Capítulo 20. Carolina
E l miércoles termina como terminan ahora todos los miércoles: con la caja de herramientas abierta sobre mi mesa de la cocina y Leo supervisando el cierre de cada compartimento como si fuera la aduana.
Mariano recoge el destornillador, el metro, los lápices de obra. Y entonces lo suelta, sin levantar la vista, con el tono de quien comenta el tiempo.
—Sábado. Tú y yo. Dos horas. —Encaja el metro en su hueco—. Nora ya se ofreció, así que no tienes esa excusa.
Me quedo con el trapo de la encimera a medio doblar. Tú y yo. Tres palabras, y mi cocina entera sube un grado.
—¿Nora se ofreció? —Doblo el trapo con más cuidado del que merece—. ¿Cuándo habéis hablado vosotros dos?
—Nora y yo tenemos un canal. —Cierra la caja con dignidad—. Le arreglé el canalón. Ahora soy «el arquitecto» sin comillas. Es el ascenso más difícil de mi carrera.
Lo dice serio. Leo asiente desde su silla, solemne, como si el ascenso lo hubiera firmado él.
Debería decir que no. Por principio y por mantenimiento del principio. Tengo una lista entera de razones pegada por dentro de la cabeza, junto al armario del arroz.
—¿Adónde? —digo en su lugar.
Traidora. La boca, digo.
Su cara hace ese movimiento mínimo, un milímetro en la comisura, que en él equivale a tirar cohetes. Lo conozco de cinco años de juntas: así celebraba los contratos que daba por perdidos.
—A mi casa. —Se cuelga la caja del hombro—. Quiero enseñarte una cosa.
—Si es la trampa para mapaches, ya me la ha descrito Glen. Con lágrimas.
—Es mejor que la trampa.
* * *
El sábado a las cinco cruzo el pueblo a pie, hasta la casa de los Miller, con un pan de Nora bajo el brazo, porque aquí no se visita con las manos vacías.
No llego a llamar. La puerta se abre cuando piso el primer escalón del porche, y ahí está él, en el marco, sacudiéndose el serrín de las manos. Empieza a ser costumbre en esta calle: él tampoco llama ya a la mía los miércoles. Entra con dos golpes de aviso y la merienda de la señora en la mano.
—Te he visto llegar por la ventana —dice, y se apoya en el marco—. He fingido que no miraba.
—¿Y qué tal?
—Fatal.
Lo dice sin sonreír, mirándome de arriba abajo sin ninguna prisa, y el corazón me hace una cosa poco profesional. Le planto el pan en las manos para no contestar a eso. El papel cruje entre los dos.
—De Nora —aclaro, como si el pan necesitara abogado.
—Lo huelo. —Se lo mete bajo el brazo—. Ella me manda pan y yo le arreglo canalones. Es la economía local.
Voy a entrar. No me deja. Da un paso afuera, cierra la puerta a su espalda y se guarda las llaves en el bolsillo del abrigo, todo en un movimiento, como si lo llevara ensayado desde por la mañana.
—Luego. —Se sube el cuello del abrigo—. Primero quiero otra cosa. Enséñame el pueblo.
Parpadeo. Venía preparada para planos, para café malo, hasta para la trampa de los mapaches. Para esto no.
—Lo has visto entero. Tiene una plaza y media.
—He visto dónde compran fruta. —Baja los dos escalones y me espera abajo, con las manos en los bolsillos y la cabeza levantada hacia mí—. Quiero ver tu pueblo. El de tres años. Enséñamelo tú.
Y no sé qué hace esa frase, pero me abrocha algo por dentro, a la altura del esternón. Nadie me ha pedido nunca el pueblo. Me han pedido papeles, firmas, silencio. El pueblo, nunca.
—Dos horas —le recuerdo, bajando los escalones, y me sale menos firme que el miércoles.
—Dos horas —acepta, con la cara de quien acaba de firmar algo mucho más largo.
Echamos a andar hacia la calle, y ahí me llega la primera sorpresa de la tarde. Me la dan sus pies.
Botas. Botas de monte, color barro honesto, con la suela dentada, todavía tiesas de nuevas.
En Mariano Ferrante, el hombre de los zapatos italianos cosidos a mano, es casi un comunicado de prensa.
Todavía lo veo el día del porche, hundido en mi nieve con aquel cuero fino de ciudad, empeñado en no resbalar delante de mí.
—¿Y los zapatos de ciudad?
—Jubilados. Con honores. —Se para y me enseña una suela, orgulloso como Leo con una piedra nueva—. Me las vendió Boyd. Me miró los pies, movió la cabeza y dijo: «O esto, o lo recogemos del arroyo en marzo». Es el único vendedor que me ha insultado durante una venta. Le compré dos pares.
—Aquí se factura así.
—Lo estoy aprendiendo todo, señorita Winter.
El «señorita Winter» me roza por dentro, en un sitio viejo, cinco años de despacho abajo. Decido no darme por notado. Por la cara que pone, lo ha notado igual.
***
E l pueblo a las cinco tiene la luz baja y dorada de los sábados de invierno. Las chimeneas trabajan. La nieve de los bordes cruje como azúcar quemada. Caminamos por el medio de la calle, porque las aceras son teóricas, y su manga va a tres centímetros de la mía.
Tres. Los cuento sin querer. Los recorto y los vuelvo a contar.
En el puente de tablones el hielo no avisa. Piso, el mundo se me va de lado, suelto un ruido indigno.
No llego al suelo.
