Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2)
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Capítulo 1
El tacón y el jefazo
El día que conocí al hombre de mi vida fue también el día que decidí que no podía serlo.
Las historias importantes nunca empiezan donde una espera. La mía empezó un viernes por la tarde, en mi piso de Simón Verde, con el pelo a medio secar y en pijama, cuando Vanesa me llamó para decirme que tenía un trabajo.
—¿Qué haces? —me preguntó sin saludar, que es como Vanesa hace las cosas: de frente, como un martillazo.
—Voy a pedir comida. Es viernes, estoy en pijama y…
—Pues quítate el pijama, hija de mi vida, que te he encontrado un trabajo.
Me senté en la cama. Con Vanesa, “trabajo” solo podía significar una cosa, y no era pasar el sábado en un laboratorio.
—¿De qué es?
—Una convención en el Palacio de Congresos, mañana por la tarde. El cliente se llama Aurelio, tiene cincuenta y cuatro años y es empresario de algo. Aquí no pone de qué, pero paga bien, muuuy bien.
—¿Y cómo es?
—Eso da igual, Alma, que no vas a casarte con él. Vas a acompañarlo, a sonreír, a hacer que se sienta importante y a cobrar, como siempre.
Llevaba cinco años haciendo aquello, cinco años desde que Vanesa, que ya trabajaba en eso, me había abierto la puerta de un mundo que ni siquiera sabía que existía.
Cinco años siendo Mónica. Cinco años sin haber besado a un solo cliente.
Esa era mi regla, la única que nunca había roto: nada de besos, nada de sexo, nada de enamorarse.
Yo acompañaba, conversaba, sonreía y cobraba.
Cuando la noche terminaba, Mónica se quedaba en la puerta del edificio y yo volvía a ser Alma, la de las gafas, la del laboratorio, la que investigaba en GenLab por un sueldo que no le llegaba ni para el alquiler de una habitación, y mucho menos para el de un piso en la urbanización más exclusiva de Sevilla.
Simón Verde me lo pagaba Mónica. Siempre me lo había pagado ella.
Me planté delante del espejo y me puse a hacer desaparecer a Alma.
Siempre me hacía la plancha en el pelo, que se quedaba liso y brillante, sin un solo rizo.
Maquillaje en los ojos, en los labios, en las mejillas.
El vestido rojo, el que marcaba las curvas que debajo de la bata blanca no se atrevían a salir.
Los tacones, los altos, los que hacían que caminara de otra manera, con el mundo debiéndome algo.
Cuando levanté la vista, allí estaba Mónica.
Mónica no se parecía a Alma, esa era la gracia.
Mónica tenía el pelo liso, la piel perfecta y una sonrisa que prometía cosas que nunca iba a cumplir.
Alma llevaba gafas, rizos imposibles de domar y una bata manchada de algo que era mejor no identificar.
Nadie las había relacionado nunca, ni siquiera las personas que las habían visto a las dos en la misma semana.
Aquella noche, Mónica bajó al portal, se subió al coche que la esperaba y se dejó llevar hasta el Palacio de Congresos, sin saber que estaba a punto de conocer al hombre que iba a romperle todas las reglas.
El Palacio de Congresos era exactamente lo que una espera de un sitio donde se decide el dinero de los demás: mucho glamour, mucha gente con tarjetas colgadas del cuello y ese olor a colonia cara, café y papelería nueva.
Aurelio me esperaba en la entrada. Bien vestido, puntual y con esa seguridad tranquila que da llevar cuarenta años haciendo negocios. Me saludó con un beso en la mejilla y me entregó la acreditación.
—Mónica. Hoy vas a tener trabajo.
Sonreí.
—Para eso me has traído.
Era verdad. Lo curioso de mi trabajo era que, cuando me convertía en Mónica, todo resultaba mucho más sencillo. Alma tenía que pensar demasiado.
Mónica no.
Alma se preguntaba si había hablado demasiado, si había dicho algo inconveniente, si estaba a la altura o si alguien se había dado cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, Mónica solo sonreía, asentía, escuchaba y, de vez en cuando, hacía una pregunta lo bastante inteligente como para que el hombre que tenía delante creyera que llevaba toda la vida interesada en su negocio.
