Capítulo 23. Carolina
M ariano me llamó anoche, con los niños ya dormidos.
—Bianca quiere hablar contigo. A solas. —Pausa—. Le he dicho que lo decides tú.
Dije que sí. Llevo desde entonces arrepintiéndome a ratos.
Porque no lo entiendo. Si esa mujer tiene algo que decir, ¿por qué no se lo dice a él? Es su prometida. Era. Es su mundo, su idioma, su guerra. ¿Qué pinta mi cocina en esto?
¿Y por qué él me la manda en vez de hablar primero?
Le doy vueltas mientras friego lo que ya está fregado. A lo mejor es una emboscada con coleta. A lo mejor Isabella la envía de exploradora. O a lo mejor, y esto es lo que más me inquieta, hay cosas en esa familia que ni Mariano sabe.
***
B ianca Morosini llega el sábado a las once, andando, con una caja de pasteles sujeta con una goma elástica.
Y con botas nuevas. De monte, suela dentada. Las mismas que él.
—Me las vendió Boyd. —Se sacude la nieve en el felpudo, dos golpes por bota, y sigue mi mirada—. Me ha llamado «suicidio con cordones». Quince minutos de insultos. —Sonríe entera—. He pagado por más.
—Aquí se factura así.
—Lo estoy viendo. Dio santo, qué pueblo.
Los pasteles los ha elegido la señora de la cafetería. «Le he dicho que venía a verte y me ha puesto el doble.» Los niños están con Mariano y con Glen, cinco puertas más abajo, en algo que Leo llamó «obra grande» y que requirió casco.
Así que mi cocina es territorio de mujeres. Una de las dos viene de Milán, del bando enemigo, con la sonrisa fácil.
Le señalo la mesa y hago mi test sin avisar: le pongo delante la taza agrietada. La fea, la de las visitas que no van a repetirse.
Bianca la gira, encuentra la grieta con el pulgar y la acaricia.
—En mi casa esto lo tiran. —La levanta hacia mí, como un brindis pequeño—. Qué descanso.
Punto para ella. Sigo sin bajar la guardia, pero sirvo el café.
Se sienta, además, en la silla coja. Sin saberlo, en la silla de él. La silla cabecea y Bianca se ríe y la doma con el peso, como si montara.
—Vengo a tres cosas —dice, contándolas con los dedos—. A darte las gracias. A devolverte algo. Y a avisarte. Elige el orden.
—Las gracias. Es lo que menos entiendo.
—Me has librado de mi boda.
—Yo no hice nada.
—Ecco. Exactamente. —Levanta la taza agrietada—.
No hiciste nada, y un Ferrante dijo que no por primera vez en tres generaciones.
A mí me prometieron a los dos años, Carolina.
En una mesa, entre el segundo plato y el postre.
Supe la fecha de mi boda antes que las tablas de multiplicar.
—Espera, con la taza en alto—. Por el hombre que dijo que no.
Choco mi taza contra la suya. La grieta aguanta.
Y decido que Bianca Morosini me cae bien, lo cual me estropea todo el guion que tenía preparado para esta visita.
Se come un pastel con hambre de verdad, sin protocolo, y a la mitad me apunta con él.
—Ahora dime tú una cosa, de mujer a mujer. ¿Cómo se atrapa a semejante ejemplar? Metro noventa, imperio propio, arregla calderas. En Milán habría colas con números.
Casi me ahogo con el café.
—Yo no atrapé nada. Yo me fui corriendo de él.
—Y él vendió su vida y te encontró. Peor todavía. —Menea la cabeza, mastica—. Eso ya no se fabrica.
—¿Y a ti no te da rabia? Era tu novio.
—¿Mariano? —Mueca sincera, casi ofendida—. Guapísimo, no lo discuto. Pero no es mi tipo. Demasiado serio. Demasiadas líneas rectas. Un fin de semana con él y me muero de orden. —Baja la voz, traviesa—. Además, yo ya tengo el mío.
Saca el teléfono. Un hombre con delantal, virutas en el pelo, riéndose en un taller lleno de violines colgados.
