Capítulo 2
La nueva directiva
El lunes me desperté con el cuerpo de quien no ha dormido lo suficiente y el alma de quien ha pasado el fin de semana pensando demasiado en un par de ojos verdes.
No debería haberlo hecho, No debería haber pensado en él ni en su voz, ni en la forma en que me había sujetado por la cintura cuando aquel maldito tacón decidió que quería lanzarme al Guadalquivir.
Llegué a GenLab con el pelo rizado, las gafas puestas, una camisa que había visto días mejores y la firme intención de convencerme de que lo del sábado había sido una anomalía, una anécdota con un desconocido de ojos bonitos, nada más.
No contaba con los jefazos.
—Alma, ¿te has enterado? —Lucía me interceptó en el pasillo antes de que pudiera llegar al laboratorio—. Están de visita los de dirección.
—¿Qué dirección?
—La dirección-dirección.
La miré.
—Eso no aclara absolutamente nada.
—Los de arriba, los importantes. Los que tienen despacho con cristal y probablemente no saben cuánto cuesta un café en la máquina.
Dejé el bolso sobre una mesa.
—¿Y qué quieren?
—Ver cómo trabajamos. Han dicho que van a pasar por los laboratorios.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Yo trabajo aquí, no en dirección. Pasarán por delante de mí como pasan por delante de una centrifugadora.
Lucía soltó una risa.
—Pues intenta no parecer una centrifugadora hoy.
—Haré lo que pueda.
Me puse la bata, me recogí el pelo y entré en el laboratorio. Durante los siguientes minutos conseguí convencerme de que aquello no tenía ninguna importancia hasta que escuché voces en el pasillo.
Levanté la vista.
Un grupo de hombres con traje avanzaba por el pasillo acompañado por varios responsables de la empresa y entonces lo vi: el hombre del sábado, el desconocido de los ojos verdes.
El que me había sujetado antes de que acabara en el río y el que había conseguido instalarse en mi cabeza durante todo el fin de semana sin haber hecho absolutamente nada para merecerlo.
Me quedé inmóvil. Tenía el matraz en la mano y, durante un instante absurdo, olvidé qué estaba haciendo con él.
El desconocido caminaba en medio del grupo, impecable con aquel traje oscuro, hablando con uno de los directivos. Ya no parecía el hombre relajado de la terraza. Allí, entre trajes y paredes de cristal, parecía pertenecer a aquel lugar.
Entonces levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron.
El mundo se me paró.
Su mirada pasó por mi cara y continuó avanzando.
No me había reconocido. Solté el aire muy despacio.
Claro que no ¿Cómo iba a reconocerme?
El sábado había conocido a Mónica: pelo liso, vestido, tacones y una seguridad que Alma no tenía ni para cruzar un pasillo sin tropezarse.
Ahora llevaba gafas, el pelo hecho una maraña de rizos y una bata blanca que conseguía hacerme parecer diez años más responsable de lo que era.
Éramos dos versiones de mí y él solo conocía una.
Debería haber sentido alivio Pero debajo del alivio apareció una pequeña decepción, porque, durante una fracción de segundo, había querido que se detuviera, que me reconociera y que aquellos ojos volvieran a fijarse en mí.
Sacudí la cabeza.
No.
Eso no podía pasar.
Volví al trabajo o, al menos, fingí hacerlo.
Durante toda la mañana me convertí en una experta en escuchar pasos.
Cada vez que alguien caminaba por el pasillo, levantaba la cabeza.
Cada vez que aparecía un traje, me concentraba de repente en cualquier cosa que tuviera delante, una vez incluso terminé escondida en el almacén con una caja de tubos en las manos. Patético.
A la hora de comer ya estaba muerta de hambre. Entré en la sala de descanso con mi bocadillo y la intención de encerrarme allí hasta que los visitantes desaparecieran.
Abrí la puerta y casi me atraganté con mi propia saliva.
Estaba allí, solo, apoyado contra la encimera, con una lata de refresco entre las manos y, sin el grupo de directivos alrededor, parecía diferente. Más cansado, más humano y, por desgracia, igual de guapo.
Levantó la vista.
—Hola.
—Hola.
Intenté sonreír con normalidad. No estaba segura de haberlo conseguido. Fui hasta una mesa y me senté.
Él siguió mirándome unos segundos.
Yo desenvolví el bocadillo, abrí la botella de agua y luego le di un mordisco mientras la sala permanecía en silencio.
Entonces él habló.
—Perdona.
Levanté la mirada.
—¿Sí?
—Me suenas de algo.
Mi corazón dio un golpe.
No parecía haber llegado a ninguna conclusión. Solo fruncía ligeramente el ceño, como quien intenta recordar dónde ha visto una cara.
—¿Nos conocemos?
Claro que nos conocemos. Me sujetaste cuando iba a caerme, Me acompañaste hasta la puerta, me viste descalza y me pasé todo el domingo pensando en tus labios.
Por fuera, solo conseguí encogerme de hombros.
—No creo.
Él siguió mirándome.
—Qué raro.
—¿Por qué?
—No sé. Me resulta familiar tu cara.
Se me apretó todo por dentro.
