Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 18. Mariano
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Capítulo 18. Mariano

M i madre acepta la videollamada al segundo tono, sentada en el salón verde de Milán, con las perlas puestas a las diez de la noche, porque Isabella Ferrante no tiene horario de cierre.

—Mariano. Por fin. —Inclina la cabeza un grado—. ¿Desde dónde me llamas? Ese papel de la pared es de una pobreza conmovedora.

—Desde mi casa.

—Tu casa tiene vistas al parque y un Rothko en el recibidor.

—Mi casa nueva tiene vistas a un tobogán. —Dejo que lo procese—. Cancela lo de junio.

Ni un parpadeo le cuesta. Recoloca un pliegue de la falda que no existía.

—Los Morosini llegan la semana que viene. Bianca tiene ilusión por conocerte mejor. Es una chica seria, educada en...

—Cancela. Lo. De. Junio.

—Esa boda se acordó hace treinta años, hijo.

—Se acordó cuando yo tenía cinco. —Me siento frente a la pantalla, para que me vea entero—. Te lo dije hace tres años, mamá, con todas las letras: yo entonces ni hablaba. Dime en qué idioma di mi consentimiento. ¿En el de los cubos de madera?

—Y después cambiaste de opinión.

—Después dije «pues que sea». —La frase me sabe a metal viejo—. Y eso no es una opinión: es un hombre al que le daba todo igual. Tú sabes por qué me daba todo igual. Lo supiste antes que yo. Fuiste a su casa con los Anselmi antes de que yo entendiera qué me pasaba.

Ahí se le mueve algo, una vez, detrás de los ojos. Lo entierra con oficio.

—Hice lo que había que hacer por esta familia.

—Esta familia. —Me inclino hacia la cámara—. Deja que te ponga al día sobre esta familia, mamá. Tengo dos hijos. Gemelos. Un niño que manda más que tú y una niña que audita mejor que el viejo Anselmi. Tienen dos años y viven a cinco puertas de este conmovedor papel de pared.

—¡No! ¿Qué dices? —Le sale un grito. Un grito de verdad, con la voz rota por arriba, y la mano golpea el brazo del sillón—. ¡No puedes hacerle esto a este apellido! ¡Treinta años de acuerdo, dos familias, y tú lo tiras por una...!

—Cuidado con el final de esa frase.

—¿Quién es ella? ¿Desde cuándo?

—No te importa. Y me enteré después de tu papeleo, si es lo que preguntas.

—Creo que sé quién es. Tu oveja gris. Lo supe desde el principio: esa caza tu dinero.

—Mamá. Para.

—¡Por una aventura con dos criaturas que ni siquiera has verificado! ¡Un análisis, Mariano, lo mínimo que exige...!

—El niño tiene mi nariz y las cejas del abuelo.

—No levanto la voz. La bajo, que es peor, y también lo aprendí de ella—.

Y la niña, mamá... la niña es tu retrato del piano.

El de Milán, el de los cinco años. Tus mismos ojos, mirando igual de fijo.

La primera vez que me auditó, me faltó llamarla señora Ferrante.

El grito se le muere en la garganta.

Se queda con la boca a medio camino de la siguiente frase, y durante tres segundos enteros veo a la mujer debajo de la matriarca: los dedos buscándose el anillo, el pecho subiendo mal, las perlas moviéndose con una respiración que ya no manda ella.

Y después la veo recogerse.

Es un espectáculo, si uno sabe mirarlo. La barbilla vuelve a su altura.

Las manos se pliegan una sobre otra. La respiración entra en horario.

En diez segundos, Isabella Ferrante se reconstruye entera delante de la cámara, piedra a piedra, y la mujer del grito desaparece en el archivo de las cosas que no han pasado.

—Nietos —dice al fin, con la voz ya planchada, como si el grito lo hubiera dado otra—. Entiendo. Pero eso no significa que tengamos que cancelar la boda.

—La boda se cancela, sí o sí —digo, en el tono de las juntas, el que aprendí de ella—.

Llamaré yo mismo al padre de Bianca. La niña se merece algo mejor que un contrato firmado entre postres, y lo sabes, porque tú firmaste el tuyo igual y mira cómo os va a papá y a ti: dos alas de la misma casa y un calendario para no cruzarse.

—No te consiento...

—No he terminado. —Cada palabra puesta como un ladrillo—. Vas a aceptarlo, vas a compensar a los Morosini, y no vas a acercarte a mis hijos, a su madre ni a este estado hasta que yo lo diga. Ni con abogados, ni con regalos, ni con esa cara de ir a misa que pones en los aeropuertos.

—Pero, hijo… Soy su abuela.

—Eres la mujer que hizo firmar a su madre, sola y asustada, un papel para quitárselos. —Pausa—. Abuela es un cargo, mamá. Se gana. Tú vas por el momento con el expediente en contra.

—¿Y tú lo has ganado? —Asiente, una vez, con una serenidad recién estrenada—. Comprendo tu posición. Hablaremos cuando estés menos alterado, Mariano. Buenas noches.

Y cuelga ella. Ella a mí. Lo hace siempre que no está de acuerdo.

Me quedo mirando la pantalla negra y mi reflejo despeinado, y algo no me cuadra, y las cosas que no me cuadran las escucho siempre.

Demasiado fácil.

Conozco a esta mujer desde hace treinta y cinco años.

La he visto ganar guerras de accionistas con una ceja.

Isabella Ferrante no grita y se rinde en la misma llamada: grita, se recompone y cambia de frente.

Cuando mi madre dice «comprendo tu posición», no está aceptando la posición. Está rodeándola.

Glen asoma la cabeza desde la cocina, con un trapo al hombro y cara de haberlo oído todo, porque las paredes de esta casa son decorativas.

—¿Champán, señor? No tenemos. Pero hay una sidra local que Pete jura que es legal.

—Abre la sidra. —Sigo mirando el teléfono—. Y no lo apagues esta noche.

Brindamos en la cocina de los Miller, entre la trampa para mapaches y la caldera de la guerra, por la primera boda que cancelo en mi vida.

La sidra está agria. Me sabe a gloria igual.

El teléfono vibra sobre la mesa a medianoche. Glen lo mira antes que yo, y le cambia la cara.

—Señor. Su madre acaba de reservar dos billetes a Nueva York. —Pausa—. En primera, ida sin vuelta. Salida, el jueves.

—¿Dos?

—Dos. —Glen traga—. El segundo está a nombre de Bianca Morosini.

Claro que son dos. Rodear la posición: el grito era la artillería vieja, esto es la nueva. Mi madre viene a ganar en persona, con la novia oficial de equipaje, a un pueblo donde vive la mujer que le estropea treinta años de planos.

Dejo el vaso de sidra y cojo el teléfono.

—¿Señor? —Glen me mira servir el resto de la botella—. ¿Qué hacemos?

—Nada de pánico. Que vengan. —Marco el prefijo de Italia—. Pero a este tablero se juega con mis reglas. Ponme con el padre de Bianca. Sí, ahora. En Milán está amaneciendo, y a los Morosini les gusta madrugar tanto como facturar.