Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 22. Mariano
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Capítulo 22. Mariano

M i casa está en obras, llena de polvo y de andamios, así que la señora me presta el campo de batalla: la cafetería cierra hoy por primera vez en años. El cartel de HOY CERRADO, girado hacia la calle. Territorio suyo. Es decir, del pueblo. No me pregunta nada. Espero a mi madre. Y a Bianca.

Glen entra con el teléfono en la mano y la cara de los partes meteorológicos graves.

—Han aterrizado en el hotel, señor.

—¿Al de los treinta kilómetros?

—No hay otro. —Consulta la pantalla—. La señora ha llamado al hotel tres veces desde el coche. La primera, para pedir sábanas de hilo. La segunda, para preguntar si existe el hilo en este estado. La tercera no me la han querido repetir.

—¿Y Bianca?

—La señorita Morosini ha pedido una aplicación de mapa del pueblo con las atracciones. —Glen levanta la vista—. El recepcionista sigue confundido.

A las cinco en punto, el todoterreno negro aparca en la plaza.

Febrero ha dejado lo suyo: nieve vieja de dos semanas, dura por arriba, sucia por los bordes, y placas de hielo donde el sol no llega.

Mi madre baja del coche como se baja a un territorio ocupado.

Primero los guantes. Después el mundo. Y Bianca medio paso detrás, como quien busca la sombra de un muro.

Hace años que no la veo. Sigue igual: guapa y con teatro, a la milanesa.

Tacones de ciudad sobre el hielo del pueblo. Cruza la plaza con la barbilla alta, sin caerse, y casi lo lamento. Habría igualado el marcador familiar.

En la puerta de la cafetería se detiene. Mira el cartel pintado a mano, la campanilla de latón, los tres taburetes de la barra fuera.

—¿Esto es el restaurante?

—¡Buenas tardes, mamá! Esta es la cafetería. —Le sujeto la puerta—. El restaurante está a treinta kilómetros, en tu hotel.

—Dios bendito.

La señora Miller nos espera dentro, con su delantal de los domingos y la tetera grande ya en la mesa. No dice nada. Le sirve el té a mi madre en una taza buena, la de las flores, con un pulso que no tiembla.

Y calla.

Eso es lo raro. La señora Miller comenta el tiempo, los tornillos, mi acento y la vida sentimental de medio condado. A todo el mundo. Siempre. Y ahora está callada como un notario, plantada detrás de la barra, secando la misma taza seca.

Me extraña más que todo lo que va a decir mi madre.

Mi madre se sienta en el borde de la silla, como si la silla fuera contagiosa. Prueba el té con los labios, sin beber. Y despliega el orden del día sin preámbulos.

—He venido a conocer a mis nietos. A arreglar este desatino con los Morosini. Y a hablar con esa mujer.

—No, no y no. En ese orden.

—Mariano. ¿Vamos a hablar solos?

—No tengo secretos con nadie. Y primero: a los niños los verás cuando su madre lo decida.

Si lo decide. —Me apoyo en la barra—. Segundo: lo de los Morosini está arreglado, hablé con el padre de Bianca.

Tercero: con «esa mujer» no vas a hablar, porque tiene nombre.

Carolina. Hasta que lo pronuncies bien, no tienes nada que decirle.

Me estoy calentando. Respiro hondo.

—Nombre. —Deja la taza en el plato, con un clic exacto—.

La secretaria tiene nombre. Qué conmovedor.

¿Y sabes lo que tiene además del nombre, hijo?

Puntería. Cinco años tomando actas y calladita, y en cuanto te olió distraído, dos embarazos de una vez.

Ni los Anselmi trabajan tan fino. Ella te cazó con el truco más viejo del...

—Cuidado.

—...mundo, y tú le compras una casa, le cancelas una boda y le montas un tobogán.

—Sigue, porque mi madre nunca ha frenado en un cruce—.

Esa mujer se llevó a dos herederos Ferrante.

Los escondió tres años. Eso tiene nombre, hijo, y tiene artículo en el código.

Así que muy simple: o esa mujer habla conmigo, o habla con mis abogados. Que elija ella la mesa.

El puño me baja solo contra la mesa.

Las tazas saltan. La de las flores baila en el plato. Y la cafetería entera se queda quieta, con mi sangre italiana en las orejas.

—¡Huyó de tu stupido contrato! —Me sale el acento, me sale todo—.

¡Sola, asustada y firmando cuando no sabía que estaba embarazada, mamá!

¡Tres años sin ver a mis hijos me ha costado tu manera de proteger a esta familia!

¡En la próxima palabra mala sobre Carolina te vas de este pueblo andando por el hielo, con tacones y todo!

Tres años pensé que ella me había apartado de mis hijos. Ya veo claro quién fue de verdad.

Silencio. Bianca no se mueve. Mira por la ventana, sin tocar su taza.

Y en ese silencio, la señora Miller sale de detrás de la barra. Sin prisa. Cruza la sala, coge la taza de las flores de delante de mi madre, la taza buena, la servida y sin beber, y se la lleva.

Le da la espalda y la friega, despacio, con la dignidad de un tribunal entero.

En este pueblo te pueden negar muchas cosas. Pero cuando te retiran el té sin una palabra, ya lo has perdido todo.

