Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El almuerzo

Cuando llegamos a mi piso, Vanesa y yo nos pusimos manos a la obra. Yo me encargué del solomillo y ella del salmorejo, aunque a los diez minutos Ben apareció en la cocina con la intención de ayudarnos.

—¿Qué hago?

Lo miré.

—Nada.

—Eso no parece muy divertido.

—Precisamente.

Vanesa soltó una carcajada desde la encimera.

—Déjalo, Alma. Si quiere trabajar, que trabaje.

Ben se arremangó la camisa y se colocó a mi lado.

—¿Qué puedo hacer?

—Pela las patatas.

—Perfecto.

Le pasé el pelador.

Allí estábamos los tres, en mi cocina, preparando un almuerzo que parecía lo más normal del mundo y lo peor era que estaba funcionando demasiado bien.

Ben resultó ser sorprendentemente hábil en la cocina.

No solo peló las patatas sin destrozarlas, sino que terminó encargándose de varias cosas que yo tenía previstas para mí.

Vanesa no dejó de hacer comentarios sobre lo cómodo que parecía sentirse él en nuestra cocina y yo intenté no pensar en que mi jefe estaba en mi casa que también era mi vecino, el hombre que, además, podía convertirse en el mayor problema de mi vida si algún día descubría quién era Mónica.

Aun así, entre bromas, conversaciones y algún que otro roce accidental al pasar de un lado a otro, el almuerzo fue viento en popa, incluso demasiado perfecto.

Después de comer, recogimos la mesa y nos repartimos el postre. Vanesa estaba en la cocina preparando el café cuando su teléfono vibró.

Lo miró y su expresión cambió ligeramente.

—¿Quién es? —pregunté.

Ella negó con la cabeza y se acercó a mí.

—El señor Aurelio —susurró.

Se me congeló la sonrisa.

—¿Qué quiere?

—Que vayas a una reunión a las ocho.

Miré el reloj y vi que eran las cinco de la tarde. Noté un frío por dentro.

—No puedo.

Vanesa arqueó una ceja.

—Tienes que ir.

—Ya lo sé.

—Pues tendrás que prepararte.

Miré hacia el salón donde Ben estaba sentado tranquilamente con el café en la mano.

—Ese es precisamente el problema.

Vanesa siguió mi mirada y tardó menos de un segundo en entenderlo.

—Ah.

—Si me voy de aquí ahora, me verá.

Vanesa se cruzó de brazos.

—Déjamelo a mí.

—¿Qué vas a hacer?

—Conseguir que Ben se marche.

—¿Cómo?

Se le iluminó la cara.

—Ya se me ocurrirá algo.

—Vanesa…

—Relájate, son las cinco, tenemos tiempo de sobra antes de que venga el coche de la agencia.

Eso era exactamente lo que me preocupaba. Tenía tres horas para convertirme en Mónica y salir de mi casa sin que Ben, mi nuevo vecino, me viera y, teniendo en cuenta que su terraza daba prácticamente a la mía, no me parecía una tarea especialmente sencilla.

Volvimos al salón intentando aparentar normalidad.

Ben levantó la vista cuando entramos.

—¿Todo bien?

—Perfectamente —respondió Vanesa antes de que yo pudiera abrir la boca.

La miré y ella me guiñó un ojo. Justo entonces sonó el teléfono de Ben. Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y se levantó.

—Perdonad.

Se apartó unos centímetros para contestar.

Yo contuve la respiración. No sabía qué conversación estaba teniendo, pero su expresión cambió poco a poco hasta que finalmente colgó.

—Tengo que marcharme.

Vanesa me miró y yo tardé un segundo en reaccionar.

—¿Ya? —pregunté a Ben.

—Me ha surgido un compromiso.

Por dentro di gracias a todos los santos que conocía.

—Claro —dije, intentando que mi voz sonara decepcionada y no como la de una persona a la que acababan de conceder una segunda oportunidad.

Ben hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—Gracias por el almuerzo.

