Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

El nuevo vecino

El camión llevaba en la calle desde media tarde, y a las siete ya no había nadie en Simón Verde que no supiera que en el cuarto había mudanza.

Lo primero que hace todo el mundo en una urbanización es mirar por la ventana, así que miré por la ventana.

Estaban bajando cajas por el portal, cajas grandes, cajas altas, una mesa envuelta en plástico y una bicicleta de esas de ejercicio que pesa más que un coche.

Dos operarios en manga corta y una furgoneta pequeña con el nombre de la empresa en el lateral.

—¿Y eso? —le pregunté a la portera, cuando bajé con la excusa de la basura.

—Mudanza.

—Eso veo. ¿Para quién?

—Para el cuarto.

—¿Y el cuarto quién lo ha comprado?

La portera se encogió de hombros con esa tranquilidad que tienen las porteras de Simón Verde, que saben todo menos lo que se les pregunta.

—Eso no lo sé, hija. Vino un señor con papeles, firmó y se fue. —Barrió un poco más y añadió—: Buena falta le hacía al edificio, que llevaba tiempo vacío.

Volví a subir por las escaleras fingiendo que no me interesaba, que es la mejor manera de que en tu portal se enteren de que te interesa. En el rellano del cuarto la puerta estaba abierta y el pasillo olía a cartón, a cinta adhesiva y a casa nueva, que es un olor que no se parece a ningún otro.

Me quedé un momento en mi rellano, con la llave en la mano, oyendo cómo arrastraban algo pesado por el suelo al otro lado de la pared. Del otro lado de la pared de mi salón. De la pared contra la que tenía puesta la estantería, la mesa y la lámpara de leer.

Metí la llave en la cerradura, entré, dejé el bolso en el sofá y volví a la ventana. A los diez minutos apareció Vanesa con dos cafés y la cara de quien viene a ver el espectáculo.

Me giré hacia Vanesa.

—Se muda.

—Eso ya lo has dicho.

—No. Quiero decir que se muda aquí.

—Sí, Alma. El camión está debajo de tu casa.

—Pero ¿aquí dónde?

Vanesa parpadeó.

—¿Cómo qué dónde?

—¿A qué piso?

—No lo sé.

—¿Y si vive solo?

—Alma…

—¿Y si vive con alguien?

—¿Con quién?

—¡No lo sé!

Empecé a caminar de un lado para otro por el salón.

—¿Qué pisos están en venta?

—Ni idea —contestó Vanesa encogiéndose de hombros.

—Piensa.

—Estoy pensando.

—Pues piensa más rápido.

—No puedo pensar más rápido.

Me llevé las manos a la cabeza, tenía que haber alguno. Repasé mentalmente los pisos del edificio. El tercero, el cuarto, el quinto, los vecinos, los que habían vendido, los que estaban de alquiler, los que llevaban allí toda la vida… y entonces me acordé.

—La vecina de al lado.

Vanesa me miró.

—¿Qué vecina?

—La del piso contiguo al mío.

Me detuve en seco.

Hacía tiempo que no la veía, mucho tiempo.

—Hace meses que no me la cruzo.

—Pues igual se ha ido.

La miré.

—¿Tú lo sabías?

—¿El qué?

—Que se había ido.

—No.

—¿Seguro?

—Alma, no tengo un archivo secreto con los movimientos inmobiliarios de tus vecinos.

—Pero tú lo sabes todo.

—No todo.

En ese momento escuchamos un golpe en el pasillo y después otro. Voces, pasos y algo pesado arrastrándose por el suelo. Las dos nos quedamos calladas.

—¿Qué es eso? —susurró Vanesa.

No contesté porque ya estaba corriendo hacia la puerta.

—¡Alma!

Me acerqué a la puerta con cuidado y pegué el ojo a la mirilla. Se me heló la sangre. Vanesa llegó detrás de mí.

—¿Qué ves?

No podía hablar.

—Apártate.

—No.

—Alma, déjame mirar.

—No.

—¿Por qué?

—Déjame ver.

Vanesa me apartó de un empujón suave y miró por la mirilla.

Pasaron tres segundos.

—Ah.

—¿Qué?

—Pues sí.

—¿Sí qué?

—Se muda al piso de al lado.

Cerré los ojos.

—Dios mío.

—No es para tanto.

—¿No es para tanto?

Me llevé una mano al pecho.

—¡Ben Weller vive al lado de mi casa!

—Eso parece.

—¡Y puede verme!

Vanesa se echó a reír.

—Alma, estás perdiendo la cabeza.

—Mi piso hace esquina.

—Ya lo sé.

—¡Puedo ver las ventanas de su salón desde aquí!

—Sí.

—¡Y la terraza!

—También.

—¡Y él puede ver las mías!

Vanesa dejó de reír.

—Bueno…

—¡No digas “bueno”!

Me alejé de la puerta y empecé a recorrer el salón con la mirada.

¿Qué podía delatarme? Nada, absolutamente nada.

Excepto la ropa, los horarios, las entradas y salidas, los tacones, el coche… Cualquier cosa podía convertirse en una prueba.

—El buzón.

—¿Qué pasa con el buzón? —preguntó Vanesa frunciendo en ceño.

—Mi nombre.

—¿Qué pasa con tu nombre?

—¡Está puesto!

—Claro que está puesto. Es un buzón.

—Tengo que taparlo.

—¿Para qué?

—Porque si ve mi nombre…

Vanesa me miró con la cara de quien contempla a una persona al borde del colapso.

—¿Y qué va a pensar? ¿Qué te llamas Alma?

—¡No quiero que sepa dónde vivo!

—Alma…

—Tengo que taparlo.

Ya estaba buscando las llaves.

—Voy a bajar.

—¿A tapar tu nombre?

—Sí.

—¿Con qué? ¿Vas a bajar ahora para encontrártelo de frente?

Me detuve. No había pensado en eso.

—Ya se me ocurrirá algo.

Vanesa se acercó y me agarró de los hombros.

—Escúchame.

La miré.

—Tienes que tranquilizarte.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

—Alma, ese hombre seguramente ya sabe dónde vives.

Me mordí la lengua.

—¿Qué?

—Piensa un poco. Trabajas en el mismo laboratorio, tiene acceso a tus datos profesionales y además… —Vanesa levantó un dedo—. Recuerda que es tu jefe y tiene todos tus datos administrativos.

—¿Y?

—Tu dirección.

Abrí los ojos de par en par.

—Tu teléfono.

Segundo dedo.

—Tu cuenta bancaria.

Tercer dedo.

—Todo.

Sentí cómo se me desinflaba el cuerpo.

—Ah.

—Exacto.

Volví al salón lentamente y me dejé caer en el sofá, con la sensación de haber recibido varias tortas sin manos. Vanesa se sentó a mi lado. Ninguna de las dos dijo nada mientras seguíamos escuchando ajetreo en el pasillo.

—Ahora sí tenemos un problema.

—¿Cuál?

Abrí los ojos y miré a Vanesa.

—Mónica.

Ella no respondió.

—Si algún día tengo que trabajar como Mónica… —Miré hacia la terraza donde se veía la suya—. Se puede convertir en un problema.

Vanesa asintió despacio.

Porque por primera vez desde que Ben había aparecido con aquel camión de mudanzas, ninguna de las dos encontró nada gracioso en la situación.