—Será que tengo una cara muy común.
Se le curvó una comisura.
—No.
Aquello no ayudó.
—Entonces será que te recuerda a alguien.
—Puede ser.
Ahí terminó. No insistió. Simplemente dio otro sorbo a su refresco y volvió a mirar hacia la ventana.
Yo respiré muy despacio. Había pasado, por poco, pero había pasado.
—¿Trabajas aquí? —preguntó.
—Sí —respondí señalando mi bata—. Aunque creo que eso ya lo habrás deducido.
Resopló con humor.
—Supongo.
Nadie dijo nada enseguida.
—¿Y cómo te llamas?
Esta vez la pregunta me pilló desprevenida.
—Alma.
—Alma —repitió mi nombre sin prisa.
No sé por qué, pero escuchar cómo lo pronunciaba me produjo un extraño cosquilleo en el estómago.
—Me gusta —dijo.
Bajé la mirada hacia mi bocadillo.
—Gracias.
Alma.
Para él solo era un nombre y una cara que le resultaba familiar y que probablemente olvidaría en cuanto saliera de aquella sala Y quizá era mejor así porque si alguna vez descubre que la mujer que tenía delante y la que había conocido junto al Guadalquivir eran la misma persona, todo se complicaría.
Me levanté.
—Tengo que volver al laboratorio.
—Claro.
Di dos pasos hacia la puerta.
—Alma.
Me giré.
—¿Sí?
Me señaló el bocadillo.
—Te lo dejas.
Miré mi mano.
Lo había olvidado sobre la mesa.
—Ah.
Lo cogí.
—Gracias.
—De nada.
Salí de la sala de descanso intentando caminar con normalidad.
No llegué muy lejos. Encontré a Lucía en el pasillo, revisando unos documentos junto a una de las mesas de trabajo.
—Lucía.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
Me acerqué un poco más y bajé la voz.
—¿Tú sabes quién es el jefazo rubio?
—¿Cuál de todos?
—El de los ojos verdes.
Lucía me miró durante un segundo y luego se rió.
—Ah. Ese.
—¿Sabes cómo se llama?
—Ben.
El nombre me atravesó como una corriente eléctrica y, por alguna razón, escuchar aquel nombre hizo que todo lo del sábado pareciera todavía más real.
—¿Ben qué?
—No tengo ni idea.
—¿Y qué hace exactamente?
Lucía dejó los documentos sobre la mesa.
—Es investigador.
—¿Investigador?
—Sí.
La miré.
—¿Y está aquí por eso?
—Bueno… por eso y porque es uno de los dueños.
Parpadeé.
—¿Qué?
—¿No lo sabías?
Negué lentamente con la cabeza.
Lucía se acercó y bajó todavía más la voz, al borde de contarme un secreto de Estado.
—La empresa de ellos ha comprado GenLab.
Tardé en reaccionar.
—¿Ellos?
—Sí. Ben y sus socios. No sé exactamente cómo está repartido todo, pero son los nuevos propietarios.
Sentí que algo se me hundía en el estómago. Ben, el desconocido que me había sujetado antes de que me cayera al Guadalquivir era uno de los dueños de GenLab, mi lugar de trabajo, mi laboratorio, mi futuro.
—¿Estás bien? —preguntó Lucía.
—Sí —respondí, aunque no sonó muy convincente.
—Te has puesto blanca.
—Es que… no sabía que habían comprado GenLab.
—Pues ya lo sabes —Se encogió de hombros—. Tranquila. No van a despedirnos a ninguno.
—¿Seguro?
—Eso han dicho los sindicatos.
—Ah.
No sabía por qué aquella respuesta me tranquilizaría tanto.
Quizá porque necesitaba aquel trabajo mucho más de lo que la gente imaginaba.
No estaba allí únicamente para cobrar a final de mes y pagar el alquiler.
Yo tenía un sueño, uno enorme. Probablemente demasiado grande para alguien como yo.
Quería crear algo revolucionario, algo que sirviera para algo más que llenar informes y aumentar beneficios.
Quería encontrar una solución que pudiera ayudar de verdad a la gente.
Una enfermedad, tratamiento, una molécula…
Lo que fuera. Algo que algún día hiciera que todo aquel tiempo encerrada entre tubos, cultivos y resultados tuviera sentido.
Necesitaba GenLab, sus laboratorios, sus equipos, sus recursos y la oportunidad de demostrar que podía hacer algo importante.
Así que sí. Que Ben fuera uno de los dueños era un pequeño problema, uno enorme, en realidad pero mientras no supiera quién era Mónica, podía seguir trabajando y podía seguir siendo Alma.
—Bueno —dijo Lucía, recogiendo los documentos—. Te dejo. Tengo que terminar esto antes de que venga alguno de los jefazos a preguntarme qué hago.
—Sí.
La vi alejarse.
—Lucía.
Se giró.
—¿Qué?
—¿Ben es su nombre de pila?
—Sí.
—Vale.
—¿Por qué?
Sonreí demasiado rápido.
—Por nada.
Volvió a marcharse.
Yo me quedé sola en el pasillo.
Ahora ya sabía cómo se llamaba y él sabía cómo me llamo.