Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 10
20%

Capítulo 10

Solomillo al whisky

Estábamos terminando el desayuno cuando mi teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa. Miré la pantalla y vi que se trataba del fontanero.

—Es él —le dije a Vanesa en voz alta.

Contesté.

—¿Sí?

Escuché su voz al otro lado.

—¿Ya está llegando?

Miré el reloj.

—¿Ahora?

Me incorporé de golpe.

—Sí, sí, voy para allá.

Colgué.

—Tengo que irme —anuncié.

Vanesa levantó una ceja.

—¿Qué pasa?

—El fontanero está a punto de llegar.

Me levanté mientras buscaba el bolso.

—Tengo que ir corriendo antes de que, además de los setenta y cinco euros del desplazamiento, me cobre por hacerle esperar.

Ben dejó el café sobre la mesa.

—Voy contigo.

Lo miré.

—¿Qué?

—Voy contigo.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Ben…

—¿Te ha dicho cuánto va a cobrar por la reparación?

—No.

—¿Te ha dado algún presupuesto?

—Tampoco.

Ben se levantó.

—Entonces déjame ir contigo.

—Qué bonito —soltó Vanesa, que nos observaba con una sonrisa que no me gustó nada.

—¿El qué? —pregunté.

—Nada.

Ben cogió su chaqueta.

—Vamos.

No supe qué responder y, por alguna razón, tampoco quise discutir.

Cuando llegamos al portal el fontanero ya estaba esperando. Un hombre de unos cincuenta años con una caja de herramientas y cara de llevar toda la mañana arreglando problemas ajenos.

—¿La avería es del calentador?

—Sí.

Ben se adelantó.

—Antes de empezar, ¿podría indicarnos el coste aproximado de la reparación y el precio de la mano de obra?

El hombre lo miró.

—Primero tengo que verlo.

—Por supuesto.

Ben señaló el calentador.

—Pero cualquier trabajo adicional tendrá que comunicárnoslo antes de hacerlo.

El fontanero lo miró un segundo más.

—Sí, claro.

Yo permanecía detrás de Ben, observándolo. No sabía exactamente qué estaba haciendo,pero había conseguido que yo dejara de sentir que estaba a punto de ser atropellada por un camión.

El fontanero examinó el calentador y manipuló un par de piezas.

—Hay que cambiar esto.

—¿Cuánto? —preguntó Ben.

El hombre le dio una cifra y Ben hizo algunas preguntas sobre la pieza, la mano de obra, tiempo… incluso si había alguna alternativa.

Yo lo miraba en silencio.

Al final, el fontanero terminó dándome un presupuesto y resultó ser bastante menos aterrador de lo que había imaginado.

—Esto es lo que le costará —dijo.

Ben lo miró.

—Perfecto. ¿Y los setenta y cinco euros?

—Desplazamiento.

—Ya.

No discutió la cantidad, solo pidió que apareciera reflejada en la factura.

Cuando el hombre se marchó, después de dejar el calentador funcionando, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella.

—Gracias.

Ben se encogió de hombros.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí, si que las tengo.

—Solo he hecho unas preguntas.

—Yo estaba a punto de pagar lo que me dijeran.

Ben me miró.

—Ese es el problema —dijo sonriendo—. No puedes decir que sí a todo solo porque alguien hable con seguridad.

Lo miré fijamente. Aquella frase tenía algo que iba mucho más allá del fontanero.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Así de amable.

Su expresión cambió ligeramente.

—Solo hago de buen vecino —dijo mientras sus labios se curvaron.

No supe qué responder.

Antes de que pudiera hacerlo, Vanesa apareció desde el salón.

—Bueno, ahora que tenemos agua caliente, tendremos que compensar al héroe.

Ben soltó una risa.

—¿Cómo?

—Comida —dijo Vanesa.

—Me gusta.

—Perfecto. Invitas tú, Alma.

La miré.

—¿Perdona?

—Yo he tenido la idea.

—No hace falta que me invitéis —dijo Ben riéndose.

—No —dije—. Te quedas a comer.

Vanesa asintió.

—Voy a preparar el plato favorito de Ben —añadió Vanesa.

Me giré hacia ella.

—¿Cómo sabes cuál es su plato favorito?

—No lo sé.

Miró a Ben.

—¿Cuál es? —preguntó mi amiga.

Ben pensó la respuesta antes de darla.

—Me gusta mucho comer.

—Eso no responde a la pregunta.

—Solomillo al whisky y salmorejo.

Me pilló por sorpresa.

—Eso es muy andaluz —dije.

—Mi madre es sevillana. Algo se me habrá pegado.

—Voy a mirar si lo tengo todo.

Fui hasta la cocina acompañada de Vanesa y abrí la nevera.

—Ains… no tengo solomillo.

—Pues vamos a comprarlo —dijo Vanesa.

Ben cogió las llaves.

—Vamos en mi coche.

El Mercadona estaba bastante tranquilo.

Fuimos recorriendo los pasillos con el carrito mientras Vanesa discutía conmigo sobre cuánto ajo necesitábamos para el salmorejo.

Ben caminaba a nuestro lado.

Yo intentaba no pensar demasiado en el hecho de que aquello parecía una escena de una vida que no tenía, una vida normal.

Llegamos a la zona de congelados. Yo iba distraída mirando una caja cuando mi zapatilla pisó una pequeña zona húmeda.

—¡Ah!

Mi pie salió hacia delante. Por un instante, perdí el equilibrio pero Ben reaccionó, o eso intentó. Su mano me agarró del brazo pero el suelo estaba demasiado resbaladizo y su pie también se deslizó.

—¡Ben!

Todo ocurrió demasiado rápido. Él cayó hacia atrás y yo encima de él.

El carrito se alejó unos centímetros y una bolsa de verduras congeladas cayó al suelo.

Yo terminé con las manos apoyadas sobre su pecho, completamente inmóvil.

Ben me miró y yo a él. El supermercado desapareció en ese momento, ni siquiera escuché la música de fondo, solo vi sus ojos.

Después, sin querer, bajé la mirada a sus labios y fue un error, porque ahora no podía dejar de mirarlos.

Ben tampoco parecía tener demasiada prisa por apartarme.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

—Sí —contesté, tragando saliva.

Ninguno se movió.

—¿Y tú?

Una sonrisa lenta apareció en su boca.

—Creo que sí.

Entonces escuché la voz de Vanesa detrás de nosotros.

—Bueno…

Cerré los ojos.

No por favor.

—Si queréis, vuelvo dentro de cinco minutos.

Me incorporé de golpe y Ben se rió mientras se levantaba. Yo sentía la cara ardiendo.

—Ha sido el suelo.

—Claro —dijo Vanesa.

—Estaba mojado.

—Por supuesto.

Ben recogió la bolsa del suelo.

—Definitivamente ha sido el suelo.

Lo miré y su sonrisa me hizo sospechar que quizá ninguno de los dos estaba pensando realmente en el suelo.