Capítulo 5
La propuesta
—Alma.
La voz de Ben me sacó de mis pensamientos.
—¿Sí?
—Quédate, por favor.
Le lancé a Lucía una mirada de auxilio, una de esas que significaban: no me dejes aquí sola con este hombre.
Lucía me miró, después a Ben y volvió a mí, divertida.
Traidora .
—Te espero fuera —dijo.
—¿Qué? No…
Pero ya se estaba marchando. La vi desaparecer por la puerta mientras yo me quedaba en aquella sala prácticamente vacía, rodeada de sillas que, de repente, parecían demasiado grandes y demasiado silenciosas.
Ben recogió algunos documentos de la mesa.
—Ven conmigo al despacho.
Lo miré.
—¿A tu despacho?
—Sí.
Perfecto, genial y fantástico. No había nada que pudiera salir mal después de aquella frase.
Esperé unos segundos por si añadía algo más pero no lo hizo.
—¿Puedo saber para qué?
Ben levantó la mirada hacia mí.
—Ahora lo sabrás.
Aquello no ayudó absolutamente nada.
Cuando salimos de la sala, caminé a su lado intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. No sabía qué estaba pasando, quizá había cometido algún error o había hecho algo mal en el laboratorio, quizá había utilizado algún producto que no debía… o…
No, no podía ser por eso aunque, teniendo en cuenta mi suerte, tampoco podía descartarlo.
Así no se aborda a la gente. Si alguien quiere despedirte, al menos debería darte alguna pista: una mirada seria, un “tenemos que hablar”… Algo.
Pero Ben caminaba por el pasillo con la tranquilidad de quien me llevaba a tomar café. Llegamos finalmente a su despacho, abrió la puerta y entré detrás de él. Me quedé quieta al ver que Chen y Vladimir estaban allí y los dos se levantaron al verme.
—Alma —dijo Ben—, quiero presentarte a mis socios.
El hombre asiático se acercó primero.
—Encantado —dijo mientras me tendía la mano—. Chen.
—Alma.
Después fue el turno del hombre alto.
—Vladimir.
Su acento ruso era evidente, pero su español resultaba sorprendentemente correcto.
—Encantada.
Nos estrechamos la mano.
Yo seguía sin entender absolutamente nada.
Ben cerró la puerta y señaló una de las sillas.
—Siéntate.
Obedecí. Ellos ocuparon sus lugares al otro lado del escritorio. Aquello empezaba a parecerse peligrosamente a una reunión en la que alguien iba a comunicarme algo grave.
Ben se apoyó contra el borde del escritorio.
—He estado revisando el trabajo de cada uno de los investigadores que podrían formar parte del nuevo proyecto.
—Ah —conseguí decir mientras intentaba tragar saliva.
—He pensado en ti.
—¿En mí? —contesté con los ojos más abiertos de lo normal.
—Sí.
Chen cruzó las manos sobre la mesa.
—Ben considera que eres una de las personas más adecuadas para supervisar el proyecto junto a él —añadió.
Mi cerebro necesitó unos segundos para procesarlo.
—¿Supervisar?
—Quiero que trabajes conmigo —dijo Ben al tiempo que asentía.
Me lo pensé antes de contestar.
—¿En el proyecto de la seborrea?
—En el “proyecto estrella”.
Levanté una ceja.
—¿Lo llamas así?
—Me gusta.
No sabía qué decir.
—Será un proyecto importante para el laboratorio. Si los resultados son los esperados, podría cambiar bastante la manera en que se aborda la dermatitis seborreica crónica —dijo con brillo en los ojos.
Aquello sí consiguió que me olvidara por completo de que tenía delante a tres hombres que parecían estar ofreciéndome algo demasiado importante para alguien como yo.
—Hay una condición —intervino Chen.
Puso sobre la mesa una carpeta y me la acercó.
Ahí estaba, sabía que tenía que haber una.
