Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Una ducha fría

El sábado por la mañana me desperté antes que Vanesa. Por una vez, agradecí que mi amiga pudiera dormir hasta tarde. Necesitaba unas horas de tranquilidad después de la semana que había tenido.

Me levanté sin hacer ruido y fui directa al cuarto de baño para darme una ducha caliente, eso era todo lo que necesitaba.

Abrí el grifo y esperé a que el agua alcanzara la temperatura perfecta antes de meterme debajo.

Cerré los ojos y sentí paz, cómo recorría el agua cada centímetro de mi piel, pero duró exactamente cuatro minutos.

De repente, el agua pasó de estar hirviendo a convertirse en un hilo helado.

—¡Joder!

Di un salto hacia atrás. Abrí y cerré el grifo pero seguía saliendo el agua fría. De estar relajada empecé a sentir como el vello se ponía de punta y el frío calaba mis huesos.

—No, no, no…

Salí con la toalla y con el pelo empapado lleno de champú a ver qué le pasaba al calentador. Lo apagué y lo volví a encender, por si aquello solucionaba algo.

El agua salió todavía más fría.

—¡Mierda!

Desde el dormitorio escuché la voz de Vanesa.

—¿Alma?

—¡Se ha roto el calentador!

—¿Qué?

—¡Que me estoy duchando con agua del Ártico!

Escuché cómo se levantaba de la cama.

—Pues termina de ducharte en casa de tu jefe.

—¡No tiene gracia!

—Un poco sí.

Me envolví otra vez en la toalla ya mojada y salí del cuarto de baño.

—No pasa nada, ya me las apañaré.

Cogí el teléfono y llamé a un fontanero.

—Sí, tengo un problema con el calentador.

Escuché su explicación.

—¿Cuánto podría costar?

Al otro lado, nada.

—¿Cómo?

Volvió a explicármelo.

—Depende de la avería.

Eso no era una cantidad.

—Ya, pero aproximadamente…

Otra pausa.

—¿Setenta y cinco euros solo por el desplazamiento?

Me llevé una mano al pecho.

—¿Solo por venir?

Vanesa apareció en el salón con su pijama de Mickey Mouse.

—¿Qué pasa?

Tapé el teléfono con la mano.

—Setenta y cinco euros por respirar dentro de mi casa.

Vanesa soltó una carcajada.

—Sigue hablando.

—Sí, sí. Dígame…

Mientras el fontanero continuaba explicándome las condiciones, escuché el sonido de la puerta de entrada.

Clac.

Me giré y vi a Vanesa salir.

—¿Vanesa?

No contestó. Me asomé y la vi caminando hacia la puerta.

—¿Dónde vas?

—Ahora vengo.

—¿A dónde?

—A solucionar tu problema.

—Vanesa… ¡Vanesa! —grité bajito.

No me escuchó o se hizo la loca.

Se plantó delante de la puerta de Ben con el pijama de Mickey Mouse.

—No puede ser…

—¿Qué ocurre? —preguntó el fontanero al teléfono.

—Sí. Sí, necesito el calentador.

—¿Está segura?

—¡Sí!

No sabía exactamente qué estaba haciendo Vanesa, pero tenía muy claro que aquello no podía acabar bien.

Llamó al timbre y después de un rato la puerta se abrió y apareció Ben también en pijama, un pijama que probablemente costaba más que mi primer sueldo: pantalón oscuro, camiseta gris de algodón y ese aspecto de hombre que conseguía parecer elegante incluso recién levantado.

Me escondí detrás de la puerta que la dejé entreabierta.

—Buenos días —escuché decir a Vanesa.

—Buenos días.

—Perdona que te moleste.

—No pasa nada.

—Es que mi amiga se ha quedado sin agua caliente y necesita enjuagarse el pelo.

Cerré los ojos.

Mi amiga… que morro tiene .

Ben no pareció darle ninguna importancia.

—Claro.

—¿Seguro?

—Por supuesto.

Vanesa se rió y entonces hizo lo que solo podía hacer una persona completamente desprovista de instinto de supervivencia.

—¿Y yo podría ducharme también?

Vanesa tardó en contestar.

—Claro.

Me tapé la cara con las manos.

—No puede ser…

—¿Ha dicho algo? —preguntó el fontanero.

—No.

—¿Entonces necesita que vaya?

—Sí, lo antes posible por favor.

—De acuerdo.

Colgué y cuando levanté la cabeza, Vanesa venía caminando hacia la puerta de mi casa.

—¿Qué haces?

—Problema solucionado.

—¡Estás loca!

Me agarró del brazo.

—¡Vamos!

—¡No!

—¡Tienes que ducharte!

—¡Hay un club en Simón Verde!

—Está abajo.

—¡Pues bajo!

—Tienes el pelo lleno de jabón.

—¡Eso no importa!

Vanesa abrió la puerta.

—Sí importa.

—¡Vanesa!

Me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia el rellano.

—¡No pienso entrar ahí!

—Pues yo sí.

—¡Eso no se hace!

—¿Qué no se hace?

—¡Ir a casa ajena en toalla!

—Ni que estuvieras desnuda.

—Técnicamente sí ¡Vanesa!

—Deja de gritar.

—¡Estás completamente loca!

Entonces sonó el timbre y las dos nos quedamos quietas. Mi corazón se me subió directamente a la garganta.

—Es él —susurré.

—Pues abre.

—No.

—Alma.

—No pienso abrir.

—Está llamando.

—Que se vaya.

Vanesa puso los ojos en blanco.

—Abre.

—No.

—Abre.

—No.

—Alma.

—¡Que no!

Otro timbrazo.

—Está escuchándolo todo —susurré.

Vanesa asintió despacio.

—Exactamente.

La miré con odio.

—Te odio.

—Lo superarás.

Finalmente cedí. Abrí la puerta solo unos centímetros y me escondí inmediatamente detrás de ella.

La toalla me cubría el cuerpo y el pelo chorreando empezaba a formar un charco en el suelo. Todavía tenía restos de jabón en los hombros, una imagen absolutamente digna para dar a conocer a Ben que su empleada y futura compañera de trabajo vivía al lado suya.

Ben apareció al otro lado.

—Si tu amiga no quiere ducharse, no pasa nada.

Yo permanecí inmóvil detrás de la puerta.

Perfecto, lo ha escuchado todo…

Entonces vi su reflejo en el espejo de la entrada desde donde estaba. Se había cambiado de ropa y ahora estaba en chandal, uno de marca, claro.

Genial .

Ben levantó ligeramente una ceja.

—¿Alma?

Me faltó el aire.

¿Cómo demonios…?

Entonces comprendí que él también me estaba viendo por el espejo.

—¿Sí?

Mi voz salió tan fina que ni siquiera parecía la mía y Ben intentó contener una sonrisa.

—¿Vas a salir de detrás de la puerta?

No, definitivamente no. Aquel fue, sin ninguna duda, el peor sábado de mi vida.