—Matteo de Cremona. Hace violines, y no sabía quién era mi abuelo. Cuando se lo conté, preguntó si mi abuelo tocaba algún instrumento. —Aprieta el teléfono contra el pecho medio segundo, sin darse cuenta—. Ese es mi tipo.
—Te brillan los ojos.
—Lo sé. Treinta años de educación a la basura. —Se ríe, y de pronto para, con la vista en mi nevera—. ¿Y eso?
Sigo su mirada. Las hojas de Mia. Cuatro, naranjas, pegadas por tamaño, de mayor a menor, con esquinas alineadas.
—El archivo de mi hija. No se toca.
—Ordena por tamaño, como su abuelo. —Bianca lo estudia con respeto—. Dos años y ya audita. Esa niña va a dirigir algo.
—Ya dirige. A todos nosotros sin palabras.
Nos reímos las dos, y por un momento esto es solo una cocina con café. Bianca como una amiga nueva.
Y entonces se limpia las manos en la servilleta, despacio, y cambia de cara.
—La segunda cosa. La devolución.
Saca del bolso un paquete pequeño. Tres sobres viejos, atados con una cinta gris que era de otro color.
Los deja en el centro de la mesa, apartando los pasteles.
Y a mí se me enciende la alarma vieja. La de los sobres. En mi vida, lo que llega en sobre muerde. Cuento las salidas de mi propia cocina sin querer: puerta, ventana, pasillo. Doblo el trapo que tenía en la mano y lo dejo, muy recto, en el borde de la mesa.
—¿Qué es esto?
—Cartas. Las escribió Isabella. —Pausa—. A los diecinueve años.
—¿Y por qué están en mi mesa?
—Porque te van a hacer falta. —Bianca apoya los codos, y la turista se le cae de la cara—.
Escucha la historia entera, que es corta.
A Isabella la prometieron sus padres, como a mí.
Mesa, abuelos, postre. Pero ella quería a otro.
Un artista. En los sobres pone solo «E.».
—Toca la cinta con un dedo—. Aquí dentro le jura que va a decir que no.
Que no se casa por contrato. Que espere.
—¿Y lo dijo? ¿El no?
—No le dieron tiempo ni a eso. —Bianca se encoge de hombros, y el gesto pesa—.
Apareció Ferrante. El padre de Mariano. La vio, la quiso, y se la llevó a Nueva York.
Así, sin más: se la quitó al prometido y a los planes de todos y a su familia también.
El escándalo del año en Milán. —Levanta la vista—.
¿Entiendes ahora? Isabella no eligió ni una vez.
Ni al novio del contrato, ni al americano.
Al único que eligió lo dejó en un puerto, con sus cartas.
Miro los tres sobres. Papel amarillo por los bordes, tinta pasada a marrón. Una cría de diecinueve años cabe ahí dentro.
—Ecco. Por eso te odia a ti. Porque si tú ganas sin papeles, resulta que sus cincuenta años de contratos no hacían falta. —Abre las palmas—. Y eso Isabella no se lo puede permitir. Antes te aplasta.
Me levanto. Necesito las manos ocupadas, así que relleno la cafetera que no hace falta rellenar.
—¿Y qué hago yo con esto, Bianca? ¿Chantajear a una señora con sus cartas de amor?
—Dio santo, no. Las guerras las gana ella. —Niega con el dedo—. Es más simple. Si un día viene a por ti con abogados, no discutas. Pídele un minuto a solas. Y dile que sabes quién es «E.». —Se recuesta—. Se acaba la guerra antes del café. Nadie pelea contra su propio puño y letra. Ya verás.
La cafetera borbotea. Yo miro los sobres desde la encimera, con la distancia puesta a propósito.
—¿Y a cambio?
—¿A cambio de qué?
—De esto. —Me cruzo de brazos—. Perdona, pero en mi experiencia nadie cruza un océano para regalar salvavidas. Tu familia y la suya se guardan garantías unas a otras, tú misma lo has dicho. ¿Cuál es la tuya? ¿Qué quieres de mí?
Bianca me sostiene la mirada. Y hace una cosa rara: sonríe, contenta, como si hubiera aprobado el examen.
—Bien. Desconfía. Con esa familia, siempre.
