Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Distancia de seguridad

El miércoles, al salir del trabajo, me paré en una papelería y compré una caja pequeña, de las de zapatos, con la tapa dura.

No sé muy bien por qué la compré. Cuando llegué a casa, la puse sobre la mesa y me quedé un momento mirándola. Luego me agaché, busqué en el fondo del armario y saqué el tacón roto, el que se me rompió en los adoquines de Azahar la noche que conocí a Ben.

No había tirado el par. Había guardado los dos zapatos, el roto y el entero en el fondo del armario, como se guardan las cosas que no se saben qué hacer con ellas.

Metí el tacón roto en la caja, cerré la tapa y la dejé en la estantería, junto a los libros.

No sé por qué la guardo, pero en realidad sí que lo sé: la guardo porque es lo único que tengo de esa noche. Lo único que tengo de él.

El lunes intenté convencerme de que lo ocurrido durante la cena no había sido para tanto. Ben había confundido mi nombre, eso era todo, una confusión o una casualidad, un momento incómodo que no tenía por qué volver a repetirse o eso quería creer.

A media mañana estaba buscando unos informes en el archivo cuando escuché voces en el pasillo. Me detuve al reconocer la de Ben.

—No entiendo qué tiene de extraño que quiera conocerla mejor —decía.

No me moví. La voz de Chen llegó después.

—No has parado de preguntar por ella desde el sábado.

Noté cómo se me daba la vuelta por dentro.

—Porque me llamó la atención.

—¿Te llamó la atención?

Aquello lo dijo Vladimir, luego nadie siguió.

—Sí —respondió Ben.

—¿En qué sentido? —preguntó Chen.

No quise seguir escuchando, de verdad que no, pero mis pies no se movieron.

—Quiero saber quién es, de dónde viene, con quién trabaja, qué hace exactamente… —respondió Ben.

Sentí que no llegaba aire a mis pulmones.

—Ben, eso parece una investigación —dijo Chen.

—No estoy investigando a nadie.

—Entonces, ¿qué haces?

Otra pausa.

—Intento entender por qué tengo la sensación de conocerla.

Me apoyé contra la pared. El corazón me latía demasiado deprisa.

—¿Y has descubierto algo? —preguntó Vladimir.

—Todavía no.

—¿Y piensas seguir preguntando?

—Hasta que sepa de dónde la conozco.

Me aparté del pasillo antes de que pudieran verme. Volví al archivo con los informes contra el pecho.

Quería saberlo todo sobre Mónica ¿Pero por qué? ¿Qué había visto aquella noche? ¿Qué había reconocido? ¿Mi voz? ¿Mis gestos? ¿Mi forma de mirar?

Me llevé una mano al pecho. No podía permitir que siguiera buscando, tenía que conseguir que se olvidara de mí. El problema era que para conseguirlo tendría que estar cerca de él y eso era exactamente lo que menos quería.

Aquella misma mañana, Ben me reunió en su despacho para terminar de formar el equipo del proyecto. Entré con una carpeta contra el pecho y vi que estaba de pie junto a la mesa.

—Siéntate.

Lo hice. Ben ocupó la silla de al lado.

Demasiado cerca.

Abrí la carpeta intentando concentrarme en los documentos.

—He estado revisando los perfiles que tenemos —dijo—. ¿A quién propondrías tú?

Aquello me dio una salida.

—Lucía.

Ben levantó la vista.

—¿La técnica?

—Sí.

—¿Por qué?

—Es muy competente. Conoce el laboratorio, trabaja bien bajo presión y además ya hemos trabajado juntas.

Había otra razón, una que no pensaba decir en voz alta. Quería tener a Lucía cerca. Si Ben estaba ocupado con ella, yo tendría una excusa perfecta para trabajar con alguien más y mantener cierta distancia.

Ben asintió.

—Me parece una buena elección.

Abrió otro documento.

—¿Y para la parte farmacéutica?

—Duarte.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Se inclinó sobre la mesa para enseñarme unos datos.

Su brazo quedó junto al mío, demasiado cerca otra vez.

Intenté leer la pantalla pero no pude porque mi atención se había quedado atrapada en su boca, en aquellos labios, la misma boca que había visto demasiado de cerca cuando caí sobre él en el supermercado, la misma que había sonreído aquella noche en el restaurante.

Aparté la mirada inmediatamente.

—¿Qué opinas?

—Sí.

