Capítulo 15. Mariano
C assian llama el martes a las nueve, cuando la cafetería ya está cerrada y yo sigo abajo, recogiendo herramientas.
—Iren quiere saber si sigues vivo. Yo le he dicho que sí, pero sin entusiasmo.
—Sigo vivo. Espera. —Sujeto el teléfono con el hombro y bajo el último tornillo del cartel—. Ya. Dime.
—¿Qué era ese ruido?
—Un taladro.
—¿Tuyo? —Pausa de saboreo—. ¿Mariano Ferrante con un taladro en la mano? ¿Y qué taladras a las nueve de la noche, si puede saberse?
—El cartel de la entrada. Llevaba torcido desde el huracán del noventa y seis.
—Me siento en una silla del revés, con la cafetería a oscuras y la vaca de plástico de guardia en la puerta—.
Ayer fue la escalera. Cantaba cada peldaño, como un pregonero.
La señora la ha estrenado tres veces buscándole el crujido, de arriba abajo, como quien busca una mentira. No lo ha encontrado. Casi le sabe mal.
—A ver si lo entiendo. —Se acomoda, le oigo el sillón—. Diriges Hamburgo por videollamada desde una mesa con una vaca de plástico detrás...
—El director técnico alemán la mira toda la reunión y no pregunta. Los alemanes no preguntan. Toman nota.
—...y por las tardes le arreglas la fonda a una señora que te cobra tarifa doble.
—Me la sigue cobrando. Dice que arreglar es de buen vecino y cobrar es de buena administración.
—Estiro las piernas—. Empiezo a caerle bien al pueblo, creo.
Boyd ya me fía en la ferretería. El de la gasolinera me saluda con el hurón.
Ayer una abuela me pidió que le bajara una lata de un estante y me examinó los antebrazos sin ningún disimulo.
Ochenta años. Me sentí como la carne del mercado.
—Bienvenido a la vida de los guapos del pueblo.
—Y aun así me siguen mirando, Cassian. Todos, todo el rato. Amables, pero mirando. Como a un coche caro aparcado demasiado tiempo: bonito, pero a saber qué hace aquí.
—Saben perfectamente qué haces ahí. Pueblo pequeño y dos niños con tu nariz. Ellos hicieron la cuenta antes que tú. —Bebe algo, el hielo suena—. Hablando de la cuenta con dos. ¿Mañana, no?
—Mañana a las cinco. —Los muelles de la silla protestan—. Una hora, con herramientas, delante de ella. Va a ser mi primera visita oficial.
—¿Y qué haces ahora mismo, exactamente?
—Recoger.
—Mariano.
—Repaso la caja de herramientas.
—¿Cuántas veces?
—...
—¿Cuántas?
Se ríe, el desgraciado. Se ríe un buen rato, y le oigo acomodarse mejor para reírse más ancho.
—Tú negociaste con el ayuntamiento de Nueva York y dos sindicatos a la vez. Sin pestañear. Yo estuve.
—El ayuntamiento no me importaba.
—Ya. —Se le corta la risa sola.
—¿Y ella? —pregunta Cassian, con la voz de quien lleva media llamada esperando el hueco.
—Ella. —Apoyo los brazos en el respaldo de la silla—. Me abre la puerta con un jersey gris de tres tallas de más, y a mí se me olvida a qué he venido. A mí. Que vengo con agenda apretada.
—Vaya.
—Cinco años de oveja gris en mi despacho, bajando los ojos. Y aquí manda medio pueblo con una carpeta y me despieza en su porche sin levantar la voz. La oveja se jubiló. Quedó la loba.
—¿Y?
—Que te conozco. Termina la frase.
—Que la deseo hasta reventar, Cassian. Así de técnico.
—Me paso la mano por la cara—. Duermo a doscientos metros con un crucifijo encima de la cama.
El crucifijo hace lo que puede. La semana pasada firmé una torre de cuarenta plantas.
Esta semana mi máximo logro es no mirarle la boca cuando discutimos.
—¿Y lo consigues?
—No.
—Bien. Un desastre honesto. —Se ríe bajo, el hielo le suena en el vaso.
—Mañana me examino. —Alineo la caja con la pared, otra vez—. Me he aprendido doce máquinas de obra en versión juguete, por si acaso.
—¿Y ella te lo ha confirmado? ¿Que son tuyos? —Lo saborea—. ¿Herederos Ferrante?