Era casi como trabajar de espía.
Entrabas en una sala llena de desconocidos, escuchabas conversaciones que no estaban pensadas para ti, aprendías nombres, profesiones, secretos y pequeñas miserias, y después salías de allí sin que nadie supiera realmente quién eras, y esa era, probablemente, la mejor parte: no tenía que demostrar nada.
Nadie esperaba que Mónica supiera de biotecnología, de mercados internacionales o de fusiones empresariales.
Nadie quería contratarla. Nadie iba a preguntarle por su currículum ni a poner a prueba sus conocimientos.
Solo tenía que acompañar, estar guapa, escuchar, reírme cuando tocaba y hacer que el hombre que tenía al lado se sintiera interesante. Lo demás venía solo.
—¿Quieres que te presente a alguien? —me preguntó Aurelio.
—Claro.
Ahí estaba otra de las ventajas.
Conocías mucha gente a la que, probablemente, jamás habrías conocido siendo tú misma: empresarios, inversores, políticos, médicos, abogados, dueños de hoteles, hombres que hablaban de millones de euros con la misma naturalidad con la que yo hablaba de hacer la compra.
Yo no tenía que encajar en aquel mundo, solo tenía que moverme por él durante unas horas y, curiosamente, cuando era Mónica, se me daba bastante bien.
Caminé junto a Aurelio por el vestíbulo, saludando, sonriendo y dejando que me presentara.
—Encantada.
—Mucho gusto.
—Qué interesante.
—¿De verdad?
—No me digas.
Mentiras pequeñas e inofensivas, las necesarias para mantener una conversación en pie.
A veces incluso me divertía.
Había algo liberador en interpretar a alguien que no tenía miedo de equivocarse.
Mónica podía entrar en una habitación y no preguntarse si merecía estar allí.
Por eso, cuando llevaba el pelo liso, un vestido bonito y unos tacones imposibles, sentía que podía hacer casi cualquier cosa, incluso hablar con desconocidos durante horas sin sentir que estaba fingiendo, porque, en cierto modo, sí estaba fingiendo y quizá, esa era precisamente la razón por la que me sentía tan cómoda.
Aquella noche, durante unas horas, yo no era Alma, era Mónica y no tenía reglas que explicar.
Después de la convención en el Palacio de Congresos, nos fuimos a cenar en autobús hasta Azahar.
El restaurante estaba junto al Guadalquivir y, después de varias horas entre ponencias, presentaciones y conversaciones que me interesaban tan poco como la cotización de una empresa de la que no pensaba comprar acciones, agradecí poder salir un momento a la terraza.
Necesitaba aire.
Me apoyé en la barandilla y contemplé el río. Las luces de Sevilla se reflejaban sobre el agua y, por primera vez en toda la noche, sentí que podía respirar.
Hasta que mi tacón decidió que ya había tenido suficiente.
—Te odio —murmuré, mirando hacia abajo.
El zapato no respondió.
Aunque, teniendo en cuenta que llevaba tres horas torturándome los pies, tampoco esperaba demasiada colaboración.
Me quité uno.
Después levanté el otro talón, intentando aliviar un poco la presión.
Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.
—¿Estás intentando suicidarte o solo necesitas quitarte esos zapatos?
Me giré demasiado deprisa y el tacón se enganchó. Mi cuerpo perdió el equilibrio y durante un segundo tuve la certeza de que iba a acabar dentro del Guadalquivir, pero no llegué a caer. Un brazo me rodeó la cintura y me sujetó con firmeza. El otro me agarró por el brazo.
—Cuidado.
Me quedé clavada en el sitio.
Lo primero que noté fue su olor. Una colonia suave, limpia, mezclada con algo cálido que no supe identificar, quizá café o simplemente él. Después levanté la cabeza y lo vi.
Era alto. Tenía el pelo rubio ligeramente despeinado y unos ojos que, con aquella iluminación, parecían todavía más claros, pero fueron sus labios los que me dejaron sin capacidad de reacción.
Estaban demasiado cerca, apenas unos centímetros de los míos.
