Capítulo 9
Desayuno
Asomé la cabeza por detrás de la puerta.
—Vaya… qué casualidad —dije con la voz temblorosa.
Ben pareció tan sorprendido como yo.
—Sí. Bastante casualidad.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
Yo en toalla, él en pijama y entre nosotros, una puerta y una cantidad considerable de dignidad perdida.
Ben carraspeó.
—Puedes entrar a ducharte. No hay ningún problema.
—¿Seguro?
—Claro. Lo único es que…
Miró hacia la puerta de su piso.
—Está todo lleno de cajas.
—No pasa nada —intervino Vanesa.
Volví la cabeza hacia ella.
¿Por qué hablaba ella?
Ben volvió a mirarme.
—Si queréis, os doy una llave. Así podéis estar tranquilas y yo me voy un rato.
Vanesa abrió mucho los ojos.
—¡Qué amable y considerado el nuevo vecino!
Yo le lancé una mirada asesina.
—No hace falta que…
—De verdad —me interrumpió Ben—. Os dejo la llave y podéis ducharos sin problema.
No sabía qué decir.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Dar una vuelta por Simón Verde, así conozco un poco la zona y de paso voy a desayunar.
Se metió una mano en el bolsillo del pantalón.
—Cuando terminéis, me llamáis y vuelvo.
Antes de que pudiera pensar lo que estaba diciendo, las palabras salieron de mi boca.
—Puedes quedarte en mi casa.
Vanesa giró la cabeza hacia mí. Yo también me quedé sorprendida de lo que acababa de decir.
—Quiero decir… —me apresuré a aclarar—. Si vas a estar por ahí solo, puedes quedarte aquí. Nosotras terminamos y salimos a desayunar contigo.
Ben tardó un segundo en contestar.
—Me parece bien.
Vanesa me dio un pequeño codazo.
—Perfecto.
Ben nos entregó las llaves.
—Entra. Espéranos en el salón, por favor. —dije.
Asintió y entró despacio, mirándolo todo.
—Tengo Netflix, Prime y la Nintendo Switch, por si te aburres. Le dije asomando la cabeza desde la puerta del salón.
—Vale, sin problema.
—No tardaremos.
Cerramos la puerta y nos fuimos.
Vanesa me miró.
—Bueno.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Muchísimo.
Entramos en el piso de Ben. Era exactamente como había dicho. Había cajas por todas partes y los muebles estaban colocados, pero prácticamente todo lo demás seguía embalado.
—Aquí hay material para entretenernos toda la mañana —susurró Vanesa.
—No vamos a cotillear.
—Solo miraré un poco.
—No.
—Alma.
—No.
—Solo una caja.
—Vanesa.
Me miró con una sonrisa dibujada en sus labios y terminó de abrir una que estaba ya medio abierta.
—¡Mira!
—¡Cierra eso!
Dentro había fotografías, álbumes con fotos de viajes, aeropuertos, hoteles, paisajes.
En todas salía Ben, pero no estaba solo.
En la mayoría de fotografías aparecía con una mujer rubia, una chica que tenía ese aspecto inconfundiblemente estadounidense.
En una estaban delante de un edificio enorme, en otra en una playa… en todas los dos sonreían.
Vanesa cogió una fotografía.
—Alma…
—No quiero verla.
—Pero…
—He dicho que no.
—Solo quería enseñártela.
—No.
Me di la vuelta y entré en el cuarto de baño.
—Voy a ducharme.
—Cobarde.
—¡Cotilla!
Cerré la puerta. Mientras el agua caliente caía sobre mí, intenté no pensar en las fotografías ni en la chica rubia ni en la intimidad de aquellas imágenes. No era asunto mío. Ben podía haber tenido una vida entera antes de llegar a Sevilla y, por supuesto, no tenía por qué importarme.
Cuando salí de la ducha, Vanesa estaba sentada en el sofá.
—Tu jefe tiene unos gustos un poco extraños.
—¿Qué has visto?
—Algunas cosas son divertidas.
—¿Qué cosas?
Vanesa cruzó los brazos.
—No te lo voy a contar.
—Pues entonces deja de insinuarlo.
Me puse la ropa.
—Alégrate de que no haya sido al revés.
—¿Al revés?
—Él también está en tu casa y puede estar mirando nuestras cosas.
¡Mierda! No había pensado en ello antes de invitarlo.
—Es verdad —dije.
—Podría haber visto algo que no debería.
—Tienes razón.
—Así que… por si acaso, yo le cotilleo a él —respondió Vanesa con su sarcasmo.
Se levantó.