Una mano en mi cintura, otra cerrándose en mi brazo, y me quedo en diagonal sobre el arroyo helado, sujeta contra un abrigo que huele a lana fría y a él. Su pulgar me aprieta justo encima de la cadera. A través del plumífero, del jersey, de todo, lo siento como si no hubiera nada.
—Te tengo.
Dos palabras. La respiración me sale en dos plazos.
—Ya. —Me enderezo con demasiado orden, como siempre que el cuerpo vota sin permiso—. El puente es traidor.
—El puente es honesto. —Me suelta despacio, dedo a dedo, dejando la mano medio segundo de más—. Avisa a todo el que lleva prisa.
Yo no llevaba prisa. Llevaba tres centímetros contados. Pero eso no se lo digo ni al arroyo.
Le enseño el puente para cambiar de tema. Aquí Leo tiró su primera piedra al agua y lloró media hora porque el río no se la devolvía.
—¿Y qué hiciste?
—Le expliqué que el río colecciona. Desde entonces le trae piedras de regalo. El río es muy atento.
Se ríe con la cabeza atrás, entera, al aire frío. Yo miro el arroyo para no mirarle la garganta, y el arroyo, que es honesto, me devuelve mi propia cara de estar perdida.
En la verja de la guardería están los soles de papel, pegados por dentro del cristal. Le señalo el de la esquina, el de once rayos, «porque así calienta más».
—Ese es de Mia.
No contesta. Se acerca al cristal, con las manos en los bolsillos, y se queda mirando un sol de papel como otros miran los planos de un rascacielos. Le veo la mandíbula moverse, una vez. Traga algo que no me enseña.
—Once rayos —dice al fin, ronco de frío o de lo otro—. Auditó al sol y le encontró carencias. Es mi hija.
Es mi hija. Dicho a un cristal, bajito, con vaho.
Sigo andando primero, porque si me quedo, hago una tontería. Abrazarlo, por ejemplo. Aquí, delante de once rayos y de todo el boletín semanal.
Me alcanza en dos zancadas. Caminamos, y noto que me mira de reojo, dos veces, como quien prepara algo.
—Color favorito —suelta de pronto, dos calles después.
Giro la cabeza. Lo encuentro con la cara seria y las manos en los bolsillos, como si me preguntara por un presupuesto.
—¿Perdona?
—El tuyo. Color favorito. —Ni una sonrisa—. Y después vamos con la película, la estación del año y si el mar o la montaña.
—¿Qué te ha dado?
—Preguntas de primera cita. —Se encoge de hombros, y el gesto le sale casi tímido, y eso sí que es nuevo—. Nunca tuvimos una. Tenemos dos hijos, una guerra, un incendio de documentos y cero primeras citas. Llevo el orden fatal, ya lo sabes. Estoy recuperando temario.
Me río. No lo decido: se me escapa, entera, y el frío la convierte en vaho. Él la sigue con los ojos, el vaho subiendo, como si también la coleccionara.
—Verde —contesto—. Botella, no esperanza.
—Tomo nota. ¿Mar o montaña?
—Montaña. Evidentemente. —Abro los brazos hacia el pueblo entero, con manopla y todo.
—¿Y por qué esta? —Baja la voz, sin frenar el paso, y la pregunta pisa distinto que las otras—. De todas las montañas del país, ¿por qué esta?
Podría darle la versión corta. Casa prestada, una amiga, el azar. Es verdad y no cuesta nada.
Miro las chimeneas trabajando contra el cielo gris y le doy la otra.
—Holly me ofreció la casa de sus padres. Pero vine porque aquí no sabía nadie ni mi apellido ni el tuyo. Necesitaba un sitio donde los niños fueran de su madre y de nadie más. Sin membrete.
Camina en silencio unos pasos. La nieve cruje por los dos. Le miro el perfil: la mandíbula apretada, la nuez bajando despacio. Se está tragando algo, y esta vez no me lo esconde del todo.
—Elegiste bien —dice después, y no es un cumplido, es un veredicto de obra—. Yo tardé dos años y un Raimon borracho en encontrar lo que tú viste en un mapa.
—No lo vi en un mapa. Lo vi en el precio del alquiler.
—Y encima rentable. —Menea la cabeza, admirado de verdad—. Cásate conmigo.
Se me para el paso solo. Medio segundo.
—Mariano.
—Es el temario de la cita número doce, perdón. —Ni se inmuta, la vista al frente, el tono de quien revisa una agenda—. Me adelanto de temario constantemente. Pregúntale a mi profesora de piano.
Lo dice en broma. Lo sé, sé leerlo, cinco años de actas. Y aun así la frase se me queda dentro haciendo eco, cásate conmigo, dicha con vaho en una calle helada. Tengo que recolocarme la bufanda para taparme lo que sea que se me ve.
Por si acaso, camino mirando los tejados. Los tejados no hacen preguntas de primera cita.
En el banco verde de la farmacia me paro sin planearlo. Las botas deciden por mí.
Él se detiene un paso después y vuelve. Mira el banco, me mira a mí, espera.
—Mi primer invierno lloré aquí. —Toco el respaldo con la manopla, quitándole un dedo de nieve—. Los dos dormidos en el carro doble, yo sin saber ni por qué lloraba. Betty salió, me dejó una manta en las rodillas y se metió dentro sin decir nada.
—¿Nada?
—Aquí no preguntan. Te dejan una manta y se van. Tardé un año en entender que eso era una conversación.
Se queda mirando el banco como si le hiciera una tasación. Los nudillos, dentro de los bolsillos, le marcan la tela del abrigo. Cuando habla, le sale el acento, ese que asoma cuando aprieta los dientes.
—¿Qué mes?
—¿Qué?