—Gracias a ti por ayudarnos —respondió Vanesa.

Él se acercó a la puerta y, antes de salir, se volvió hacia mí.

—Recuerda que, si vuelves a quedarte sin agua caliente, tienes mi casa al lado.

Tragué saliva.

—Lo recordaré.

—Aunque espero que no tengas que volver a necesitarla.

—Yo también.

Me dedicó una última mirada y salió.

Esperé detrás de la puerta de la entrada y después escuché cerrarse la puerta de su piso.

Solté el aire de golpe.

—Se ha ido.

Vanesa se dejó caer sobre el sofá.

—Por fin.

Yo me quedé plantada en mitad del salón. Había conseguido lo imposible, que Ben Weller se había marchado justo a tiempo. El problema era que ahora empezaba la parte complicada.

Miré el reloj: eran las cinco y diez.

Tenía que ducharme, arreglarme el pelo, maquillarme, ponerme el vestido, los tacones y salir de allí antes de las ocho, pero no podía salir como Mónica por la puerta principal y tampoco podía quedarme esperando hasta que oscureciera, era sábado por la tarde, una hora perfecta para que cualquier vecino estuviera entrando o saliendo de Simón Verde y “mi vecino” vivía literalmente al lado.

Me acerqué a la ventana y aparté la cortina. El camino de entrada estaba lleno de gente.

Perfecto, justo lo que necesitaba.

—Tenemos un problema —dije.

Vanesa apareció a mi lado.

—¿Cuál?

Señalé hacia fuera.

—No puedo salir por ahí.

—¿Por qué?

—Porque Ben podría verme.

Vanesa miró hacia la calle y después a mí.

—Pues sal por otro sitio.

La miré.

—¿Por dónde?

Las dos nos quedamos calladas intentando encontrar alguna solución.

—De momento, el coche te recogerá unos metros más allá —dijo Vanesa, mirando por la ventana—. Justo al lado del paso de peatones.

—¿Y eso qué soluciona?

—Que si Ben sale a la terraza, no podrá verte.

Me aguanté las ganas de preguntar.

—¿Estás segura?

—No.

—Vanesa…

—Pero suena bastante bien, ¿no?

Suspiré, no tenía una alternativa mejor.

—Vale.

—Perfecto. Ahora ve a arreglarte.

—¿Cómo?

Vanesa me recorrió de arriba abajo con una mirada crítica.

—Es una cena con clientes, tienes que ir elegante.

—Siempre voy elegante.

Me empujó hacia el dormitorio antes de que pudiera contestar.

Para aquella noche escogí unos pantalones grises de corte elegante, tacones negros y una camisa blanca que dejaba el cuello ligeramente al descubierto.

Elegí un bolso pequeño de mano y unos pendientes discretos, pero suficientemente elegantes para completar el conjunto.

Me alisé el pelo y, en lugar de dejarlo suelto, me hice una coleta alta.

El maquillaje fue sencillo: una base ligera, un poco de color en los pómulos y unos labios marcados que hacían que mi rostro pareciera distinto sin dejar de ser el mío.

Cuando salí del dormitorio, Vanesa estaba colocando el teléfono sobre la mesa, levantó la vista y se calló de golpe.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Que estás guapísima.

Sonreí.

—Gracias.

—No, en serio, guapísima. Si fuera lesbiana te metería cuello.

Me miré de reojo en el espejo del recibidor.

—Tampoco es para tanto.

—Sí lo es.

Se acercó y me observó con la cara de quien acaba de descubrir una versión de mí que llevaba años escondida.

—Es una pena que nunca vayas así.

—Prefiero estar cómoda el resto de los días.

Me colgué el bolso.

—Tienes una pinta espectacular y te empeñas en esconderte debajo de unas gafas y ese pelo rizado.

No contesté porque tenía razón, precisamente por eso había creado a Mónica.

—Me voy —dije cuando vi el reloj que marcaban las siete y cuarenta.

Vanesa asintió.

