Capítulo 19. Carolina
M ia se despierta a mediodía pidiendo zumo y mostrando su pegatina de león a todo el que pasa, que somos Leo, el conejo y yo, en ese orden de importancia.
La fiebre baja al segundo día de antibiótico, como prometió la doctora, y la casa recupera su ruido normal: el camión contra los rodapiés, las hojas clasificándose, la radio del condado dando los precios del heno entre canción y canción.
Mariano viene el viernes «a revisar la caldera», la caldera está perfectamente y los dos lo sabemos, y el sábado «a devolver el jarabe de repuesto», que es la excusa menos trabajada que le he oído a un hombre que negocia rascacielos.
El domingo ya no se molesta en traer excusa. Trae pollo asado del bar.
—No sabía cuál os gusta. —Levanta la bolsa desde mi puerta—. Así que hay pollo, y hay lasaña, y hay una cosa verde que la del bar jura que comen los niños.
—Los niños no comen cosas verdes.
—Eso le he dicho yo. Me ha llamado derrotista.
Y así, sin votarlo nadie, cenamos los cuatro en mi cocina un domingo por la noche, con Leo explicándole a Mariano el reglamento del camión, que resulta tener siete artículos, y Mia comiendo lasaña con una concentración de inspectora de obras, sentada, por decisión propia y sin previo aviso, en la silla de al lado de la suya.
Él no comenta el cambio de silla. Le pasa el pan cuando ella lo señala, y sigue escuchando el artículo cuatro del reglamento como si fuera una cláusula de verdad.
Yo los miro a los tres y se me olvida masticar dos veces.
Y en la puerta, ya con el abrigo puesto, me lo dice.
—Tengo que irme unos días. Un asunto que no puede esperar. —Me tiende una tarjeta con un número escrito a mano por detrás—. Este es mi móvil personal. Cualquier cosa, a cualquier hora.
—Estamos bien. No hará falta.
—Ya. —Se guarda las manos en los bolsillos—. Guárdalo igual.
Lo guardo en el cajón de la cocina, con las pilas y las llaves que no abren nada. Un asunto que no puede esperar. No pregunto cuál. Los Ferrante y sus asuntos no son mi departamento, me repito, y cierro el cajón con la cadera.
***
H oy es jueves.
Cuatro días. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un «sigo vivo». El teléfono del cajón sigue en el cajón, y yo lo he abierto seis veces esta semana a por cosas que no estaban ahí.
Y los niños preguntan.
Leo primero, el lunes, con el camión en la mano: «¿Hombre?
». El martes, señalando la puerta del armario que arreglaron juntos: «¿Hombre viene?
». Y hoy Mia, que no gasta palabras, ha sacado su caja de hojas, ha elegido una naranja, entera, perfecta, y la ha dejado en el sitio de la mesa donde él se sienta.
Después se ha ido a jugar como si nada.
Y yo me he quedado mirando esa hoja en la mesa vacía con una rabia que me ha subido de cero a cien sin pasar por ninguna marcha intermedia.
Porque conmigo, lo que quiera. Yo soy adulta, yo firmé, yo sé perfectamente lo que son los hombres que aparecen y desaparecen. Pero ellos no. Ellos ya guardan sillas y reservan hojas, y un niño que reserva una hoja no entiende de asuntos que no pueden esperar.
Nora viene a las seis, con su termo y su calendario mental de todo el pueblo.
—Vengo a pedirte una cosa. Me voy mañana a la ciudad, mi hija ha tenido el niño antes de tiempo. Todo bien, pero me quieren allí unos días. —Se sienta en mi cocina como en la suya—. ¿Me riegas las plantas y me das de comer al gato? Odia a todo el mundo menos a ti y a tu hija.
—Claro. Ve tranquila.
—¿Y a ti qué te pasa?
—Nada.
—Carolina. —Señala con la barbilla la hoja naranja, que sigue en el sitio de él, porque no me he atrevido a quitarla y no pienso analizar por qué—. ¿Cuántos días lleva sin venir el arquitecto?
—Cuatro. —Me sale con más número del que quería—. Y no es asunto mío. Es asunto de ellos. Leo pregunta por él cada día, Mia le guarda hojas, y yo no puedo explicarles que los señores de Manhattan tienen agendas, Nora. Tienen dos años. Para ellos, o vienes o no vienes. No hay tercera opción.
—¿Y tú qué prefieres, que venga o que no venga?
—Prefiero que no juegue con ellos.
—Con ellos. —Nora se sirve de su propio termo, sin prisa—. Ya. ¿Y el teléfono que te dejó, para qué te lo dejó?
—Para emergencias.
—Un niño de dos años preguntando por su...
—se frena justo antes de la palabra, la esquiva con oficio— por su hombre de los miércoles, cuatro días seguidos, a mí me parece una emergencia pequeña.
—Se levanta, enjuaga su taza, la deja bocabajo—.
Llámalo, mujer. No por ti, si no quieres. Por ellos. Preguntar no es perdonar.
Se va a hacer su maleta, y yo me quedo en la cocina con la hoja naranja, el cajón de las pilas y un número escrito a mano que me sé de memoria desde el lunes, aunque eso tampoco pienso analizarlo.
* * *
El sábado por la mañana estoy en casa de Nora, cumpliendo mi parte del trato: el gato me tolera, las plantas sobreviven, la estufa encendida.
Y entonces llaman a la puerta. A la de Nora.
Abro con el gato en brazos y ahí está, con una bolsa de la ferretería en la mano, el pelo revuelto del viaje y una sombra de cansancio que le queda insultantemente bien.