Unos labios que, por algún motivo absurdo, mi cerebro decidió analizar con una precisión completamente innecesaria.
Bonitos. Muy bonitos.
—¿Estás bien? —preguntó.
Tragué saliva.
—Sí.
Intenté separarme pero mi tobillo protestó.
—No —sonrió—, eso ha sonado más a un no.
—Estoy bien… dentro de lo que cabe.
—Ven, siéntate.
—No hace falta.
—Acabas de estar a punto de caer al río.
—Pero no he caído por suerte.
—Porque te he sujetado.
No discutió, simplemente pasó un brazo por mi espalda y me acompañó hasta una de las sillas de la terraza.
Su mano permaneció en mi cintura unos segundos más de los necesarios o quizá fui yo la que deseó que fueran más. Me senté y él se agachó delante de mí.
—¿Dónde te duele?
—En el orgullo.
Me miró.
—¿Solo ahí?
—En los pies también.
Una sonrisa apareció en su boca.
Otra vez sus labios. Alma, ¡basta!
—Déjame ver el tobillo.
—De verdad, no pasa nada.
—Está un poco hinchado.
—Se me pasará.
—Podríamos llamar a alguien.
—No.
—¿A un médico?
—Mucho menos.
—¿A algún amigo?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Levanté el tacón roto.
—Creo que es una señal.
—¿De qué?
—De que tengo que volver a casa.
Él miró el zapato.
—¿Una señal?
—Sí.
Suspiré y señalé mi pie descalzo.
—Cenicienta perdió un zapato corriendo porque tenía que marcharse.
—Tú has perdido uno y estás pensando en volver a casa.
—Exacto.
—Creo que la moraleja del cuento era otra.
—Pues la mía es muy clara: si un tacón se rompe, hay que hacerle caso.
Él soltó una risa.
—Además —añadí—, llevo toda la noche esperando una excusa para irme.
—¿Y esto te parece una buena excusa?
—Es una excusa excelente.
Saqué el móvil, le hice una foto al tacón roto y se la envié a Aurelio.
Aurelio
Tengo que marcharme. El tacón ha decidido poner fin a nuestra velada. ✓✓
La respuesta llegó enseguida.
¿Estás bien?
Miré de reojo al hombre que seguía a mi lado.
—Sí —murmuré.
Escribí:
Sí, casi me caigo al río, pero menos mal que no. ✓✓
Guardé el móvil.
—¿Ya está?
—Ya está.
—Te acompaño a la puerta.
—No hace falta.
—Insisto.
No tuve tiempo de discutir. Caminamos hacia el interior del restaurante y después hacia la salida. Al llegar a la puerta, él volvió a mirarme.
—¿Seguro que estás bien?
Bajé la vista a mis pies descalzos y después a los zapatos que llevaba en la mano.
—Sí.
—¿Y vas a ir así hasta tu casa?
—No es la primera vez que camino descalza por la calle —dije sonriendo—. Después me bañaré en lejía y listo.
Su expresión dijo claramente que aquello no le parecía una respuesta tranquilizadora.
—¿En lejía?
—Sí.
Su cara cambió.
—Eso no funciona así.
—¿Ah, no?
—No.
—Vaya. Justo cuando pensaba hacerme un tratamiento de spa.
Se echó a reír.
—Por favor, nada de lejía o sino se te van a volar todos los pies.
—Bueno, está bien. Buscaré otra solución.
—Me alegro.
—Agua y jabón.
—Mucho mejor.
—Aunque la lejía tenía la ventaja de que también limpiaba el suelo.
Volvió a reírse. Lo miré un segundo más de lo que debería. Había algo en él, en su voz, en su olor, en la forma en que me había sujetado, en aquellos labios… Algo que me decía que debería marcharme inmediatamente, así que hice lo único sensato: me despedí.
—Gracias por salvarme.
—De nada.
—También por preocuparte.
—Cuídate.
Asentí, me giré y salí a la calle descalza con un tacón roto en la mano y la absurda sensación de que aquella noche acababa de empezar algo que todavía no sabía que iba a complicarme la vida.