por eso por lo que decidiste venir? —pregunté.
—Fue una de las razones. Digamos que necesitaba cambiar de vida.
No insistí. Había algo en su tono que me decía que aquella historia todavía tenía partes que no estaba dispuesto a contar y, curiosamente, me dio pena.
Ben parecía tenerlo todo: dinero, un buen trabajo y una vida resuelta, incluso aquella seguridad que hacía que pareciera saber siempre qué hacer, pero había algo en sus ojos cuando hablaba de Boston que no encajaba con aquella imagen.
Ben soltó una pequeña risa.
—¿Y tú tienes novio?
—¿Yo? No, no tengo tiempo para eso.
—¿Ni un amigo? ¿Alguien?
—Amigos si, solo amigos.
—¿Y tú?
—¿Siempre interrogas así a tus compañeros de trabajo? —preguntó.
—Solo a los que me llevan en coche.
—Entonces tendré que tener cuidado.
—Mucho.
Volvió a sonreír y después se calló.
Yo pensé que la conversación había terminado hasta que habló.
—Aunque hay alguien…
Mi sonrisa desapareció.
—¿Alguien?
—Sí.
—Pensaba que no había nadie.
—No, la estoy conociendo.
—Entonces…
—La conocí una noche.
Sentí algo extraño en el pecho.
—¿Una noche?
—Una noche.
Lo miré.
—Eso no parece muy serio.
—No lo es.
—Entonces, ¿por qué hablas de ella?
Ben tardó unos segundos en responder.
—Porque no consigo quitármela de la cabeza.
Se me secó la boca. Miré hacia delante para intentar disimular.
—¿Tan impresionante fue?
—No sé si impresionante es la palabra.
—¿Cuál sería?
Ben no necesitó pensarlo.
—Diferente.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—Pero acabas de decir que no te la quitas de la cabeza.
—Precisamente por eso.
Se calló.
Yo no sabía qué hacer con mis manos. Había empezado aquella conversación para distraerlo de mí y ahora sentía que estaba entrando en un terreno peligrosísimo.
—¿Cómo se llama?
Ben me miró solo un instante y después volvió la vista a la carretera.
—Mónica
El mundo se detuvo. No escuché el motor ni el tráfico, ni siquiera escuché mi propia respiración.
Mónica, el nombre que había inventado para esconderme.
—¿Mónica? —conseguí repetir.
—No sé nada de ella, ni su apellido… ni tan siquiera si tiene instagram.
Intenté sonreír.
—Entonces sabes muy poco.
—Lo sé.
—¿Y aun así te gusta?
Ben tardó unos segundos.
—No sé si me gusta.
—¿Entonces?
—Me interesa.
Sentí calor en las mejillas.
—¿Y qué vas a hacer?
—Pues encontrarla de alguna manera.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Cómo?
—No lo sé todavía, ya se me ocurrirá algo —dijo con una sonrisa.
Yo intenté hacerlo también.
—Eso suena un poco obsesivo.
—Quizá.
—¿Y si ella no quiere que la encuentres?
Ben se quedó pensativo.
—Entonces lo respetaría.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿De verdad?
—Claro.
Me miró de reojo.
—Pero primero tendría que saber si quiere que la encuentre.
No supe qué contestar.
El coche entró en la urbanización. Reconocí el camino que llevaba a nuestros pisos y me relajé un poco. Habíamos llegado por fin.
Ben aparcó, apagó el motor y ninguno de los dos se movió.
—Gracias por traerme —dije.
—De nada.
Abrí la puerta.
—Nos vemos el lunes.
—Alma—me llamó Ben antes de levantarme del asiento.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Se me aceleró todo por dentro.
—Claro.
—¿Crees que una persona puede enamorarse de alguien después de conocerla solamente una noche?
Lo miré. No sabía si me estaba haciendo aquella pregunta como jefe, como vecino o como hombre.
—No lo sé, pero últimamente estoy empezando a pensar que sí.
Ben no añadió nada más.
Bajé del coche y cerré la puerta. Mientras caminábamos hacia el portal, solo podía pensar en una cosa: Ben Weller estaba buscando a Mónica y yo acababa de pasar diez minutos escuchándolo hablar de mí sin que él supiera que estaba sentado al lado de la mujer que llevaba toda la semana intentando encontrar.