Ben me miró.

—No te he dicho la propuesta.

Me quedé blanca.

—Ya.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Entonces supongo que estamos de acuerdo.

—Exactamente.

—No tienes ni idea de lo que acabo de decir.

—Sí que la tengo.

—Pues no lo parece…

Sentí calor en las mejillas.

—Estaba pensando.

—Eso espero.

Volvió a los documentos.

Yo respiré despacio, tenía que dejar de mirarlo. Era mi jefe y mi vecino, y, por si fuera poco, el hombre que estaba intentando descubrir quién era Mónica. No podía permitirme sentir nada por él y mucho menos fijarme en su boca.

Una hora después teníamos el equipo decidido Lucía, Eduarte, Ben y yo.

Ben decidió reunirlos esa misma tarde para comunicarles oficialmente su incorporación al proyecto.

La noticia fue recibida con entusiasmo. Contesté preguntas, hablé del proyecto…

Hice exactamente lo que tenía que hacer y, desde ese momento, tomé una decisión: evitaría a Ben todo lo posible.

Los siguientes días fueron un ejercicio de estrategia.

Llegaba antes que él y me marchaba después.

Si sabía que iba a estar en el laboratorio, buscaba cualquier motivo para trabajar con Lucía, si podía enviarle un informe por correo, lo hacía o si necesitaba hablar con él, dejaba que Lucía lo hiciera por mí, incluso empecé a tomar el café en otra zona del edificio.

No quería cruzarme con él ni quería darle una sola oportunidad de hacerme preguntas personales, pero sobre todo, no quería volver a sentir lo que me ocurría cada vez que se acercaba demasiado.

El problema era que Ben no era tonto.

El viernes por la tarde lo descubrí.

—Alma.

Me giré. Estaba en la puerta de su despacho.

—¿Sí?

—¿Puedes venir un momento?

—Claro.

Entré y Ben cerró la puerta tras de mí. Me señaló la silla y me senté. Él permaneció de pie unos segundos, mirándome.

—¿He hecho algo?

Parpadeé.

—¿Qué?

—Llevas toda la semana evitándome.

Sentí un pinchazo en el pecho.

—No te estoy evitando.

—Llegas antes que yo… Te vas después… Y cuando tenemos que trabajar juntos, buscas a Lucía.

—Es muy competente.

—Lo sé.

Se sentó frente a mí.

—Pero no es eso.

Bajé la mirada.

—Me gusta mi trabajo —dije.

—Eso ya lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

—Me siento responsable del proyecto.

Ben bajó la mirada.

—¿Responsable?

Asentí.

—Quiero que salga bien. Has confiado en mí y no quiero decepcionarte.

Su expresión se suavizó.

—No me estás decepcionando.

—Entonces no entiendo cuál es el problema.

—Yo tampoco.

Me miró fijamente y después sonrió.

—Perfecto.

Se levantó y cogió las llaves del coche.

—Entonces no tendrás problema en venirte conmigo.

Lo miré.

—¿Adónde?

—A casa.

—¿Qué?

—Somos vecinos.

—Ya lo sé.

—Yo voy a salir ahora mismo.

—Yo también.

—Entonces no tiene sentido que venga en coche yo solo.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque llevas toda la semana trabajando hasta tarde y estarás agotada.

—No estoy agotada.

—Alma.

—¿Qué?

—Es viernes —sonrió—, déjame llevarte.

Negué con la cabeza.

—No hace falta.

—No te estoy pidiendo que te cases conmigo.

—Ben…

—Solo quiero ahorrarte el viaje de autobús.

Lo dijo con tanta naturalidad que no encontré una respuesta.

—Además —añadió—, si te llevo, puedo asegurarme de que llegas a casa sana y salva.

—Son diez minutos.

—Exactamente, diez minutos.

Me quedé callada, no podía decirle que no sin levantar sospechas y tampoco podía seguir huyéndole, así que respiré hondo.

—Está bien.

La sonrisa de Ben apareció lentamente.

—Perfecto.

Cogió la chaqueta y yo me levanté y mientras salíamos del despacho, tuve una sensación incómoda. Había pasado toda la semana haciendo lo imposible por mantenerme lejos de él y ahora iba a pasar los próximos diez minutos encerrada en un coche con Ben Weller. A solas.

Por alguna razón, tuve la sensación de que aquellos diez minutos iban a ser mucho más peligrosos que toda una semana entera.