Capítulo 4
El de los rizos no me quita ojo
El miércoles por la mañana convocaron una reunión en la sala de conferencias de la planta baja.
El motivo aparecía escrito en el correo con una frialdad casi tranquilizadora: “Presentación del proyecto del laboratorio Weller”
A mí no me tranquilizaba absolutamente nada.
Desde que Ben había aparecido el día anterior en el laboratorio con aquella revista bajo el brazo, no había conseguido quitármelo de la cabeza, y para mi desgracia, ahora tenía que sentarme en una misma sala con él y fingir que aquello no me afectaba.
Me acomodé en una de las sillas junto a Lucía mientras los demás compañeros iban ocupando sus sitios.
—¿Estás bien? —me preguntó ella.
—Perfectamente.
Lucía me miró con esa expresión que significaba que no me creía ni una palabra.
—No te he preguntado nada más.
—Precisamente.
Antes de que pudiera seguir molestándome, las puertas de la sala se abrieron.
Ben entró acompañado de uno de los responsables de GenLab.
Llevaba camisa blanca, las mangas ligeramente remangadas y esa seguridad irritante de quien parece sentirse cómodo en cualquier sitio.
Recorrió la sala con la mirada mientras se acercaba a la mesa de conferencias y entonces mirada se detuvo en mí, solo un segundo.
Después siguió caminando o eso habría sido lo normal, el problema fue que, durante los siguientes minutos, Ben encontró demasiadas razones para volver a mirarme mientras preparaba la presentación, cuando comprobó que todo estaba conectado e incluso cuando alguien le hizo una pregunta desde el extremo contrario de la mesa.
Yo intentaba concentrarme en la pantalla, de verdad que lo intentaba, pero cada vez que levantaba los ojos, me encontraba con los suyos.
La primera vez pensé que era casualidad, la segunda, coincidencia, pero ya a la tercera empecé a sospechar que el problema no estaba en él sino en mí.
Ben tomó el mando de la presentación. En la pantalla apareció el nombre del proyecto.
Programa Weller-Dermis: tratamiento integral de la seborrea crónica.
—Como algunos sabéis —comenzó—, llevamos varios años investigando una alternativa a los tratamientos convencionales para la dermatitis seborreica.
Cambió de diapositiva y aparecieron imágenes microscópicas de piel y gráficos.
—Nuestro objetivo no es simplemente reducir la producción de sebo. El problema de la seborrea crónica es mucho más complejo. Existe una alteración de la barrera cutánea, inflamación recurrente y una respuesta exagerada frente a microorganismos que forman parte de la microbiota normal de la piel.
Algunos compañeros comenzaron a tomar notas y yo también porque aquello sí era interesante.
—Lo que hemos desarrollado es un tratamiento capaz de actuar sobre varios de esos factores al mismo tiempo —continuó—.
Una formulación tópica basada en nanopartículas lipídicas que transportan un compuesto regulador directamente hasta las glándulas sebáceas.
La idea es reducir la hiperproducción de sebo sin destruir la microbiota beneficiosa de la piel.
Cambió de diapositiva.
—Aquí está la parte que creemos que puede marcar la diferencia.
Apareció un esquema de la barrera cutánea.
—El tratamiento incorpora además, moléculas capaces de favorecer la recuperación de la barrera de la piel. Es decir, no buscamos únicamente que el paciente deje de tener grasa, descamación o picor. Queremos romper el círculo que provoca las recaídas.
Nadie habló y Ben apretó los labios.
—Si los resultados preliminares se confirman, podríamos conseguir algo que los tratamientos actuales no han logrado de forma consistente: mantener la enfermedad controlada durante periodos mucho más largos, reduciendo la necesidad de tratamientos repetidos.
Aquello sí consiguió despertar el interés de todos.
Uno de los investigadores levantó la mano.
—¿Cuándo comenzaríamos?
Ben apoyó una mano sobre la mesa.
—La semana que viene.
Otro compañero intervino.
—¿Ya está decidido el equipo?
—Todavía no.
—¿Y dónde se desarrollará?
—Tampoco está decidido. Tenemos que valorar qué sala de laboratorio se adapta mejor a las necesidades del proyecto.
Alguien preguntó por el calendario de las primeras pruebas y otro quiso saber quién supervisaría los ensayos.
Ben respondió a todo con una tranquilidad desesperante, hasta que llegó la pregunta que, por alguna razón, hizo que volviera a mirarme.
—¿Quién dirigirá el proyecto?
Ben no respondió inmediatamente.
Sus ojos se encontraron los míos y esta vez no aparté la mirada.
—Yo —dijo finalmente—. Lo dirigiré junto con otra persona del laboratorio.
Se escucharon algunos murmullos.
—¿Quién?
Levantó una ceja.
—Todavía no lo sé.
Aquello provocó alguna risa.
Yo bajé los ojos hacia mis notas. No tenía ni idea de por qué aquella respuesta me había puesto tan nerviosa.
La reunión continuó unos minutos más hasta que finalmente dieron por terminada la presentación y las sillas comenzaron a moverse.
Los compañeros se levantaron, algunos comentando entre ellos los detalles del proyecto mientras yo estaba recogiendo mis cosas, cuando vi que dos hombres se levantaban de la parte posterior de la sala.
Uno era alto, muy alto. El otro, de rasgos asiáticos, permanecía a su lado mientras hablaban en voz baja.
Los seguí con la mirada.
—Lucía —susurré.
—¿Qué?
—¿Quiénes son esos dos?
Ella ni siquiera necesitó mirar demasiado.
—¿Los de atrás?
—Sí.
—Son los otros socios.
La miré.
—¿Qué otros socios?
Lucía frunció el ceño. Acababa de preguntarle algo completamente evidente.
—Chen y Vladimir.
—¿Y se supone que yo tengo que saber quiénes son?
—Chen es chino como puedes ver —dijo, señalando discretamente al hombre asiático—, y Vladimir es ruso.
Miré primero a uno y después al otro.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Lucía se encogió de hombros.
—Porque presto atención.
—No. Tú cotilleas.
—También.
La observé unos segundos. A veces tenía la sensación de que Lucía conocía absolutamente todo lo que ocurría en aquel laboratorio antes que nadie, que sabía quién entraba, salía, quién se había acostado con quién, quién odiaba a quién, quién estaba a punto de ser despedido y, por lo visto, también quién era chino y quién ruso.
—¿Cómo demonios sabes tantas cosas?
Lucía se encogió de hombros.
—Alma, cariño, hay gente que estudia para sacarse un doctorado y luego estamos las que sabemos vivir.
Negué con la cabeza, aunque no pude evitar sonreír. Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Alma.
Me giré y me encontré con Ben de frente, y por la manera en la que me miraba, tuve la desagradable sensación de que la reunión acababa de empezar.