Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 12. Mariano
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Capítulo 12. Mariano

E l motel más cercano está a cuarenta minutos, y las reseñas, me informa Glen con el teléfono en alto, mencionan un hacha.

—Busca un Airbnb.

—Ya he buscado. —Baja el teléfono—. No existe. He ampliado el radio a treinta kilómetros y el resultado más cercano es, cito, «tipi auténtico, trae tu leña».

—Amplía más.

—Señor, si amplío más, salimos del estado por el otro lado.

Son las cuatro, estamos aparcados delante de la ferretería, y a cinco puertas de aquí viven dos niños con mi nariz. No pienso dormir a cuarenta minutos de ellos.

—La cafetería. Piensa mejor con azúcar.

La campanilla de la puerta anuncia nuestra entrada al pueblo entero.

Dentro huele a tarta de manzana y a radiador.

Seis mesas, un pez disecado sobre la caja, una pizarra con los precios escritos a mano y sin decimales.

Detrás de la barra manda una señora de unos sesenta años, delantal de cuadros, gafas colgadas de una cadena, que nos planta dos cafés y dos porciones de tarta sin preguntar si queremos tarta.

—Ustedes no son de aquí —abre, limpiando una taza que ya estaba limpia.

—De la ciudad.

—¿De la tele? Vaya. —Lo dice con el tono exacto de «peor»—. ¿Y qué se les ha perdido aquí en enero?

—Trabajo. —El café es honesto y la tarta va en serio—. Necesitaríamos alojamiento por la zona. Una temporada.

La señora deja la taza. Nos tasa por encima de las gafas: a mí, a Glen, al abrigo, a los zapatos. El inventario le lleva cuatro segundos y no lo disimula ni uno.

—Arriba tengo una habitación. —Señala el techo con la barbilla—. De cuando esto era fonda, con mi difunto. Cama buena, sofá pasable, y el grifo de la ducha se abre con alicates. Los alicates los pongo yo.

—¿Una habitación? —La voz de Glen sube medio tono—. ¿Una?

—Una. Esto es una cafetería, joven, no el Hilton. —Se cruza de brazos—. La cama es de matrimonio y el sofá era del cura. Durmió ahí la siesta veinte años y jamás se quejó.

Glen me mira. Yo miro el techo, que es mirar la habitación, que es estar a doscientos metros de la calle de los arces.

—Nos la quedamos.

—Nos —repite Glen, sin sangre en la voz.

—Tú duermes en el sofá del cura. Es prácticamente un ascenso espiritual.

***

G len se va a las cinco a la ciudad, a por las maletas, el portátil y, cito, «una esterilla y mi dignidad, si la encuentro». Yo subo la bolsa de viaje por una escalera que anuncia cada peldaño.

La habitación: colcha con rosas bordadas, un crucifijo torcido, una foto del difunto con un pez enorme y cara de haberlo merecido, y una estufa de hierro que hace ruido de sala de máquinas.

Por la ventana, la calle principal entera: la ferretería, la gasolinera, y la bocacalle de los arces donde vive todo lo que importa.

Me siento en la cama de matrimonio. Los muelles protestan en tres idiomas.

Y me sorprendo cómodo.

Mi último hotel tenía mayordomo de almohadas.

Este tiene un pez disecado y alicates comunitarios.

Y sin embargo huele como las casas de verdad: a la de mis bisabuelos en el Piamonte, adonde me facturaban los agostos de niño.

Pozo, gallinas, agua caliente por sorteo.

Dormía como un tronco. Era el único sitio del mundo donde nadie me llamaba «el heredero»: la bisabuela me llamaba «el flaco» y me mandaba a por huevos.

Sonrío y me tumbo vestido. El calor me llega antes que el pensamiento. Por la nuca. La respiración se acorta sola.

La cremallera. El sonido me vuelve tan nítido que aprieto la mandíbula: diente a diente, mi mano bajando despacio, y el vestido abriéndose bajo los dedos. La piel de su espalda, caliente, y ese escalofrío suyo que me subió por el brazo. Todavía sé en qué punto exacto del antebrazo empezó.

Se me tensa todo. Ahora. Tres años después, en una cama con rosas bordadas.

Su sabor me llega de golpe, sal y restos de perfume.

El peso de sus caderas en mis manos. Sus piernas cerrándose alrededor de mí, apretando, y mi nombre en su voz, dos veces: la primera todavía de asistente, la segunda ronca, contra mi oído, ya de nadie más que de ella.

Se me escapa el aire entre los dientes, aquí, solo, y la estufa se lo traga.

Y a las tres de la mañana, desnuda en mi cama, se bebió mi agua y me informó de que el vaso ahora era suyo. Discutiéndome la propiedad de un vaso con el pelo hecho un desastre que había hecho yo. Perdí el vaso. Habría perdido el edificio entero.

Cambio de postura. No ayuda. Estoy duro como un quinceañero en la fonda de un pueblo helado, con un pez disecado de testigo y el crucifijo torcido mirando a otra parte, con criterio.

Magnífico, Ferrante. El heredero del imperio.

Y lo peor no es que la quiero otra vez debajo, encima y en todas las posturas intermedias, que la quiero.

Lo peor es que quiero también el desayuno.

Y el vaso robado, y los jerseys grises, y las discusiones.