—No me hace falta su palabra. Cuando los veas, lo vas a entender todo.
Colgamos. Subo la escalera muda, con la caja bajo el brazo, y apago la luz.
La estufa ronca. El pez vigila. Yo repaso máquinas de obra en la oscuridad como quien repasa un juramento: excavadora, hormigonera, grúa torre.
***
E l miércoles llego a las cinco menos diez y me quedo en el coche ocho minutos, porque llegar antes de la hora a una negociación es ansiedad, y esto es la negociación de mi vida.
A las cinco menos dos subo el porche con la caja de herramientas.
Carolina abre antes de que llame.
—Una hora —recuerda.
—Una hora.
Lleva el pelo recogido con un lápiz. Un lápiz de los míos, de obra, plano. No pregunto de dónde lo ha sacado y ella no explica, y los dos miramos el lápiz medio segundo más de lo normal.
El salón huele a plastilina y a manzana. Leo está en la alfombra con su camión, y al verme entrar se pone de pie de un salto, agarra el camión con las dos manos y se planta entre el sofá y yo, en el punto exacto donde un aparejador colocaría la defensa.
—Hombre —anuncia, para la casa en general.
—Hola, Leo.
Frunce el ceño al oír su nombre en mi boca, recalculando. Después señala la caja de herramientas con la barbilla, igual que hago yo con las cosas, y algo me aprieta por dentro del jersey.
—¿Tuyo?
—Mía. Vengo a arreglar la puerta del armario. ¿Me enseñas dónde está?
Leo mira a su madre. Carolina asiente desde la cocina, un centímetro, y el niño echa a andar por el pasillo con el camión bajo el brazo, mirando atrás cada tres pasos para comprobar que lo sigo y que no toco nada sin permiso.
La puerta del armario cuelga de una bisagra. Me quito el jersey, me subo las mangas de la camisa y la sujeto. Y al levantar la vista al espejo del armario pillo a Carolina en el marco del pasillo, mirándome los antebrazos con cara de nada.
De nada, ninguna. Conozco esa cara de nada. La cobraba en mi despacho a razón de dos por semana.
Se va tan rápido que la puerta del pasillo se queja.
Saco el destornillador. Leo se acuclilla a medio metro, en cuclillas perfectas de obrero veterano, supervisando.
—¿Rompes?
—Arreglo. ¿Ves? El tornillo está flojo. —Se lo enseño en la palma—. Flojo, malo. Apretado, bueno.
—Apretado —repite, grave, guardándose la palabra.
Trabajamos así media hora: yo aprieto, él vigila, y de vez en cuando emite un veredicto de una palabra, «más», «ese no», «bien», que acato sin discutir, porque en esta casa la cadena de mando está clarísima y yo estoy en el último eslabón.
Mia no se acerca.
Está en la mesa pequeña del salón, con sus hojas repartidas por tamaños, y me observa por encima de ellas cada vez que cree que no la veo, y la veo siempre. Tiene los ojos de su abuela, color avellana, y la paciencia de un auditor suizo, y no pienso cometer con ella el error de los impacientes.
Así que no la miro de frente ni una vez. Arreglo la puerta, después el cajón que se atasca, y dejo que me audite tranquila desde su mesa, porque hay clientas que necesitan tres visitas antes de la primera palabra, y esta tiene todo el derecho.
En la cocina, el cajón atascado exige los dos: yo tiro, Carolina sujeta la encimera. El hueco entre la encimera y la mesa no da para dos adultos. Da para uno y medio, y el medio que sobra es todo ella.
Su hombro contra mi brazo. Su pelo a un palmo, manzana y lápiz.
El cajón cede de golpe y ella se me viene encima, y la cojo por la cintura antes de pensarlo.
Y ahí se me va todo al sur.
La cintura entera bajo mi mano, caliente a través del jersey.
Su espalda a dos centímetros de mi pecho.
Conozco esta postura. La conozco desnuda, contra mi cómoda, con su respiración rota y mis dedos exactamente aquí, y el cuerpo me lo recuerda entero, de golpe, sin pedir permiso: calor por la nuca, la mandíbula apretada, la sangre saliendo de la cabeza con todo el equipaje.
Un segundo. Aguanto un segundo con la loba en las manos y suelto, porque el que suelta soy yo o no suelta nadie.
—Gracias —le dice ella al cajón.
