Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 16. Carolina
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Capítulo 16. Carolina

L os miércoles se convierten en una unidad de medida.

El segundo miércoles arregla la cerca, con Leo de capataz y la vecindad entera encontrando motivos para pasear por mi calle.

El tercero le toca al escalón del porche, el que cruje, y Leo aprende la palabra «lija» y la usa toda la semana con todo.

El cuarto llueve, y se quedan los dos en el pasillo montando un garaje de cartón para el camión, con un reparto de tareas que no admite mujeres, según me informa Leo en la cena.

Mia sigue sin hablarle.

Pero el segundo miércoles se sienta un metro más cerca con sus hojas.

El tercero le enseña una desde lejos, levantándola un segundo, control de calidad a distancia.

Y el cuarto coloca su mesita de clasificar en la entrada del pasillo, justo donde puede verlos trabajar, y clasifica toda la hora sin perderse un movimiento.

Mi hija audita a su padre por fases. Y su padre, que despedaza consejos de administración, espera el dictamen sin meter prisa.

Holly llama el cuarto jueves, con ruido de estudio de fondo.

—Cuéntame. ¿Sigue yendo?

—Cada miércoles. A las cinco en punto. —Recojo la mesita de Mia mientras hablo, con el teléfono en el hombro—. Este mes: una cerca, un escalón y un garaje de cartón. Leo ya dice «lija». Se lo dice al puré.

—¿Y tú qué has decidido? Porque conociéndote, hay lista.

—Hay lista. —Me siento en el brazo del sofá—. He decidido que tienen derecho a un padre, Holly. Míralos: Leo duerme con el camión que arreglaron juntos. Mia le hace controles de calidad. No voy a ser yo la que les quite eso por mis guerras.

—¿Y las guerras?

—Con él, ninguna. —Hago una pausa, eligiendo—.

Con el apellido, todas. Él quemó el papel, vale.

Pero el papel lo escribió su madre, y su madre sigue viva, con sus bufetes y sus guantes.

La foto que le hice al contrato antes de que ardiera la tengo pegada por dentro del armario de la cocina.

La miro cada vez que cojo el arroz. Por si acaso.

—Cari. Guardas un documento legal con el arroz.

—El arroz no se le olvida a nadie.

Holly se ríe, y después baja la voz a la pregunta de verdad:

—¿Y entre vosotros?

—Nada. —Me sale rápido. Demasiado—. Es correctísimo. Ni un roce desde... —me corto a tiempo—. Ni un roce. Llega, trabaja, se bebe mi café malo y se va. Un caballero suizo.

—Qué horror —dice Holly, con sentimiento—. ¿Y tú?

—Yo nada.

—Carolina.

—Yo lo miro trabajar, ¿vale? —Me rindo, bajito, mirando el pasillo vacío—.

Se sube las mangas para lo del escalón y yo de repente necesito ordenar la despensa.

El miércoles pasado levantó la vista justo cuando yo...

da igual. Nos pilló a los dos. Nadie dijo nada.

Yo estuve caliente hasta la cena, y cené ensalada fría a propósito.

—Ya.

—Ni se te ocurra decir «ya».

—Ya —repite, la muy canalla, y me cuelga riéndose.

Y es verdad que no se ha vuelto a acercar. Desde lo del cajón, este hombre mantiene un metro de distancia con la disciplina de un guardia real. Y es verdad que yo no quería que se acercara.

Lo que no le he contado a Holly es lo otro: que a veces lo pillo mirándome cuando cree que estoy con los niños.

Dos segundos, tres. Y que esa mirada no tiene nada de suizo ni de caballero, y me baja por la espalda como agua caliente, y yo finjo no verla y recojo hojas del suelo que no hace falta recoger.

Y yo sirvo café malo en la taza agrietada, y él se lo bebe entero cada miércoles, hasta el fondo, y ya es una ceremonia que ninguno de los dos nombra.

—El café sigue horrible —dice el cuarto miércoles, devolviendo la taza.

—Gracias. Lo cuido mucho.

—Se nota la dedicación.

