Capítulo 13. Carolina
E l mercado de los domingos ocupa la plaza entera, y nosotros tenemos un protocolo: Leo va de mi mano derecha, Mia de la izquierda, y el mundo se aparta.
Compramos manzanas donde Betty, que además de vender fruta administra las noticias del condado, y hoy las noticias soy yo, porque me lo dice su cara antes que su boca.
—Buenos días, cielo. —Baja la voz al volumen de los secretos a gritos—. El de los Miller está en el puesto de Carl. Lleva media hora comprando fruta como si viniera una guerra.
No hace falta preguntar quién es el de los Miller. En este pueblo los apellidos se heredan con las casas.
La señora Miller es la dueña de las dos cosas: del café y de la casa grande.
Su marido murió hace años y ella se quedó sola con todo.
El café lo lleva ella, cada día, detrás de la barra.
La casa grande se le quedó vacía. Por eso al forastero ya lo llaman así: duerme encima del café de la señora Miller, en la habitación de la vieja fonda.
Lo veo tres puestos más allá, y la plaza entera lo ve conmigo, con ese disimulo de pueblo que consiste en mirar todos a la vez y ninguno de frente.
Vaqueros nuevos, tan nuevos que todavía tienen las rayas del doblez, botas compradas ayer, un jersey azul marino que costará más que el puesto entero de Carl. Mariano Ferrante intentando parecer local y consiguiendo parecer un anuncio de colonia perdido en el campo.
Y con tres bolsas de fruta a los pies, tres, como si alimentara un cuartel.
El estómago me hace algo que no le he autorizado. Me obligo a seguir eligiendo manzanas, y elijo tres con golpes, porque las manos me van solas al modo guerra.
—Mamá. —Leo tira de mi mano, con el radar puesto—. Hombre.
—Ya lo veo, cariño.
—¿Fruta?
—Eso parece.
Leo procesa la información: el hombre de la puerta, ahora con manzanas. Los datos no le cuadran, y aprieta el camión que lleva a todas partes desde el sábado.
Mariano se gira como si mi mirada pesara, y probablemente pesa. Cruza la plaza hacia nosotros, despacio, con las manos a la vista, como se acercan los hombres listos a los perros que ya los han mordido.
Y la plaza hace lo suyo: la gente se aparta a su paso sin apartarse, medio paso cada uno, y el ruido baja. No del todo. Lo justo. El regateo de la señora Patterson por las cebollas muere a media frase. Hasta el acordeonista de la esquina afloja el fuelle.
Doscientas personas fingiendo comprar tomates, y ni una compra nada.
Se detiene a dos metros justos, ni uno menos.
—Buenos días —saluda, a los tres.
—Buenos días. —Me sale el tono de los trámites.
De cerca se le ve la noche encima: la sombra bajo los ojos, el afeitado de agua fría. Bien. Que no duerma. Yo tampoco duermo, y las cuentas, como dice él, hay que cuadrarlas.
—¿Podemos hablar? —Señala con la cabeza la cafetería—. Un café. Diez minutos.
—¿Ahí? —Casi me río—. Las paredes de ese sitio tienen orejas, Mariano. Y las orejas tienen boletín semanal.
—Entonces dime dónde.
—En ningún sitio. No tenemos nada que hablar. —Aprieto la bolsa de manzanas contra el pecho, escudo de kilo y medio. Lo sé: anoche decidí otra cosa. Pero lo veo y me sale todo al revés—. Tu familia y yo ya lo hablamos todo por escrito. ¿Te han enseñado las once páginas?
Le sube algo por la mandíbula. Lo mastica. Lo traga a medias.
—Las he leído. —La voz le baja un grado, y ahí está el acero de las juntas de accionistas, el que no se permite delante de los niños más que en el volumen—.
Las leí el viernes por primera vez, Carolina.
Y llevo desde el viernes haciendo una cuenta que no me deja vivir: tres cumpleaños por dos.
Son seis. Seis cumpleaños, y yo comprando fruta a ciegas porque no sé ni cuál les gusta.
—No te atrevas. —Me sale bajo y afilado—. No te atrevas a hacerte la víctima con tus seis cumpleaños. Yo estuve en los seis. Sola. Con miedo de tu apellido vigilándome el buzón.
—Yo no vigilé ningún buzón. ¿Y por qué me tienes tanto miedo?
—Tu apellido lo hizo.
—¡Yo no soy mi apellido! ¡Soy su padre!
Le sale entero, italiano, de pecho, y la plaza da un respingo colectivo, y él se oye, cierra los ojos un segundo, recalibra el volumen como quien baja una palanca.
