Capítulo 24. Carolina
H olly llama el sábado a las cuatro. Los niños construyen algo secreto debajo de la mesa. Yo doblo la tercera tanda de ropa.
—Cuéntamelo todo —ordena, sin saludar—. Nora ha llamado a mi madre. El arquitecto os compró fruta y os llevó del brazo por la plaza. Mi madre me lo contó dos veces. Con las pausas dramáticas.
—El boletín funciona mejor que la prensa.
—El boletín no me vale. Quiero la fuente directa.
Me siento en el borde de la cama, con una camiseta de Leo en las rodillas.
—Viene todas las tardes. —Bajo la voz—. Arregla cosas que no están rotas o que habrían sobrevivido solas. Se sabe el horario del jarabe de Mia. Ayer Leo se le durmió encima, en el sofá. Estuvo cuarenta minutos sin moverse. Después no podía ni coger la taza: el brazo muerto.
—¿Y? Estás enamorada. Otra vez. Del mismo exjefe.
Holly respira al otro lado. La conozco: está eligiendo entre broma y bisturí.
—Eso parece. Hasta las trancas. Su perfume se queda en la almohada y no quiero lavarla, para que no se vaya el olor.
—Ya. —Bisturí—. Te veo. ¿Y ese tono? ¿Cuál es el problema?
—Que no me lo creo. —Me sale bajito—. ¿Y si es teatro? ¿Y si suma puntos para un juez, y un día llega un papel?
—Carolina. —Voz de la enfermera de guardia—.
Ese hombre se pasó semanas en un cuarto alquilado.
Con un pez disecado que lo miraba dormir.
Un hombre al que le abrían la puerta del coche.
Y una señora del pueblo le planchaba las camisas por decreto.
—Pausa—. Nadie finge con este nivel de incomodidad.
Los que fingen mandan abogados desde un despacho con calefacción.
Se me escapa la risa por la nariz. Mitad risa, mitad otra cosa.
—¿Y los niños? ¿Cómo están con él? —pregunta, ya suave.
—Los niños, súper. —Aquí las palabras me salen solas—. Leo lo llama para todo. Papá, mira. Papá, más alto. Papá, roto. Llevan tres tardes con un puente de bloques, con planos a lápiz. Y Mia le asignó silla fija. La coja. Si alguien la ocupa, lo mira hasta que se levanta.
—¿Y él qué hace?
—Nivela la silla cada tarde con el mismo cartón doblado. Dice que es la mejor silla de la casa. —Miro el túnel que asoma bajo la mesa—. Y lo dice en serio. Eso es lo grave.
—¿Y la otra? La novia.
—Exnovia. Bianca. Y eso ya lo sabes. —Busco la palabra justa—.
Rara. Vino, me trajo pasteles, me contó su vida, se compró botas donde Boyd.
Y se volvió a Italia, a su futuro marido, creo.
Todo en tres días. —Doblo la camiseta por fin—.
Rara, pero de las buenas, creo. Me cayó bien y aún no sé si debía.
—Así empiezan las mejores amigas. Yo te robé la secadora.
—Me la robaste dos veces.
—Y mira dónde estamos. —Se ríe, y afloja—. Confía, Caro. No de golpe. A plazos, como todo lo tuyo. Pero confía.
Debajo de la mesa, el túnel se derrumba. Dos ingenieros piden auxilio a gritos.
—Te dejo. Hay un derrumbe.
—Ve. —Y antes de colgar—: Los sueños no arreglan las calderas. Apúntatelo.
***
L lega a las seis y media, con dos golpes de aviso y una barra de pan.
La cena es larga y ruidosa. Leo presenta el túnel reconstruido y exige inspección.
Mariano se arrodilla con la seriedad de sus juntas, revisa los apoyos y firma la licencia en una servilleta.
Lo pillo mirándome mientras firma, medio segundo, de reojo.
Y Mia archiva la servilleta con sus hojas: los documentos importantes van juntos.
