Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

La mano derecha del jefazo

El viernes por la tarde, cuando terminé en el laboratorio, llamé a Vanesa.

—¿Qué haces este fin de semana?

—Existir —respondió.

—¿Plan?

—Ninguno.

—Perfecto. Entonces te quedas en mi casa.

—¿Perdona?

—Que te vengas. Tengo que contarte algo.

—Eso suena peligrosamente serio.

—No es serio.

—Entonces es peor.

Sonreí.

—Te espero.

Una hora después, Vanesa estaba sentada en mi sofá con una copa de vino en la mano mientras yo intentaba explicarle todo lo que había ocurrido aquella semana.

—Así que Ben te ha elegido para dirigir con él el proyecto.

—Supervisarlo —le corregí.

—Ya.

—No es lo mismo.

—Para mí sí. Has pasado de ser una investigadora invisible a ser la mano derecha del jefazo.

—No soy su mano derecha.

—Todavía.

Le lancé un cojín y Vanesa se rió.

—¿Y qué vas a hacer con Mónica?

La pregunta me pilló desprevenida. Bajé la copa.

—No lo sé.

—Alma…

—Quizá ya no la necesite.

Vanesa dejó de sonreír.

—¿En serio?

Asentí lentamente.

—Con el sueldo del nuevo puesto podría pagar la cuota de la urbanización sin tener que… —hice una pausa—. Convertirme en Mónica.

Vanesa me estudió la cara.

—Sería una pena.

—¿Una pena?

—Sí. Te has currado muchísimo a Mónica.

Solté una risa.

—Mónica no existe.

—Eso díselo a los hombres que la conocen.

Negué con la cabeza.

—Sabes perfectamente por qué la creé.

Vanesa se acomodó en el sofá.

—Cuéntamelo otra vez.

No respondí inmediatamente porque, en realidad, hacía mucho tiempo que no me lo contaba a mí misma.

Yo siempre había sido una niña de clase alta.

Había crecido en Los Remedios, en una casa donde nunca había faltado nada.

Mis padres eran abogados reconocidos, de esos cuyos apellidos abrían puertas antes incluso de llamar.

Ellos tenían muy claro qué querían para mí: derecho, economía…

Algo que pudiera convertirse en una profesión respetable, algo que encajara con la vida que ellos habían tenido, pero yo quería ciencias y cuanto más me decían que no tenía sentido, más empeñada estaba en demostrarles que sí.

Quería investigar, quería descubrir cosas, pasarme la vida en un laboratorio y sobre todo, quería demostrarles que una investigadora no tenía por qué vivir con un sueldo miserable, solo que la vida decidió llevarme la contraria.

Mi sueldo no era suficiente, al menos no para mantener el nivel de vida en el que había crecido y mucho menos para pagar una urbanización como Simón Verde sin tener que hacer malabarismos cada mes.

Así nació Mónica.

La versión de mí misma que mis padres habrían considerado un completo fracaso, la mujer que se ponía un vestido rojo, se alisaba el pelo, se calzaba unos tacones y salía por las noches a conseguir el dinero que Alma no conseguía trabajando de día.

—Tus padres tenían razón —murmuré.

Vanesa frunció el ceño.

—No.

La miré.

—¿No?

—No tenían razón.

—¿Cómo que no?

—Tenían razón en una cosa: Mónica gana muchísimo dinero.

Solté una carcajada.

—Gracias por el apoyo.

—Pero tú podrías vivir perfectamente de Mónica. Lo sabes.

Eso era cierto y quizá precisamente por eso me molestaba. Podría haber dejado el laboratorio hacía tiempo y haberme dedicado únicamente a aquella otra vida. Los sueldos eran demasiado buenos, mucho mejores que el mío.

—Pero no quiero hacerlo —dije— me gusta mi trabajo.

Vanesa me apretó el brazo.

—Lo sé.

Me entretuve girando la copa.

—Entonces ¿por qué sigo necesitando a Mónica?

Vanesa no respondió porque las dos sabíamos la respuesta. Mónica no había nacido únicamente para pagar facturas sino que había nacido para demostrar algo a mis padres, a mí misma y, en el fondo, para no sentir que había perdido aquella batalla.

Me levanté del sofá.

—Necesito aire.

Salí a la terraza. La tarde estaba tranquila. Apoyé las manos sobre la barandilla y respiré profundamente.

Quizá Ben había conseguido darme aquello que llevaba años buscando, la oportunidad de demostrar que podía tener una buena carrera científica y ppodía ganar un sueldo decente, de poder vivir de lo que realmente me gustaba.

Tal vez ya no necesitaba dos vidas y podría quedarme solo con una, con la mía.

Sonreí al pensar en ello y entonces se me borró la sonrisa cuando miré hacia abajo.

Había un camión aparcado frente al edificio, uno enorme, blanco, con la parte trasera abierta y varias cajas apiladas en su interior.

Me incliné un poco sobre la barandilla. No, no podía ser. Un hombre bajó del asiento del copiloto y después apareció otro.

—No.

Di media vuelta y entré corriendo en el salón.

—¡Vanesa!

Mi amiga se levantó de golpe.

—¿Qué pasa?

—¡Está abajo!

—¿Quién?

—¡Ben!

Vanesa dejó la copa sobre la mesa.

—¿Ben?

—¡Sí!

—¿Qué hace Ben abajo?

Señalé hacia la terraza, completamente histérica.

—¡Está abajo con un camión de mudanzas!

Vanesa me miró y después entró en la terraza corriendo. Volvió a mirarme y se mordió el labio.

—Alma…

—¿Qué?

—Creo que acabas de conseguir una tercera vida.