—Yo no soy mi apellido —repite, casi en voz baja, que es peor—. Y esos niños tienen mi nariz, Carolina. Mi nariz, las cejas de mi abuelo y la cara de mi madre a los cinco años. Me queda un uno por ciento de duda y lo mantengo vivo por pura educación.
—Nadie compra tres bolsas de fruta, Mariano.
—Yo sí. —Una pausa—. No sé cuál les gusta.
Se me cierra la garganta. La rabia sigue ahí, entera, pero de pronto tiene que compartir sitio, y no le gusta.
Mia elige ese momento para lo suyo.
Se suelta de mi mano. Un metro exacto. Cruza la frontera de los dos metros que él se ha impuesto, se planta delante de sus botas nuevas, y se saca del bolsillo del abrigo su tesoro del día: una hoja de arce, roja, aplastada con prensa de manopla.
Se la tiende.
Mariano se queda mirando la hoja como si fuera la escritura de un rascacielos. Se acuclilla despacio, con un cuidado de artificiero, y la coge por el rabito, con dos dedos, sin rozar la manopla.
—Gracias —dice, ronco—. Es... el mejor regalo que me han hecho hoy.
Mia lo estudia. De cerca, con la calma de sus auditorías, y él aguanta el examen sin moverse, en cuclillas, con una hoja roja en la mano y tres bolsas de fruta olvidadas en el suelo.
—¿Habla? —me pregunta, sin dejar de mirarla—. Quiero decir... ¿ya...?
No le da tiempo a terminar la pregunta.
Mia le pone la mano en la palma abierta. Así, sin más. Su manopla entera dentro de esa mano que firma torres, y la deja ahí, quieta, dos segundos que duran un invierno.
A Mariano se le corta la respiración. Lo veo. Lo ve la plaza entera, que ya ni finge con los tomates. Se le mueve la nuez, una vez, dos, y aprieta los labios, y este hombre que despedaza consejos de administración está a una manopla de romperse en mitad de mi mercado.
—Habla cuando tiene algo que decir —contesto por ella, y me sale la voz rara—. Acaba de decirlo.
Mia recupera su mano, vuelve a mi lado, me agarra. Trámite cerrado. Leo, desde mi derecha, evalúa la escena completa y emite su informe:
—Hombre fruta.
—Eso parece, cariño.
Mariano se incorpora despacio, con la hoja roja todavía en la mano, sujetándola como se sujetan los cheques al portador. Se guarda la hoja en el bolsillo interior del abrigo. El de la cartera. La plaza lo registra, y yo lo registro, y ese gesto me hace más daño que todas las bolsas de fruta juntas.
—Carolina. Cinco minutos. Cuando tú digas, donde tú digas.
Miro a mis hijos. Miro la plaza, que finge comprar tomates. Miro a este hombre con sus vaqueros de estreno, su hoja guardada junto a la cartera y su fruta sin destinatario, plantado en mi pueblo como una grúa en un jardín.
Y me odio un poco por lo que voy a decir, y me odiaría más por no decirlo, porque llevo desde el sábado con el contrato aprendido de memoria y un discurso ensayado contra el espejo, y los discursos ensayados hay que gastarlos antes de que caduquen.
—Mañana. —Lo decido mientras lo digo—. A las cinco, en mi cocina. Los niños estarán con Nora.
—Ahí estaré.
—Y, Mariano. —Espero a que me mire del todo—. Trae el contrato de tu madre. El original.
Recojo a mis hijos y cruzo la plaza sin volverme.
Leo pregunta si el hombre nos regala fruta. Mia aprieta su hoja de repuesto.
Y yo cargo con una certeza incómoda: tres bolsas de manzanas y una manopla acaban de ganarle terreno a tres años de rabia.
* * *
El lunes por la mañana pido en la guardería salir una hora antes. La directora asiente sin preguntar. Es del pueblo: ya lo sabe todo.
—La seño Caro nunca pide nada —dice, apuntándolo—. Ve tranquila. ¿Todo bien?
—Todo pendiente. —Es la verdad más exacta que tengo.
Me paso el día contando números con veinte niños y ensayando frases con una sola cabeza. Ninguna de las frases sobrevive hasta la hora de comer.
A las cuatro, Nora recoge a los míos con la bolsa de las meriendas y una instrucción de despedida:
—Escúchalo entero antes de disparar. Y si hay que disparar, que sea con puntería.
A las cinco menos cuarto pongo dos tazas en la mesa de la cocina. La cafetera se queda apagada. Una cosa es negociar y otra dar servicio.
A las cinco en punto, dos golpes en mi puerta.
En punto, cómo no. Hay hombres que llegan puntuales hasta a los ajustes de cuentas.