Los acostamos entre los dos, sin repartirlo en voz alta. Él lee el cuento del puente. Yo apago la luz de Mia. Nos cruzamos en el pasillo, cada uno con un vaso de agua que nadie pidió.
Después, la cocina, con la casa por fin en silencio.
Pongo el cazo del té. Él abre la nevera como quien abre su despacho y saca las manzanas de mañana.
—¿Guardería con fruta o con galletas?
—Fruta. Los viernes, galletas.
—Anotado. —Elige el cuchillo pequeño y corta las manzanas en cubos exactos, todos iguales, apilables—. Sistema métrico Leo. Si el trozo no encaja en el puño, no es fruta, es un obstáculo.
Preparo las dos mochilas sobre la encimera. Él acerca su taza a la mía sin preguntar y me roza los dedos al pasar el termo de Mia. Corto el roce yo, tarde. Él lo nota, no dice nada, y guarda la fruta en los dos tápers como si no hubiera pasado nada por mi brazo entero.
—Falta una manopla de Leo.
—Radiador —digo—. Bolsillo izquierdo del abrigo.
Va, la encuentra, vuelve con ella levantada como un trofeo pequeño. La casa huele a té y a manzana. Esto también es nuevo: alguien más que sabe dónde viven las manoplas.
—Los inversores y socios quieren verme la cara. —Lo dice mientras cierra el segundo táper, sin mirarme—. Llevan seis semanas negociando con un video con cabeza. Textual. Hamburgo firmó, pero Viena se detuvo. Tengo que volver unos días. ¿Te acuerdas de lo difíciles que son?
—Claro. —Sigo fregando. Cuido las manos para que no digan nada—. Es tu trabajo.
—Ven conmigo, vamos juntos.
El plato se me queda quieto bajo el grifo. El agua corre sola, gastándose.
—Los cuatro. Y si no te gusta, volveremos en una semana. —Baja la voz—. Hay un parque enfrente de mi casa. Y Leo quiere ver la torre.
—Mariano… ¿Y mi trabajo?
Quería decir y mi vida. Pero ahora no quiero calentarme.
—No hace falta que trabajes... —Se oye a sí mismo medio segundo tarde—. Perdón. Perdón. ¿Demasiado pronto? —Cierra el grifo con calma y me quita el plato de las manos—. Vale. Lo entiendo.
Le miro el perfil. La mandíbula está quieta. Demasiado quieta. No ensayó ni la propuesta ni la retirada, y las dos le cuestan.
Nueva York. Su ciudad entera me cabe en dos palabras de un papel que ardió en mi estufa. Territorio Ferrante. El papel ardió. El miedo no huele a humo.
—No estoy preparada. Pero algún día sí —digo.
Es lo más lejos que llego. Él lo coge sin apretar, como se cogen las cosas frágiles.
—Algún día me vale.
En el sofá me pide la otra cosa. Habla hacia el techo, que es donde habla cuando pide.
—Una cena. Una. Con mi madre. —Me rodea con el brazo—. Terreno tuyo, reglas tuyas. No va a parar, Carolina. Sigue en su hotel, con el personal entero trabajando ya para ella, hasta el director. Puede pasarse un año ahí, alfabetizando al recepcionista en sábanas de hilo. Y son sus nietos.
Pienso en el aviso de Bianca. Un chófer preguntando horarios de guardería no es una abuela con nostalgia.
—Primero nosotros dos. Después decido yo si ve a los niños —le recuerdo.
—Perfecto. —Me aprieta el hombro—. Con salida de emergencia: una palabra tuya y nos levantamos.
—Domingo. El sitio lo elijo yo.
—Hecho.
Y me besa en la frente.
Me levanto por las velas, porque la luz del porche parpadea desde el martes. Las velas viven en el cajón de las pilas.
Abro el cajón. Linternas, pilas sueltas, cinta aislante. Y al fondo, bajo una caja, asoma una esquina de papel viejo.
—¿Las encuentras? —pregunta desde el sofá.