—Deja la taza—. Quiero exactamente lo que he dicho: que la mujer que rompió el sistema no acabe aplastada por el sistema.
Si tú ganas, mi «no» vale. Si te aplastan, dentro de diez días me casan con otro apellido.
—Se encoge de hombros—. Es egoísmo, si te queda más tranquila. A mí el egoísmo me lo creo siempre.
Y eso, precisamente eso, me la vuelve creíble a medias. Los santos no existen. Los egoístas honestos, sí.
—¿Por qué no se las das a Mariano? —pregunto—. Es su madre.
Y ahí Bianca tarda en contestar. Primera vez en toda la mañana.
—Porque a él lo rompen. —Suave—. Ahí dentro su madre quiere a otro hombre. No a su padre. —Empuja el paquete un centímetro hacia mí—. A ti te protegen. A él lo hieren. Tú decides si las ve, y cuándo. Estas cosas las repartimos mejor las mujeres.
—¿Y si me exige una prueba de ADN? —Es mi miedo más viejo y sale solo—. ¿Para los niños?
—Entonces le preguntas, muy tranquila, si a Mariano ya se la hizo. —Bianca se encoge de hombros—. Con esa familia, la mejor defensa es un espejo.
Silencio.
—No pienso jugar a eso. Es cruel. Para ella y para él.
—Por eso te las doy a ti y no a un abogado. —Me mira fijo—. Tú no quieres usarlas. Esa es exactamente la mano que debe guardarlas. Pero guárdalas: ya ha llamado a sus abogados, Carolina. Lo sé por el hotel.
Miro el paquete. Tan poca cosa. Pesa menos que una carta del banco y más que todo lo que hay en esta casa.
Lo cojo. Lo guardo en el cajón de las pilas, debajo de las linternas, donde ya vivió un número de teléfono que me sabía de memoria. Cierro el cajón con la cadera.
—Que sepas que aún no sé si creerte —le digo, de frente.
—No me creas. —Ni se ofende. Recoge su goma elástica de la caja de pasteles y se la pone en la muñeca, como un trofeo—. Guarda las cartas igual. La fe no hace falta: el cajón, sí.
Recoge su chaqueta, y en la puerta, con la mano en el pomo, se gira.
—Ah. La tercera cosa. El aviso.
—¿No eran las cartas?
—Las cartas son el paraguas. Esto es el aviso. —Y se le va la sonrisa—. Esta mañana, el chófer de Isabella ha preguntado en el hotel dónde está la guardería. Y a qué hora se recoge a los niños.
El frío me sube desde el suelo de mi propia cocina.
—Puede ser curiosidad de abuela.
—Puede. —Abre la puerta, y febrero se mete un dedo en la casa—. Pero con ella funciona así: primero el mapa, después la visita. Que a los niños los recoja siempre alguien tuyo. Isabella vive de los huecos.
Asiento. La bufanda de Leo cuelga del perchero, y la enderezo sin necesidad.
—Gracias, Bianca.
—Dáselas a Boyd. Me vendió las botas para venir a decírtelo.
Vuelvo a la cocina. La taza agrietada sigue en la mesa, vacía. La silla coja, torcida hacia donde ella la dejó. Y el cajón de las pilas pesa desde la otra punta de la habitación, como pesan los cajones con historia.
La mujer más peligrosa que conozco cabe en tres cartas de una cría de diecinueve años. Y ya ha llamado a sus abogados. Mariano me ha prometido que no va a pasar nada malo. Su madre actúa por su cuenta. Pero esta vez no pienso tener miedo.
Suena el teléfono. Mariano.
—¿Ya se ha ido tu visita? Leo ha inaugurado el casco. Hay fotos.
—Venid a cenar. Los tres. —Miro el cajón, y decido que hoy no voy a contar nada. Hoy toca casco y pasta—. ¿Mariano?
—¿Qué?
—Nada. Que traigas las fotos.
Cuelgo, con la mano todavía encima de la madera del cajón.
Hay cosas que se cuentan en la mesa. Y hay cosas que esperan su día debajo de las pilas.
Esta sabe esperar. Yo también.