Capítulo 11. Carolina
E cho el segundo pestillo, apoyo la espalda en la puerta, y descubro que las piernas me funcionan de milagro y por costumbre.
Mariano Ferrante en mi porche. Con sus zapatos de ciudad, su abrigo de tres inviernos de mi sueldo, y su nariz encontrada en la cara de mis hijos.
—¿Malo? —pregunta Leo desde la alfombra, con el camión en alto, listo para el veredicto.
—No, cariño. El hombre se ha equivocado de casa.
Mia levanta la vista de su hoja y la vuelve a bajar. Mia archiva y no pregunta, que es su manera de preguntar más fuerte que nadie.
Los siento con la merienda delante de la tele, cosa que solo pasa en Navidad y en los terremotos, y me encierro en la cocina con el teléfono.
Holly contesta al primer tono, y por el ruido sé que está en su estudio, entre telas.
—¿Me llamas un sábado por la tarde? ¿Todo bien?
—Estaba aquí.
—¿Aquí dónde? ¿Quién?
—En mi porche. Hace diez minutos. —Me oigo la voz y no me gusta: fina, a punto de algo—. Holly, Mariano estaba en mi porche preguntando qué edad tienen mis hijos.
El silencio del otro lado dura dos segundos de más.
—Carolina... ¿qué? Ay, madre. Creo que esto es culpa mía.
—¿Qué?
—La cena de aquel proyecto de hotel, hace unos meses.
Estaba Raimon. Ya sabes cómo se pone con dos copas, y preguntó por ti, y yo...
puede que dijera que te iba bien. Y puede que dijera que estás sola.
Y puede que se me escapara lo de los niños.
—Toma aire—. Me quería morir en el momento, pero pensé que Raimon ni se acordaría.
—Raimon no. —Cierro los ojos—. Pero se lo contó a quien sí se acuerda de algo.
Me deslizo por el armario de la cocina hasta el suelo, con el teléfono en la oreja, y desde la baldosa fría le cuento el porche entero: la pregunta del marido, la cara de él mirando a Leo, mi cerrajería.
—Vale. Vale, vale. —Oigo cómo aparta las telas, cómo se sienta—. No entres en pánico. Tenemos opciones.
—¿Tenemos?
—Opción uno: te casas. Ya. El lunes. —Chasquea los dedos—. ¿El de la gasolinera sigue soltero?
—Tiene sesenta años y un hurón. —Y se me escapa la sonrisa, la primera del día.
—Un padrastro con hurón. A los niños les encantaría. —Se corrige sola—: Vale, opción dos. Los niños no se le parecen. Dices que la nariz viene de tu familia. ¿No tenías tú un bisabuelo italiano?
—Mi familia es de Ohio, Holly. Cuatro generaciones de Ohio. Lo más mediterráneo que tenemos es una pizzería congelada. No cuadra.
—Vale… Pues opción tres: los niños son de un donante. Un catálogo. Elegiste «moreno, cejas serias, buena mandíbula» y fue casualidad.
—Ha visto a Leo. —Me aprieto el puente de la nariz—. Holly, ha visto a Leo de rodillas en mi jardín. Ningún catálogo del mundo explica esa nariz, y él hace cuentas para vivir. Es literalmente su trabajo.
—Ya. —Se rinde con un soplido—. Es que era más fácil cuando el problema era el gallo de mi madre.
—¿Y si viene con abogados? —digo al final, y ahí está, el miedo con su nombre completo—. Holly, el contrato que firmé. Territorio Ferrante. Si la activa…
No puedo pensar. La cabeza me va a mil.
—Para. —Su voz cambia a la de los exámenes finales—. ¿Él mencionó papeles?
—No.
—¿Amenazó?
—No. Preguntó edades. Y por el marido. —Me sale una risa rota—. Estaba enfadado por un marido que no existe, Holly. Enfadado de verdad. ¿Qué hago? No pueden quitármelos. No pueden.
Holly se queda callada un momento, y cuando habla lo hace despacio, pisando cada palabra.
—Cari. ¿Y si él no sabía nada? Lo de su madre en tu apartamento. La carpeta.
—Ella dijo...
—Ella dijo. —Deja las dos palabras solas en la línea, para que las oiga bien—. Una mujer que redactó una cláusula para quedarse con tu hijo, y tu única prueba de que él lo sabía es la palabra de esa señora.
La baldosa está fría debajo de mí y yo llevo tres años sin hacerme esa pregunta, porque hacérsela era peligroso. Odiar a Mariano era el muro de carga de mi vida nueva. Si el muro está mal calculado, no quiero saber qué aguanta.
—Y a lo mejor... —Holly lo suelta con cuidado, como quien acerca la mano a un fogón—. A lo mejor esto acaba bien, Cari. A lo mejor se arregla. Y los niños tendrían un pa...
—¿Arreglarse? —La corto tan rápido que me hago daño en la garganta—. Holly, esa familia quiere llevárselos. Territorio Ferrante, tutela Ferrante. Un niño criado en esa casa es un niño sin madre. Lo tengo firmado, lo he leído mil veces, me lo sé mejor que los cuentos de la vaca.