—Sí. —Empujo la caja con dos dedos hasta tapar la esquina. Cojo las velas. Cierro con la cadera—. Aquí están.
Vuelvo y le pongo las velas en la mano. Me mira un momento de más, porque me mira como me mira.
—¿Todo bien?
—Todo bien. —Me siento más cerca que antes—. Cuéntame algo de Bianca. ¿Cómo era de niña?
—Ni idea. La vi tres veces en treinta años, siempre entre postres. —Se encoge de hombros—. Buena gente, por lo visto. Lista, con carácter, se ríe de mi madre en la cara. —Sonrisa torcida—. Con una mujer así hasta me habría casado.
Le clavo el codo en las costillas. Fuerte.
—...si no existieras tú —termina, cazándome la mano al vuelo—. Iba a llegar ahí. Me has estropeado la pausa dramática.
—Tu pausa dramática iba a dormir al porche.
—Retirada. Toda la frase retirada. —Me besa los nudillos, uno a uno—. ¿Ves? Este año aprendo a retirarme a tiempo.
Arriba, la lamparita está encendida y nadie la toca.
Me saca el jersey por la cabeza y lo dobla sobre la silla. Dobla mi ropa mientras me mira así. Esa cortesía absurda me deshace más que cualquier prisa.
Yo tiro de su camisa y cuento botones en voz baja. Uno. Dos. Tres. En el cuarto se la saca él por la cabeza. Me río. Me besa la risa a mitad de camino.
—Despacio —avisa contra mi cuello—. Hoy quiero enterarme de todo.
Sus manos van primero. Me recorren los brazos, la cintura, la espalda, sin saltarse nada. La boca después. Encuentra el ángulo del hombro. Se queda. El calor me baja por la columna en línea recta.
—Dos lunares en la nuca —murmura ahí, contra la piel—. Los conté hace seis años, desde mi mesa, mientras te dictaba lo de Hamburgo.
—¿Seis?
—Seis. Hoy por fin tengo permiso.
Le busco la piel con las palmas. Está ardiendo. El corazón le golpea contra mi mano, rápido, desmintiendo toda esa calma.
Me tumba en la cama y se toma su tiempo con cada cosa que encuentra. Murmura en italiano contra mi vientre. No traduzco. El tono lo dice todo.
Los dedos de mis pies se curvan solos.
—Mariano...
—Aquí estoy.
Y está. Su peso, su boca, sus manos abriéndome camino. El techo se mueve. O soy yo. La sábana cruje bajo mi puño cerrado.
Cuando por fin me cubre con su cuerpo, me sujeta la cara con una mano. Espera. Abro los ojos.
—Mírame —pide, con la voz rota por abajo.
Lo miro. Entra despacio, sin soltarme la mirada, y el aire se me va en un sonido pequeño que no pido permiso para hacer.
Se mueve lento. Hondo. Cada vez más hondo.
Mis caderas aprenden su ritmo sin que yo mande.
—Así —dice, ronco. O lo digo yo.
El calor sube. Me toma las rodillas, los muslos, el vientre. Le clavo los dedos en la espalda. Responde con algo en italiano, bajo, sucio, contra mi oído, y el idioma me da igual.
Más.
Su nombre. Dos veces.
La luz. Su boca. Ya.
Me rompo con los ojos abiertos, mirándolo, y él aguanta mi mirada hasta el final y se rompe detrás, con la frente en mi frente, temblando entero, mudo.
***
D espués, su mano dibuja algo lento en mi espalda. Círculos. O letras. No pregunto.
La lamparita sigue encendida. Que siga.
—Gracias —murmura contra mi pelo, medio dormido—. Por todo.
—Ya.
Su risa me llega por las costillas, corta y honda.
En la mesilla, su teléfono se ilumina sin sonido. MAMÁ, dice la pantalla. Un mensaje, luego otro.
Los dos lo vemos. Ninguno lo toca.
El teléfono se apaga solo. Su brazo me acomoda contra su pecho, y lo último que registro es su pulso bajándome por la espalda, ya tranquilo, quedándose.