Fui hasta la puerta y apoyé la mano en el pomo, pero me detuve porque escuché un ruido. La puerta del piso de al lado acababa de cerrarse.

Me quedé paralizada.

Después llegaron unos pasos.

—No.

Vanesa se giró hacia mí.

—¿Qué?

—Ben —susurré.

Miré por la mirilla a toda prisa pero el pasillo estaba vacío.

—¿Lo has visto? —susurró Vanesa.

—No.

—Aparta.

—¿Para qué?

—Porque tienes la sutileza de un elefante.

Me apartó y abrió la puerta unos centímetros con el cuidado de una espía profesional.

Se asomó, esperó y después volvió a cerrarla.

—¿Y?

Vanesa resopló, aliviada.

—Creo que nos hemos librado.

—¿Qué has visto?

—A tu querido vecino.

—No es mi querido vecino.

—Lo que tú digas.

—¿Dónde estaba?

—En el ascensor.

—¿Seguro?

—Lo he visto de perfil —se acercó a mí—, y se estaba retocando el traje.

—¿Qué traje?

—Uno gris oscuro. Muy elegante.

Tragué saliva.

—Entonces se ha ido.

—Eso parece.

Vanesa salió disparada hacia la terraza.

—¿Qué haces?

—Comprobarlo.

—Vanesa…

—¡Calla!

La vi asomarse y al cabo de unos minutos levantó una mano.

—¡Ahí está!

Me acerqué.

Vanesa volvió hacia mí.

—Ahora sí. Acabo de ver su coche salir del garaje. Puedes salir tranquila.

Respiré profundamente.

Por fin.

Me puse los tacones, cogí el bolso y salí del piso.

Por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que las dos mujeres que vivían dentro de mí estaban empezando a mezclarse y eso era peligroso.

El coche me esperaba unos metros más allá, junto al paso de peatones. El trayecto fue corto. Cuando llegué, reconocí inmediatamente el lugar: El Abades Triana.

El restaurante se alzaba en plena calle Betis, con el Guadalquivir extendiéndose frente a los grandes ventanales y la Torre del Oro iluminada al otro lado del río.

El interior tenía ese tipo de elegancia que no necesitaba llamar la atención: cristaleras, luces cálidas, mesas impecables y camareros moviéndose con una precisión casi coreografiada.

Aurelio me acompañó hasta el interior.

—Esta noche necesito que estés especialmente atenta.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque son clientes importantes.

Eso era lo único que iba a conseguir sacarle.

Atravesamos el salón hasta una zona más reservada y entonces los vi. Chen, Vladimir, dos hombres que no conocía y, sentado de espaldas a mí, Ben.

Me detuve en seco.

Aurelio siguió caminando dos pasos antes de darse cuenta de que yo no lo hacía.

—¿Mónica?

Sentí que el corazón se me subía hasta la garganta. Aurelio, ajeno a mi pequeño infarto, comenzó con las presentaciones.

—Mónica, te presento a Chen y a Vladimir. Ellos son…

Dejé de escuchar porque Ben seguía mirándome, no de una forma descarada; me observaba intentando recordar algo que se le escapaba por poco.

Me senté frente a él y coloqué el bolso sobre mis piernas.

—¿Trabajas con ellos? —me preguntó.

—Algo así.

—¿Algo así?

—Es una forma de hablar.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Ya.

Bajé la mirada hacia la mesa.

Mal, muy mal ¿Por qué tenía que estar él allí? ¿Por qué precisamente él? y, sobre todo, ¿por qué aquella noche tenía que parecerme todavía más atractivo que por la mañana?

El traje gris oscuro le quedaba impecable.

La camisa blanca, ligeramente abierta en el cuello, conseguía que aquel aspecto perfectamente cuidado no pareciera demasiado formal.

Había algo diferente en él. Quizá era la luz o el ambiente o era que yo estaba acostumbrada a verlo como mi jefe y mi vecino, no como un hombre sentado al otro lado de una mesa en un restaurante elegante.