—Puede que él no sea... así. Como ellos.
—La familia entera es «así». —Me levanto de la baldosa, porque para esto necesito estar de pie—.
¿Te acuerdas de lo que te conté? Su madre, en mi salón, me explicó que para él yo había sido «un problema de subordinación».
Subordinación, Holly. Cinco años organizándole el imperio, la agenda y la vida, y resulta que fui un problema de jerarquía.
¿Quién habla así de una persona? Un apellido, no un hombre.
—Ya.
—Da igual quién la mandó —digo, y miro por la ventana de la cocina: la calle vacía, los arces, ningún coche alemán—. Firmé lo que firmé. Y él ya vio lo que vio. Mañana, si vuelve, abro la puerta con la policía al teléfono. No me van a quitar a los niños, Holly. Mientras yo respire, no.
—Esa es mi chica. —Una pausa, y le oigo cambiar el peso, y sé exactamente lo que viene antes de que venga—. ¿Carolina?
—¿Qué?
—¿Cómo estaba él?
—Increíble. —Se me escapa entero, sin frenos, con tres años de retraso—. Guapo como siempre. Más, el muy canalla. Con esos zapatos de ciudad hundidos en mi nieve y el abrigo ese que… Vale…
Me oigo.
Holly no dice nada. No le hace falta. Oigo su sonrisa por el teléfono, ancha, de oreja a oreja, a dos horas de autopista. Cuelgo. Demasiado tarde. Me arde la cara. Quiero no soportarlo. No me sale. Veo sus ojos cada día en Leo. Y Mia tiene su carácter entero.
* * *
La cena es pasta con tomate, la de los días torcidos.
Leo come con el camión aparcado junto al plato, vigilando la puerta con un ojo. Mia deja su hoja nueva alineada con el borde de la mesa, cosa que hace desde antes de saber andar y que yo finjo no reconocer de nadie.
—¿Hombre vuelve? —pregunta Leo, con la boca naranja.
—No, cariño.
—Camión listo. —Lo dice serio, masticando—. Por si.
Por si, dice. Mi hijo de dos años tiene un plan de defensa y yo tengo un pestillo doble y la caja de las facturas.
Los baño, les leo el cuento de la vaca dos veces porque Mia lo pide con el dedo, y me quedo en la puerta de su cuarto hasta que las dos respiraciones se vuelven una sola cosa lenta.
Tres años caben en esta puerta: fiebres a las cuatro de la mañana, la varicela doble, el invierno de la caldera rota, la guardería donde ahora soy la seño Caro de los números. Todo eso levantado con estas manos, ladrillo a ladrillo, sin un solo Ferrante.
* * *
Nora aparece a las ocho, sin llamar, con medio pan de centeno y la cara de quien ya lo sabe todo, porque en este pueblo las noticias viajan más rápido que los coches.
—Betty vio un sedán negro con conductor. —Corta el pan como quien abre una sesión—. Y a un figurín de abrigo largo en tu porche. ¿Empiezo a hervir agua o empiezo a esconder cuerpos?
—Es él.
—Ya. —Ni un parpadeo—. El padre de nariz.
—¿La nariz?
—Niña. —Me señala con el cuchillo del pan hacia el pasillo, hacia el cuarto donde duermen—. Llevo tres años mirando esa nariz en dos caras. Solo me faltaba el modelo original. ¿Qué quiere?
—Preguntó qué edad tienen.
Nora deja el cuchillo. Se sienta enfrente, me toma las dos manos por encima de la mesa, y me mira como miraba la madre de Holly según las fotos, como miran las mujeres que han enterrado más problemas de los que cuentan.
—Escúchame, porque lo voy a decir una vez. Un hombre que pregunta la edad no viene a quitar. Viene a contar lo que se perdió. —Me aprieta los dedos—. Los que vienen a quitar preguntan por abogados, y los que vienen a comprar preguntan por cifras. Ese preguntó por tiempo.
—Su familia...
—Su familia no estaba en tu porche. Estaba él. —Se levanta, pone el agua a hervir como si la cocina fuera suya, que a estas alturas lo es—. Mañana es domingo. Si vuelve, no le abras la puerta.
—Eso pensaba.
—No he terminado. No le abras la puerta... hasta oír a qué viene. Podéis ir a la cafetería y hablar tranquilos. Yo me quedo con los niños. —Me pone delante una taza—. ¿Entiendes? Es ley de vida. Tiene derecho a conocerlos.
Esa noche, con la casa dormida, saco el contrato de la caja de las facturas y lo leo entero, cosa que no había hecho desde la firma.
Y abajo del todo, mi firma de aquel día, pequeña y apretada, la firma de una mujer insegura.
Ya no soy esa mujer. Esta cocina es mía, este pueblo es mío, y los que duermen al fondo de mi pasillo son míos.
Que venga. Esta mujer ya no firma con miedo.