Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Manual de doble vida

Toda doble vida necesita un manual de instrucciones.

El mío no estaba impreso en ninguna parte, pero me lo sabía de memoria. Lo había escrito yo durante cinco años, página a página, a base de mentiras, sustos y alguna que otra escapada por los pelos.

El lunes por la noche, después de salir de la sala de descanso con el corazón todavía en un puño, me encerré en mi piso de Simón Verde y llamé a Vanesa:

—¿Estás loca? —gritó al otro lado de la línea.

Tuve que apartarme el teléfono de la oreja.

—¿El del tacón es el dueño de GenLab? ¿El dueño de la empresa donde trabajas?

—El mismo.

—¿Y no te ha reconocido?

—No.

Nadie añadió nada.

Después, un silbido largo.

—Hija, es que eres la hostia.

—Dímelo a mí. Todavía estoy temblando.

Me dejé caer en el sofá.

Fuera, la urbanización estaba en calma. Dentro de mi cabeza, en cambio, parecía que alguien hubiera puesto una lavadora en centrifugado.

El hombre que me había sujetado cuando se me rompió el tacón era el dueño de la empresa en la que pasaba ocho horas al día y el lunes, aquel mismo hombre había aparecido en la sala de descanso, me había mirado a los ojos y me había dicho que le sonaba mi cara.

Yo le había respondido que no nos conocíamos, técnicamente, no era mentira, era una verdad cuidadosamente recortada.

—Pero, Alma, ¿cómo es posible que no te haya reconocido? —preguntó Vanesa—. Que no serás tan distinta de un día para otro.

—Vanesa, tú me has visto las dos veces. Dime una cosa: ¿la de la bata blanca y las gafas se parece en algo a la del vestido rojo?

Se lo pensó antes de contestar.

—…No.

—Pues eso.

—Ni un pelo.

—Exactamente.

Ahí estaba el problema. O, más bien, ahí estaba la razón por la que mi sistema llevaba cinco años funcionando.

Tenía un manual, no uno de verdad, con tapas y páginas numeradas, sino uno mucho más importante.

Uno que había aprendido de memoria, porque cometer un error podría significar perderlo todo.

Artículo primero: los looks no se mezclan.

En el laboratorio era Alma: vaqueros anchos, camisas que habían visto días mejores, el pelo rizado al natural, gafas y cero maquillaje, la clase de mujer que podía pasarse una mañana entera delante de una máquina y nadie recordaría haberla visto.

En la calle era Mónica: pelo liso de plancha, maquillaje impecable, ropa ajustada, tacones y una seguridad que Alma no tenía ni para pedir un café sin pensar demasiado qué iba a decir.

No era un disfraz. Era un cambio de identidad.

La ropa de Mónica vivía en una maleta aparte. Nunca se mezclaba con la del laboratorio y en GenLab no me ponía ni una gota de perfume.

El olor también delata.

Artículo segundo: Mónica no existe.

No tenía apellido, ni dirección y mucho menos redes sociales.

Si alguien preguntaba dónde trabajaba, la respuesta era siempre la misma y siempre falsa:

—Trabajo en eventos.

Todo pasaba por Vanesa, que gestionaba los trabajos, elegía con quién aceptaba quedar y, sobre todo, sabía cuándo cerrar la boca. Nunca daba un dato de más.

Artículo tercero: los horarios no se cruzan.

Alma trabajaba de lunes a viernes, de ocho a cinco.

Mónica aparecía cuando Alma desaparecía: por las noches y los fines de semana en hoteles, restaurantes y eventos donde nadie tenía por qué preguntarse qué hacía allí una mujer como yo. Nunca al revés.

Después estaba la regla de oro, la única que había conseguido mantener intacta durante cinco años:

Mónica acompaña, conversa, sonríe y cobra.

Nada más, sin besos, sin sexo, y mucho menos enamorarse.

No confundir el trabajo con la vida real.

—Eres la única persona que conozco que lleva cinco años en este mundo sin haberle dado ni un beso a un cliente —dijo Vanesa—. Eso no es una regla, Alma. Es un récord mundial.