—Necesitamos que firmes un contrato de confidencialidad —explicó— y un compromiso total con el proyecto.
Lo miré.
—¿Compromiso total?
—Confidencialidad sobre toda la investigación, resultados, procedimientos y documentación. Disponibilidad y dedicación durante las fases establecidas del proyecto.
Bajé la mirada hacia los documentos que había sobre la mesa.
—No sé… —Los tres me observaron—. Tengo que pensarlo.
No estaba acostumbrada a tomar decisiones de ese calibre de un momento para otro, además, aquello podía significar cambiar mis horarios, asumir responsabilidades nuevas y trabajar directamente con Ben. Lo último era, probablemente, lo más peligroso de todo.
Vladimir se inclinó ligeramente hacia delante.
—Piénselo.
Su acento ruso hacía que incluso una frase sencilla pareciera una amenaza internacional.
—El documento delante de usted están todas condiciones. Horarios, responsabilidades, salario y demás. Léalo con calma —dijo señalando la carpeta—. Necesitamos una respuesta mañana por la mañana.
Ben cogió una carpeta de cartón y me la ofreció. Nuestros dedos se rozaron cuando la cogí.
—Estaría encantado de trabajar contigo, Alma, espero que aceptes.
Levanté los ojos. No supe qué responder así que me limité a asentir.
—Lo pensaré —Me levanté con la carpeta contra el pecho—. Gracias.
Salí del despacho y cerré la puerta detrás de mí y por fin respiré. Me quedé unos segundos en el pasillo mirando aquella carpeta y después la abrí.
Primera página: Contrato de confidencialidad.
Segunda: Condiciones del proyecto.
Tercera: Responsabilidades.
Cuarta: Horarios.
Pasé la página y ahí estaba: salario, la palabra estrella.
Mis ojos recorrieron la cifra, la leí otra vez y una tercera.
Miré alrededor por si alguien había cambiado los papeles mientras yo parpadeaba, pero no, la cifra seguía allí.
Sentí que todas mis dudas acababan de sufrir una muerte lenta y dolorosa. No hacía falta esperar a mañana.
Me di la vuelta y caminé hasta el despacho de Ben. Llamé a la puerta y entré. Los tres levantaron la cabeza.
—No hace falta esperar a mañana —dije.
Ben arqueó una ceja.
—¿No?
Entré.
—Acepto.
Chen se rió y Vladimir también. Ben, en cambio, hizo algo que me puso todavía más nerviosa. Sonrió. Daba la impresión de que había sabido desde el principio que iba a decirlo.
—Me alegra oír eso.
Cogió un bolígrafo y me lo tendió.
—Entonces, adelante.
Me apoyé en la mesa y comencé a firmar los documentos página a página y cuando terminé, Ben recogió los papeles y me entregó mi copia.
—Estoy muy contento, Alma.
Guardé los documentos en la carpeta.
—Yo también.
Mentí, bueno, no exactamente. Estaba contenta por el sueldo, el proyecto, la oportunidad y por supuesto, lo que no tenía tan claro era lo de trabajar con él.
Ben se levantó.
—Mañana te espero aquí —dijo Ben señalando el despacho.
—¿Aquí?
—Sí, a primera hora. Tú y yo vamos a formar el equipo que llevará el proyecto. Empezaremos a seleccionar al resto de empleados.
Asentí.
—De acuerdo.
Me dirigí hacia la puerta.
—Alma también.
Me giré.
—¿Sí?
Ben me sostuvo la mirada.
—Bienvenida al proyecto estrella.
Sonreí.
—Gracias.
Salí del despacho y solo cuando la puerta se cerró detrás de mí me di cuenta de una cosa. Acababa de aceptar un proyecto que podía cambiar mi carrera con un sueldo que podía cambiar mi vida y bajo las órdenes del hombre al que llevaba días intentando no mirar demasiado.
Había firmado un contrato de confidencialidad. Lo que no sabía era cómo iba a conseguir mantener en secreto todo lo demás.