—De nada —le digo yo a su nuca.
A su nuca despejada, con dos mechones sueltos que me piden un dedo. Ninguno de los dos se mueve el medio segundo siguiente. La oigo respirar mal. Ella me oye respirar peor. Empate técnico.
Después se recoloca el lápiz del pelo, con la mano no del todo firme, y yo me pongo a estudiar el interior de un cajón vacío como si fuera un pliego de condiciones.
Tres años, dos pestillos, un contrato quemado. Y nada. No se ha enfriado nada. Esto sigue donde lo dejamos, vivo, caliente y mal guardado, y ella lo sabe igual que yo. Por eso le habla a los muebles.
Bien. Que le hable a los muebles. Yo pienso estar delante cuando se le acaben los muebles.
A las seis menos cinco recojo las herramientas. Carolina aparece con un vaso de agua que no he pedido, y me lo da sin tocarme los dedos. Un cuidado quirúrgico, visible, a dos centímetros de distancia de seguridad.
Tomo nota, señorita Winter. Nadie mide dos centímetros con un hombre que le da igual.
En la puerta, con el abrigo puesto y la caja en la mano, hago el inventario de la hora: una bisagra, un tornillo apretado, seis veredictos de Leo, cero palabras de Mia, un vaso de agua no solicitado, un segundo de cintura que me va a costar la noche entera y otra sesión de crucifijo.
En cualquier junta de mi vida, esto sería un desastre.
Es la mejor hora de mi vida y no pienso decírselo a nadie.
Y entonces, cuando ya tengo un pie en el porche, oigo detrás unos pasos pequeños y muy decididos.
Es Mia.
Cruza el salón entero, derecha como una funcionaria, se detiene delante de mí, y me tiende una hoja amarilla, grande, con los bordes enteros, elegida.
No dice ni una palabra. Me la tiende y espera, con los ojos avellana fijos en los míos.
La cojo con las dos manos, porque hay documentos que se reciben así.
—Gracias.
Mia asiente una vez, exactamente como su madre firma los acuerdos, se da la vuelta y regresa a su mesa a seguir clasificando, asunto resuelto, siguiente expediente.
Busco a Carolina con la mirada. Se ha quedado quieta junto a la cocina, con un paño en la mano y algo en la cara que se guarda antes de que pueda leerlo entero.
—Eso ha sido... —empiezo.
—Tus hijos. —Le sale la voz un poco rara—. No lo pierdas. No hay copias.
Camino de vuelta a la fonda con la hoja amarilla en el bolsillo interior del abrigo, en el izquierdo, más despacio que nunca, porque hay cargamentos que no admiten baches.
***
G len llega a las ocho, desde la ciudad, con dos carpetas y cara de autopista.
Subimos a la habitación. Ve el sofá del cura, se estremece entero, y deja las carpetas en la mesa manteniendo el sofá en su campo visual, como se vigila a un enemigo en tregua.
—Firmas de Hamburgo, señor. Y la ampliación de la Setenta y dos. —Me va pasando páginas señaladas con banderitas—. Todo revisado. Y gracias por no obligarme a dormir en eso.
—Te necesito vivo. De momento.
—Es lo más bonito que me ha dicho este año.
Firmo donde señalan las banderitas, escuchando el informe: Hamburgo en plazo, Milán tranquila, mi madre ha llamado dos veces al despacho y las dos veces le han dicho que estoy «en obra». Técnicamente cierto.
Cuando termina, cierra las carpetas y se levanta.
—¿Algo más, señor?
—Sí.
Arranco una hoja del cuaderno de la mesilla, escribo tres líneas, la doblo dos veces y se la tiendo.
—Esto. Personal y discreto. Nadie tiene que saber.
Glen despliega el papel. Lo lee. Levanta las cejas hasta donde le llega el nacimiento del pelo, me mira, vuelve a mirar el papel, y por una vez en su vida no hace ningún comentario profesional.
—¿Está seguro, señor?
—Nunca he firmado nada tan seguro.
Se lo guarda en el bolsillo interior, palmea encima como sobre una caja fuerte, y recoge sus carpetas.
—Descuide, señor. Discreción total. —Y en la puerta, con la mano en el marco, se le escapa media sonrisa—: Enhorabuena.
—Todavía no, Glen. —Miro la hoja amarilla, de guardia en la mesilla—. Pero ya falta menos.