Capítulo 17. Mariano #2
He presidido consejos con más protocolo. Ninguno con este apetito.
Carolina pasa por detrás de mi silla con la cafetera y no me toca. Nunca me toca. Esta mujer ha convertido no tocarme en una disciplina olímpica: me sirve por el lado largo de la mesa, me habla mirando al niño, dobla las distancias en su propia cocina.
Frialdad de manual. Y el manual tiene erratas.
Porque el azúcar aterriza junto a mi taza antes de que lo pida, dos cucharadas, las mías, medidas de memoria.
Porque mi tostada es la menos quemada de las tres, servida sin comentario.
Y porque cuando me quito el jersey por el calor del horno, el silencio a mi espalda dura exactamente un segundo de más, y la cafetera se queda inclinada sin servir a nadie.
No me toca, pero me sabe. El azúcar, el lado del que duermo en su sofá, el punto de la tostada.
Tres años de destierro y me sigue teniendo el expediente al día.
Y yo aquí, untando mantequilla con la sangre a medio cuerpo, deseando a una mujer en jersey de dormir por encima de todo lo que he deseado en corbata.
Y en el bolsillo interior de mi chaqueta, colgada del respaldo, pesa el anillo.
El encargo que le hice a Glen, el papel doblado en dos que le subió las cejas hasta el pelo.
Me lo trajo de la ciudad en un estuche discreto.
Desde entonces, el estuche vive conmigo: cada mañana lo cambio de chaqueta, como quien traslada un expediente clasificado.
Cada noche lo dejo en la mesita, al lado de la hoja amarilla.
Y cada noche decido lo mismo: todavía no.
No es el momento, me digo. Unos cuantos miércoles no compran una pregunta de por vida. Ella acaba de dejar de contar salidas. Los niños acaban de aprenderse mi cara. Correr ahora sería de aficionados, y yo no corro ni en las obras.
Todo eso me digo. Todo eso es razonable.
Y todo eso es mentira, y lo sé mientras unto la tostada quemada.
Lo que me para no es el calendario. Es que esta mujer es la única persona del planeta capaz de decirme que no. Me lo dijo con la corbata durante cinco años. Me lo dijo con dos pestillos. Y si le pongo el estuche delante y me dice que no, no hay cláusula de rescisión para eso.
Yo no acepto un no. Pero el suyo tendría que aceptarlo. Y no sé cómo se hace.
Subo a ver a Mia antes de irme.
Duerme bocarriba, ordenada hasta en sueños, con el león de pegatina en la manga y el pelo pegado a la frente. Me quedo en la puerta contando sin querer. Respiraciones largas, limpias, sin pitido. Veinte por minuto.
Le aparto el pelo de la frente con un dedo. Fresca, sin fiebre. Frunce el ceño en sueños, auditando la intrusión, y no se despierta.
Abajo, Carolina me espera con dos cosas: un café horrible y una petición.
—He llamado a la guardería. Hoy no voy, me quedo con ella. —Duda medio segundo, y la duda le cuesta, se le ve—. ¿Puedes llevar a Leo? Lo esperan. Sabe el camino mejor que tú, no te dejará perderte.
Puedo llevar a Leo.
Lo dice como logística y me cae como un nombramiento. Tantos miércoles para esto: la loba me confía un cachorro para cruzar el pueblo.
—Puedo. —Me sale normal de milagro—. ¿Y esta tarde? Quiero saber cómo sigue Mia.
—Ven a las cinco. —Y sin mirarme, recogiendo tazas—: Vas a venir igual aunque te diga que no.
—Cierto. Pero prefiero el sí.
En la puerta, al pasarle a Leo la bufanda, sus dedos me rozan la muñeca. Medio segundo. Los retira como de un fogón, demasiado rápido para ser indiferencia, y se pone a anudar la bufanda del niño con una concentración de desactivadora de bombas.
Bajo el porche sonriendo al hielo. Nadie se quema con lo que le da igual.
En el bolsillo del abrigo, los dedos me tropiezan con algo pequeño. Una horquilla. Suya, caída anoche en mi coche, camino del hospital.
Debería devolverla. La paso al bolsillo pequeño, el de las monedas, y decido oficialmente que yo no sé nada de ninguna horquilla.
Llevo a Leo de la mano por la calle principal, a paso de niño, que es el paso al que se ve todo: cada charco, cada perro, cada camión aparcado con su ficha técnica recitada.
El pueblo entero nos ve pasar. Betty sale de la frutería a no comprar nada. Dos abuelas cambian de acera para cruzarse con nosotros de frente y darnos los buenos días por separado, a él y a mí, con inventario incluido.
En la puerta de la guardería, la directora nos recibe con cara de haber ganado una apuesta.
—Buenos días, Leo. ¿Y este señor?
—Hombre —presenta Leo. Lo piensa un segundo más, con el ceño de las decisiones—: Mío.
Me entrega la mochila y entra a lo suyo sin despedirse.
Yo me quedo en la acera con un «mío» en el pecho y la directora sonriéndome como se sonríe a los expedientes que se resuelven solos.
***
G len me espera en la cafetería con café del bar y cara de parte de guerra.
—Tres cosas, señor. Hamburgo firmó sin usted, felicidades. La caldera de los Miller ha hecho un ruido nuevo, le he sacado una foto por si es la última. Y su madre ha llamado cuatro veces. —Pausa—. A mí. Porque usted no le contesta.
—¿Qué quería?
—Cito textualmente: «Recuérdele a mi hijo que los Morosini confirman junio y que la señorita Bianca llega a Nueva York la semana que viene».
—Glen deja el café a una distancia prudente —.
También preguntó dónde estaba usted exactamente.
No se lo he dicho. Me ha llamado insolente. Ha sido un buen día.
Junio, dice. Los Morosini, dice.
La boda que mi madre firmó cuando yo tenía cinco años, en una mesa de Milán, entre dos familias y cero preguntas.
Cuando me la recordó, hace tres años, le dije que no con todas las letras: yo entonces ni hablaba, mamá, dime cómo di mi consentimiento.
Y después Carolina dimitió, y el mundo se me quedó del color de los archivos, y cuando mi madre volvió a la carga contesté lo peor que se puede contestar: pues que sea.
Me daba todo igual. Bianca era una fecha lejana en un calendario que no pensaba mirar.
Ya no me da igual nada. Tengo una pegatina de león en la memoria, una casilla marcada en un formulario de urgencias, un «mío» de esta mañana y un anillo que cambia de chaqueta cada día, esperando a que su dueño se atreva.
—Glen. Ponme con Milán.
—¿Con la señora o con el despacho?
—Con la señora. —Me abrocho el reloj, que es mi manera de vestirme para la guerra—. Y después busca el número de los Morosini. El de la familia, no el del bufete.
—¿Qué les digo si preguntan el motivo?
Miro por la ventana hacia la bocacalle de los arces, donde una niña con una pegatina de león duerme sin pitidos y su madre por fin no cuenta respiraciones.
—Diles que el novio ya estaba comprometido.