Mi madre lo entiende. Es lo terrible de mi madre: lo entiende todo, siempre, al segundo. Recoloca los guantes sobre el bolso, uno encima del otro, y cambia de artillería sin pestañear.

—Domingo —dice, con la voz ya planchada—. Comida en mi hotel. Tú, los niños y, si insistes, la madre. Mantel, cubiertos, una mesa civilizada. Yo preparo el contrato.

—No.

—No he terminado. He reservado el hotel entero, Mariano.

Las catorce habitaciones. —Se levanta, se alisa la falda—.

No pienso regresar hasta resolver esto. No tengo prisa, y no tengo intención de irme sin conocer a mis nietos.

Tu pueblo es pequeño y mi paciencia es larga.

Haz cuentas, hijo. Las cuentas siempre se te dieron bien.

Te dejo con Bianca. Espero que entre vosotros quede todo claro.

Y sale. Tacones sobre el hielo, barbilla alta, el chófer abriéndole la puerta con reflejos de portero de hockey. El todoterreno arranca hacia sus treinta kilómetros.

No ha perdido el asalto. Ha cambiado de asalto. La conozco: acaba de instalarse a las puertas de mi vida con catorce habitaciones de artillería.

—Dio santo. —Bianca lo suelta desde la ventana, con la erre rodando y las vocales anchas de Milán—. En mi familia esto lo llamamos «un té tranquilo».

Casi me había olvidado de ella. Ha estado toda la escaramuza junto al cristal, con su taza en la mano, mirando la plaza. Los vaqueros, la coleta, la chaqueta sencilla de plumas. Una cara de turista viendo el valle de verdad, no de inventariarlo.

Y la miro medio segundo más de lo protocolario, porque soy arquitecto, no ciego. Es guapa. De catálogo del norte de Italia: piernas largas, piel cara, esa sencillez que cuesta carísima. Y sin embargo algo no me cuadra, y las cosas que no me cuadran las escucho siempre.

La coleta es demasiado casual para ser casual. La turista es demasiado turista. Treinta años de apellido Morosini no se quitan con unos vaqueros. Lo sé yo, que llevo unas botas de monte y sigo siendo un Ferrante.

Está actuando. Con talento. La pregunta es para quién. ¿Y qué quiere aquí?

—Tú sabías que iba a ser así —le digo.

—Ecco. Por eso he venido. —Deja la taza en la barra y le hace un gesto de gracias a la señora Miller, que a ella sí le responde con un milímetro de cabeza—. Los combates de Isabella hay que verlos en directo. Por televisión pierden.

—¿Y qué más has venido a ver?

Se lo piensa. Y cuando contesta, de la turista no queda nada. Queda una mujer de treinta años con algo pendiente y las manos quietas.

—Necesito pedirte una cosa. Y te va a parecer rara.

—Después de esta semana, lo dudo.

—Preséntame a Carolina. A solas, si puede ser.

—¿Para qué?

—Porque llevo treinta años atada al mismo contrato que ella firmó en una tarde. —Se cruza de brazos, y por debajo de la calma asoma un filo—. Y porque hay cosas de tu madre que ni tú sabes, Mariano. Cosas que le tocan a ella más que a ti.

—¿Qué cosas?

—Ecco. Eso es exactamente lo que no voy a contarte a ti primero. —Recoge la chaqueta del taburete—. De mujer a mujer. Sin ti delante, que os ponéis todos muy arquitectos.

Miro a esta mujer que iba a ser mi esposa por decreto de dos familias. Ha cruzado un océano para celebrar que no lo será. O para otra cosa.

—Le preguntaré a Carolina.

—Naturalmente.

Va hacia la puerta y se para con la mano en el marco.

—Ah. ¿Dónde se alquila una moto de nieve? Sueño con veinte kilómetros sin nadie conocido.

—Hay cuatro dedos de nieve vieja, Bianca.

—Va bene. ¿Y dónde compro unas botas como las tuyas?

—Donde Boyd, en la plaza. —Me miro las botas, y me sale la lealtad—. Te aviso: te insultará durante la venta.

—¿En serio? —Y ahí le sale la primera sonrisa entera desde que aterrizó. Una de verdad—. Perfetto. Un insulto honesto va a ser lo más exótico del viaje.

Y se va andando hacia la tienda de Boyd, pisando la nieve sucia con sus zapatillas blancas de ciudad.

Glen aparece a mi lado en la ventana, siguiéndola con la mirada.

—¿Señor... qué acaba de pasar?

—Mi madre se ha atrincherado en un hotel de catorce habitaciones. Y la novia oficial quiere una cita a solas con Carolina. —Recojo mi abrigo—. O acabamos de ganar una aliada, o es la mejor actriz de la familia Morosini.

—¿Y si es lo segundo?

—Entonces vino a hacer un trabajo. —Miro hacia la casa del tobogán, cinco puertas abajo, donde dentro de una hora cenan mis hijos—.

Averíguame dos cosas, Glen. Qué habitación ocupa mi madre.

Y a quién llama Bianca Morosini cuando cree que nadie la ve.

Me cae bien. Y precisamente por eso quiero saberlo todo.

La señora Miller, detrás de la barra, coloca la taza de flores en el estante más alto. Donde no se alcanza.