—Betty me ha dicho dónde estabas. —Levanta la bolsa a modo de saludo—. He vuelto.
—Ya veo. —El gato me clava las uñas, aliado del enemigo—. ¿El asunto impostergable?
—Resuelto. —Algo le pasa por la cara, rápido, que decide no contarme aquí—. Te lo cuento. Pero no en el porche de Nora, que las cortinas de enfrente llevan un minuto moviéndose.
No lo invito a pasar. Tampoco le cierro la puerta. Él interpreta el empate a su favor, que es lo que llevan haciendo los Ferrante desde el Renacimiento, y entra.
—Ya que estás. —Señalo con la barbilla el armario de la despensa de Nora, descolgado de una bisagra desde agosto—. Si vas a existir, sé útil.
—¿Y el presupuesto?
—Una cena. Hoy invito yo. Hay restos de guiso.
—Restos de guiso. —Se ríe. Entera, de verdad, con la cabeza atrás, y es la primera vez que le veo esa risa.
Me quedo parada con el gato en brazos, más de la cuenta.
La risa le cambia la cara completa: le quita diez años y todos los consejos de administración.
Y cuando pasa a mi lado hacia la despensa, con la bolsa de herramientas, me llega su respiración todavía risueña y ese calor de cuerpo grande, y el gato me salta de los brazos porque lo estoy apretando.
—Trato hecho —dice, remangándose ya—. Es la tarifa más alta que he cobrado este año.
***
D espués de acostar a los niños, bajo y me lo encuentro fregando.
Mariano Ferrante, con las mangas del jersey subidas hasta el codo, delante de mi fregadero, lavando platos de flores descascarilladas con la misma seriedad con la que firma torres.
—Eso no estaba en las condiciones —digo desde la puerta.
—Reclamaciones por escrito. —Me tiende un plato mojado sin girarse—. ¿Secas o supervisas?
Seco, claro. Trabajamos en cadena, hombro con hombro, en un silencio que no pesa, y el problema de secar platos en cadena es la logística: el plato viaja de su mano a la mía, y a veces el plato es pequeño y las manos grandes, y los dedos se encuentran por el camino más veces de las que la vajilla justifica.
Cada encuentro me sube un grado. Lo llevo contado: voy por el cuarto grado y por el tercer plato, y el jersey me sobra, y el pelo en la nuca me pesa, y todo esto es química de instituto y me da exactamente igual saberlo.
A la cuarta vez no es casualidad. Lo sé porque me quedo con el plato y él no lo suelta.
Nos quedamos así, unidos por un plato de flores descascarilladas, con el grifo cerrado y la casa en silencio, demasiado cerca, oliendo yo a jabón de fregar y él a esa colonia que tres años no me han desinstalado.
Su pulgar se mueve. Un centímetro sobre mis nudillos mojados, despacio, y el centímetro me baja por la columna entera y se instala donde no debe.
Oigo mi propia respiración cambiar. La oye él también: se le oscurece la mirada, se le separa un milímetro la boca, y el hombre de las últimas semanas se está quedando sin batería delante de mí.
—Carolina.
Mi nombre en esa voz de fondo de obra. Las rodillas me votan en contra.
—Es tarde —digo, sin moverme un milímetro, desmintiéndome entera.
—Tardísimo. —Baja la vista a mi boca y la sube, despacio, cobrando el trayecto—. Llevo semanas siendo un hombre educadísimo.
—Lo he notado. Es inquietante.
—Es insostenible. —Da el medio paso que faltaba, me quita el plato de las manos, lo deja en la encimera sin mirar, y el aire de mi cocina cambia de precio, como cambiaba el de su despacho.
Su mano encuentra mi cintura. La otra, la encimera, a un lado de mi cadera, cerrando el plano. Estoy entre un fregadero y un Ferrante, con el corazón en las orejas y el jabón goteándome por la muñeca, y me descubro inclinándome hacia él, un grado, dos, la física otra vez sin consultarme.
Su aliento me roza la sien. Baja. La mejilla. La comisura.
—Dime que es tarde otra vez y me voy a mi casa a contar tus pestillos desde la ventana. —Lo dice contra mi piel, ronco, sin tocarme la boca por un milímetro criminal—. Dime otra cosa y...
—¡MAMÁ!
El grito de Leo baja por la escalera con la potencia de una alarma de incendios. Los dos saltamos medio metro, yo choco con la encimera, un tenedor cae al suelo con un escándalo de orquesta.
—¡MAMÁ! ¡CACA!
Mariano se apoya en el fregadero y suelta el aire despacio, con los ojos cerrados, y algo que en otro hombre sería una carcajada le sube y se le queda en el pecho, temblándole en los hombros.
—Ve. —Le sale ronco—. El deber llama.
—A gritos.
—Con urgencia estructural. —Recoge el tenedor del suelo, me lo tiende, y en sus ojos de café solo hay una promesa aplazada, no cancelada—. Yo cierro al salir. Vete.
Subo la escalera de dos en dos, entre la emergencia de arriba y el incendio de abajo, y mientras atiendo el trámite presidencial de Leo oigo la puerta de la calle cerrarse con suavidad, y su coche arrancar, y las cinco puertas de distancia ponerse en su sitio.
Acuesto a Leo de nuevo. Compruebo a Mia, que duerme abrazada al león de la manga como a un título de propiedad.
Y bajo a la cocina a terminar de secar, sola, con el plato de flores todavía en la encimera, exactamente donde él lo dejó, y la marca de su mano todavía encendida en mi cintura, donde no la ve nadie.
Lo seco el último. Tarda más de lo necesario.