Aparté la mirada. No podía permitirme aquello.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Perfectamente.

—Te has quedado muy seria de repente.

—Estoy concentrada.

—¿En qué?

—En la reunión.

—Todavía no ha empezado.

Lo miré.

Ben sonreía.

—Estoy concentrándome en que empiece.

Soltó una pequeña risa y aquella risa… Me resultó peligrosamente familiar.

Tragué saliva.

Dios, no sé cómo estoy sobreviviendo a esta reunión.

Ben cogió su copa y bebió un poco.

—Hay algo que me resulta curioso.

—¿El qué?

—Tu forma de hablar.

Mi corazón dio un respingo.

—¿Mi forma de hablar?

—Sí.

—¿Qué tiene?

—No sé.

Dejó la copa sobre la mesa.

—Me recuerda a alguien.

Sonreí con toda la naturalidad que fui capaz de reunir.

—Espero que esa persona a la que recuerdas sea buena gente.

—Sí, lo es.

Durante unos minutos conseguimos hablar de negocios. Aurelio explicó algunos detalles de la reunión y los otros empresarios comenzaron a intervenir. Yo participé cuando era necesario, intentando concentrarme en lo que tenía delante hasta que Ben volvió a hablarme.

—¿Eres de Sevilla?

—Sí.

—¿Capital?

—Sí.

—¿Y siempre has trabajado en esto?

Aquella pregunta me desconcertó.

—¿En qué?

—En este mundo.

Lo miré.

—No exactamente.

—¿Qué hacías antes?

—Muchas cosas.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Entonces quizá es que no quiero responderla.

Ben no me quitó los ojos de encima.

—Puede ser.

Me sostuvo la mirada más tiempo de lo normal y después apartó los ojos. Pensé que el peligro había pasado hasta que lo escuché murmurar:

—Es curioso.

—¿El qué?

Volvió a mirarme.

—Tu forma de mirar también me resulta familiar.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Pues tendrás que decirme a quién te recuerdo.

Ben no abrió la boca. Me observó con una intensidad que hizo que se me secara la boca.

Aurelio intervino en ese momento para continuar con la reunión y la conversación se desvió, pero yo ya no estaba escuchando porque acababa de comprender que Ben no sabía quién era Mónica todavía, pero había empezado a sospechar y aquello era mucho peor.

La cena continuó. Intenté relajarme, incluso conseguí reírme un par de veces con algún comentario de Chen y mantener una conversación normal con los otros empresarios, pero cada cierto tiempo levantaba la vista y encontraba los ojos de Ben sobre mí, hatsa que decidí no apartar la mirada.

Él tampoco lo hizo.

Nos quedamos así, muy cerca, y entonces Ben sonrió, no con aquella sonrisa educada que utilizaba con todo el mundo, sino una pequeña sonrisa ladeada, la de quien acaba de encontrar una pieza de un rompecabezas.

Pensé que estaba a punto de hacerme una pregunta pero no llegó a hacerla.

Su teléfono vibró sobre la mesa y Ben miró la pantalla.

Su expresión cambió y se levantó.

—Disculpadme un momento.

Se alejó unos pasos para contestar y yo aproveché para respirar.

—¿Qué te pasa? —susurró Aurelio.

—Nada.

—Estás blanca.

—Hace calor.

Aurelio me miró con desconfianza, pero no insistió.

Al otro lado del salón, Ben terminó la llamada. Guardó el teléfono y antes de volver a la mesa, hizo algo que me dejó completamente paralizada.

Se giró hacia mí y levantó ligeramente una ceja. Acababa de recordar algo.

Volvió a sentarse y se inclinó hacia delante.

—Alma…

El mundo se detuvo. No podía haberme reconocido, no podía.

Entonces él añadió:

—Perdona. No sé por qué iba a llamarte así.

Noté cada latido en las costillas.

Ben frunció el ceño, confundido consigo mismo.

—Es que…

Se calló. Debía tener más cuidado.