—Es mi regla.

—Ya lo sé.

—Pues es la que me mantiene entera.

Vanesa suspiró.

—También lo sé. Pero, hija, alguna vez tendrás que disfrutar. Por acostarte con alguien no vas a casarte con él.

—No me estoy acostando con nadie.

—Ya. Ese es precisamente el problema. Tú no te acuestas con nadie, no besas a nadie, no dejas que nadie se acerque demasiado… y luego aparece un hombre de ojos verdes y llevas dos días hablando de él.

Me incorporé en el sofá.

—Yo no llevo dos días hablando de él.

—Llevas tres minutos hablando de él.

—Porque tú lo has sacado.

—Claro.

—Además, no estoy hablando de él.

—¿No?

—Estoy hablando de mi problema laboral.

Vanesa soltó una carcajada.

—¿Tu problema laboral tiene unos ojos verdes preciosos?

—Vanesa…

—Vale, vale. Me callo.

Pero no se calló, nunca se callaba.

—Entonces, ¿qué vas a hacer con el jefazo?

Miré hacia la ventana.

—Nada.

—¿Nada?

—Distancia, mucha distancia.

—Ya.

Su tono dejaba bastante claro que no me creía.

—¿Qué?

—Nada.

—Te conozco.

—Yo a ti también. Por eso te digo que, como ese hombre vuelva a mirarte como te miró el sábado, tu maravilloso artículo tercero va a durar menos que tus tacones.

—No va a pasar.

—Claro que no.

—Vanesa.

—Alma.

—Voy a mantenerme alejada.

—Eso dices ahora.

No le hice caso. Todavía no sabía que Vanesa tenía razón.

Colgué poco después.

Me quedé sola en el sofá, con el móvil entre las manos y la mirada perdida en la televisión apagada.

El manual estaba muy bien, en realidad funcionaba porque llevaba cinco años haciéndolo, pero había una cosa que no aparecía en ninguno de sus artículos: el hombre que me había sujetado antes de caerme al Guadalquivir no era un empresario más de una cena sino uno de los dueños de GenLab, el hombre que podía decidir sobre mi trabajo y sobre el futuro que llevaba años intentando construir y yo le había mentido.

Eso debería haber sido lo que más me preocupara pero no era así.

Lo que realmente me inquietaba era otra cosa y es que, cuando me había mirado aquella mañana, había deseado que me reconociera, que cuando había pronunciado mi nombre, me habría encantado que hubiera sentido algo y que, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, seguía recordando perfectamente la sensación de su mano en mi cintura.

Cerré los ojos.

Artículo cuarto: no pensar en el cliente fuera del trabajo.

Ese artículo no existía.

Quizá debería haberlo escrito porque aquella noche no dormí pensando en el manual sino pensando en Ben y en sus ojos verdes.

Por primera vez en cinco años, tuve la incómoda sensación de que mi manual empezaba a quedarse corto.

El martes por la mañana me levanté con el cuerpo de quien no ha pegado ojo y un plan firmado en la cabeza.

El plan tenía una sola palabra, y la repetí mientras me dedicaba al arte inverso de Mónica: recogerme el pelo, ponerme las gafas, meterme en unos vaqueros anchos, ponerme una camisa y mantener las distancias con Ben, mi nuevo jefe.

Tranquila, Alma. El manual… las reglas…, aplica las leyes.

Me metí en el laboratorio a primera hora, me puse la bata, encendí el ordenador y me dispuse a hacer lo que mejor se me da: trabajar.

El proyecto de dermatología al que llevaba meses dedicándole horas y horas de mi vida estaba en un punto delicado, y esa mañana me enganché a las células como quien se aferra a una tabla en alta mar.

Si lo miraba con lupa, no pensaba en él.

No funcionó del todo, pero por lo menos me sirvió para sobrevivir al pasillo de las nueve.

Lo vi venir de lejos, rodeado de corbatas y de sonrisas de dirección, y giré hacia el almacén antes de que me viera.