—Voy a darme una ducha rápida.
Mientras Vanesa se duchaba vi las fotos que decía Vanesa. Parecía feliz, pero no había ninguna caja que presagiaba que esa muchacha iba a mudarse allí con Ben.
Cuando terminó, recogimos y lo limpiamos todo, y volvimos a mi piso.
Abrí la puerta.
Ben estaba sentado en el sofá viendo la televisión.
Me detuve y miré alrededor de manera discreta. Todo parecía estar en su sitio.
Perfecto. Nada fuera de lugar.
Respiré tranquila.
—Gracias por dejarnos usar la ducha —dijo Vanesa.
—Gracias —añadió.
—No tenéis que agradecerme nada —dijo mientras apagaba la televisión.
—Te esperamos a que te arregles y bajamos a desayunar —dije.
—De acuerdo.
Unos minutos después salimos los tres. Bajamos hasta el bar del club de Simón Verde. A esas horas apenas había gente, solo reconocí a Martín, el hijo del dueño de la urbanización, sentado en una mesa con la nueva jardinera mientras tomaban algo.
Entramos y escogimos una mesa algo apartada. Ben se sentó frente a nosotras.
Yo procuré mantenerme en segundo plano pero Vanesa, por supuesto, no tenía ninguna intención de hacerlo.
—Entonces —comenzó—, ¿qué hace un americano en Sevilla?
La miré.
Ya empieza… Es que sino no es ella.
Se le notó que le hacía gracia.
—Mi madre es española.
—¿De Sevilla?
—Sí, y mi padre americano.
—Ah.
Vanesa parecía estar tomando notas mentalmente.
—¿Y naciste aquí?
—Sí. Viví mis primeros años en Sevilla, pero después nos marchamos a Estados Unidos.
—¿A dónde?
—A Boston.
—¿Y has vivido allí hasta ahora?
—Prácticamente.
—¿Y por qué has vuelto?
Ben apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Supongo que llegó el momento.
Vanesa ladeó la cabeza.
—Eso suena misterioso.
—No lo es.
—¿Y qué te ha hecho volver precisamente ahora?
Ben levantó las manos, sin más.
—El trabajo.
—Claro.
—¿Y vas a vivir solo? —preguntó Vanesa mientras le daba un sorbo a su café.
Yo levanté los ojos de inmediato.
—Vanesa… —le susurré.
Pero ya era demasiado tarde, ella ni siquiera se inmutó.
—¿Va a venir tu novia? —preguntó Vanesa descaradamente.
Ben la miró y por unos segundos pareció sorprendido por la pregunta. Después negó con la cabeza.
—No, no tengo novia.
Vanesa asintió lentamente.
—Ah.
Yo le lancé una mirada para que no siguiera.
Ben bajó los ojos hacia su café.
—Tuve una relación hasta hace poco —dijo con un tono algo diferente. Ya no sonreía—, pero terminó.
Vanesa, por una vez, pareció entender que había una puerta que no debía abrir.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Ben levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos. No parecía enfadado ni triste, solo… cansado, con aquella historia todavía demasiado cerca.
Yo corté el contacto visual y empecé a mirar mi apreciada tostada de jamón con aceite y tomate.
—Bueno —dijo Vanesa, recuperando su tono habitual—. Entonces Sevilla te va a gustar. Seguro que ha cambiado desde que estuviste la última vez aquí.
—Eso espero —contestó con una sonrisa.
—Si necesitas cualquier cosa…
La miré.
—Vanesa.
—¿Qué?
—Déjalo.
Ella levantó las manos.
—Vale, vale.
Ben soltó una pequeña carcajada.
Tuve la sensación de que aquel hombre no era solamente el jefe que había aparecido de repente para poner mi vida patas arriba.
Había algo más detrás de aquella sonrisa tranquila, de aquella forma de mirarme que parecía detenerse siempre un segundo más de lo necesario.
Una historia que todavía no conocía y que, por alguna razón, despertaba en mí una curiosidad que no estaba dispuesta a admitir, sobre todo porque cada vez que nuestras miradas se encontraban, tenía la absurda sensación de que él también estaba intentando descubrir algo de mí.
Me fijé de nuevo en mi tostada.
Ben Weller era mi jefe, mi nuevo vecino y, por si todo aquello no fuera suficiente, el hombre con el que iba a pasar buena parte de mis días.
No necesitaba añadir una complicación más, así que decidí no pensar en él.
El problema era que, cuanto más intentaba hacerlo, más presente parecía estar y tuve la certeza incómoda de que, tarde o temprano, terminaría descubriendo su historia.