Capítulo 45
Solo delante de ti
Ben me llevó a Azahar un sábado de abril.
No me dijo dónde íbamos hasta que apareció el cartel, y cuando apareció me miró de reojo, esperando mi cara.
—Azahar.
—Azahar.
La última vez que yo había pisado aquel lugar llevaba otro nombre, otro pelo y un vestido que no me solía poner. Esta vez entramos por la puerta grande, con el pelo suelto y con mi nombre verdadero.
El patio de adoquines estaba blanco. A los naranjos les quedaba la última flor, y había pétalos caídos entre las piedras, y olía todo a azahar.
En un rincón, había una mesa pequeña con un mantel blanco, dos sillas y dos velas sin encender.
—¿Qué es todo esto?
—Es una cena. —Me apartó la silla.
Cenamos en el patio, con las velas encendidas y con el Guadalquivir de fondo. Ben no habló de trabajo ni una vez. Se centró en todo lo que habíamos vivido desde que nos conocimos, desde el momento en que él me salvó de aquel tacón roto.
—¿Te acuerdas de la primera vez que estuviste aquí? —me preguntó.
—Me acuerdo de que este suelo me destrozó un zapato. —Miré los adoquines—. Dentro había cuatrocientas personas que no sabían mi nombre.
—Dentro había una que quería saberlo. —Dejó la copa en la mesa—. Que trató por todos los medios en averiguarlo.
Después de cenar me cogió de la mano y me llevó por un camino de tierra que bajaba hasta el río. El agua estaba quieta y ancha, con la luna dentro, y no había nadie en dos kilómetros a la redonda.
—¿Te arrepientes de algo? —le pregunté.
—De una cosa. —Miró el agua—. Pensé que era imposible enamorarse a primera vista.
—Yo también lo pensaba… —Le apreté la mano.
Volvimos hacia la terraza del restaurante por el mismo camino, despacio, con la noche ya fresca, y al cruzar el patio de adoquines pasó lo que tenía que pasar.
—No me lo puedo creer —dijo él.
—Yo sí. —Me agarré a su brazo y me quedé con el pie en el aire—. Este patio me tiene manía.
—Te tiene cariño.
—Te voy a decir una cosa. —Bajé los ojos al zapato roto, con la mano en su brazo y el pie descalzo sobre la piedra fría—. Solo los rompo delante de ti. No pienso romperlos delante de nadie más en toda mi vida.
Ben se rió, me cogió el zapato de la mano y se quedó un momento mirándolo.
—Aquí se te rompió un tacón la primera vez que te vi. No sabía quién eras. —Levantó la vista—. Tardé meses en entender por qué me di la vuelta aquella noche.
Entonces, en vez de levantarse, dobló la rodilla y la puso en el adoquín, con mi zapato roto en una mano, y sacó del bolsillo una caja pequeña y cuadrada.
—Alma. —Se le quedó la voz peor de lo que él quería—. ¿Te quieres casar conmigo?
Me quedé un segundo entera sin decir nada, con un pie en el aire y con la luna, el azahar y los cinco años enteros de mi vida pasándome encima, y después me empecé a reír, y la risa me salió nerviosa.
—Sí.
—¿Sí?
—Sí. Pero levántate, que voy a romper el otro zapato.
Se levantó, me puso el anillo, me cogió en brazos como se coge a alguien que no te quiere soltar y me llevó hasta la mesa.
A las dos de la mañana me escribió Vanesa, que llevaba desde la cena sin saber nada de mí, y le mandé una foto de mi mano encima del mantel blanco. Tardó cuatro segundos en contestar.
—¡Ole tú, miarma!
No hizo falta nada más. Con Vanesa, nunca hace falta nada más.
Así fue nuestra historia de amor.