Lo volví a ver a las once, de camino al baño, y me escondí detrás de una columna hasta que el pasillo quedó despejado.

A la hora de comer, decidí comer en el parque que está justo al lado del laboratorio, sentada en un banco, con el bocadillo de tortilla en una mano y un artículo científico en la otra.

Lucía, que me vio cuando volvía al laboratorio, me lo preguntó sin venir a cuento:

—¿Se puede saber qué te pasa? Llevas toda la mañana super rara.

—¿Rara? —dije—. No sé a qué te refieres.

—Hola.

Levanté la vista y me lo encontré en la puerta del laboratorio.

Estaba apoyado en el marco, con una revista científica en una mano y esa sonrisa que no sabía si calificar de inocente o de todo lo contrario. El pelo rubio, ligeramente alborotado, parecía tener vida propia y sus ojos verdes brillaban con una diversión que no presagiaba nada bueno.

Cuando me quise dar cuenta, Lucía había desaparecido.

Traición.

Me atraganté con mi propia saliva.

—Buenas tardes, señor… —conseguí decir.

Él levantó una ceja.

—¿Señor?

—Bueno… señor jefe.

Negó con la cabeza, entre divertido.

—Eso ha sonado peor.

—Estoy improvisando.

—Ya veo.

Se quedó en la puerta. No entró.

—¿Necesita algo? —pregunté.

Levantó ligeramente la revista que llevaba en la mano.

—En realidad, sí.

Se acercó hasta el acceso del laboratorio y me ofreció la publicación.

—Quería dejaros esto.

La cogí. En la portada había un artículo destacado sobre una investigación biomédica.

—¿Qué es?

—Un trabajo que hicimos en mi laboratorio.

—¿Tú investigas? —pregunté casi con la boca abierta.

—Entre otras cosas.

Lo dijo con una naturalidad que me hizo mirarlo de nuevo.

Claro. Ya me había dicho Lucía que era investigador.

Pero una cosa era saberlo y otra descubrir que seguía trabajando en ciencia a pesar de ser uno de los propietarios de una empresa como GenLab.

—Como ahora vamos a trabajar juntos, me gustaría que le echarais un vistazo antes de la reunión del miércoles.

—¿Qué tiene que ver con nosotros?

—Más de lo que parece.

Señaló la revista.

—Creo que puede interesaros.

Miré el artículo y después a él.

—¿Y quieres que lo leamos antes del miércoles?

—Si podéis, sí.

—Podemos.

—Perfecto.

Asentí, intentando concentrarme en la conversación y no en que aquel hombre seguía teniendo exactamente la misma cara que el desconocido del sábado.

La sala se quedó quieta y yo tuve la sensación de que estaba a punto de decir algo más, algo peligroso, pero solo inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Cómo estás?

La pregunta me desconcertó.

—Bien.

—Me refiero a tu tobillo.

Bajé la mirada hacia mis zapatos. Me había puesto una venda en el tobillo por el esguince del sábado.

—¿Esto? No fue nada… una caída tonta —mentí con la voz algo temblorosa.

—Me alegro.

Volvió a mirarme a los ojos y entonces ocurrió algo que no esperaba. Su expresión cambió ligeramente. Como si acabara de recordar algo.

Frunció el ceño.

—Es curioso.

—¿El qué?

Se me cortó la respiración.

—Nada… —dijo con una sonrisa, casi disculpándose.

—Sigo teniendo la sensación de que te conozco de antes.

Sentí calor hasta en las orejas.

—Quizá tenga a una doble por ahí.

—Quizá.

No insistió, solo se encogió de hombros y señaló la revista.

—Léela. Nos vemos el miércoles.

—Lo haré.

—Bien.

Se apartó de la puerta.

—Y, Alma…

—¿Sí?

—Puedes tutearme.

Lo miré.

—Vale.

—Mejor.

Se marchó. Esperé a que desapareciera por el pasillo antes de volver a mirar la revista.