Nora lo llama «el arquitecto» con un tono nuevo. Betty me pregunta en la frutería si «el de los Miller» está soltero y le contesto que está ocupadísimo. La directora de la guardería comenta, mirando a otro lado, que los miércoles salgo con mejor cara.

No salgo con mejor cara. Salgo con la cara de siempre. Lo he comprobado en el espejo, dos veces, lo cual probablemente ya es una respuesta.

* * *

El jueves por la noche, la casa está en silencio a las nueve, que es su récord.

A las once, Mia tose.

A las doce tiene las mejillas encendidas y los ojos vidriosos, y el termómetro marca treinta y ocho y medio. Le doy el jarabe, la meto en mi cama, y Mia se deja, lo cual me asusta más que la fiebre, porque mi hija no se deja: mi hija autoriza.

A la una, treinta y nueve dos.

Leo aparece en la puerta arrastrando su manta, con el camión bajo el brazo, evaluando la situación con el ceño de los Ferrante.

—¿Mia rota?

—Mia enferma, cariño. Ven, súbete.

A las dos, treinta y nueve ocho, y el jarabe no baja nada, y la médica del condado tiene el contestador puesto con una voz alegre que dan ganas de denunciar.

El hospital está a cuarenta minutos. Mi coche lleva desde el domingo haciendo un ruido nuevo al arrancar, uno que Gus, el mecánico, prometió mirar «el martes», sin especificar cuál.

Mia gimotea contra mi cuello, ardiendo, y Leo vigila desde la almohada, y yo hago la lista de mis opciones y la lista tiene un solo nombre, guardado en el teléfono desde el lunes «por los niños, solo por logística».

El pulgar se me queda encima de la pantalla.

Tres años resolviéndolo todo sola. Fiebres, caldera, varicela doble. Sola es mi idioma nativo, me lo sé sin acento.

Mia tose otra vez, con ese hilo de pito al final que no me gusta nada.

Y llamo.

Contesta al primer tono, sin darle tiempo al segundo.

—Carolina.

Completamente despierto. A las dos de la mañana, despierto al primer tono, con la voz de quien esperaba exactamente esta llamada desde hace cuatro semanas.

—Mia tiene treinta y nueve ocho y no le baja. Mi coche no...

—Tres minutos.

Y cuelga, sin una pregunta de más, ni un «tranquila», ni tiempo perdido en palabras.

Tarda dos minutos y medio. Lo sé porque los cuento con la frente pegada a la ventana, y cuando los faros me barren la cerca aún no he terminado de ponerle el abrigo a Leo, que se niega a quedarse y ha empaquetado él solo lo importante: su camión y una hoja de Mia, por si su hermana la necesita.

Mariano entra sin llamar, en vaqueros y jersey del revés, con el pelo de la almohada, y va derecho a nosotras. Mira a Mia medio segundo, me mira a mí, y no toca a la niña sin permiso ni ahora, con la casa ardiendo de fiebre.

—¿Puedo?

—Sí.

La coge en brazos, la primera de todas las veces, envuelta en su manta, con un cuidado de quien transporta la única copia de algo.

Mia, que no se deja coger ni por Nora, apoya la mejilla encendida en su hombro y se queda, y a él se le corta el aire un segundo, se le ve, y lo recompone porque hay que conducir.

—Leo, ¿tienes el camión? —pregunta, ya andando hacia la puerta.

—Y hoja.

—Perfecto. Equipo completo. Vámonos.

En el coche voy detrás con Mia en brazos, Leo abrochado al lado, y Mariano conduce los cuarenta minutos en treinta y uno, hablando bajito todo el camino, un recuento tranquilo de curvas y kilómetros que me doy cuenta, a mitad de trayecto, que no es para mí ni para los niños.

Es para él mismo: este hombre se calma contando en voz alta.

Y yo, con mi hija ardiendo en brazos, camino de urgencias, a las tres de la mañana, hago el descubrimiento más inoportuno del año: en este coche, con este hombre contando kilómetros, tengo menos miedo que en toda mi casa hace una hora.

No pienso analizarlo esta noche. Pero lo anoto.