Todo el lote, de lunes a domingo, en esa casa de los arces donde ahora mismo hay dos cerrojos echados con mi nombre.

***

G len vuelve a las nueve, cargado como un sherpa, y se para en mitad del cuarto.

—Hay un pez mirándome, señor.

—Es del difunto. Respétalo.

—¿Y ese ruido?

—La estufa.

—Suena a que vamos a naufragar.

—Pues agárrate al sofá del cura, que flota seguro. —Cuelgo el último traje junto a un chaleco de pesca que decido no tocar—. ¿Wifi?

Glen pasea el teléfono por el cuarto como un contador Geiger. Lo baja.

—Hay ardillas.

—Perfecto. Mañana madrugamos.

—¿Para qué, si puede saberse?

—Reconocimiento del terreno. —Apago la luz, que parpadea dos veces antes de obedecer—. Regla número uno de cualquier obra, Glen: antes de tocar nada, estudia el solar.

Desde la oscuridad, la voz del sofá, digna y horizontal:

—Voy a pedir un aumento.

—Concedido. Bienvenido a la sede norte del Estudio Ferrante.

***

E l reconocimiento se hace solo, a la mañana siguiente, con la primera tarta.

Domingo temprano, la cafetería vacía, la señora con el trapo y la cafetera en órbita permanente alrededor de mi taza.

—¿Y dice usted que es arquitecto? Aquí de obras anda flojo el asunto. Lo último fue el gimnasio del colegio, y del tejado mejor no hablamos.

—¿Malo?

—Llueve dentro con calidad de cine. —Me acerca el azúcar—. ¿Y qué estudia usted por aquí, si no es indiscreción?

Es indiscreción. Es también el peaje de la habitación, y lo pago.

—La zona. Posibilidades.

—Ya. —Me mira largo por encima de las gafas y me deja la mentira, como se le deja el hueso a un perro nuevo—.

Pues posibilidades pocas, pero gente buena, toda.

Aquí nos arreglamos entre nosotros. La ferretería fía.

El de la gasolinera te lleva al hospital si hace falta, con hurón y todo. Y para los papeles está la seño Caro.

No muevo ni una ceja. Me cuesta la nómina de un año.

—¿La señora Winter?

—Caro. La de la guardería. —Se apoya en la barra, lanzada, porque los domingos la información va incluida en el menú—. Llegó hace unos tres años. Embarazada y sola, al volante de una furgoneta de alquiler.

El café se me para a un dedo de la boca.

Bajo la taza al platillo con un pulso que me cobra el esfuerzo. Por dentro, algo se me abre y se me cierra a la vez, y lo que queda en medio quema: ella, embarazada de dos, bajándose sola de una furgoneta de alquiler, con toda su vida en cajas y mi apellido pisándole los talones.

La sangre del Piamonte me sube entera, la de la bisabuela que tiraba zapatillas con puntería de francotirador. Quiero romper algo. Preferiblemente una carpeta granate, en Milán, delante de su dueña.

La señora sigue a lo suyo, puliendo la barra.

—Y mírela ahora: media guardería la lleva ella, que la guardería es pequeñita y no da para más sueldos.

Nora la ayuda mucho con los niños. Y las tardes, arreglándole los líos a medio pueblo.

Bancos, hipotecas, papeles del seguro. A los Henderson el banco les quería comer la granja con unos intereses de vergüenza, y fue ella con sus carpetas, y los Henderson volvieron con dinero de vuelta.

Con dinero. De un banco. —Golpea la barra con el dedo—.

Eso aquí no lo había hecho ni el obispo.

¿Cobrar? —Se ríe sola—. Tartas. Tomates en agosto, leña en enero.

Le dejamos las cosas en el porche, porque en mano no las coge.

La ferretería le puso la cerradura nueva gratis y tuvo que fingir que era garantía del fabricante, porque si huele a favor, lo devuelve.

Orgullo. Eso es lo que me sube, idiota de mí, como si ella fuera mía. La loba. El pueblo entero comiendo de su mano, y la loba sin deber nada a nadie.

Y me descubro sonriendo a la taza como un cretino, porque es exactamente la mujer de la que me... La frase se me para sola antes del participio. Todavía no. Primero la fruta.

—¿Otra porción? —La señora ya está cortando.

—Sí. —Y como el peaje funciona en los dos sentidos—: ¿Y el padre de esos niños?

Se queda quieta un segundo, con el plato en la mano.

—Ese tema —dice, eligiendo las palabras como huevos en un cartón— aquí no se pregunta.

La seño Caro no lo cuenta, y lo que la seño Caro no cuenta, este pueblo no lo sabe.

—Me mira por encima de las gafas, y de la charla dominical no queda nada—.

Y al que venga a preguntarlo mucho, le sale el café más caro. ¿Me explico, señor arquitecto?

—Perfectamente.

—Bien. —Me planta la segunda porción, tregua firmada, y de propina—: Hoy hay mercado en la plaza. Va todo el pueblo. Todo el pueblo, ¿eh? —Las gafas le brillan, y entiendo que el telégrafo local hizo su ronda anoche, y que esta mujer sabe de sobra lo que estudio yo en este pueblo.

Los domingos hay mercado, y va todo el mundo, niños incluidos.

Pienso comprar mucha fruta.