Capítulo 14. Carolina #2
Me siento. Despacio, para que parezca decisión y no rodillas.
—Podías usarlo. Territorio Ferrante. Cualquier juez...
—Porque yo no acepto un no, Carolina. Pero lo quiero de verdad.
—Se gira, y el negociador ha desaparecido, y lo que queda es peor, porque no tiene precio—.
Un no de verdad, tuyo, a la cara. No uno firmado con miedo.
Si me echas de sus vidas, que sea porque tú lo decides.
—Y baja la voz hasta el suelo—: Pero, por favor, déjame verlos.
El silencio lo llena el fuego, masticando la última página.
Y entonces lo entiendo, de golpe y entero: no ha venido a quitármelos.
Cojo aire y saco mi lista, la del espejo, la de las tres condiciones. La voz me sale firme por memoria muscular.
—Los miércoles. Una hora, aquí, conmigo delante. Ni regalos grandes, ni sorpresas, ni «papá»: esa palabra la administro yo, y no está en oferta. Y tu familia no existe para ellos. Ninguno. ¿Está claro?
—Los miércoles —repite, como quien firma—. ¿Puedo arreglar las cosas aquí?
—Acabas de quemar papeles en mi estufa sin preguntar. Ahora pides permiso.
—Estoy aprendiendo. El orden todavía me falla.
—¿Qué cosas?
—La cerca está torcida. El tercer escalón cruje. La caldera hace un ruido que en Hamburgo sería ilegal. —Se encoge de hombros, y por debajo asoma algo sin pulir—. Sé hacer algo más que firmar.
Le paso su taza.
Y al dársela, los dedos se nos tocan.
Un segundo de más. Dos. Su pulgar contra mi muñeca, quieto, caliente.
Todo mi brazo se acuerda de esa mano de golpe, con detalles que no autoricé guardar.
Levanto la vista. Error. Está cerca. Me mira la boca, medio segundo, el hambre mal escondida de un hombre educado, y el aire de mi cocina se pone caro.
Se inclina un centímetro. O me inclino yo. La física nunca fue mi departamento.
La taza se nos ladea entre las manos. El café caliente me toca los dedos, a él también, y ninguno de los dos la endereza, porque enderezarla sería soltar.
El temporizador del horno salta con su pitido idiota. A las cinco y media meriendan los niños de esta casa, aunque los niños no estén, y el cuerpo se me despega del suyo por reflejo de madre.
Retiro la mano. Con demasiado orden. Él baja la vista a la taza, respira hondo una vez, y cuando vuelve a mirarme es otra vez un caballero.
Se bebe el café entero. Sin una mueca, hasta el fondo, como si fuera el de las ocho y veinte de otra vida.
—Está horrible —dice, dejando la taza agrietada en la mesa—. El miércoles traigo granos decentes.
—El miércoles traes las manos y punto. Aquí el café es malo. Es parte del paisaje.
—Entendido. —Se levanta, coge el abrigo del respaldo, y en la puerta se gira, con la mano en el marco, justo donde la puso el sábado—. Carolina. Gracias por los cinco minutos.
—Han sido cuarenta.
—Lo sé. —Y ahí aparece, corta y peligrosa, la primera sonrisa en tres años—. Voy a por los demás.
Cierro cuando el coche arranca. Me quedo mirando la estufa: ya no queda contrato, solo brasa.
***
L o analizo a las once y media, boca abajo en mi almohada, que para eso están. Los niños llevan tres horas dormidos. Yo, no.
Lloro bajito, con oficio de madre: la cara hundida, el aire a sorbos, una oreja fuera por si alguno se despierta. Tres años de práctica. Se me da de maravilla llorar sin hacer ruido, y esta noche odio dársemelo tan bien.
Y ni siquiera sé de qué lloro. Eso es lo que más me cabrea: para la rabia tengo manual. Para esto no.
O sí lo sé. Lloro por la tontería más pequeña de la tarde. No por el contrato ardiendo, no por el casi beso. Por la frase de la puerta. Voy a por los demás. Cinco palabras, y las horas de esta casa ya no son solo mías.
Porque yo sé exactamente cuánto cuenta una hora.
Lo aprendí sola, en una sala de partos donde nadie me sujetaba la mano.
En las fiebres de las tres de la madrugada, con un termómetro en una mano y el teléfono en la otra y nadie a quien marcar.
En el primer «mamá» de Leo, que celebré a solas con un aplauso ridículo en mitad de la cocina, y después me senté en el suelo y lloré igual que ahora, porque las alegrías sin testigo pesan el doble.
Tres años de horas contadas por mí sola. Y llega él y las quiere. Todas las que quedan.
Me giro. Miro el techo. En el fregadero, abajo, sigue su taza sin lavar, la agrietada, con su marca de café en el borde. No la he lavado. Podría haberla lavado en diez segundos y la he dejado ahí, y ese es el nivel de mi derrota esta noche: una taza sucia como prueba de que ha existido.
Y el cuerpo, mi cuerpo, el traidor, que lleva tres años a pan y agua y se despierta entero por un pulgar en la muñeca. Un pulgar. Ni beso, ni manos, ni nada que contar: un pulgar, y yo aquí, con la piel en modo encendido y las sábanas sobrando por todas partes.
Me levanto. No aguanto la cama.
Cruzo el pasillo de puntillas y abro su puerta sin ruido, la de los niños. Leo duerme atravesado, como siempre, con un pie fuera y el camión en la almohada. Mia recta, ordenada hasta dormida, con su hoja de repuesto en la mesilla, alineada con el borde.
Alineada con el borde. Como el azucarero.
Y ahí me rompo del todo, en el marco de su puerta, tapándome la boca con la mano para no despertarlos.
Porque los llevo tres años mirando dormir yo sola, guardándome esto yo sola, y hoy un hombre ha quemado un papel en mi estufa para poder mirar esto también.
Y una parte de mí, pequeña, idiota, sin derecho a voto, lleva tres años esperando exactamente eso.
Vuelvo a mi cama helada. Recoloco la almohada, la parte seca hacia arriba, veterana.
Mañana compro un temporizador nuevo. A este le debo la vida.
O casi se la cobro. Depende de la hora en que me lo pregunte.